Capítulo 4
Vince
Un año más tarde
Aquella tarde el aula estaba llena de gente, el murmullo de los estudiantes empezaba a causarme dolor de cabeza.
Con la mirada perdida en el vacío, seguía golpeando nervioso el bolígrafo contra el cuaderno de apuntes cerrado que tenía delante mientras intentaba asimilar la noticia que había recibido unas horas antes.
Por si fuera poco, la presión que sentía por el partido que íbamos a jugar esa noche no me ayudaba a concentrarme lo suficiente para la clase de marketing.
Jesús bendito, tenía que calmarme un poco.
Dejé el bolígrafo sobre la mesa, respiré hondo, me recoloqué la visera de la gorra en la nuca y presté atención a la profesora Kendra para tratar de retomar el hilo de la clase.
—¿De verdad estás tomando apuntes en una asignatura optativa? —El susurro de Nate Parker hizo que me girara hacia él.
—¿Y qué problema hay? —le respondió Blake , sentado entre Nate y yo, mientras separaba el bolígrafo del papel y devolvía la mirada a la joven profesora, que garabateaba fórmulas y datos en la pizarra digital.
—No te he visto tomar apuntes ni siquiera en las obligatorias —replicó Nate , con una ceja rubia arqueada.
Blake no se molestó en llevarle la contraria, en su lugar me dio un codazo suave en el brazo y dejó vagar sus ojos por el culo de Kendra , envuelto en un traje verde oscuro que realzaba todavía más sus curvas sinuosas.
La falda no era demasiado corta, pero ofrecía una buena panorámica de sus piernas, incluso más sugerentes con los tacones altos.
—Mira eso, es perfecto. Redondo como un puto globo terráqueo.
Se me escapó una risita a medias, aunque luego negué con la cabeza.
Tenía un culo espectacular, cierto, y el hecho de que la profesora Kendra solo tuviera unos años más que nosotros la hacía especialmente atractiva a nuestros ojos.
Supuse que también era el motivo por el que su asignatura, aunque estaba fuera del plan de estudios de la mayoría de los chicos presentes en el aula, siempre estaba a rebosar.
Además, el cabello pelirrojo recogido en un moño ordenado y las gafas de montura fina le daban ese aire de profesora sexy que poblaba las fantasías eróticas de muchos de nosotros.
Siempre había tenido debilidad por las chicas con gafas.
Mejor dicho, siempre había tenido debilidad por las chicas y punto.
—Nunca me he tirado a una profesora —continuó Blake , que dio voz a mis propios pensamientos—. Era mi fantasía cuando iba al instituto —prosiguió.
—¿Has decidido intentar hacerla realidad justo ahora? —preguntó Nate , divertido.
—¿Por qué no? —murmuró, pensativo.
—¿Das por hecho que te lo permitiría? —lo apremié.
—Tío, ¿me has visto? Nadie puede resistirse a mis encantos —dijo Blake , que se señaló el cuerpo . En realidad, con sus rasgos de Oriente Medio y la piel olivácea, sabía jugar bien sus cartas con las chicas, aunque de vez en cuando su ego amenazaba con tomar la iniciativa.
—Tío, te veo. Todos los días. —Le puse una mano en el hombro dispuesto a bajarle los humos—. Y te garantizo que las mujeres como ella aspiran a hombres más… refinados. Hombres que sepan distinguir un prosecco de un champán, por ejemplo.
Blake se irguió en la silla y apartó mi brazo con fastidio.
—Me dejé engañar por las burbujas y el color —se justificó—. Además, no puedo correr el riesgo —gruñó entre dientes—. He hecho voto de castidad.
Nate y yo lo miramos sin pestañear, convencidos de que nos estaba tomando el pelo. Luego rompimos en carcajadas a la vez que procurábamos hacer el menor ruido posible, hasta que Blake nos fulminó con sus ojos color carbón.
—¿Qué coño quieres decir con que has hecho voto de castidad? —pregunté, incrédulo.
—¿Qué ha sido de la tía misteriosa con la que te acostabas hasta anteayer? —añadió Nate , tan confundido como yo.
