Juego limpio (Tercer Tiempo 3) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

EL ÚLTIMO TERCER TIEMPO

Un año después

Mara había aprendido tres cosas sobre convivir con un capitán de los All Blacks.

La primera era que Darel consideraba aceptable levantarse a las cinco de la mañana si había dormido más de seis horas.

La segunda, que llenaba la nevera de recipientes idénticos y después olvidaba etiquetarlos.

La tercera, que ningún partido era «solo un partido», aunque lo repitiera durante toda la semana para tranquilizarla.

La final del campeonato del mundo tampoco lo era.

Mara permanecía sentada entre su madre y Aroha, con las manos enlazadas sobre las rodillas y la camiseta negra que Darel dejó preparada sobre la cama antes de marcharse al estadio.

En la espalda llevaba su apellido. Había tardado meses en aceptar ponérsela en público porque no quería que nadie confundiera su relación con un intento de convertirse en parte del espectáculo.

Darel respondió que llevar una camiseta no borraba su trabajo y que el país ya sabía que se acostaba con él.

Mara estuvo dos días sin hablarle por decirlo de aquella manera delante de su madre. Después terminó poniéndose la camiseta.

—Vas a romperte los dedos —dijo Helen.

Mara dejó de apretarse las manos.

—Estoy bien.

—Eso decías también cuando investigabas a mi hermano —recordó Aroha.

—Cuando investigaba a tu hermano estaba trabajando.

—Y mirándolo —añadió Helen—. Salió en todos los periódicos.

Al otro lado de Aroha, la madre de Darel soltó una risa breve sin apartar la vista del campo.

Mere Akara había llegado al estadio tres horas antes del partido con una bolsa de comida que nadie le había pedido y la intención declarada de no sentarse hasta que su hijo levantara la copa.

Desde la primera cena, un año atrás, trataba a Mara con una confianza que no le había exigido ninguna prueba.

En el campo, los equipos terminaban el calentamiento.

Los All Blacks se enfrentaban a Sudáfrica en una final que los periodistas llevaban semanas describiendo como el partido más importante de la carrera de Darel.

Podía serlo. A los treinta y cuatro años, seguía en una forma extraordinaria, aunque ya no fingía que el cuerpo se recuperaba igual que a los veinte.

Había comenzado a hablar con Fletcher sobre el futuro, sobre reducir partidos y sobre quién debía prepararse para asumir la capitanía. Noah no era todavía una opción.

Recibió una sanción de dieciocho meses por el consumo de la sustancia, la falta de declaración y el silencio posterior.

Su colaboración permitió reducirla. Durante ese tiempo siguió un programa de educación antidopaje, trabajó con jóvenes jugadores y comenzó terapia por recomendación de Darel.

Faltaban seis meses para que pudiera volver a competir.

Nadie le había prometido un lugar en la selección.

Darel sí le prometió que, si regresaba, lo juzgarían por lo que hiciera entonces.

Richard Mercer fue condenado por falsificación, acceso ilícito y obstrucción.

Noah declaró en el proceso. No hablaba con su padre desde la sentencia.

Mara había aprendido a no preguntar si algún día lo perdonaría.

Algunas decisiones no necesitaban tomarse rápido.

—Salen —anunció Aroha.

El estadio se levantó. Darel apareció al frente del equipo.

Mara lo reconocería aunque todos vistieran igual y se encontrara en la última fila.

Había una forma particular de caminar antes de un partido, un control que no era calma completa, sino energía contenida.

Miró hacia el banquillo, donde Fletcher repasaba algo con sus ayudantes.

Después buscó las gradas. La encontró. Darel levantó la barbilla.

Mara respondió con el mismo gesto que él utilizaba antes de una entrada: preparada.

Darel fue el primero en estrechar la mano del árbitro durante el sorteo, un galés de voz tranquila al que conocía desde hacía años. El árbitro dijo algo. Él sonrió.

—¿Qué crees que le ha dicho? —preguntó Helen.

Mara observó cómo el árbitro señalaba al capitán sudafricano y después a Darel.

—Que no le dé trabajo.

—Mamá lleva treinta años pidiéndole lo mismo —dijo Aroha.

La haka comenzó. Mara ya no podía verla sin sentir una emoción profunda.

Había aprendido parte del significado de los movimientos y Darel le explicó las palabras, aunque insistía en que traducirlas no bastaba.

Había que comprender la tierra, los ancestros, el equipo y la responsabilidad de representar algo que existía antes que cualquiera de ellos.

Aquella tarde, la voz de Darel llegó hasta ella con una fuerza distinta.

No estaba demostrando que regresó limpio.

Eso había quedado atrás. Tampoco jugaba para borrar el positivo falso.

Jugaba porque era su lugar, porque había peleado para volver y porque un capitán no podía dirigir mirando siempre hacia la herida. El partido fue brutal.

Sudáfrica marcó primero. Los All Blacks respondieron antes del descanso y terminaron la primera parte con dos puntos de ventaja. El árbitro anuló un ensayo neozelandés por una infracción previa, decisión que hizo protestar a medio estadio y a Mere Akara con más energía que a nadie.

—Era falta —dijo Mara.

