Juego limpio (Tercer Tiempo 3) EPÍLOGO #2
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EPÍLOGO #2

—Podemos llamarlo convivencia supervisada.

—Suena horrible.

—Entonces di que sí y busca un nombre mejor.

Mara observó la llave. Habían pasado un año entrando y saliendo de ambas casas, dejando ropa, libros y cepillos de dientes como si la vida en común pudiera construirse sin pronunciarla. Darel acababa de convertirla en una decisión.

—Sí —afirmó.

Él no preguntó si estaba segura. La besó con una alegría que consiguió levantarla del suelo.

—Bájame.

—Has dicho que sí.

—No significa que puedas pasearme por el vestuario.

—Está vacío.

La puerta se abrió. Tane asomó la cabeza.

—Sabía que estabais celebrando sin nosotros.

Darel dejó a Mara en el suelo.

—Fuera.

—Solo venía a avisar de que van a hacer el brindis.

Aroha apareció detrás y vio la llave.

—¿Es lo que creo?

—Nos mudamos juntos —contestó Darel.

Mara lo miró.

—Yo me mudo. Tú ya vives allí.

—Detalles.

Tane levantó una mano.

—Por fin. Evans me debía cincuenta dólares.

Daniel apareció al fondo del pasillo.

—La apuesta era que tardaría menos de un año después del primer beso.

Mara miró a los cuatro.

—¿Habíais apostado sobre nosotros?

Priya se unió al grupo.

—Yo dije que seis meses.

—Ha sido un año —recordó Tane.

—Porque Mara es prudente.

—Porque Darel es agotador —corrigió ella.

Darel la rodeó por los hombros.

—Y aun así se queda.

Regresaron al salón. Las dos familias quedaron juntas durante el brindis: Helen al lado de Mere, Aroha con los niños dormidos sobre dos sillas, y Daniel, Tane y Priya mezclados entre todos sin que nadie supiera ya a qué lado pertenecía cada uno.

Ninguno era la misma persona que había empezado aquel invierno.

Habían perdido partidos, cometido errores, peleado contra otros y contra sí mismos.

También habían aprendido que el tercer tiempo no era solo la celebración después del juego.

Era el lugar donde uno volvía cuando todo terminaba. Fue Tane quien levantó la copa primero.

—Por los que juegan limpio —dijo Tane.

—Por los que aprenden después de jugar sucio —añadió Daniel.

Mere miró a su hijo y levantó la copa.

—Y por los que juegan duro sin romper el reglamento.

Todos rieron. Mara chocó su copa con la de Darel.

Llegaron a casa pasadas las tres de la mañana. Darel cojeaba un poco de la rodilla y se negó a reconocerlo. Mara le quitó la camisa en el pasillo para revisarle el golpe, y él aprovechó para quitarle a ella la camiseta negra con su apellido en la espalda.

—Estás herido —le recordó cuando él la empujó con suavidad hacia la cama.

—Tengo una rodilla herida. El resto funciona.

—Eso tendré que comprobarlo.

Lo comprobó sin prisa. Darel se tumbó de espaldas y Mara se sentó a horcajadas sobre sus muslos, con la medalla todavía colgada del cuello.

El metal frío le rozaba la piel cada vez que se inclinaba para besarlo.

Él la miró de una forma que ella ya conocía muy bien y que, aun así, seguía desarmándola.

—Déjatela puesta —pidió.

—Es tuya.

—Te la di en el vestuario. Ya no tengo ningún derecho sobre ella.

Mara se rio y, por una vez, le obedeció.

Se quitó todo lo demás. Se movió sobre él despacio, cuidando la rodilla, y Darel la sujetó por las caderas sin dejar de mirarla.

Lo hicieron así, cansados y felices, sin más luz que la que llegaba del pasillo.

Cuando ella terminó, la medalla resbaló entre los dos y quedó sobre el pecho de Darel, justo encima de la franja del tatuaje que había añadido el día que lo nombraron capitán.

Mara la miró allí, dorada sobre las líneas oscuras, y pensó que nunca había visto un objeto en un lugar tan exacto.

—Campeón del mundo —murmuró contra su boca.

—Y aun así mandas tú.

—Siempre.

