Juego limpio (Tercer Tiempo 3) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

YA NO ME INVESTIGAS

Darel esperó a Mara en el aparcamiento.

Leo le comunicó a las nueve y veinte que el informe estaba firmado, la investigación sobre él había concluido y la unidad disciplinaria tramitaría el levantamiento inmediato de la suspensión.

Daniel quería celebrar. Tane había propuesto abrir una botella que llevaba años guardando y Aroha insistía en reunir a toda la familia aquella misma noche. Darel les pidió tiempo.

No explicó que llevaba sentado dentro del coche desde hacía casi una hora, observando la puerta del edificio y tratando de decidir qué haría cuando Mara apareciera.

Durante semanas había imaginado ese momento.

En algunas versiones la besaba sin decir nada.

En otras intentaba hablar primero y terminaban discutiendo porque ella convertía cualquier emoción en un procedimiento que debía revisarse.

También existía la posibilidad de que Mara saliera, le recordara la investigación ética pendiente y se marchara antes de que él pudiera acercarse.

Las luces de la segunda planta se apagaron.

Priya salió primero. Se detuvo al reconocer su vehículo, sonrió y continuó hacia el suyo sin acercarse.

Julian apareció después, hablando por teléfono.

Miró en dirección a Darel y levantó una mano a modo de saludo.

Mara fue la última. Llevaba la chaqueta sobre el brazo, la bolsa del ordenador colgada del hombro y el cabello suelto.

Caminaba despacio, agotada, sin mirar hacia el aparcamiento hasta que Darel bajó del coche.

Se detuvo. Durante unos segundos ninguno se movió.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella.

—Esperarte.

—¿Desde cuándo?

—Desde que Leo me ha dicho que estabas terminando.

Mara miró el reloj.

—Hace más de una hora.

—Sí.

—Podías haber llamado.

—No podía hablar contigo directamente.

—Ya puedes.

Darel se acercó. Mara no retrocedió.

—Dilo —pidió.

—¿Qué cosa?

—Que ya no me investigas.

Mara apretó la correa de la bolsa.

—El informe está firmado.

—No es eso.

—La investigación sobre tu posible infracción ha terminado.

—Quinn.

Ella cerró los ojos un instante, como si necesitara reunir paciencia para algo que había esperado tanto como él.

—Ya no eres mi investigado, Darel.

El modo en que pronunció su nombre eliminó lo poco que quedaba de prudencia.

Darel tomó su rostro entre las manos y la besó.

Mara se quedó inmóvil durante una fracción de segundo.

Después soltó la bolsa, se agarró a su camisa y respondió con una intensidad que convirtió todas las semanas de espera en algo imposible de contener.

Su boca estaba caliente, suave y nada prudente.

Darel la acercó hasta que no quedó espacio entre ambos, sintiendo el cuerpo que había imaginado demasiadas veces y el temblor que ella intentó negar en la puerta del hotel. No fue un beso lento.

Mara tiró de su camisa para acercarlo más, abrió los labios y dejó escapar un sonido que Darel llevaba días necesitando oír.

Él inclinó la cabeza, profundizó el beso y pasó una mano desde su mejilla hasta la nuca.

El cabello se enredó entre sus dedos. Una puerta se cerró al otro lado del aparcamiento.

Mara se separó lo suficiente para respirar.

—Hay cámaras.

Darel rozó su boca otra vez.

—Llevamos semanas rodeados de ellas.

—Eso no significa que debamos darles más material.

—No me importa.

—A mí sí.

La respuesta no tenía la dureza habitual. Mara seguía agarrada a su camisa y su respiración era tan irregular como la de él. Darel apoyó la frente contra la suya.

—Has firmado el informe.

—Sí.

—Ya no puedes utilizarlo como excusa.

—La revisión ética sigue abierta.

—No estamos haciendo nada que pudiera influir en una investigación terminada.

—Los titulares no necesitan lógica.

—Entonces salgamos de aquí.

Mara lo miró.

—¿Adónde?

—A cualquier lugar sin cámaras.

—Esa frase suena peligrosa.

—Lo es.

Darel recogió la bolsa del suelo y abrió la puerta del copiloto.

—Ven conmigo.

—Tengo coche.

—Lo recogerás mañana.

—¿Y si no quiero dejarlo aquí?

Darel se inclinó hacia ella.

—Entonces iremos en el tuyo.

Mara bajó la vista hacia su boca.

—No deberíamos tomar ninguna decisión ahora.

—Llevamos un año tomándola.

—No. Llevamos un año evitando tomarla.

—También.

Ella respiró hondo y miró el edificio.

—No puedo ir a tu casa.

—¿Por qué?

—Hay periodistas.

—Seguridad los ha apartado de la entrada. Podemos ir por el acceso trasero.

—Eso no mejora cómo suena.

—Podemos ir a la tuya.

—Hannah sabe dónde vivo y quizá mande a alguien para impedirme cometer una estupidez.

Darel sonrió.

—¿Esto es una estupidez?

—Enorme.

—Bien.

Mara soltó la camisa y recogió la bolsa que él sostenía.

—No he dicho que vaya contigo.

—Tampoco que no.

—Sigues siendo desesperante.

—Y tú sigues aquí.

Otro vehículo se puso en marcha. Mara miró alrededor y abrió la puerta de su coche.

—Sígueme.

Darel tardó un segundo en reaccionar.

—¿Adónde?

—A mi casa.

—Pensé que Hannah podía aparecer.

—He decidido arriesgarme.

Darel sonrió.

—Ni se te ocurra sonreír así —advirtió.

—¿Así cómo?

