Capítulo 1
Leila
Cinco años más tarde
Metí el pie de lleno en un charco y las salpicaduras me mancharon los calcetines blancos que llevaba bajo los leggings deportivos.
El volumen de la música resonaba con fuerza en mis oídos, el sudor me perlaba la espalda; sentía el corazón latir a un ritmo frenético y la adrenalina que fluía por mi cuerpo me llevó a aumentar la velocidad de las zancadas.
Me encantaba correr a primera hora de la mañana, cuando había poco tráfico y podía disfrutar del silencio que reinaba en Corvallis .
La presión de los pies contra el asfalto me permitía liberar la tensión acumulada, nunca como aquella mañana fui tan consciente de lo agotadora que se había vuelto la farsa que interpretaba con tanto esfuerzo.
No aguantaría mucho más, estaba segura; al mismo tiempo sabía que no debía ceder por ningún motivo del mundo.
Sin aliento, me detuve y me incliné para apoyar las manos en las rodillas.
Alcé la vista al cielo: la lluvia nocturna había despejado el ambiente, pero aquel día de finales de enero seguía siendo gris.
Miré la hora y me di cuenta de que había corrido más de lo previsto; decidí dar media vuelta y regresar a mi habitación: tenía que meterme en la ducha antes de que Samantha , mi compañera de piso, se me adelantara y acabara con las existencias de agua caliente.
Volví al campus de la Oregon State University y llegué a mi apartamento, que se encontraba sumido en el silencio en el entresuelo de una residencia femenina.
La puerta de la habitación de Sam estaba cerrada.
Seguía durmiendo. Aliviada, me dirigí al baño mientras deshacía las dos trenzas que llevaba a los lados cuando salía a correr; lancé la ropa sobre las baldosas del suelo y me metí en la ducha.
Permanecí unos minutos bajo el agua caliente inmersa en mis pensamientos, con los ojos cerrados y el chorro de agua en la cara mientras me envolvía la fragancia de almendras, melocotón y gardenia del champú y el acondicionador.
Estaba a punto de empezar a enjabonarme el cuerpo cuando alguien abrió la cortina de la ducha con tanta fuerza que di un salto hacia atrás y estuve a punto de resbalarme.
—Te estaba esperando. —Un amasijo de pelo despeinado con reflejos verdes apareció ante mí.
—¡ Sam ! —Me llevé las manos al pecho, asustada—. ¡Pensaba que estabas durmiendo!
—Sí, estaba durmiendo, antes de que tu amigo tuviera la genial idea de pasarse por aquí y despertarme.
Me aparté un mechón de pelo mojado de los ojos y tragué saliva.
—¿Ha venido «aquí»?
Sam asintió, luego levantó un vaso de cartón que debía de estar lleno de café con caramelo a juzgar por el aroma.
—Te ha traído esto.
Suspiré. El café con caramelo era mi favorito.
—Puedes dejarlo en la cocina.
Para variar, no me hizo caso. Sam nunca hacía lo que se le pedía.
Dio un paso atrás, bajó la tapa del inodoro situado frente a la ducha y se sentó encima.
Habíamos adquirido la costumbre de usar el baño como confesionario mientras la otra se duchaba.
Sam y yo llevábamos cuatro meses compartiendo apartamento, desde el comienzo de nuestro segundo curso en la OSU.
Mi antigua compañera de piso, con la que no me llevaba muy bien, se había mudado a un estudio para vivir sola.
En su lugar había entrado Samantha , estudiante de segundo de Medicina que, sin embargo, soñaba en secreto con trabajar en el mundo de la moda.
En poco tiempo habíamos establecido una relación muy profunda, nos entendíamos tan solo con una mirada.
Sam era intuitiva, directa y atenta. Tenía suerte de haberla conocido, sobre todo porque no tenía muchas amigas en Corvallis .
Tampoco en mi casa de Portland , a decir verdad.
—Lo dejaste plantado —dedujo; sus palabras cortaron el flujo de mis pensamientos mientras se llevaba el café a los labios. Luego se apoyó el vaso sobre las piernas cruzadas y me miró—. Otra vez.
—No es verdad. Simplemente me he olvidado de avisarle de que había decidido salir a correr más temprano —dije en mi defensa, pero la ceja oscura que arqueó con aire acusador me obligó a refugiarme en mi pequeño rincón lleno de vapor. Cerré la cortina de la ducha a toda prisa.
—Lo estás evitando —insistió sin rodeos.
—No sé qué más hacer —admití.
—Tienes que decírselo.
—No —exclamé categórica.
—Te lo estás guardando dentro desde hace demasiado tiempo.
—Es mejor así.
—Lo único que vas a conseguir es que piense que ha hecho algo mal, y las dos sabemos que no es cierto. No se lo merece, Leila . Es un buen chico, siempre ha sido amable contigo.
Me mordí el labio y no respondí. Tenía razón, pero el asunto era más complicado que como lo planteaba ella.
—Prefiero no darle vueltas ahora, si no te importa.
Oí que Sam suspiraba al otro lado de la cortina de la ducha.
—Tú misma —concedió.
