Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 3
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Capítulo 3

Leila

—¿Qué ha pasado? —Con la respiración agitada, me puso una mano en el hombro.

—Nada, de verdad, solo he malinterpretado una situación.

Echó un vistazo a la casa a mi espalda, contrariado, y volvió a mirarme.

—¿Qué tipo de situación?

—Me he quedado sola en la sala de cine con dos chicos; cuando me he ido, se han levantado y han venido detrás de mí. Pensaba que me estaban siguiendo, pero solo querían ir al baño, eso es todo —le expliqué. Esperaba que fuera suficiente para tranquilizarlo.

Vince me observó un instante; respiraba de forma irregular y tenía una mirada dudosa.

Conociéndolo, estaba valorando la posibilidad de que le hubiera mentido para no preocuparlo todavía más.

Lo que vio en mis ojos pareció convencerlo porque al final asintió con lentitud y se inclinó para abrirme la puerta.

—Vamos, te llevo a casa.

Entré en el coche. Cuando él se acomodó tras el volante, le di las gracias en un susurro sumiso.

Vince se limitó a responder con un leve gesto de la cabeza. Metió la marcha y aceleró rumbo a Corvallis . No dijo ni una palabra durante casi todo el trayecto, así que pensé que estaba mosqueado conmigo.

—¿Estás enfadado? —pregunté en voz baja, con una pizca de pesar. No podía culparlo, le había arruinado la noche.

—¿Te parezco enfadado? —Me miró de reojo, esbozando una sonrisa débil.

En el azul de sus ojos se reflejaban las luces led del interior del coche.

Una extraña sensación se abrió paso en mi estómago.

No sabía si estaba siendo sincero o si solo intentaba ocultar sus emociones reales, así que me encogí de hombros, indecisa.

Nunca lo había visto enfadado, ni siquiera sabía si era capaz de molestarse con alguien. Por si acaso, intenté disculparme.

—Siento haberte interrumpido.

—Deja de decirlo —me advirtió; me dio la impresión de que en ese momento sí estaba molesto, porque en su frente se formó una arruga profunda que lo hacía parecer enfurruñado.

—Vale —murmuré. Me bajé el vestido de cuero, que se me había subido unos centímetros por los muslos.

En ese momento me di cuenta de que Vince llevaba una camisa blanca y tenía toda la pinta de habérsela puesto a toda prisa: el primer botón estaba desabrochado y los demás, abotonados de cualquier manera.

Ni siquiera se había puesto la chaqueta.

Lo miré de reojo y vi que los pantalones se ajustaban a la perfección a sus piernas largas y musculosas.

Su perfume me embriagaba. Sin saber por qué, mi corazón había empezado a latir a toda prisa.

Tuve que respirar hondo, bajar la ventanilla y concentrarme en cualquier otra cosa con tal de ignorar la vocecilla de mi cabeza que me repetía que había sido una pésima idea encerrarme en un coche con el chico por el que llevaba años coladita.

Nos sumimos en un silencio incó modo hasta que Vince se aclaró la garganta.

—¿Cómo habéis acabado en esa fiesta?

—Ya te lo he dicho: por Wesley . —Froté las yemas de los dedos contra el asiento de cuero negro sobre el que estaba sentada.

—¿Vuelven a estar juntos?

—Como siempre.

Lo miré de reojo; tenía el codo apoyado en la ventanilla y el puño cerrado cerca de la boca mientras conducía relajado. Desprendía un magnetismo fascinante. Suspiré y volví a concentrarme en la carretera.

—¿Todo bien? —me preguntó al cabo de un rato. En su voz percibí un matiz de preocupación.

Le sonreí y asentí.

— Sam y yo hemos empinado un poco el codo esta noche, empiezo a estar cansada.

—¿Os habéis soltado la melena?

—Bastante, aunque no tanto como me habría gustado. Wesley nos ha fastidiado todos los planes —me quejé.

—¿Qué planes tenías, nena? —Lo preguntó con un tono de voz tranquilo, pero fue difícil ignorar la mirada pícara que me lanzó.

—Ligarme a un viejo heredero y pasar el resto de mis días esperando a que se muera —bromeé para aliviar la tensión que sentía crecer en mi interior.

