CAPÍTULO 28 #2
El estadio se llenó. Cuando los All Blacks salieron al campo, el ruido fue tan intenso que Mara lo sintió en el pecho.
Darel apareció el primero. Llevaba la camiseta negra, el número en la espalda y una expresión concentrada que no le había visto fuera de los vídeos.
Saludó al público y reunió al equipo antes de la haka.
Mara había presenciado aquella ceremonia muchas veces.
Nunca con Darel sabiendo dónde estaba ella.
Él dirigió las primeras palabras. Su voz llegó hasta las gradas, fuerte y profunda, seguida por la de sus compañeros.
Los movimientos fueron precisos, los golpes contra los muslos y el suelo hicieron vibrar el estadio y, durante unos segundos, Mara comprendió algo que los informes nunca podían registrar.
Darel no era capitán por una decisión administrativa.
Había una conexión entre él, el equipo y el público que no podía falsificarse en una pantalla.
Cuando terminó, Darel levantó la cabeza.
La encontró. Mara supo el momento exacto porque sus ojos se detuvieron y la dureza del rostro cambió apenas.
No sonrió. No era el momento. Aun así, la había buscado entre miles de personas.
—Te ha visto —anunció Kiri, encantada.
—Sí.
El partido empezó con una entrada violenta contra Darel. Mara se incorporó de golpe. Aroha le tocó el brazo.
—Está bien.
—Le han golpeado el hombro lesionado.
—Y ya se ha levantado.
Darel regresó a la jugada como si el impacto no hubiera ocurrido.
Durante los primeros minutos el equipo parecía descoordinado.
Fallaron dos pases y concedieron un golpe de castigo.
Darel reunió a los jugadores, cambió la posición de Tane y empezó a dirigir con la calma que Mara conocía de las entrevistas, esa capacidad de permanecer quieto mientras todos los demás se aceleraban.
El primer tanto llegó poco antes del descanso.
Darel recibió el balón cerca de la línea, esquivó a un rival y avanzó con dos jugadores intentando derribarlo.
Podía haber continuado. En lugar de buscar la gloria, pasó a Tane en el momento exacto. Tane marcó.
—Eso es lo que decía de Noah —recordó Mara.
—¿Qué cosa? —preguntó Helen.
—Que a veces la mejor jugada es la que permite que otro marque.
Darel se levantó del suelo y chocó la mano con Tane.
Después miró hacia las gradas. Esta vez sonrió.
La cámara siguió la dirección y enfocó a Mara.
El estadio vio su cara en la pantalla gigante.
También vio el rubor inmediato y a Aroha riéndose a su lado.
Los comentaristas tardaron segundos en relacionarla con la investigadora de las fotografías. Mara cerró los ojos.
—Voy a matarlo.
Helen aplaudió.
—Después del partido.
Los All Blacks ganaron con una ventaja ajustada.
Darel terminó cubierto de barro, con una pequeña herida en la ceja y la misma sonrisa que Mara había visto cuando el informe confirmó que era inocente.
Después de saludar a los rivales, caminó hacia la zona de la grada.
Los periodistas lo siguieron. Mara permaneció en su asiento.
No quería esconderse ni correr, aunque el corazón se le aceleró cuando Darel se detuvo frente a ella.
—Has venido.
—Me invitaste.
—No estaba seguro de que fueras a hacerlo.
—Mientes peor que yo.
Darel rio.
—¿Te ha gustado el partido?
—Has cometido dos errores en la primera parte.
—Eso es un sí.
—Y deberías revisar el hombro.
—Lo haré.
Las cámaras estaban a pocos metros. Darel miró hacia ellas y después a Mara.
—Puedo esperar hasta que entremos.
Mara supo a qué se refería. Durante semanas él había respetado cada límite que ella trazó, incluso cuando no le gustaba.
Podía pedirle otra espera, salir por una puerta lateral y mantener la relación en un espacio privado hasta que la prensa encontrara otra historia.
No quería hacerlo. Se inclinó sobre la barrera y lo besó.
No fue un beso largo ni íntimo. Fue suficiente para que el estadio reaccionara, los flashes se multiplicaran y Darel la sujetara por la nuca durante un segundo antes de separarse.
—Eso ha sido juego sucio —murmuró él.
—No estamos jugando.
—Mejor.
Darel tuvo que marcharse con el equipo antes de que Mara pudiera volver a besarlo.
La rueda de prensa empezó media hora más tarde.
Ella la siguió desde una pantalla instalada en el salón reservado para familiares, sentada entre Helen y Aroha, con el programa todavía arrugado sobre las rodillas.
