Juego sucio: Empieza el partido Capítulo 2
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Capítulo 2

Leila

—Ley, ¿has cogido mi vestido azul, aquel de encaje superajustado? —gritó Sam desde su cuarto.

—No, yo me he puesto el mío, el de cuero negro y corto —respondí, mientras estaba en el baño acabando de rizarme el pelo, que me llegaba por los hombros.

—¡Seguro que está en tu armario! —refunfuñó. La oí entrar en mi habitación a paso marcial, como un soldadito cabreado.

Era graciosa cuando se impacientaba.

—Te digo que no. La última vez que te lo pusiste fue por tu cumpleaños, así que estará en tu armario —reiteré con convicción.

—En mi armario, ¿eh? Entonces, ¿qué es esto? —Entró en el baño con el vestido en cuestión en las manos y una expresión airada en el rostro.

«Ups».

Sonreí con inocencia.

—Perdóname.

De un soplido, se apartó un mechón del rostro y, sin añadir nada más, volvió a su cuarto a vestirse.

Unos minutos después, cuando regresó al baño para maquillarse, ya se le había pasado el disgusto.

Conectó el móvil a un altavoz bluetooth, me arrastró junto a ella y empezó a mover sus piernas kilométricas al ritmo de la lista de reproducción latina que había llamado «Motomami», que se había convertido en la banda sonora de nuestros tardeos.

Sam se aplicó un maquillaje ahumado en los ojos de tonos grises y negros y se pintó los labios.

Yo me concentré únicamente en la boca. El rojo fuego que había elegido resaltaba a la perfección el verde de mis ojos; era muy consciente de que tenía un aspecto sensual.

Para rematar el look, me puse las botas negras de Sam , que me llegaban por encima de la rodilla y le daban un toque más agresivo al conjunto.

Me miré al espejo satisfecha; me gustaba muchísimo.

Sam también aprobó el resultado porque me dio un buen azote en el culo y me dedicó una mirada cómplice.

Cogí el bolso de mano y comprobé que llevaba todo lo imprescindible: cartera, documentación, el pintalabios rojo para darme los retoques, teléfono…

—Oye, Sam , ¿has visto mi móvil? —pregunté cuando me di cuenta de que no lo tenía conmigo.

—Estará en tu armario junto a mi ropa —respondió con ironía.

Muy bien, tendría que apañármelas sola. Miré en el baño, luego otra vez en mi habitación entre el montón de ropa tirada sobre la cama … Ahí estaba, escondido bajo el panda de peluche.

—Bien, ahora ya lo tengo todo, podemos irnos.

—No tan rápido, te olvidas de una cosa —dijo Sam , que me guio hasta la cocina.

Hurgó entre los estantes y me pasó un chupito lleno de tequila, un regalo de Maggie , la camarera de toda la vida del Marsy .

Siempre le pedíamos una reserva clandestina para celebrar los momentos más significativos: el final de una relación, un examen aprobado o una mala noticia.

Era un rito de paso imprescindible que se había convertido para nosotras en una auténtica tradición.

En ese caso, Sam brindaba por el final de su relación.

Una semana antes había reunido el valor para dejar definitivamente a Wesley después de tres años de idas y venidas—.

Esta noche quiero ver cómo dejamos KO a todos los hombres presentes en esa sala.

—Chocó su chupito contra el mío y lo engullimos de un trago.

—Me apunto —respondí antes de entornar los ojos por el escozor que sentía en la garganta. Nos servimos un poquito más, brindamos de nuevo y bebimos. «A la mierda los tíos».

El ClubSeven , como siempre, estaba a petar.

Dejamos nuestras chaquetas en el guardarropa sin tener que pagar, cortesía de Marcus , el portero amigo de mi hermano.

Cuando entramos en la sala vimos que Blake ya había llegado.

Estaba en el reservado, sentado en una mesa con algunos amigos.

En cuanto se percató de nuestra presencia, nos hizo un gesto para que nos acercáramos.

—¿Habéis llegado bien? —nos saludó.

—Sí, solo había un poco de tráfico cuando ya estábamos cerca de aquí —respondió Sam .

Tras los saludos de rigor en los que Blake nos presentó a sus amigos y nosotras devolvimos los apretones de manos, hizo un gesto hacia las botellas de la mesa; algunas ya estaban abiertas y otras todavía intactas.

—Os podéis servir —nos invitó.

—En realidad, Sam prefiere pedir en la barra —aclaré, alzando la voz para que me escuchara por encima de la música.

—Pero hay cola —comentó.

Me giré y vi que, en efecto, la barra estaba a tope, así que aceptamos la oferta de tomar un par de copas allí y luego ir a bailar.

Por suerte, Blake se mantuvo fiel al acuerdo al que habíamos llegado en el comedor para que no nos agobiara, y nos sentimos libres para cantar y desmadrarnos llamando la atención de quienes estaban a nuestro alrededor, mientras él se quedaba en otra parte del local con sus amigos. Era un compromiso que podía aceptar.

Sobre la medianoche, la pista era una locura y el beat de la música resultaba cada vez más acuciante.

Sam y yo ya nos habíamos metido en el bolsillo a un par de conquistas ocasionales: una futura promesa del fútbol americano y un médico recién graduado que había desaparecido en cuanto se había enterado de que solo teníamos diecinueve años.

