Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Solo es una boda. Habrá música, alcohol a raudales y mujeres ricas y cachondas en cada esquina. Haz lo que tengas que hacer y al día siguiente vuelves a tu vida. Janelle y tu padre serán un capítulo cerrado.

—Dicho así parece fácil.

—Lo es —respondió con convicción.

Lo miré y pensé en ello. Quizá estaba exagerando.

—Has dicho que habrá muchas mujeres y mucho alcohol —subrayé al cabo de un rato con una sonrisa melancólica.

—Lo típico de las bodas —continuó.

—Entonces, la cosa cambia.

Nos reímos de todo aquello, nos metimos en las duchas y, al salir del campus, me fui con algunos chicos a celebrar la victoria al Marsy .

Era un pequeño pub de la ciudad designado como punto de encuentro habitual de los estudiantes de la universidad.

Solía llenarse sobre todo después de los partidos.

Aquella noche, por ejemplo, estaba tan a rebosar que fue imposible encontrar una mesa libre.

Tuvimos que esperar en la barra hasta que se vació una al fondo del local junto a la diana.

Maggie , nuestra camarera de confianza de pelo azul, nos acompañó a nuestro sitio y nos ofreció un cuenco de nachos y jarras de cerveza.

—¿Qué tal, chicos? He oído que habéis ganado —dijo mientras nos servía la primera ronda a todos.

—¿Acaso lo dudabas? —alardeé con una sonrisa en los labios.

Noté que Blake , frente a mí, subía y bajaba las cejas. También clavó los ojos en el culo de Maggie , ceñido por el uniforme de animadora sexy que tenía que llevar durante los turnos. Maggie se dio cuenta, por supuesto, y le dio un codazo en el hombro como respuesta.

—Mi culo no está en el menú —le advirtió antes de marcharse, lo que provocó las carcajadas de toda la mesa.

Llevábamos cuatro años yendo a ese sitio, se había convertido en un segundo hogar. En todo ese tiempo habían pasado muchas camareras por allí, pero Maggie era la única que nunca se había ido. Nos conocía y entendía nuestra forma de bromear; en el fondo, estaba seguro de que le caíamos bien.

Nate , sentado a mi lado, cogió un puñado de nachos y, con la boca medio llena, exclamó:

—Me apetece echar una partida a los dardos.

Me giré hacia él con el ceño fruncido.

—¿Qué tienes, ochenta años?

—El billar está ocupado —se justificó; era cierto, dos chicos de segundo curso ya estaban jugando cuando habíamos llegado.

Negué con la cabeza y me recosté.

—Yo paso, solo quiero beberme unas birras e irme a dormir.

—¿Quién es el viejo de ochenta años ahora? —me pinchó, y encajé la pulla riendo.

A continuación, se levantó y arrastró a jugar con él a Jackson y a otros dos chicos.

Blake y yo nos quedamos charlando, disfrutando del espectáculo: en poco tiempo convirtieron una simple partida de dardos en un duelo a muerte.

El local se llenó todavía más y había mucho ruido.

Sin darnos cuenta, vaciamos las jarras en menos de media hora.

Maggie las rellenó y nos trajo otros dos cuencos de nachos y varias salsas.

A la mierda las instrucciones del entrenador para aquella noche.

A fin de cuentas, nos lo estábamos pasando bien, hasta que vi a Leila cruzar las puertas del Marsy .

Me quedé rígido. Dejé de prestar atención a los dardos y a todo lo que Blake me decía y me centré solo en ella.

Llevaba unos pantalones de cuero ajustados, botines de tacón, una camiseta blanca ceñida y una cazadora de piel.

Aunque estábamos en lados opuestos del local, en cuanto se detuvo en la entrada su mirada se enganchó a la mía como un imán.

Ella permaneció allí, con sus ojos verdes, llenos de sorpresa, mientras me observaba de lejos bajo las pestañas espesas.

Por un momento estuve tentado de levantarme y acercarme a ella, pero vi que se paraba a hablar con un compañero de clase que había ido a su encuentro enseguida.

Los observé ir a la barra y pedir algo de beber.

Charlaron un rato, luego él la condujo hasta la mesa de billar para unirse a otros dos chicos.

Poco después, su compañero de clase salió del local y la dejó sola con aquellos dos tipos que no conocía.

De nuevo, sentí el impulso de levantarme e ir hacia ella, pero los gritos de Nate y los demás me distrajeron, menuda batalla con los dardos.

Entonces miré a Blake para bromear con él, pero me di cuenta de que ya me estaba mirando.

¿Me había pillado espiando a Leila ? Por cómo afiló la mirada me pareció evidente, del mismo modo que también supe que estaba a punto de decirme algo que no me apetecía oír; me bebí el último trago de cerveza y me puse en pie.

—Voy al baño.

Antes de que pudiera alejarme, Blake me agarró de la muñeca y me obligó a volver a mi sitio.

—Ni se te ocurra.

Fruncí el ceño.

—¿No puedo ir al baño?

—No ibas a ir al baño.

—Me he bebido un litro de cerveza, te aseguro que tengo la vejiga a punto de explotar.

—¿Así que no estás buscando una excusa para ir a verla?

—¿A quién? —Fingí no entender a qué se refería.

—Ya sabes de quién hablo. —Me fulminó con la mirada. Luego bebió un trago de cerveza y se limpió la boca con el dorso de la mano—. Oye, ¿recuerdas mi voto de castidad? Bien. Si yo no puedo meterme en líos, tú tampoco.

—No quiero meterme en líos. —Sonreí para disimular la frustración que empezaba a sentir.

—Eso… — Blake miró de reojo a la mesa de billar, donde Leila observaba jugar a los dos chicos, y luego volvió a mirarme—. Eso es un lío en toda regla. La madre de todos los líos.