Capítulo 4 #2
Cuando sonó la sirena, los aficionados, vestidos con los colores de sus respectivos equipos, se dividieron entre los Beavers de la Oregon State University y nuestros rivales, los Huskies de Connecticut .
Jugábamos en casa. Los primeros cuatro meses de la temporada regular habían estado llenos de éxitos, y los Huskies venían con ganas.
Nate Parker por parte de los Beavers y Roger Moore por la de los Huskies se disputarían el disco para dar inicio al primer tiempo.
Con Nate estábamos en buenas manos: era un concentrado de potencia y agilidad, aunque Roger no se quedaba atrás.
De hecho, en cuanto el disco tocó el hielo, la furia estalló en ambos bandos.
Sin embargo, fue Nate quien ganó el saque en la zona defensiva de Connecticut .
El primer tiempo fue una sucesión de pases al límite de la falta, capaces de azuzar al público y cabrear a algún gigante de los Huskies , pero nadie consiguió marcar.
En el segundo tiempo, en cambio, dominamos el hielo.
Blake y yo anotamos dos tantos, y el Connecticut , uno.
Luchamos por mantener el marcador a nuestro favor a pesar de algunas penalizaciones para ambos equipos.
El tercer tiempo resultó más duro de lo previsto, hasta el punto de que el entrenador nos propuso varias sustituciones.
Cuando faltaban trece minutos para el final, estuve a punto de mandar el disco al fondo de la red cuando vi que alguien se colaba en el sector intermedio de las gradas y se dirigía a los laterales.
Me detuve casi delante de la portería rival, convencido de que había tenido una alucinación.
Parpadeé un par de veces antes de comprobar que no estaba soñando.
Leila Collins se abrió paso entre la multitud, seguida de su compañera de piso, Sam ; la vi llegar hasta Tiffany y Alex .
Sam repartió aperitivos y bebidas, Leila tomó asiento y se llevó un Sprite a la boca; luego encajó la bebida entre las rodillas y fijó la mirada en la pista.
Observó con atención y, cuando me vio, se tensó por un instante.
Capté el velo de incomodidad en sus ojos, que enseguida camufló con un guiño y una sonrisa segura enmarcada por sus labios rojo fuego.
No entendía una mierda.
¿Por qué estaba allí?
Debí de quedarme embobado solo unos segundos, que a mí me parecieron eternos, pero esa distracción me salió cara, porque Arthur Milton , un delantero de Connecticut , me embistió como un tanque y aterricé contra el hielo.
El golpe fue tan fuerte que por un momento temí haberme roto alguna costilla.
Arthur se levantó a la velocidad de la luz y se hizo con el disco.
En cambio, yo me sentía aturdido, por momentos grogui, aunque no estaba del todo seguro de que fuera únicamente por el choque.
Me incorporé con dificultad y me sacudí. Sin querer, mis ojos volvieron a buscarla. Estaba confuso, dolorido y necesitaba respuestas que nunca encontraría. No en ese momento.
—¡¿Quieres espabilar un poco?! — Ethan me dio un empujón con el hombro mientras me gritaba a un centímetro de la cara.
El público me abucheó, desde lejos el entrenador me lanzó una mirada que navegaba entre la preocupación y el cabreo. Mierda. Por mucho que me doliera admitirlo, Ethan tenía razón.
Fuera cual fuera el pensamiento que se estaba gestando en mi cabeza, tendría que ocuparme de ello más tarde.
Me zambullí en el partido, empeñado en recuperar la concentración y la lucidez de siempre, pero algo se torció. Pasé los últimos minutos del tercer tiempo jugando mal. Ethan impidió que el Connecticut marcara.
Durante el tiempo en que el rival recuperó la posesión del disco, perdí varios pases clave, una cagada en la zona neutral me mandó derechito al banquillo y permitió al otro equipo marcar un tanto.
Estuve a punto de partir el stick contra el plexiglás.
Por si fuera poco, Ethan se lio a puñetazos con un delantero de los Huskies .
En cuanto el árbitro se percató, les llamaron la atención y los separaron.