Hacia la una ya íbamos bastante alegres, pero no estábamos borrachas.

Yo estaba bailando con un tal Simon , mientras Sam se había esfumado con un chico al que solo había visto de pasada y de espaldas cuando se apartaban hacia una zona más tranquila del local.

—¿Estás con alguien? —me gritó Simon al oído, siguiendo mis movimientos con las manos apoyadas en mis caderas.

Levanté una comisura de la boca y negué con la cabeza.

—Solo con una amiga —respondí.

—¿Nadie más? —Me miró con malicia.

—Nadie más —confirmé.

—Entonces, si quisiera besarte, ¿no correría el riesgo de acabar con la nariz rota?

Me entró la risa.

—Si quisieras besarme, no correrías el riesgo de acabar con la nariz rota —repetí.

—Entonces, creo que voy a besarte —me avisó. Esperó de nuevo a mi consentimiento; cuando asentí, Simon acercó los labios a los míos.

Besaba bien, pero yo detestaba a los hombres inseguros.

Me gustaban los que, con tal de conseguir lo que querían, corrían el riesgo de que alguien les rompiera la nariz.

Aquella noche, sin embargo, no buscaba nada serio: en el fondo sabía muy bien que no llegaría lejos con nadie.

Después de la experiencia con Travis Baker se me había activado una especie de rechazo hacia los hombres, mejor dicho, hacia casi todos los hombres.

Me gustaba provocarlos. Coquetear. Me gustaban los besos, la distracción.

Me gustaba ver en sus ojos la creencia de haber conquistado a su presa y luego echar por tierra esa convicción.

Nunca más volvería a ser un peón en sus manos.

Sería la maldita reina. A mi espalda llegó Sam , que me dio un tirón para interrumpir el beso con Simon .

Me bastó una mirada para darme cuenta de que estaba muy alterada.

Ignoré por completo la petición de Simon de intercambiarnos los número s de teléfono y me centré en mi mejor amiga.

Fue cuando me percaté de que sujetaba nuestras chaquetas.

—¿Qué pasa? —pregunté, inquieta.

— Wesley está aquí —dijo antes de llenarse los pulmones de una cantidad considerable de aire.

Abrí los ojos de par en par.

— Wesley … ¿tu Wesley ? ¿Está aquí?

Asintió.

—Nos hemos encontrado en la barra y nos hemos puesto a hablar.

Me encogí de hombros y reprimí un gruñido cargado de frustración.

—¡No puede ser, Sam ! ¡Eso no es lo que habíamos pactado!

—¡Lo sé! ¡Lo sé! No entiendo cómo ha podido pasar, estábamos hablando, luego me ha hecho un cumplido, nos hemos reído, me ha invitado a tomar algo, nos hemos ido a un rincón porque la música estaba demasiado alta. Me ha hecho otro cumplido, nos hemos mirado y luego nos hemos besa…

La interrumpí con un gesto porque ya había oído suficiente.

Wesley no tenía ningún defecto, excepto esa superioridad que ostentaba con todo el mundo; era el chico adecuado para Sam , pero Sam no era la mujer adecuada para él.

Tenían objetivos vitales opuestos y caracteres demasiado distintos como para poder construir un futuro juntos.

Ellos también lo sabían, aunque ninguno de los dos tenía valor para decirlo en voz alta.

—Ahora nosotras dos volvemos a casa. Se acabó la noche —la reprendí. La agarré del brazo y la arrastré para sacarla del local. En cuanto la puerta se cerró a nuestra espalda, vimos que Wesley nos esperaba apoyado en el capó de su coche.

—Hola, Ley, ¿cómo estás? —Caminó hacia nosotras sonriendo. Hurgó en los bolsillos de su chaqueta y sacó las llaves del coche—. Y bien, ¿estáis listas?

—¿L-listas? —balbuceé, confundida.

—Para iros —respondió él.

—Ir… ¿adónde? —Giré la cabeza hacia Sam , pero ella permaneció en silencio.

—Había oído que esta noche os encontraría aquí.

He pasado un momento y he visto a Sam . Le he dicho que un amigo ha organizado una fiesta privada en Albany , cerca de Corvallis .

Alcohol del bueno, un ambiente exclusivo, un círculo de élite, nada que ver con esta jungla.

—Lanzó una mirada enjuiciadora a las puertas del ClubSeven , lo que me puso todavía más nerviosa—.

Sé que habéis empinado un poco el codo, así que lo más recomendable es que vayamos en mi coche.

Por un momento, nadie abrió la boca. Estaba segura de que si una mirada matara, Sam habría caído redonda bajo mi mirada fulminante.

—Bueno, ¿qué queréis hacer? —insistió Wesley . A mi lado, Sam me suplicó con los ojos que accediera a aquella petición absurda; por desgracia, no encontré fuerzas para oponerme.

Sin mediar palabra, le arrebaté de las manos mi cazadora de cuero, me la puse y me subí al coche de Wesley con los brazos cruzados sobre el pecho.

No dije nada en todo el trayecto; me limité a mandarle un mensaje a Blake para decirle que nos habíamos ido.

Por el retrovisor lateral vi que Sam buscaba mi mirada una y otra vez, pero la ignoré, molesta.

Ya hablaríamos de lo sucedido en otro momento.