Los periodistas preguntaron por el partido durante menos de tres minutos.
Después llegó la cuestión que todos llevaban preparada.
—¿Ha sentido que hoy debía demostrar que merecía volver a vestir esa camiseta?
Darel bebió agua antes de responder. Fletcher permanecía a su lado, callado.
—No. La camiseta no se recupera marcando más puntos ni golpeando más fuerte.
Se recupera cuando el equipo vuelve a confiar en ti y cuando se demuestra que no hiciste aquello de lo que te acusaban.
Lo de hoy era rugby. Lo otro lo hicieron investigadores, abogados y personas que decidieron no ignorar una irregularidad.
Mara miró sus manos. Helen le tocó la rodilla.
—¿Ha hablado con Noah Cole desde que admitió el consumo?
—No voy a contar una conversación privada.
—¿Lo perdona?
Darel tardó unos segundos.
—No me corresponde perdonar una infracción que también afectó al equipo.
Noah tendrá que cumplir la sanción y aceptar lo que hizo.
Lo que no voy a hacer es utilizar su peor decisión para definir toda su vida.
A mí intentaron definirme por algo que no había hecho.
Sé lo fácil que resulta convertir un nombre en una sola palabra.
La respuesta sorprendió incluso a Fletcher, que giró la cabeza hacia él. Mara sintió un orgullo tan intenso que casi la hizo reír. Aquello era lo que Richard Mercer no había entendido nunca sobre Darel. No protegía su lugar apartando a los demás. Exigía que estuvieran preparados para ocuparlo.
—La investigadora Quinn ha presenciado el partido —añadió otra periodista—. ¿Confirma que mantienen una relación?
Darel miró directamente a la cámara.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que dejó de investigarme. Y esa es toda la información que van a recibir.
—La ha besado delante de todo el estadio.
—Ella me ha besado a mí. Me parece importante precisar el dato.
Las risas recorrieron la sala. Mara se tapó la cara con una mano.
—Lo va a repetir durante años —dijo Aroha.
—Me gusta que precise —dijo Helen—. Es buena señal.
En la pantalla, Darel sonreía mientras Fletcher daba por terminada la comparecencia.
No había pronunciado el nombre de Mara para defenderla ni para convertirla en parte del espectáculo.
Solo había reconocido lo que eran, sin esconderlo y sin permitir que nadie volviera a cuestionar su trabajo.
Durante el tercer tiempo, Mara entró por primera vez al espacio reservado del equipo sin una acreditación de investigadora.
Daniel la recibió con un abrazo. Tane levantó una copa y Aroha le indicó que se sentara junto a ellas.
Darel tardó en aparecer. Cuando lo hizo, ya se había duchado y llevaba una camisa negra. Se dirigió directamente hacia Mara.
—¿Qué sucede ahora? —preguntó.
—Ahora celebras con tu equipo.
—No hablo del partido.
Mara tomó su copa.
—Mañana voy a trabajar.
—Yo también.
—Seguiremos viviendo en la misma ciudad.
—Eso espero.
—Y probablemente discutiremos varias veces por semana.
—Seguro.
Darel se inclinó hacia ella.
—No te estoy preguntando por el horario.
Mara dejó la copa.
—¿Qué me estás preguntando?
—Cuando esto terminara, pensé que dejarías de responder a mis llamadas.
—Cuando esto terminara, pensé que dejarías de necesitarlas.
—Nunca necesité una investigadora, Mara.
—Mentira. Sin mí seguirías intentando demostrar tu inocencia enseñándole a todo el mundo el armario de los suplementos.
—Necesitaba tu trabajo. No es lo mismo que necesitarte a ti.
La expresión de Mara cambió.
—¿Y qué necesitas de mí?
—Que te quedes.
—Vivo a veinte minutos.
—Sabes a qué me refiero.
Mara miró alrededor. Daniel hablaba con Helen. Tane discutía con Aroha sobre una jugada. El equipo celebraba una victoria que parecía pequeña comparada con todo lo que había sucedido.
—Me quedaré —dijo.
Darel sonrió.
—Con una condición.
—Ya sabía que habría una.
—Nada de secretos.
—Nada de secretos.
—Y siempre juego limpio.
Darel acercó la boca a su oído.
—En el campo.
Mara le dio un golpe en el pecho.
—Eres imposible.
—Y te quedas.
—Sí.
Darel tomó su mano bajo la mesa. El campeonato seguía por delante y no sabía si ganarían, pero Mara estaría allí cuando regresara del campo. Eso era suficiente.