Conseguí hacerlo reír.

—Es difícil encontrar a alguien con ese perfil en el ClubSeven . Pero en el club de petanca al que va mi abuela hay un par que podrían interesarte; puedo organizaros una cita.

—Trato hecho.

Los dos nos reímos y yo también intenté darle conversación.

—¿Cómo ha ido la fiesta de Carol ?

—Como siempre, pero era demasiado caótica incluso para mí, así que me he ido al cabo de una hora.

—¿Te has ido de la fiesta? Eso sí que es una novedad —lo chinché, divertida.

—Sí, puede que Blake tenga razón: con la edad me estoy ablandando.

—Tienes veintiún años, Vince .

—El declive ha empezado. —Me sonrió y yo negué con la cabeza. Luego me humedecí los labios y pensé en cómo podría preguntarle lo que de verdad anhelaba saber. No quería parecer celosa ni delatarme intentando sonsacarle información.

—Entonces… —empecé con un tono ligero, esforzándome por sonar como si el asunto no me preocupara—. ¿ Tiffany y tú os habéis ido juntos de la fiesta?

Me lanzó una mirada furtiva y enseguida volvió a concentrarse en la carretera.

—No, ella se ha quedado. Al menos, eso creo; en realidad, la he perdido de vista a los dos minutos de entrar en la casa.

Oh…

Su respuesta me llevó a suspirar de alivio, porque eso significaba que Tiffany no era la chica con quien lo había oído por teléfono.

Un consuelo diminuto, pero un consuelo, al fin y al cabo.

Por otro lado, para mí no era ninguna novedad saber que Vince pasaba tiempo con alguna chica.

Sucedía cada dos por tres.

Pero imaginarlo con Tiffany habría requerido un nivel de tolerancia que todavía no estaba preparada para alcanzar.

Permanecimos en silencio el resto del trayecto, hasta que Vince entró en el aparcamiento reservado a los estudiantes del campus.

Esperaba sentirme aliviada ante la idea de volver a mi habitación, a salvo en mi espacio personal.

Sin embargo, mientras observaba el edificio de mi apartamento a una corta distancia, una inquietud sutil brotó en mi estómago.

Tragué saliva con la mirada clavada en el parabrisas; solo entonces comprendí que no quería bajarme de aquel coche.

No quería dejarlo marchar.

Lo quería a él.

Lo quería desde que tenía uso de razón.

No entendía el motivo, pero había algo en él que lo hacía distinto a cualquier otro hombre que hubiera conocido.

El cuidado y la amabilidad que me ofrecía eran una novedad para una chica como yo, criada en un entorno duro y violento.

Siempre había visto a los hombres como enemigos.

Pero a él nunca lo había visto como un enemigo.

Al contrario, despertaba en mí algo primitivo, algo que no sentía desde hacía mucho tiempo. Un deseo abrasador, la necesidad de dejarme ir y volver a sentir una conexión con alguien. A veces me preguntaba si él también experimentaría sensaciones tan intensas.

Se me daba bien captar las señales de un hombre interesado; sin embargo, para mí él era un enigma imposible de resolver.

Quizá fuera fruto de mi imaginación, pero, en cuanto creía vislumbrar en él un atisbo de atracción, Vince parecía empeñado en suprimirlo a toda costa y volver a comportarse como un hermano mayor protector.

—Hemos llegado —me indicó, y apagó el motor.

Me desabroché el cinturón, pero no bajé del coche.

«Deberías decírselo».

Las palabras de Sam resonaban en mis oídos.

—¿Quieres que te acompañe hasta el edificio? —propuso cuando vio que no me movía.

Lentamente, negué con la cabeza.

—¿Tienes un cigarrillo?

No era una fumadora empedernida, aunque a veces recurría a la nicotina para calmar los nervios. Y sabía que Vince siempre llevaba un paquete de reserva en la guantera por el mismo motivo.

—¿Estás nerviosa? —Me lo preguntó con una voz profunda, capaz de hacerme imaginar infinitos escenarios bastante interesantes de nosotros dos juntos, sin nadie más alrededor.

Asentí sin apartar la mirada de la suya.

