Juego limpio (Tercer Tiempo 3) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

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Darel regresó a las instalaciones de los All Blacks cuarenta y ocho horas después.

No llegó en secreto. Había periodistas en la entrada, aficionados detrás de las vallas y compañeros esperando en el pasillo que conducía al vestuario.

El organismo antidopaje publicó la resolución completa aquella mañana.

El laboratorio reconoció el cambio deliberado de las muestras, Richard Mercer quedó acusado formalmente y Noah aceptó una suspensión provisional mientras se tramitaba su propia infracción.

Por primera vez, los titulares utilizaban las palabras «víctima», «inocente» y «manipulación».

Darel sabía que algunos seguirían recordando el positivo antes que la absolución.

También sabía que no podía controlar cada conversación, cada comentario ni la sospecha de quienes preferían una historia sencilla.

Solo podía volver al lugar del que lo habían apartado y demostrar que seguía siendo el mismo.

Fletcher lo esperaba junto a la puerta.

—¿Preparado?

Darel miró el helecho plateado bordado en su camiseta de entrenamiento.

—Sí.

—La capitanía es tuya en cuanto entres.

—Tane ha hecho un buen trabajo.

—Lo sabe. También sabe que nunca fue definitiva.

Darel asintió. Antes de abrir, Fletcher le dio un golpe en el hombro.

—Me alegra tenerte de vuelta.

—A mí también.

Entraron. El vestuario permaneció en silencio durante un segundo.

Después Tane comenzó a golpear la palma contra una taquilla.

Otros se unieron. El sonido creció hasta convertirse en un aplauso que llenó la sala.

Darel se quedó junto a la puerta, sin saber qué hacer con la emoción que le subía por el pecho.

Daniel, al que Fletcher había invitado a ver el primer entrenamiento, estaba al fondo con los preparadores. Levantó una mano.

—Di algo, capitán.

Darel caminó hasta el centro. Miró los rostros de hombres con los que había entrenado, viajado, perdido y ganado. Algunos habían hablado con él cada día. Otros no supieron qué decir durante la suspensión. Ninguno tenía que disculparse por esperar las pruebas. Darel lo entendía mejor que antes.

—No voy a hacer un discurso largo —comenzó—. Ya habéis escuchado demasiadas cosas sobre mí estas semanas.

Varias risas aliviaron la tensión.

—Gracias a quienes llamasteis, a quienes disteis espacio y también a quienes no sabíais qué pensar. No necesito que nadie se sienta culpable por esperar la verdad. Para eso estaban la investigación y las pruebas.

Tane se cruzó de brazos.

—Nosotros lo sabíamos.

—Lo sé.

Darel respiró hondo.

—Lo que ocurrió demuestra que un sistema puede fallar cuando una persona decide utilizarlo mal.

También demuestra que callar para protegerse puede hacer tanto daño como la mentira inicial.

Noah tendrá que responder por sus decisiones.

Sigue siendo uno de nosotros, aunque ahora deba caminar una parte del camino fuera del equipo.

Algunos jugadores bajaron la atención. Noah había sido amigo, rival y compañero. La traición no desaparecía porque estuviera ausente.

—No quiero que nadie lo convierta en un monstruo para sentirse mejor —continuó Darel—.

Se equivocó, tuvo miedo y permitió que un hombre inocente cargara con su culpa.

Eso es grave. También tiene veinticuatro años y una vida por delante para decidir quién quiere ser después. Nosotros vamos a seguir entrenando.

Tane dio un paso.

—Contigo al frente.

Darel asintió.

—Conmigo al frente hasta que alguien esté preparado para hacerlo mejor.

El aplauso regresó, acompañado por golpes en los bancos y varias manos sobre sus hombros.

Tane le entregó la camiseta de capitán que habían guardado en su taquilla.

Darel la sostuvo unos segundos antes de ponérsela.

El entrenamiento fue más duro de lo previsto.

Dos semanas fuera de la dinámica del equipo no habían reducido su forma física, pero sí la coordinación con las jugadas nuevas.

Tane lo derribó en el primer ejercicio de contacto y Daniel rio desde la banda.

—¿Seguro que estás limpio? —gritó—. Pareces lento.

Darel se levantó cubierto de barro.

—Entra tú y compruébalo.

—Estoy retirado.

—Qué conveniente.

La broma recorrió el campo y terminó de devolver la normalidad.

Darel corrió, chocó, recibió golpes y dio órdenes hasta que el cuerpo volvió a reconocer el ritmo.

Al finalizar, Fletcher anunció que sería titular y capitán en el segundo partido de preparación, cuatro días después.

Darel buscó el teléfono en cuanto entró al vestuario.

Mara había enviado un mensaje: «Hannah quiere saber si piensas celebrar la vuelta provocando otra rueda de prensa».

Darel respondió: «Dile que solo si vuelven a hablar de ti».

La respuesta tardó menos de un minuto.

«Ha dicho que eres su peor pesadilla».

«Pensé que ese puesto era tuyo».

«Yo soy más eficaz».

Darel sonrió. Tane se sentó a su lado.

—¿Quinn?

—Sí.

—Se te nota.

—Eso dice todo el mundo.

—¿Vendrá al partido?

Darel guardó el teléfono.

—No lo sé.

