Capítulo 5
Vince
En el vestuario, la euforia por la victoria seguía intacta.
Todos estábamos exaltados, excepto Ethan , que se quitó la equipación y se fue a su taquilla sin dirigirnos la palabra.
Jackson y Nate montaron un numerito obsceno aludiendo a cómo habíamos liquidado al Connecticut .
Me quité la camiseta y la hice girar en el aire como si fuera el lazo de un vaquero antes de azotar el culo de Jackson .
Blake y Zac , el portero titular, llenaban el vestuario de aullidos y silbidos subidos a un banco y animaban también a los demás compañeros.
Nos dimos cuenta demasiado tarde de que el entrenador estaba presenciando el espectáculo.
En ese momento recobramos la compostura y contuvimos las risas mientras él nos observaba con una expresión a medio camino entre la perplejidad y la resignación.
Zac estaba desnudo a punto de meterse en las duchas y tuvo que taparse con las manos cuando el entrenador Turner empezó a enumerar todas las acciones bien y mal ejecutadas durante el partido.
—Ha sido un buen día, os habéis esforzado, pero sois los campeones vigentes.
—Me lanzó una mirada severa—. Espero mucho más de vosotros.
Hemos ganado por los pelos. —El entusiasmo que respirábamos hacía unos instantes se desmoronó.
No estaba satisfecho con cómo había jugado en el último tiempo; la decepción en los ojos del entrenador cayó sobre mí como un mazazo.
—Eso pasa cuando el capitán del equipo se olvida de que es el capitán —intervino Ethan , con los brazos cruzados sobre el pecho y la espalda apoyada en la taquilla.
Lo miré, serio como jamás lo había mirado—.
O cuando se empeña en mantener elementos cuyo futuro ya está tristemente escrito. —Desplazó la mirada hacia Jackson .
—Repítelo si te atreves —replicó el defensa, que avanzó hacia él con las manos cerradas en puños.
—Un equipo que se respete no puede permitirse eslabones débiles —replicó Ethan con voz afilada justo antes de separarse de la taquilla—. Deberíais besarme los pies por todas las veces que os he salvado el culo esta noche para llevarnos la victoria.
¿Él ha conseguido que nos llevemos la victoria?
—Has acabado cinco veces en la caja de castigo —intervine; avancé hacia él—.
Tú crees que nos has salvado el culo; yo, en cambio, creo que solo sabes marcar jugando sucio.
¿Estás seguro de que el eslabón débil es Jackson ?
—Estaba harto de sus constantes ataques, útiles solo para desestabilizar los equilibrios del equipo.
Los rasgos de su rostro se endurecieron y, en un instante, nos encontramos cara a cara.
—Olvidas que una de esas penalizaciones me la he comido porque tú estabas demasiado ocupado intentando averiguar dónde te encontrabas.
Rechiné los dientes y tuve que contar hasta diez para no darle un cabezazo.
Se había tratado de un episodio aislado, yo había llevado al equipo a ganar el campeonato la temporada pasada y a lograr resultados excelentes en la temporada regular.
Estaba desempeñando jodidamente bien mi papel como capitán.
Siempre lo había hecho, y eso era justo lo que él no soportaba.
Creía que lo merecía más que yo. Estaba convencido de ello, y como el cargo de capitán era lo único que su padre —el director de nuestra universidad— no había podido servirle en bandeja de plata, no le quedaba otra que patalear como un niño mimado.
—Vale, ya está bien —tronó el entrenador Turner , que nos señaló a Ethan y a mí con el dedo—.
¡Un equipo solo gana cuando está unido! ¡Todas estas gilipolleces no hacen más que debilitarnos!
Ahora quiero que os duchéis y descanséis.
Nada de fiestas, nada de alcohol, nada de mujeres —subrayó a la vez que alternaba la mirada entre todos nosotros—.
Os quiero al cien por cien para el partido del sábado que viene.
—No añadió nada más; simplemente, esperó un gesto de asentimiento por nuestra parte y se marchó.
Los chicos se fueron directos a las duchas; en el vestuario solo quedamos Blake , Ethan y yo. Ethan se quitó los pantalones y los lanzó dentro de su bolsa.
Suspiré y me masajeé la frente. Ethan era un jugador excelente, anticipaba los movimientos de los compañeros y tenía un control del disco impecable; lo tenía todo para convertirse en profesional, pero era un peligro andante. Para el equipo era un recurso inmenso y al mismo tiempo su mayor condena.
En suma, no tenía ni idea de cómo encontrar un equilibrio con él. Nunca seríamos amigos, eso estaba claro, pero al menos teníamos que ser compañeros de equipo leales y colaborar.
—Terminemos bien la temporada, ¿de acuerdo? —dije por toda respuesta y dejé de lado las ganas de partirle la cara.
—Por supuesto. —Cerró la bolsa de un tirón seco y me miró—. Siempre que no te pongas en medio. —Me dio un empujón con el hombro y pasó a mi lado en dirección a las duchas. En ese momento me senté en el banco, agotado.
Blake se colocó a mi lado y negó con la cabeza mientras observaba a Ethan alejándose.
—Lo veo negro.
—No me digas —respondí, abatido por el rumbo que había tomado la noche.