En sus ojos vislumbré una emoción que no supe descifrar; solo vi que su nuez se movía despacio al tragar saliva.

Alargó el brazo hacia la guantera; sin querer me rozó la piel que quedaba al descubierto entre el borde de las botas y el dobladillo del vestido.

Un calor familiar se me instaló en el bajo vientre.

En un gesto instintivo, me pegué al asiento.

Con su imponente presencia, Vince dominaba el espacio reducido de su coche.

Mientras revolvía las cosas en busca del mechero, junto a los cigarrillos vi una tira de preservativos.

Quién sabe a cuántas chicas se habría tirado en el asiento en el que me encontraba en ese mismo instante.

Preferí no pensar en ello.

Sacó un cigarrillo del paquete y se lo llevó a la boca antes de volver a acomodarse en su asiento, con la espalda contra la puerta. Bajó la ventanilla de su lado un par de centímetros y lo encendió.

—Qué caballero —protesté. Él me miró de reojo con una comisura de la boca ligeramente alzada.

—Me has dado envidia. —Sonrió, dio una calada larga y me lo pasó.

Empecé a sentir calor, demasiado calor.

Me bajé la cremallera de la cazadora y me recoloqué en el asiento de cuero para mirarlo a los ojos.

Me llevé el cigarro a la boca y, tras aspirar, me detuve a observar la marca de pintalabios rojo que había dejado sobre las letras azules de Chesterfield .

Cuando volví a mirar a Vince , me dije que si no actuaba en ese momento, no lo haría nunca.

Me mordí el labio y reuní todo el valor que pude.

—Esta mañana no me he olvidado de avisarte —admití.

—Lo sé. —El tono peleón con que habló me encogió el estómago.

—¿Quieres saber por qué no te lo he dicho?

—No estoy seguro.

Eso me pilló por sorpresa.

¿Por qué no quería saberlo? Di la última calada y apoyé una mano en su muslo.

Vince alzó una ceja, pero se quedó inmóvil cuando me acerqué a él y eché el humo por la ventanilla.

Después, en vez de volver a mi sitio, incliné el rostro a un lado y me encontré a un suspiro de distancia del suyo.

Estábamos tan cerca que veía palpitar su cuello bajo la cadena y sentía cómo nuestras respiraciones se volvían más pesadas.

Sonreí.

Era una señal.

No le era indiferente.

Retiré la mano de su pierna y la llevé a su hombro. Deslicé el índice por la cadena de acero que llevaba al cuello y le rocé la piel erizada con la yema de los dedos. Acerqué los labios a su oído y susurré:

—Este es el motivo.

Durante una fracción de segundo, vi que contenía la respiración y cerraba los ojos. Cuando los volvió a abrir, entreví en ellos vestigios de esos miedos que durante meses me habían frenado a la hora de exponerme.

No le resultaba indiferente, pero no me quería como yo lo quería a él.

Esa certeza tuvo el poder de congelar toda mi libido.

Tragué saliva y me retiré para volver a mi asiento.

—Eres estupenda, Ley —intentó tranquilizarme, aunque la temperatura entre nosotros había disminuido a bajo cero—. Pero eres la hermana de uno de mis mejores amigos, no puedo hacer tonterías contigo.

¿Ese era el problema? ¿El famoso código de honor que creía que debía respetar por su amistad con mi hermano?

Y una mierda.

Thomas llevaba nueve meses fuera de Corvallis .

Éramos adultos y plenamente conscientes de nuestros actos.

Si le hubiera gustado, lo demás no le habría importado.

De pronto, aquel coche me pareció demasiado pequeño para los dos. Avergonzada, sentí la necesidad de salir de allí, pero marcharme habría sido incluso más humillante. Me aclaré la garganta, volví a subirme la cremallera de la cazadora y lo miré a los ojos, con un amago de sonrisa.

—Tienes razón. Supongo que mañana, cuando se me pase la borrachera, me reiré de mí misma por haber pensado que tú podías ser la distracción que he buscado toda la noche.

Le planté un beso en la mejilla, le di las gracias por traerme y salí del coche mientras me obligaba a parecer indiferente.

En el fondo de mi corazón, juré que vendería el alma al diablo antes que permitir que Vincent Rise volviera a hacerme daño.