—Con esa sonrisa de haber ganado.

—He ganado algo.

—Un beso.

—Por ahora.

Mara entró en el coche antes de responder.

Darel la siguió hasta un barrio tranquilo a unos veinte minutos de la oficina.

La casa era pequeña, de una sola planta, con un jardín delantero y una luz encendida en el porche.

No había periodistas. Tampoco vecinos visibles.

Cuando Mara abrió la puerta, Darel sintió que el pulso se le aceleraba de una manera que no había conseguido ni siquiera antes de una final. Ella dejó las llaves sobre una consola.

—No interpretes que te haya traído como una invitación a…

Darel cerró la puerta. Mara se calló.

—¿A qué? —preguntó él.

—Sabes a qué.

—Quiero oírlo.

—No pienso facilitarte la conversación.

Darel dejó la chaqueta en una silla. La casa era distinta a la suya: libros en todas partes, fotografías sobre una estantería, plantas junto a las ventanas y varias tazas olvidadas en lugares improbables.

En una pared había una imagen de Mara joven junto a su madre. No encontró ninguna de Michael Quinn.

—No revises mi casa —dijo ella.

—Solo miro.

—A mí me acusaste de inspeccionar tu cocina.

—Tú abriste todos los armarios.

—Era mi trabajo.

—Ya no.

La frase volvió a cambiar la atmósfera. Mara permanecía junto a la puerta, todavía con la bolsa en el hombro. Darel se acercó despacio, dándole tiempo para detenerlo.

—¿Quieres que me vaya? —preguntó.

Ella negó con la cabeza.

—No.

—¿Quieres que me quede y no te toque?

Mara lo pensó.

—Tampoco.

Darel tomó la correa de la bolsa y la deslizó desde su hombro. La dejó junto a la consola. Después pasó los dedos por el brazo de Mara, desde la muñeca hasta el codo, sin apartar la atención de su rostro.

—Dime qué quieres.

—No se te da bien obedecer.

—A ti sí voy a obedecerte.

Mara apoyó las manos en su pecho.

—Quiero que vuelvas a besarme.

Darel no necesitó nada más. La besó contra la puerta, esta vez sin la urgencia del aparcamiento, aunque el deseo era todavía más intenso.

Recorrió sus labios despacio, aprendiendo la presión que le gustaba y el modo en que Mara inclinaba la cabeza para recibirlo.

Ella deslizó las manos hasta su nuca y soltó la cinta que recogía el cabello. Los mechones cayeron sobre los hombros.

—Quería hacer eso desde el gimnasio —murmuró.

—Yo quería que lo hicieras.

—No ayudabas.

—Me quité la camiseta.

Mara rio contra su boca.

—Eso no fue ayuda. Fue juego sucio.

—Todavía no habías visto nada.

Volvió a besarla antes de que pudiera responder.

Caminaron sin separarse hasta el salón. Mara tropezó con una mesa pequeña y Darel la sujetó por la cintura.

Ella soltó una maldición, apartó varios libros del sofá y tiró de él para que se sentara.

Quedó de pie entre sus piernas. Darel apoyó las manos en sus caderas.

—¿Sigues pensando que solo era tensión por el caso?

—Todavía no tengo datos suficientes.

—Puedo ayudarte con la investigación.

—No vuelvas a utilizar esa palabra.

—¿Cuál?

—Investigación.

—Entonces ven.

Mara se sentó a horcajadas sobre él. El movimiento eliminó cualquier posibilidad de fingir calma. Darel cerró los dedos alrededor de sus caderas y la besó con más hambre. Mara se movió contra su cuerpo, y él dejó escapar un gemido que la hizo detenerse.

—No hagas eso —dijo Darel.

—¿Qué?

—Moverte y después quedarte quieta.

—¿Por qué?

—Porque voy a perder la poca paciencia que me queda.

Mara sonrió de una forma que él no había visto antes, sin prudencia ni intención de protegerse.

Volvió a moverse. Darel la levantó y la tumbó sobre el sofá.

Mara rio al caer entre los cojines, aunque la risa terminó cuando él se colocó sobre ella y recorrió con la boca la línea de su mandíbula hasta el cuello.

—Darel.

—Dime que pare.

—No.

—Dímelo si cambia.

—No va a cambiar.

Él se detuvo y la miró.

—No prometas algo que no sabes.

Mara pasó los dedos por su rostro.

—Entonces te lo diré.

Darel volvió a besarla. La chaqueta de Mara terminó en el suelo.

Después la camisa de él. Ella recorrió los tatuajes con las manos, deteniéndose en las líneas del pecho y el hombro.

No preguntó qué significaban. Lo miraba como si llevara semanas esperando permiso para tocar cada parte que había fingido analizar de forma profesional.

—Ahora puedes admitir que te gustó la camiseta —dijo.

Mara le dio un mordisco suave en el hombro.

—Cállate.

—Contesta.

—Me gustó lo que había debajo.

Darel sintió que el cuerpo se tensaba.

—Repite eso.

—Ni hablar.

—Quinn.

—Bésame.

Obedeció. El teléfono de Mara comenzó a vibrar dentro de la bolsa. Ninguno se movió. Se detuvo y volvió a sonar.

—Puede ser Hannah —dijo ella sin aliento.

—No contestes.

—O el laboratorio.

Darel apoyó la frente sobre su clavícula.

—Odio el laboratorio.

Mara se echó a reír y estiró el brazo hacia la bolsa. Sacó el teléfono, vio el nombre de Julian en la pantalla y lo silenció sin contestar. Después lo dejó caer sobre la alfombra.

—Ya está —dijo.