Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Al cabo de unos veinte minutos llegamos a una residencia señorial.

Wesley nos abrió la puerta a Sam y a mí para que bajáramos del coche.

Cogió a mi amiga de la mano y nos guio hacia una villa decorada con un estilo oriental muy elegante.

Los farolillos colocados en cada rincón y la música jazz que sonaba de fondo creaban un ambiente cálido y acogedor.

Era espectacular, si ignorábamos el aura de esnobismo que desprendían todos los presentes.

Detestaba a los hijos de papá. Y acababa de poner un pie en la casa de uno de ellos.

Mientras examinaba todo lo que había a mi alrededor, Wesley me dio algunas indicaciones: me dijo dónde estaba el baño, me informó de que en el sótano había una sala de cine y de que en la cocina quedaría algo de picoteo del bufé de pescado.

—En este «ambiente de élite», ¿es posible encontrar al menos una cerveza? —pregunté sin demasiadas esperanzas.

—Claro, las que quieras. —Me señaló una neverita que había allí cerca.

Cogí un botellín y lo abrí con el anillo que llevaba en el dedo, un truquito que me había enseñado mi hermano.

Cogí otros dos para Wesley y Sam , que me miraba con el sentimiento de culpa pintado en la cara.

En ese momento, suspiré y la abracé. Ya estábamos allí, así que más valía disfrutar de la noche.

Encontraría algo que hacer. O eso esperaba.

Charlamos de todo y nada durante un rato y, cuando se acabaron las cervezas, Wesley se llevó a Sam al piso de arriba.

Negué con la cabeza, resignada. Con esos dos las cosas siempre terminaban igual.

No me quedaba otra que dar una vuelta por la casa.

Recordé la sala de cine que Wesley había mencionado; pensé que valía la pena echarle un vistazo.

Bajé al sótano; en la entrada de la pequeña sala vi un rincón dispuesto con una barra que ofrecía palomitas y refrescos.

Hice caso al cartel de «Self-service» colgado encima: cogí unas palomitas y entré.

En la penumbra de la sala distinguí a una decena de personas dispersas por las butacas de terciopelo.

En la pantalla proyectaban una película bélica.

Juro que eché de menos con toda mi alma a los borrachos del ClubSeven .

Tomé asiento y empecé a picotear, pero no aguanté mucho con aquella película soporífera.

Sin ni siquiera darme cuenta, me quedé frita.

El sonido de una explosión a todo volumen a través de los altavoces me despertó de golpe.

Me había dormido en la butaca en mitad de la proyección.

Cuando volví a enfocar la vista, vi algunas palomitas esparcidas por mi vestido de cuero y la caja en el suelo.

En la sala solo quedábamos tres personas: dos chicos sentados en mi misma fila y yo.

Cuando me di cuenta de las miradas que ambos echaban a mis piernas de vez en cuando, supe que había llegado el momento de irme.

Mis experiencias pasadas habían afinado mi sexto sentido para el peligro, y aquella situación no me gustaba un pelo.

Cuando salí de la sala, de reojo vi que también se levantaban y me seguían mientras murmuraban algo entre ellos.

Asustada, aceleré el paso por las escaleras.

Saqué el móvil y llamé a la primera persona que apareció en mis contactos recientes.

Pero, en cuanto respondió, los dos chicos me adelantaron con desinterés y entraron en el baño que había a la derecha.

Me detuve en lo alto de las escaleras, apoyé la espalda en la pared y solté el aire.

Solo tenían que ir al baño.

Menudo susto de la hostia.

—¿Qué pasa? —Al otro lado de la línea oí un roce de sábanas y la voz agitada de Vince .

Cerré los ojos, me pellizqué el puente de la nariz y pensé en una excusa para darle sentido a aquella llamada. Sin embargo, antes de abrir la boca, reparé en el sonido que había oído de fondo y me quedé de piedra.

—¿Estás en la cama?

No solo oí el roce de las sábanas, sino también un sonido que me recordaba mucho a los besos y una voz femenina que reclamaba su atención. No me lo podía creer. Vince se estaba tirando a una tía en ese preciso instante.

Una oleada irracional de celos y vergüenza me arrasó por completo y colgué sin darle opción a responder.

Me quedé mirando la pared, inmóvil, con el teléfono todavía en la mano. El corazón me martilleaba en los oídos mientras intentaba procesar lo que acababa de oír. ¿Sería Tiffany la chica en cuestión? En el comedor había dicho que pasaría la noche con ella.

Madre mía, en tan solo un segundo había acabado sumida en una de mis peores pesadillas.

Desbloqueé la pantalla del teléfono y pedí un Uber.

No pensaba quedarme en aquella casa ni un minuto más. Sabía que Sam no se movería tan fácilmente ahora que estaba con Wesley , por lo que no me preocupé de ir a avisarla.

Me subí la cremallera de la cazadora y salí a toda prisa. La aplicación indicaba que el coche llegaría en doce minutos. Me castañeteaban los dientes por el frío que hacía aquella noche y empecé a balancearme, pasando el peso de un pie al otro, para entrar en calor. De repente, mi teléfono sonó.

Era él.

Maldita sea.

Respiré hondo y me obligué a comportarme como la chica madura que quería ser.

—¿Se puede saber qué te pasa? —Su voz resonó con fuerza en mis oídos en cuanto respondí.

—Nada, perdona, no tendría que haberte llamado. Pensaba que me estaban siguiendo, pero me había equivocado.

—¿Siguiendo? No sé de qué hablas, ¿no estás con Blake en el ClubSeven ?

—No, al final nos hemos ido con Wesley a otra fiesta.

Lo oí suspirar.

—¿Y dónde estás ahora?

—Sigo aquí. Lamento haberte molestado, estaba nerviosa y he actuado por impulso, pero no hay ningún problema, todo va bien.

—Te he preguntado dónde estás.

—Ya te lo he dicho. Fuera de la casa donde han organizado la fiesta, uno de esos casoplones enormes que hay a la entrada de Albany . Estoy esperando a que llegue mi Uber.

—Quédate ahí, voy a recogerte.

—¿Qué? —Abrí los ojos de par en par—. No hace falta. Mi Uber está a punto de llegar —insistí.

—No voy a dejar que te subas al coche de un desconocido a estas horas de la noche.

— Vince , no… —intenté hacerle cambiar de idea, pero no se me ocurrió nada lo bastante convincente para disuadirlo. Coger un Uber tampoco me entusiasmaba, a decir verdad—. Estás ocupado —me limité a decir.

Por un instante, un silencio oscuro cayó entre nosotros.

—Llego en diez minutos —sentenció.

— Albany está a veinte minutos de Corv… —no me dio tiempo a terminar porque me interrumpió.

—Cancela el Uber y mándame la ubicación —dijo y colgó.