Mara seguía trabajando en la Comisión y el caso contra Mercer podía prolongarse durante meses.

Su parte sobre Darel había terminado, y había aceptado la amonestación sin recurrirla, pero los medios todavía perseguían cualquier aparición conjunta.

Habían pasado dos noches juntos: la del informe, en casa de Mara, y la del tribunal, en la de Darel.

No habían salido en público. Darel no quería esconderla.

Mara tampoco, aunque necesitaba que la primera imagen no pareciera una confirmación de que todo empezó durante la investigación.

Acordaron esperar hasta el partido, cuando la atención pudiera concentrarse en su regreso.

Aquella tarde fue a buscarla a la oficina. Esperó en el coche, como la noche en que firmó el informe. Mara salió a las siete con Priya y Julian. Los tres lo vieron. Julian se acercó a la ventanilla.

—No vuelvas a hacer declaraciones sobre mi corbata.

Darel miró la que llevaba.

—Esa es mejor.

—Tomaré el comentario como una disculpa.

—No lo era.

Mara abrió la puerta del copiloto.

—Buenas noches, Julian.

—Que descanses. Los dos.

Priya soltó una risa y continuó hacia su coche. Mara se sentó.

—Podrías aparcar en una zona menos visible.

—Ya no tengo que esconderme.

—Yo tampoco. Eso no significa que quiera que una cámara aparezca entre los arbustos.

Darel se inclinó para besarla. Mara colocó una mano en su pecho.

—Aquí no.

—¿Por qué?

—Porque Julian sigue mirando.

Darel volvió la cabeza. El abogado levantó una mano desde el otro lado del aparcamiento.

—Tiene que buscarse una vida.

—Tiene una. La mía le da demasiado trabajo.

Darel arrancó.

—¿Vendrás al partido?

Mara miró por la ventana.

—¿Quieres que vaya?

—No habría preguntado si no.

—Habrá cámaras.

—Sí.

—Y cuando te enfoquen después de marcar, buscarán a quién miras.

—Probablemente.

—Lo has pensado.

—Mucho.

Mara se volvió hacia él.

—¿Qué vas a hacer?

—Buscarte.

—Darel.

—No pienso fingir que no estás.

—No hace falta que conviertas cada cosa en una declaración.

—No es una declaración. Cuando entro en un campo siempre busco a mi familia, a Daniel y a las personas que importan. Ahora tú eres una de ellas.

Mara guardó silencio.

—Eso ha sido muy bonito —admitió después.

—Puedo empeorarlo con una broma.

—No.

—Entonces ven.

—De acuerdo.

Aquella noche no llegaron a cenar. Mara abrió la puerta de su casa, dejó el bolso en la consola y Darel la besó antes de que encontrara el interruptor.

Hicieron el camino hasta el dormitorio a oscuras, tropezando con los libros que ella nunca terminaba de colocar y dejando la ropa por el pasillo en un orden que a la mañana siguiente les costó reconstruir.

Esta vez no hubo urgencia, solo la tranquilidad nueva de saber que nadie iba a llamar para detenerlos.

Darel la desnudó despacio, sentado en el borde de la cama, con ella de pie entre sus rodillas, y le besó el vientre mientras le bajaba la falda.

Mara le sujetó la cabeza con las dos manos.

Él subió por sus costillas hasta los pechos y se entretuvo allí hasta que la oyó maldecir en voz baja, que era lo más parecido a una súplica que Mara Quinn estaba dispuesta a pronunciar.

Luego ella lo empujó contra el colchón y se colocó encima.

Lo recibió dentro de sí con una lentitud deliberada, sin apartar los ojos de los suyos, y Darel descubrió que aquella mujer también sabía hacer esperar a un hombre cuando le convenía.

Se movió sobre él a su ritmo, con las manos apoyadas en su pecho y el cabello cayéndole sobre la cara, y no le permitió acelerar hasta que ella misma estuvo a punto de romperse.

Cuando por fin se dejó ir, se inclinó para besarlo y terminó con la frente contra su cuello, temblando.

Darel la siguió con sus caderas sujetas entre las manos y el nombre de ella atrapado entre los dientes.

Después se quedaron enredados entre las sábanas.

Mara se durmió primero. Darel tardó un poco más, lo suficiente para descubrir que a medianoche ella le había robado la almohada sin despertarse y que, cuando intentó recuperarla, Mara murmuró que era suya, se abrazó a él y siguió durmiendo encima de las dos.

—Me has quitado la almohada —le dijo por la mañana.

—Mentira.

—Estás encima de ella.

—Eso no demuestra nada.

Darel se rio contra su pelo. Llevaba semanas pendiente de pruebas. Aquella era la primera que no pensaba presentar ante nadie.

El partido se celebró en Eden Park. Mara llegó con su madre, Aroha y Kiri para evitar atravesar sola la entrada llena de periodistas. Aroha había conseguido asientos en la zona de familiares, cerca del banquillo, y Kiri llevaba una camiseta con el número de su tío que le llegaba a las rodillas.

—No tienes que estar nerviosa —dijo Helen.

—No lo estoy.

Aroha señaló sus manos.

—Llevas cinco minutos doblando el programa.

Mara miró el papel arrugado.

—Ha sido un día largo.

—Claro —dijeron las dos.

Mara las miró con cansancio.

—Esa palabra es una plaga.