Juego sucio: Empieza el partido
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Prólogo
¿Alguna vez te has sentido como si algo terrible estuviera a punto de pasar en tu vida y no pudieras hacer nada por impedirlo?
Es la sensación que experimenté aquella noche.
Tenía catorce años, estaba en mi cama, acurrucada bajo la manta mientras lidiaba con otra noche de insomnio.
Había sido un día gris y húmedo y, tras una breve tregua, volvía a llover a cántaros.
Mi única compañía era la tenue luz de una vieja farola situada frente a la ventana.
Daba vueltas y más vueltas en el colchón cuando un trueno estalló con tanta violencia que hizo vibrar las paredes de mi habitación y me dejó sin aliento.
Vi parpadear la luz de la farola antes de que se apagara por completo.
Pero lo que hizo que me incorporara de golpe en la cama fue el timbre, que sonó con una potencia inaudita en la planta de abajo.
Intenté calmar los latidos del corazón mientras esperaba a que alguien fuera a abrir.
Me pregunté quién sería a esas horas. Otro timbrazo, y luego otro más.
Al parecer, nadie se dignaba a responder, y, la verdad, no me sorprendía.
Antes de que mi hermano pequeño, Nathan , que dormía en la habitación contigua a la mía, se despertara con todo ese ruido, decidí ir a abrir yo misma.
Sacudida por escalofríos, me puse las zapatillas y bajé las escaleras que separaban la zona de día de la de noche.
El silencio que flotaba en la casa amplificaba el ruido del agua que caía sobre el tejado y fluía hasta la calle.
En la puerta habían empezado a llamar con más insistencia.
Cuando al fin abrí, me encontré con dos agentes de policía con la placa en la mano y los uniformes empapados.
Las luces rojas y azules de su coche, aparcado en nuestro camino de entrada, se reflejaban en los árboles que había a nuestro alrededor.
En los rostros de los agentes, mojados por la lluvia, vislumbré la inquietud de dos hombres que en ese momento habrían preferido dedicarse a cualquier otra tarea.
Dijeron que tenían que hablar con mis padres.
Me sentí confusa. Mi madre dormía, sabía que estaría aturdida por los somníferos.
Al bajar las escaleras, había visto a mi padre inconsciente, abandonado en el sofá, con la botella de Jack Daniel’s entre las manos y medio volcada sobre su pecho, cubierto por una camisa de cuadros arrugada.
No sabía qué querían, pero tenía la sensación nítida de que no sería algo agradable.
El estallido de un trueno me llevó a frotarme los brazos.
Di un paso atrás y los invité a pasar, sin importarme lo que pudieran ver.
Uno de los agentes se acercó al sofá y empezó a sacudir a mi padre mientras fingía que no notaba el estado en que se encontraba.
Por muy repugnante que me resultara, no me sorprendió: eran compañeros de trabajo, mi padre era el mejor amigo del sheriff; sabía que se protegían entre ellos. Lo sabía muy bien.
Al darse cuenta de la escena, el otro agente —que se había quedado en el umbral del salón— se metió el pulgar en el cinturón de cuero y me dijo que subiera a despertar a mi madre.
Pero no le hice caso y le pregunté qué querían.
Como respuesta, solo se dignó a ofrecerme una mirada condescendiente para reiterar la orden e hizo un gesto con la cabeza hacia las escaleras.
Por un instante, pensé en Thomas , mi hermano mayor. Aquella noche se había ido de casa furioso tras el enésimo enfrentamiento violento con nuestro padre y no había vuelto a saber nada de él.
¿Estaría bien?
¿Se habría metido en problemas de nuevo?
Con la cabeza hecha un lío, subí las escaleras y entré en el dormitorio de mi madre.
En la mesilla vi desparramadas las pastillas para dormir que llevaba un tiempo consumiendo de forma desmedida.
Eran fuertes, de hecho, necesité varios intentos antes de conseguir que abriera los ojos.
Cuanto más permanecía atrapada en aquel estado de sueño comatoso, más inquieta me sentía yo.
Cuando por fin volvió en sí, la advertí de la presencia de los agentes.
Tan aturdida como yo, se puso en pie. Con cada movimiento torpe que realizaba advertí que una mueca de dolor le crispaba el rostro.
Estaba convencida de que aún sufría por los golpes que le había propinado mi padre hacía apenas unas horas.
Se puso la bata, que se ató de cualquier manera a la cintura, y se dirigió escaleras abajo.
Yo corrí a mi habitación, cogí el teléfono y llamé a Thomas , pero saltó el buzón de voz. Qué raro, él siempre me respondía.
Con los nervios a flor de piel, fui corriendo al cuarto de Nathan . En cuanto abrí la puerta, se me heló la sangre. Su cama estaba vacía. La colcha, intacta. No había ni rastro de él.
¿Cómo era posible? Le había dado las buenas noches cuando ya estaba metido en la cama, poco antes de que Thomas se marchara y de que nuestro padre se desplomara en el sofá.
Miré alrededor alterada en un intento de darle sentido a todo mientras una sensación terrible me oprimía los pulmones.
Volví a llamar a Thomas , pero una vez más saltó el buzón de voz.
Salí de la habitación para decirle a mi madre que Nathan no estaba en casa cuando, desde la planta de abajo, oí las voces amortiguadas de los agentes pronunciando algunas palabras: «accidente», «juntos» y «hospital».
El corazón se me detuvo.
Parpadeé varias veces antes de comprender el significado de aquellas frases fragmentadas.
¿Había habido un accidente? ¿ Thomas y Nathan estaban juntos?
Presa del pánico, me tambaleé ante la idea de que uno de mis hermanos estuviera en peligro.
Bajé hacia el salón y, cuando estaba a punto de apoyar el pie en el penúltimo peldaño, la imagen de mi madre arrodillada en el suelo, sacudida por los sollozos y sostenida por los dos agentes me obligó a aferrarme a la barandilla.
La desesperación en su voz mientras le gritaba a mi padre «todo es culpa tuya», los ojos colmados de terror de él, sentado en el sofá, inerme, con una mano apretada contra la boca y la mirada perdida en el vacío, me inmovilizaron.
Estaba tan conmocionada que ni siquiera tuve el valor de preguntar qué había pasado.
Intenté tragar el nudo que sentía en la garganta, pero dolía tanto que quemaba.
Mi madre seguía llorando, mi padre no emitía ningún sonido. No recordaba una sola vez en que lo hubiera visto tan perdido y… asustado.
Cuando uno de los agentes me vio, se acercó a mí con cautela, me apoyó una mano en el hombro y, en cuanto me apretó, noté que estaba temblando.
«Él» temblaba…
Las lágrimas me nublaron la vista, pero lo que el compañero de mi padre me dijo después con enorme dificultad estuvo a punto de hacerme perder el conocimiento.
Una tragedia acababa de golpear a mi familia, una tragedia de la que jamás se recuperaría.