Dos semanas después, el salón de la casa de Darel desapareció bajo las cajas.

Mara había prometido que solo llevaría los libros imprescindibles y él cometió el error de no pedirle una cifra.

Cuarenta y siete cajas llegaron durante la mañana, además de dos plantas enormes, una mesa de trabajo y la cafetera que, según ella, preparaba el único café decente de Auckland.

Darel abrió la última caja y encontró seis carpetas vacías, tres cuadernos nuevos y una fotografía enmarcada de Mara con su madre.

—¿Dónde quieres esto? —preguntó.

Ella apareció desde el pasillo con el cabello recogido de cualquier manera y una cinta métrica colgando del cuello.

—En la estantería del despacho.

—No queda espacio.

—Has colocado tus trofeos en dos baldas.

—Son trofeos internacionales.

—Y esa fotografía es de la graduación de mi máster.

Darel miró el marco.

—No parece un máster. Estáis las dos en la playa.

—Fue después.

—Entonces no es una fotografía de la graduación.

—Es la que quiero poner.

Él se dirigió al despacho. Mara lo siguió preparada para discutir, pero Darel tomó uno de los trofeos y lo llevó al salón. Después colocó la fotografía en el centro de la balda.

—Problema resuelto.

—No tienes que quitar tus cosas.

—Ahora también son tus baldas.

La facilidad con la que lo dijo la dejó quieta.

Llevaban un año compartiendo noches y fines de semana, pero aquella mañana todo adquiría una forma distinta.

Su ropa estaba en el armario, sus expedientes ocupaban el despacho y las tazas que Darel decía odiar habían aparecido ya en la cocina.

No estaba visitando su casa. Vivía allí.

—¿Te arrepientes? —preguntó él.

—Acaban de traer cuarenta y siete cajas de libros. Ya es tarde.

—Puedo devolverte.

—Las cajas, quizá. A mí no.

Darel sonrió y la acercó por la cintura.

—Eso pensaba.

Mara apoyó las manos en su pecho. La medalla del campeonato permanecía sobre una mesa porque él todavía no había decidido dónde guardarla.

Durante la primera semana, varios periodistas habían pedido entrevistas sobre la final, su absolución y el futuro de la capitanía.

Darel aceptó hablar de rugby y rechazó todo lo demás.

Noah seguía cumpliendo la sanción y entrenaba solo, a la espera de poder volver.

Mara seguía trabajando en la Comisión, aunque ya no participaba en ningún asunto relacionado con los All Blacks.

La vida no se había vuelto sencilla. Solo había dejado de pertenecer a una investigación.

—Por cierto —dijo ella—, he encontrado tres botes sin etiqueta en el congelador.

—Comida de mi madre.

—Eso no es una identificación válida.

—Puedo pedirle una declaración firmada.

—Y he descubierto que guardas las llaves de repuesto en un cuenco junto a la puerta.

—Ahora vives aquí. Ya no tienes que irrumpir para registrarme.

—Nunca irrumpí. Me abriste.

—Porque estabas muy atractiva cuando dabas órdenes.

—Era la investigadora de tu caso.

—Ya no.

Darel la besó antes de que encontrara otra objeción. Mara se dejó llevar durante unos segundos y después se apartó al escuchar un golpe en el salón. Una de las cajas de libros había cedido y el contenido se desparramaba por el suelo.

—Eso ha sido culpa tuya —dijo ella.

—La caja estaba mal cerrada.

—La has movido.

—Tú la llenaste con media biblioteca.

Mara se agachó para recoger los libros. Darel hizo lo mismo y recibió un ejemplar en el hombro cuando ella intentó pasárselo sin mirar.

—Convivencia supervisada —recordó él.

—Cierra la boca y coloca esos en orden alfabético.

—Eso no estaba en el acuerdo.

—Ahora sí.

Habían empezado enfrentados a ambos lados de una mesa, convencidos de que creer y demostrar eran cosas incompatibles.

Un año después, ella seguía confiando en las pruebas.

Solo que ahora también confiaba en él. Y, cuando el ruido del estadio se apagaba y el partido terminaba, Darel ya no necesitaba buscarla entre miles de personas. Mara estaba a su lado.

FIN