Juego limpio (Tercer Tiempo 3) CAPÍTULO 27 #2
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CAPÍTULO 27 #2

Se quitó la chaqueta sin apartar la atención de él. Después se colocó entre sus rodillas, le levantó la barbilla con dos dedos y bajó la voz hasta el tono exacto de una sala de reuniones gris, un año atrás.

—Voy a formularle la pregunta una vez más, capitán. ¿Qué quiere?

Darel reconoció la frase, y el cuerpo entero le respondió antes que la boca.

—No puedo darle un nombre.

—¿No puede o no quiere?

—No me hace falta. Lo tengo delante.

Mara se quitó la camiseta por toda respuesta. Debajo llevaba un sujetador negro que él no había visto la noche del sofá.

—Siguiente pregunta. ¿Qué hizo la última vez que estuvo a solas pensando en mí?

Darel tardó un segundo en contestar. No por pudor, sino porque verla esperar la respuesta, medio desnuda y con las manos apoyadas en sus hombros, lo estaba dejando sin aire.

—¿Quiere una declaración completa?

—Con todos los detalles.

Se lo contó. La ducha del hotel de Sídney, el agua fría y lo poco que había servido.

La noche de la tormenta, dos plantas por debajo de ella, con la camiseta gris grabada en la cabeza y su nombre en la boca.

Mara lo escuchó sin interrumpir y, a medida que él hablaba, se desabrochó los vaqueros con una lentitud deliberada.

—Eso tampoco es juego limpio —dijo Darel.

—No estamos en el campo.

La frase le recordó la promesa que habían repetido durante la investigación.

Sonrió y se acercó. No hubo prisa después de eso.

Después de seis días sin tocarse, ninguno quería convertirlo en una sucesión de movimientos rápidos.

Darel le quitó el resto de la ropa y recorrió su cuerpo con las manos y la boca, los pechos, el vientre y la cara interna de los muslos, deteniéndose cada vez que Mara reaccionaba hasta aprender de memoria qué la hacía arquearse.

Ella hizo lo mismo con él, siguiendo los tatuajes del pecho y la espalda, besando la cicatriz del hombro y otra antigua junto a las costillas.

—¿Esta? —preguntó.

—Un partido contra Sudáfrica.

—¿Y esa?

—Entrenamiento. Daniel me derribó cuando tenía diecinueve años.

—Me cae mejor.

Mara volvió al hombro derecho y siguió con un dedo la primera línea del tatuaje, la que nacía en el brazo y se abría hacia el pecho.

—¿Y esto? La otra noche no te lo pregunté.

Darel le cubrió la mano con la suya.

—No es un adorno. Las líneas del brazo cuentan de dónde vengo: la familia de mi madre y los que estaban antes que ella. Mi madre se sentó al lado del tatuador y le fue diciendo nombres durante cuatro horas.

—¿Y esta?

Mara tocó una franja más densa, cerca de la clavícula.

—La añadí el día que me dieron la capitanía.

—¿Qué significa?

—Que no cargo solo conmigo. Cargo con los que vienen detrás.

Mara besó aquella franja sin decir nada. Darel pensó que nadie había entendido tan deprisa por qué no había podido dejar caer a Noah, ni por qué le había dolido tanto que Noah lo dejara caer a él.

Darel la tumbó sobre la cama. Mara dejó de bromear cuando él descendió por su cuerpo y le separó los muslos con las manos.

La besó allí sin prisa, atento a cada temblor, hasta que ella se aferró a las sábanas, pronunció su nombre dos veces y terminó tirando de su cabello para obligarlo a volver a su boca.

—Darel.

—¿Qué?

—Ahora.

Él buscó un preservativo en la mesilla.

—Muy seguro de que traería a alguien —dijo Mara.

—Vivo solo y soy adulto.

—Respuesta evasiva.

—Los compré después de salir de tu casa.

Mara lo miró.

—¿Hace seis días?

—Soy optimista. Y en tu armario del baño solo quedaba uno.

—Eres imposible.

—Y tú estás desnuda en mi cama.

—No arruines el momento.

Darel volvió a besarla antes de unirse a ella. Entrar en ella después de seis días fue tan intenso que tuvo que detenerse. Mara lo rodeó con las piernas y apoyó las manos en su rostro.

—¿Estás bien?

Darel rio sin aire.

—Demasiado.

—Eso no parece un problema.

—Dame un segundo.

—Llevas seis días.

—Precisamente.

Mara lo besó despacio. Cuando empezó a moverse, lo hizo con la misma seguridad con la que entraba en una sala de entrevistas, aunque esa vez no existía nada frío ni controlado en su cuerpo.

Darel siguió el ritmo, observando cada reacción, cada vez que cerraba los ojos y cada respiración que intentaba contener.

Quería recordarlo todo. A mitad de camino, ella lo hizo girar sin pedir permiso y quedó encima, con las manos apoyadas en su pecho, justo sobre la franja del tatuaje que acababa de besar, y marcó un ritmo tan lento que lo tuvo al borde durante un tiempo que no supo medir.

Mara alcanzó el placer primero, con un gemido ahogado contra su hombro y las uñas clavadas en su espalda.

Darel la siguió poco después, sosteniéndola con fuerza mientras el cuerpo dejaba de responder a cualquier orden.

Permanecieron unidos durante varios minutos.

Mara tenía la cabeza sobre su pecho y una pierna cruzada sobre las suyas.

Darel acariciaba su espalda sin pensar en nada más.

—Esto complica bastante que mañana finjamos que solo vamos a tomar café —dijo ella.

—No quiero fingir.

—Los medios van a perseguirnos.

—Ya lo hacen.

—Hannah va a decir que debería haber esperado a que se publicara la conclusión ética.

—Ya está firmada.

—Me gusta que te hayas aprendido los detalles.

—He estudiado mucho para esta noche.

Mara le dio un golpe suave en el pecho.

—Idiota.

Darel besó su cabello.

—Quédate.

Ella levantó la cabeza.

—¿Esta noche?

—Sí.