—Ahí sigue, creo… No lo sé, es complicado. — Blake se llevó las manos a la cabeza y se revolvió el mechón de pelo oscuro que le caía sobre la frente.
—¿Desde cuándo te metes en situaciones «complicadas»? —continué, cada vez más desconcertado.
—Desde que me pasé un poco de imbécil y ahora me toca pagar las consecuencias —respondió con un velo de aflicción en los ojos.
—¿Te pasaste de imbécil con la chica de la que no quieres hablarnos?
—Con una amiga suya, involuntariamente —confirmó—. Pero no bastó para que me creyera.
—¿Y por eso has decidido colgar los huevos y hacer penitencia por todos tus pecados? Admirable —me burlé.
Me señaló con un dedo y, a juzgar por la expresión airada que me dedicó y los labios apretados en una línea dura, esperé que soltara algo como que «nadie puede colgar los huevos de Blake Harper ». Pero se limitó a responder:
—No quiero volver a hablar de mis huevos con vosotros dos.
Con un oportunismo perfecto, la clase terminó en ese momento.
Blake se levantó y se marchó nervioso. Nate y yo lo seguimos, conteniendo a duras penas la risa, y le dimos un par de empujones para destensar el ambiente.
En el pasillo nos alcanzaron los demás chicos del equipo, con quienes habíamos quedado para calentar antes del partido.
El único ausente era Ethan Grant , que, como siempre, ya se había ido al vestuario sin esperarnos.
Ninguna novedad, era un secreto a voces que no le gustaba nuestra compañía, nos consideraba «indignos de su atención», por usar sus propias palabras.
La verdad era que nunca había digerido que el entrenador me asignara a mí el rol de capitán.
Decía que esa responsabilidad le correspondía a él.
Era mi espina clavada desde hacía años, desde que yo lideraba al equipo.
Con tal de mantener la paz, me limitaba a ignorarlo, pero cada vez ponía más a prueba mi paciencia.
—¿A qué vienen esas sonrisitas en vuestras caras, chicos? —nos preguntó otro jugador del equipo mientras nos dirigíamos hacia la salida.
— Blake ha colgado los huevos —sentenció Nate , que se ganó otra mirada asesina de Blake .
Con un gruñido exasperado, mi amigo empujó la puerta de salida con demasiada fuerza y esta se abrió de par en par. Nate tuvo que dar un paso atrás para no estamparse contra la puerta.
—¡Eh, por el amor de Dios! ¡¿Quieres matarme?!
—Tal vez —replicó Blake , sin detenerse.
A su espalda, las risas ahogadas del grupo llenaron el pasillo.
Aquella noche, el rugido del público en el pabellón era comparable al sonido de una explosión.
La adrenalina me corría por las venas mientras escrutaba el rostro de todos mis rivales y me preparaba mentalmente para la lucha sin cuartel que nos esperaba.
No era un tipo violento, pero el hockey era un deporte brutal, lleno de peleas, moratones y golpes de stick , pero también de excitación: era mi válvula de escape.
No había otro lugar en el mundo donde me sintiera yo mismo de verdad.
Sobre la pista de hockey podía ser Vincent Rise , el capitán que había llevado a su equipo a lo más alto de las ligas universitarias.
Me había ganado el respeto de mis compañeros y de mis rivales. Mi palabra era la única que contaba.
Fuera de allí, en cambio, volvía a ser Vince , solo Vince .
El idiota al que nadie se tomaba nunca en serio.
Cuando sonó por los altavoces la primera canción que marcaba nuestra entrada en la pista, el equipo y yo comenzamos a dar una vuelta de calentamiento.
Alcé la vista hacia las gradas: en uno de los laterales vi a Tiffany Baker , la muñequita que había decidido aceptar mi invitación al partido, acompañada de su amigo Alex .
Había sido muy clara al respecto: no me animaría, se limitaría a disfrutar del espectáculo; pero tras varios intentos fallidos, verla allí ya era una victoria.
Le dediqué una sonrisa de satisfacción que ella despachó encogiéndose de hombros antes de volver a charlar con su amigo.