Mientras yo me enjabonaba con los pensamientos formando remolinos en mi cabeza, ella me distrajo contándome su plan para el día.
Cuando me enjuagué y estuve lista para salir, descorrí la cortina y miré a Sam a la cara. Tenía los ojos del mismo tono que el whisky y un corazón tan dulce como el algodón de azúcar.
—Si le dijera la verdad, lo estropearía todo —admití al recordar las palabras que me había dicho mi amiga.
Ella se levantó, dejó el vaso de café junto al lavabo, cogió mi albornoz y me lo tendió con cuidado.
—Ya lo estás estropeando.
Fui incapaz de responder a eso.
Por segunda vez en pocos minutos, volvía a tener razón.
Pasé la mañana en la redacción del Daily Barometer , fue un auténtico caos.
Había páginas que titular, entrevistas atrasadas pendientes de transcripción y un sinfín de artículos que se tenían que corregir.
Por no mencionar el teléfono, que no dejaba de sonar.
Después de tomar nota de todos los plazos, asigné los distintos artículos a los redactores y me puse manos a la obra junto con ellos.
Quería demostrar que era digna del cargo de jefa de redacción que Vanessa , la novia de mi hermano Thomas , me había cedido unos meses atrás.
No quería defraudar las expectativas de nadie, sobre todo las mías, pero dirigir el periódico universitario estaba resultando más complicado de lo que había imaginado.
Sentía una presión abrumadora y cada día luchaba contra la idea de que tal vez no tenía lo que hacía falta para ocupar aquel puesto.
Me consoló pensar que aquella noche Sam y yo nos desmadraríamos en el ClubSeven , un local a cuarenta minutos de Corvallis que habitualmente estaba lleno de gente colocada y poco recomendable.
Pero esa no era la cuestión: lo único que necesitaba era música, diversión y chicos.
El portero era un viejo conocido de mi hermano, así que teníamos el acceso garantizado todos los viernes por la noche a pesar de que todavía no hubiéramos cumplido los veintiún años.
—Oye, ¿vamos con mi coche o con el tuyo? —preguntó Sam mientras daba un mordisco a su sándwich de pavo.
—Con el tuyo —respondí un tanto molesta a la vez que leía el mensaje de mi mecánico—. El mío sigue en el taller. Al parecer, el pinchazo acaba de transformarse en un cambio de frenos. —Resoplé y dejé el teléfono sobre la mesa antes de tomar un trago de agua.
—Es viernes, eso significa que las mujeres beben gratis hasta las once. Quiero entrar por las puertas del ClubSeven antes de las diez.
Alcé una ceja, extrañada.
—¿Andas corta de dinero?
—No, ando corta de alcohol.
No pude evitar soltar una carcajada.
—¿Acaso tienes la intención de saquear todo el bar?
Sam entornó los ojos y levantó el mentón con expresión resuelta.
—Hasta la última gota.
—¿He oído bien? ¿Esta noche vais al ClubSeven ?
— Tiffany Baker aterrizó en nuestra mesa acompañada de Alexander Smith y se sentaron junto a Sam .
Eran los amigos de toda la vida de Vanessa ; de algún modo, también se habían convertido en mis amigos a lo largo del último año.
Habíamos compartido experiencias que no le desearía ni a mi peor enemigo, pero que nos habían unido profundamente.
Desde que Vanessa había tomado la decisión de irse con mi hermano a California, ellos dos se habían mostrado muy atentos conmigo.
Tiffany era la hermana gemela de Travis Baker , el cabrón que se había jactado ante sus amigos de haberse acostado con una chica virgen y haberla abandonado a la mañana siguiente.
La chica en cuestión era yo. Por suerte, ella no tenía ni una pizca de la mezquindad de su hermano, cuyo futuro pasaba por una academia militar.
Tiffany era una chica divertida y cariñosa con las personas que le importaban.
Alex era un chico amable y decente. Me gustaba pasar el rato con ellos.
Tan solo había un problema…
—¿ ClubSeven ? —A nuestro alrededor, como solía ocurrir, aparecieron Vincent Rise , Vince para los amigos, capitán del equipo de hockey y mejor amigo de mi hermano, y Blake Harper .
Vince se sentó a mi derecha y Blake a mi izquierda, atrapándome entre sus cuerpos.
De reojo, lancé una mirada cómplice a Sam , que estaba frente a mí.
Debió de captar al instante la dirección que tomaban mis pensamientos, porque me miró y se encogió de hombros.
—Eso parece —respondí a la vez que forzaba una sonrisa—. Es viernes, estamos cansadas y tenemos ganas de soltarnos la melena. Hay sitio en el coche —añadí para extender la invitación.
—Maldita sea, si lo hubiera sabido antes no le habría confirmado a Carol que quedaba con ella —habló Tiff mientras pelaba una manzana—. Es su cumpleaños y lleva no sé cuánto tiempo organizando esta fiesta. Cumple veintiuno y ha decidido celebrarlo a lo grande.
Le sonreí de forma genuina; entendía su decisión. Conocía a Carol , tenía fama de montar unas fiestas increíbles a las que todo el mundo quería ir.