Los vi gesticular airadamente. No entendí qué se decían, pero desde el banquillo oí un «Vete a la mierda» de Ethan antes de que recibiera otra penalización y acabara sentado a mi lado entre los gritos del público rebelado.
Maldije y me llevé las manos a la cabeza.
Todas esas penalizaciones estaban poniendo al equipo en serios apuros, por no mencionar que estábamos con dos jugadores menos, también por mi culpa.
No podía creerlo.
Todo se estaba yendo a la mierda.
Ethan lanzó el stick al hielo y se sentó a mi lado.
—¿Se puede saber qué coño te ha pasado? —Vi que las venas del cuello se le hinchaban.
Me quité un guante y me pasé la mano por debajo de la visera protectora.
—Nada.
—¿Nada? ¡ Milton te ha tirado como si fueras un maldito bolo y cuando te has levantado parecías un puto principiante!
—He… he tenido… creía que… —Intenté ofrecer una mísera justificación, pero al final desistí porque sabía que no eran más que excusas. Había echado a perder el partido, punto.
Ninguno de los dos habló más.
Ni siquiera nos miramos.
Ambos teníamos buenos motivos para estar cabreados el uno con el otro. Yo estaba pagando cara mi distracción. Y él, las innumerables faltas que coleccionaba y que debilitaban al equipo.
A seis segundos de que terminara mi penalización, me preparé.
Quedaban cuatro minutos para el final del partido y prefería que los lobos me despedazaran vivo antes que permitir que esos cabrones volvieran a su casa como vencedores.
Teníamos que concluir el partido con ventaja, no había alternativa.
Me repetí esas palabras en la cabeza mientras volvía al hielo.
También me las repetí cuando ganamos el saque y llevamos la acción a la zona de ataque.
Los Huskies nos cercaron y nos arrebataron el disco, pero Jackson Whitmore , un defensa de tercer año, lo interceptó y buscó un hueco.
Los delanteros rivales le pisaban los talones, así que el disco volvió a él.
Antes de que intentaran marcar, me lancé a la zona defensiva junto a Blake , que, de algún modo, se hizo con el disco.
Juntos nos dirigimos hacia la portería y Blake lo deslizó hacia mí.
Con el disco pegado al stick crucé la línea azul rival, directo a la red.
La única ventaja de mi penalización fue que había descansado las piernas durante un par de minutos y avancé como un cohete.
Sentí a los Huskies acercarse, pero no miré atrás.
Me abrí paso entre sticks, patines y codos, apuntando a la portería del Connecticut .
El portero me miraba con gesto intimidatorio, el guante preparado y las rodillas flexionadas.
Había oído que bajo presión tenía la mala costumbre de parar casi siempre a la derecha.
La aprensión que se reflejaba en su rostro me convenció de amagar hacia ese lado.
Patiné hacia la izquierda, pero moví el cuerpo a la derecha.
Fue entonces cuando, con un golpe rápido, mandé el disco al lado contrario con toda la fuerza que me quedaba.
Por un instante, todo pareció detenerse: el público en las gradas, mis compañeros y nuestros rivales.
Solo se oyó el chirrido de las cuchillas de mis patines frenando sobre el hielo a un paso de la portería.
El portero intentó detenerlo con el stick , pero la violencia del disparo solo le permitió ver cómo entraba en la red y rebotaba hacia fuera.
Ante su expresión atónita, sonreí y abrí los brazos.
—La próxima vez será, Dustin —murmuré al portero con una sonrisa de perfecto cabrón estampada en la cara.
El estruendo de la bocina quedó sepultado por el griterío cuando el marcador parpadeó a pocos segundos del final.
Con la adrenalina corriendo por mis venas lancé los guantes y el stick y, sin ser consciente, me encontré buscándola.
Esperaba verla allí todavía, celebrando el tanto en las gradas.
No estaba. Se había ido. No tuve tiempo de mirar alrededor porque los chicos del equipo se me echaron encima.
El dolor en el costado por el choque con Arthur Milton me hizo ver las estrellas, pero habíamos ganado el partido.
Mi cuerpo magullado y el trago amargo que tuve que engullir quedarían en un segundo plano.