CAPÍTULO 26 #2
Darel la miró desde arriba. La mujer que revisaba cada dato tres veces acababa de ignorar una llamada por él, y aquel gesto lo excitó casi más que su boca.
—Repítelo.
—No pienso repetir nada.
—Has elegido.
—He elegido —admitió ella, y le rodeó el cuello con los brazos—. Ahora deja de hablar.
Darel le desabrochó la blusa botón a botón, sin prisa, aunque le temblaban un poco los dedos.
Debajo llevaba un sujetador sencillo de algodón blanco, y pensó que ninguna lencería del mundo podría haberle afectado tanto.
Le besó el borde de la tela, la piel que quedaba por encima y el hueco entre los pechos.
Mara arqueó la espalda para ayudarlo a soltar el cierre y dejó escapar un suspiro largo cuando él cerró la boca sobre un pezón.
—Darel.
—Llevo semanas pensando en esto.
—Lo sé. Te vi en el gimnasio.
—Tú me viste a mí —corrigió él, y se ocupó del otro pecho hasta que ella dejó de bromear.
Las manos de Mara bajaron por su espalda hasta el cinturón.
Lo desabrocharon con una torpeza impaciente que a Darel le pareció adorable, y cuando por fin lo tocó, tuvo que apoyar la frente en el respaldo del sofá y respirar dos veces antes de poder mirarla.
Mara sonreía. Tenía las mejillas encendidas y la expresión de una investigadora que acaba de encontrar exactamente lo que buscaba.
—Esto no parece tensión por el caso —dijo.
—Te dije que no lo era.
—Necesitaba comprobarlo.
Darel le quitó la falda y la ropa interior, y se tomó su tiempo.
La besó desde el ombligo hacia abajo, separándole las rodillas con las manos, y descubrió que Mara no se callaba cuando se le acababan los argumentos: maldecía, pedía, le tiraba del cabello y volvía a maldecir.
La llevó al límite con la boca y los dedos, y la sostuvo allí hasta que ella le clavó las uñas en los hombros y se deshizo contra él con un gemido que Darel supo que no iba a olvidar.
Cuando volvió a subir, Mara lo besó con hambre y le señaló el pasillo con un gesto vago.
—Baño. Armario de la izquierda.
—¿Desde cuándo tienes…?
—No hagas preguntas cuyas respuestas no quieras saber.
Darel tardó menos de un minuto en volver.
Mara lo esperaba tumbada en el sofá, desnuda, con un brazo detrás de la cabeza y una paciencia evidentemente fingida.
Él se colocó sobre ella y entró despacio, con la mandíbula apretada, hasta que no quedó ningún espacio entre los dos.
Después se quedó quieto. Mara le apoyó las manos en la cara.
—Mírame.
La miró. Un año, un ascensor, una tormenta, un saco de boxeo, una habitación de hotel y un campo embarrado se acumularon en aquel segundo, y Darel comprendió que había estado esperando exactamente eso: no solo su cuerpo, sino que ella lo mirara así, sin carpeta y sin defensas.
Empezaron despacio. No duró. Mara le rodeó la cintura con las piernas y le exigió más con las caderas, con las uñas y con su nombre pronunciado en voz baja contra la oreja, y Darel dejó de contenerse.
El sofá golpeó la pared. Un libro cayó de la mesa.
Ninguno se detuvo. Ella llegó otra vez antes que él, y verla perder el control bajo su cuerpo fue lo que terminó de arrastrarlo.
Se dejó ir con la cara hundida en su cuello mientras Mara le acariciaba la espalda con una ternura que no encajaba con nada de lo que acababan de hacer.
Tardaron mucho en moverse. Mara tenía una pierna sobre las suyas y el cabello extendido sobre el brazo del sofá.
—Se ha caído un libro —murmuró.
—Lo he oído.
—Era de derecho procesal.
—Lo siento por él.
Ella se echó a reír contra su pecho, y Darel pensó que aquel sonido justificaba todos los días que había esperado.
Una hora más tarde, el teléfono volvió a vibrar desde la alfombra. Esta vez Mara contestó, tumbada sobre él y envuelta a medias en la manta del sofá.
—Dime.
Darel no se movió. Le acarició la espalda desnuda mientras ella escuchaba, solo para comprobar cuánto tardaba en perder el hilo.
—Sí, he firmado… No, no falta ningún anexo… Mañana a las ocho está bien.
Darel bajó la mano hasta su cadera. Mara se la apartó de un manotazo sin dejar de mirarle el pecho.
—Estoy en casa —continuó ella—. Sola.
Darel alzó una ceja. Mara le lanzó un cojín.
—No, no ocurre nada. Buenas noches, Julian.
Colgó.
—Has mentido en una revisión ética —dijo Darel.
—Ha preguntado si estaba trabajando con alguien.
—No exactamente.
—No empieces.
Darel recogió el cojín.
—¿Quieres que me vaya?
Mara se quedó callada. La llamada había devuelto parte de la realidad. El informe estaba firmado, pero la absolución oficial no. La revisión sobre su conducta seguía abierta y la prensa esperaba cualquier fotografía que confirmara la historia.
—No quiero que te vayas esta noche —dijo—. Pero mañana tendrás que salir antes de que amanezca, y hasta que se cierre la revisión esto no puede repetirse. No quiero que nadie reduzca mi trabajo a lo que hagamos en este sofá.
Darel sintió de antemano el peso de los días que venían, aunque comprendió el miedo.
—De acuerdo.
—¿No vas a discutir?
—No.
—¿Ni a decir que no importa lo que piense la gente?
—Importa lo que piensas tú.
Mara miró sus manos.
—Gracias.
Darel la tomó en brazos, con manta incluida, y le preguntó dónde estaba el dormitorio.
Durmieron poco. Volvieron a buscarse de madrugada, más despacio, en una cama demasiado estrecha para él, y a las seis Mara lo despertó sentándose encima con una determinación que no admitía discusión.
Después, mientras la luz empezaba a entrar por la persiana, Darel se vistió a oscuras y se recogió el cabello con la cinta que había quedado en el suelo del salón.
—Cuando la suspensión esté levantada y la revisión confirme que tu informe es limpio, volveré.
—Das por hecho que te abriré.
—Me has traído hasta aquí y te has sentado encima de mí. Tengo motivos para ser optimista.
Mara se incorporó en la cama, envuelta en la sábana.
—Eres insufrible.
—Y tú sigues queriendo besarme.
—Eso no está en discusión.
Darel se acercó una última vez. La besó despacio, sin intentar prolongarlo hasta que perdieran el control.
—Buenos días, Mara.
Ella permaneció con los ojos cerrados durante un segundo.
—Buenos días, Darel.
Al llegar a la puerta del dormitorio, él se volvió.
—Ya no me investigas.
—No.
—Tenía razón. Suena muy bien.
Mara se tapó con la sábana hasta la barbilla.
—Vete antes de que cambie de opinión.
Darel salió con una sonrisa, antes de que la calle se llenara de luz. Volvían a separarse, aunque la espera ya no era una prohibición impuesta por un expediente. Era una elección de Mara, y él la respetaría. Había esperado un año. Podía soportar unos días más.