Juego limpio (Tercer Tiempo 3) CAPÍTULO 27 #3
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CAPÍTULO 27 #3

—Tengo ropa de trabajo en casa.

—Te llevo por la mañana.

—Vives en la otra punta.

—No me importa.

Mara lo observó durante unos segundos.

—De acuerdo.

Darel sonrió.

—No pongas esa cara —advirtió ella.

—¿Qué cara?

—La de haber ganado.

—Hoy he ganado bastante.

Mara se incorporó y tomó la sábana para cubrirse.

—No te acostumbres. Mañana volveré a discutir contigo.

—Eso también lo esperaba.

El teléfono de Darel vibró sobre la cómoda. Había más de veinte mensajes. Daniel preguntaba si seguía vivo. Tane había enviado varios leones, copas y una fotografía de la mesa del restaurante con una silla vacía. Mara leyó por encima de su hombro.

—Deberías contestar.

Darel escribió: «Estoy celebrando. No esperéis».

Tane respondió al instante: «Todos sabemos cómo».

Mara se tapó la cara con una mano.

—Voy a matarlo.

—Ponte a la cola.

Darel apagó el teléfono y volvió a la cama.

A la mañana siguiente, Mara despertó con una pierna de Darel sobre las suyas y el sonido de un teléfono vibrando en algún lugar del suelo.

Tardó varios segundos en recordar dónde estaba.

Después notó el brazo alrededor de su cintura, el pecho caliente contra su espalda y el dolor agradable en músculos que llevaba demasiado tiempo utilizando solo para caminar de una reunión a otra.

Intentó apartarse. Darel la acercó más sin abrir los ojos.

—No.

—Tengo que levantarme.

—No.

—Esa palabra no es una conversación.

—Son las seis y doce.

Mara giró la cabeza.

—¿Cómo lo sabes si tienes los ojos cerrados?

—Mi cuerpo sabe la hora.

—Eso es profundamente irritante.

—Duerme.

—Tengo trabajo.

—Hoy es sábado.

—La Comisión no desaparece los sábados.

Darel abrió un ojo.

—La investigadora Quinn ya no lleva mi caso.

—La investigadora Quinn tiene otros.

—Mara puede quedarse media hora.

La diferencia en el nombre y el tono consiguió que dejara de moverse.

—Media hora —aceptó.

Darel besó su hombro y volvió a cerrar los ojos. Permanecieron en silencio hasta que el teléfono vibró otra vez.

—Alguien insiste —dijo Mara.

—Si fuera importante, llamaría.

El aparato comenzó a sonar. Darel soltó una maldición, se levantó y lo buscó entre la camisa, el pantalón y una zapatilla. Mara aprovechó para sentarse, sujetando la sábana contra el pecho.

—Es Daniel.

—Te dije que llamaría.

Darel respondió.

—Estoy vivo.

Mara escuchó la voz de Daniel al otro lado, aunque no las palabras exactas.

—No voy a entrenar hoy… Porque me han absuelto ayer y llevo dos semanas entrenando solo… No, eso no es una excusa.

Darel la miró.

—Sí, está aquí.

Mara abrió los ojos.

—No tenías que decirlo.

Daniel habló más alto. Darel alejó el teléfono.

—Quiere saludarte.

—No.

—Dice que Tane está con él.

—Peor.

Darel activó el altavoz.

—Buenos días, Mara —dijo Tane con una alegría excesiva—. Me alegra saber que la celebración ha sido satisfactoria.

Mara se cubrió la cara con una mano.

—Voy a colgar.

—No puedes. El teléfono es mío —recordó Darel.

—Aún puedo matarte.

Daniel rio.

—La cena de anoche se ha trasladado a hoy. Toda la familia, siete y media. Y no aceptamos excusas.

—Estaremos allí —contestó Darel.

Mara lo miró.

—No has preguntado.

—¿Tienes otro plan?

—Podría inventarlo.

—No lo harás.

La llamada terminó. Darel dejó el teléfono en la cómoda y regresó a la cama. Mara tomó la almohada y se la lanzó.

—Has anunciado que estoy aquí.

—Ya lo sabían.

—No podían saberlo.

—Aroha lo sabía antes de que saliéramos del tribunal.

—Tu hermana cree saberlo todo.

—Esta vez acertó.

Mara intentó mantener el enfado, aunque Darel se tumbó sobre ella y empezó a besarle el cuello.

—No vas a solucionar cada discusión así.

—No todas.

—Darel.

—Esta sí.

Mara soltó una risa y lo rodeó con los brazos. La media hora se convirtió en una hora y veinte. Cuando por fin se levantaron, Darel preparó café y huevos mientras Mara caminaba por la cocina con una de sus camisetas. Él se quedó mirándola.

—No empieces —advirtió ella.

—No he dicho nada.

—Lo estás pensando muy alto.

—Me gusta verte aquí.

La frase fue tan sencilla que Mara dejó la taza.

—No conviertas una noche en un plan de convivencia.

—Todavía no.

—¿Todavía?

Darel le acercó el plato.

—Come.

—Estás evitando responder.

—Estoy aprendiendo de ti.

Mara se sentó y probó los huevos.

—Les falta sal.

—Puedes irte a tu casa a desayunar.

—Ahora ya es tarde.

Darel sonrió. No hablaron del futuro durante el resto de la mañana.

No era necesario. Había ropa en el suelo, dos tazas sobre la encimera y una facilidad inesperada en compartir un espacio sin una carpeta entre ellos.

Después de semanas buscando pruebas, Mara descubrió que algunas certezas podían empezar de una forma mucho más simple.

La resolución, los medios y todo lo que quedaba fuera podían esperar hasta el lunes.

Mara se acomodó otra vez junto a él. Por primera vez desde que sonó el teléfono a las cinco y diecisiete, Darel no necesitaba demostrar nada.

Era inocente. Y la mujer que había encontrado la verdad estaba en sus brazos porque había elegido quedarse.