—Lo sé —contestó Aroha—. Pero mamá va a necesitar varios años para admitirlo.

En la segunda parte, Darel recibió un golpe en la rodilla y quedó en el suelo.

Mara se incorporó. Aroha tomó su mano. El médico entró.

Darel movió la pierna, se levantó y caminó varios pasos.

Desde la distancia parecía estar bien, aunque Mara conocía su forma de apretar la mandíbula cuando algo dolía.

—Que lo saque Fletcher —murmuró.

—No lo hará si puede continuar —dijo Aroha.

—Pues debería.

Darel regresó a la línea.

—Maldito cabezota.

Helen sonrió.

—Ahora pareces Mere.

Quedaban cuatro minutos cuando los All Blacks recuperaron el balón cerca de su propia zona.

Necesitaban avanzar casi todo el campo. Darel organizó la jugada, recibió un pase y atrajo a dos defensores.

Mara lo vio mirar hacia la derecha. Tane corría libre.

Un año antes, Darel habría podido intentar llegar solo.

Pasó. Tane avanzó, evitó una entrada y devolvió el balón a Darel antes de caer.

El capitán cruzó la línea con un defensor agarrado a la cintura.

El estadio estalló. El árbitro pidió revisar la jugada.

Las pantallas repitieron el avance desde varios ángulos.

Darel había apoyado el balón correctamente.

No existía infracción. Ensayo. Los All Blacks se pusieron por delante.

Mara dejó de ser investigadora, abogada y mujer prudente durante varios segundos.

Gritó, abrazó a su madre y terminó con Aroha colgada del cuello.

En el campo, Darel quedó enterrado bajo sus compañeros.

Cuando el partido terminó, el marcador seguía a favor de Nueva Zelanda.

Darel había ganado el campeonato del mundo.

La ceremonia se convirtió en una sucesión de luces, música y jugadores emocionados.

Mara lo vio recibir la medalla, abrazar a Fletcher y levantar la copa junto a Tane.

Antes de alzarla, buscó las gradas. La señaló.

Mara negó con la cabeza, riendo mientras las cámaras se giraban hacia ella.

—Le encanta hacer las cosas a lo grande —dijo Helen.

—Demasiado.

—No parece que te moleste.

—Depende del día.

El tercer tiempo privado se celebró en uno de los salones del estadio. Daniel había volado desde España para la final y fue el primero en llegar. Mere apareció poco después, discutiendo con Tane sobre la falta que anuló el ensayo.

—Era falta y lo sabe —afirmaba Tane.

—El árbitro podía haber mirado hacia otro lado.

—¿Eso le enseñó usted a su hijo?

—Solo para las finales.

Mere le dio un golpe en el brazo. Darel entró el último, todavía con la medalla al cuello y el cabello húmedo después de la ducha. La sala se volvió hacia él. Hubo aplausos, gritos y varias copas levantadas. Darel saludó al equipo, abrazó a su familia y después caminó directamente hacia Mara.

—Has ganado —dijo ella.

—Hemos ganado.

—Yo estaba en la grada.

—Eso no significa que no formaras parte.

Darel le colocó la medalla alrededor del cuello.

—No. Es tuya.

—Ya tengo una copa.

—Y un ego considerable.

Él la besó delante de todos.

—Ven conmigo.

—¿Adónde?

—No hagas preguntas durante cinco minutos.

—Imposible.

Darel la condujo hasta el vestuario vacío. Las taquillas estaban abiertas y todavía olía a jabón, césped y el ungüento que utilizaban para los golpes. Mara se apoyó en una mesa.

—¿Por qué estamos aquí?

—Quería darte algo sin Tane haciendo comentarios.

—Ahora me preocupa más.

Darel abrió su taquilla y sacó una caja pequeña. Mara lo miró con desconfianza.

—No te arrodilles.

—No pensaba hacerlo.

—Eso dicen antes de hacerlo.

—No es un anillo.

—Bien.

La rapidez de su respuesta hizo reír a Darel.

—Algún día voy a preguntártelo.

—Algún día contestaré.

—Eso me sirve.

Abrió la caja. Dentro había una llave con un llavero sencillo de plata en forma de helecho. Mara la tomó.

—Ya tengo una llave de tu casa.

—Tienes la de emergencia que te di porque dejabas libros allí y después necesitabas entrar a buscarlos.

—Eso es una llave.

—Esta es otra cosa.

Darel se apoyó frente a ella.

—Quiero que dejes de tener dos casas. Quiero tus libros en el salón, tus tazas por todas partes y tus zapatos debajo de la mesa aunque cada semana diga que voy a tropezar con ellos. Quiero saber que cuando vuelva de una gira no tengo que preguntar dónde vamos a dormir.

Mara cerró los dedos alrededor de la llave.

—¿Quieres que me mude contigo?

—Quiero que vivas conmigo. Mudarte es la parte desagradable con cajas.

—Mi casa está más cerca de la oficina.

—La mía tiene vistas al mar.

—Y está llena de comida sin etiquetar.

—Puedo aprender.

—Eso requiere pruebas.

Darel tomó su cintura.

—Te doy acceso completo para investigarlo.

Mara sonrió.

—Ya no te investigo.