—¿La chica que estaba en las gradas era Ley? —cambió de tema mientras se secaba el cuello con la toalla. Lo confirmé con un gesto de la cabeza.
—¿Cuánto hace que no viene a ver un partido? ¿Siete, ocho meses?
—Un año —me limité a responder con la mirada fija en un punto indefinido frente a mí.
—Joder, ha pasado un montón de tiempo —comentó—. ¿Tú sabías que iba a venir?
Negué con la cabeza. Claro que no lo sabía. Desde aquella noche de hacía un año, nuestra relación se había reducido a interacciones mínimas. No era lo que yo quería, pero ella había tomado esa decisión y lo respetaba.
Una punzada de dolor me hizo torcer la boca. Me levanté la camiseta negra y naranja del equipo y vi que en el costado se me estaba formando un moratón del tamaño de mi puño.
—¿Cómo tienes el cuerpo? —preguntó Blake con una pizca de lástima.
—Estoy hecho polvo.
—¿Puedes ponerte en pie?
—Siempre.
—Buen chico. —Me dio una palmada amistosa en el hombro que me hizo gemir de dolor y cerrar los ojos, pero luego me ayudó a levantarme. En cuanto estuvimos uno frente al otro, me miró fijamente y, de pronto, se puso serio—. Escúchame bien, eres mi amigo y tengo el deber de decírtelo.
—¿Decirme qué? —pregunté, confundido.
—Sé que hay mucha presión. Después de ganar el campeonato el año pasado y de la primera parte de esta temporada, todo el mundo tiene los ojos puestos en ti: el entrenador, los patrocinadores, los rivales, el propio Ethan , que está deseando que metas la pata para arrebatarte la capitanía.
Pero el sábado jugamos contra Yale y será duro; por eso, sea lo que sea lo que te haya hecho descarrilar sobre el hielo, olvídalo.
No vale la pena. Esto sí merece la pena.
—Señaló la «C» de capitán estampada en mi camiseta—.
Las Frozen Four valen la pena. Tu sueño de entrar en la NHL vale la pena.
Todo lo demás es una distracción. Es nuestro último año en el equipo de la universidad, lo mejor está todavía por llegar.
Permanecí en silencio, asimilando sus palabras.
Ni siquiera yo sabía qué me había pasado.
O tal vez sí lo sabía, pero no podía permitirme afrontar ese problema.
Lo cierto era que Blake tenía razón: no podía tirar por la borda todos los sacrificios que había hecho hasta ese momento.
Había invertido mucho, estaba demasiado cerca de cumplir mi sueño como para verlo desvanecerse ante mis ojos.
—Lo sé, solo he tenido un mal día —repliqué.
—¿Ha pasado algo? Desahógate, también estoy aquí para eso, con tal de que vuelvas a ser el cabrón despiadado que siempre has sido sobre el hielo.
Lo empujé amablemente hacia atrás y afilé la mirada.
—¿Solo sobre el hielo?
—Sí, solo sobre el hielo —se rio de mí.
Sonreí y me pasé una mano por el pelo sudado.
—Es por mi padre.
Volví a sentarme y Blake me imitó.
—¿Qué ha hecho esta vez?
—Él y Janelle se casan. Me he enterado esta mañana.
Blake abrió los ojos de par en par.
— ¿Janelle ? ¿La niñera de veintidós años que contrató para cuidar de tu hermana pequeña? ¿La misma con la que te acostabas hasta el verano pasado?
Lo confirmé con un gesto de la cabeza.
—Esto no me lo esperaba —dijo él.
—Yo tampoco —afirmé.
—¿Ese es el problema? ¿Sufres por Janelle ?
Lo miré de reojo con el ceño fruncido. ¿Se le había frito el cerebro?
—No —dejé claro. Lo de Janelle había sido una aventura veraniega sin importancia limitada a las veces que iba a visitar a Sierra, mi hermana.
Durante el último año había reducido drásticamente las visitas porque el campeonato exigía más dedicación y había vivido cada minuto de cada día en función de los partidos.
Aunque, claro, jamás habría imaginado que en mi ausencia Janelle se lanzaría a los brazos de mi padre, pero si había decidido que eso era lo máximo a lo que podía aspirar, ¿quién era yo para hacerla cambiar de idea?
Callum me ha pedido que sea su testigo —expliqué.
Blake permaneció en silencio un instante.
—¿Cómo te sientes?
—Como el hijo de un senador cincuentón en plena crisis de mediana edad que está a punto de casarse con una cría que tiene mi edad.
Me sentía humillado, así era como me sentía.
Llevar el mismo apellido que un hombre con fama de liarse con mujeres que acababan de cumplir la mayoría de edad —respaldado por los hombres que gobernaban nuestro bonito país— era una realidad que me había marcado desde niño, un dolor que él siempre había ignorado y del que yo había aprendido a distanciarme al crecer.
Mantenía el contacto con él tan solo por el bien de mi hermana.
—¿Has hablado con Sierra?
Con los brazos apoyados en las piernas y los ojos fijos en el suelo, negué con la cabeza.
—He recibido una llamada de casa antes del partido, pero no me ha dado tiempo a responder; ahora estará durmiendo.
Blake me pasó un brazo por los hombros y me apretujó contra él.