CAPÍTULO 25
LA VERDAD DE NOAH
El informe genético definitivo llegó a la Comisión a las diecisiete horas y cuarenta y ocho minutos.
Mara conocía el resultado preliminar desde hacía un rato, pero aquel era el que llevaba las firmas de los dos laboratorios y el único que podía citar en el informe sin que nadie lo discutiera.
Lo leyó una vez en la pantalla, otra en la copia impresa y una tercera después de que Julian comprobara las firmas.
La conclusión ocupaba apenas un párrafo: el material biológico contenido en las muestras A y B atribuidas a Darel Akara era incompatible con su perfil y compatible con el de Noah Cole.
Las botellas asociadas al expediente negativo correspondían a Darel.
No había margen para una interpretación distinta.
Darel nunca tuvo ostarina en el cuerpo. Mara apoyó las manos sobre la mesa.
Había esperado sentir únicamente satisfacción profesional, la recompensa de ver una hipótesis confirmada después de días de trabajo.
Sintió eso y algo mucho más personal: ganas de buscar a Darel, abrazarlo y decirle que todo había terminado. No podía hacerlo.
El informe preliminar todavía debía firmarse, las partes tenían derecho a revisar la identidad de las muestras y Mercer sería interrogado por las autoridades australianas a la mañana siguiente.
Y los abogados de Noah habían pedido que se anulara la autorización que lo había hecho posible.
Mara seguía bajo supervisión y cualquier comunicación directa con Darel quedaría registrada.
Las fotografías del hotel continuaban circulando, ahora junto a fragmentos de la rueda de prensa en los que él decía que le parecía una mujer extraordinaria. Priya entró con dos cafés.
—Antes de que digas que no necesitas uno, sí lo necesitas.
Mara aceptó el vaso.
—Es concluyente.
—Lo sé.
—La muestra positiva es de Noah.
—También lo sé.
—Darel está limpio.
Priya sonrió.
—Eso lo sabías desde hace días.
—Ahora puedo escribirlo.
Mara se sentó y abrió el informe. El primer párrafo debía ser sencillo, objetivo y libre de cualquier emoción: «La investigación determina que el resultado analítico adverso notificado a Darel Akara no procede de una muestra biológica suministrada por el deportista».
Escribió la frase. Se quedó mirándola durante varios segundos.
—Vas a llorar —dijo Priya.
—No.
—Tienes los ojos brillantes.
—Estoy cansada.
—Claro.
Mara le lanzó una mirada.
—Esa palabra debería prohibirse en esta oficina.
Julian llamó a la puerta antes de entrar. Llevaba el teléfono en la mano.
—Los abogados de Noah acaban de llamar. Retiran la retractación y la petición de anular el ADN. Noah quiere ampliar su declaración, entregar las conversaciones completas con Mercer y explicar varios mensajes que ocultó en la primera.
—¿Cuándo?
—Ahora.
—¿Ha hablado con su padre?
—Anoche, por el segundo teléfono que Mercer utilizaba para escribirle. Hace una hora, después de la rueda de prensa, Noah lo ha traído aquí.
Mara guardó el informe genético. La entrevista se realizaría bajo supervisión de Julian.
No le molestaba. Necesitaba que cada paso soportara cualquier intento de desacreditarlo.
Noah llegó media hora después. Parecía no haber dormido.
Ya no llevaba la ropa del equipo, sino vaqueros, una sudadera oscura y una gorra que se quitó antes de sentarse.
Solo lo acompañaba uno de los abogados. Mara inició la grabación.
—Esta mañana retiró su declaración. Ahora quiere ampliarla. Explique por qué.
Noah miró sus manos.
—Porque retirarla no fue idea mía. Y porque el otro día no conté todo.
—¿De quién fue la idea?
—De mi padre. Me escribió anoche, después de que salieran las fotos. Dijo que era el momento: con la investigadora en todas las portadas, nadie creería una declaración que había salido de un empujón de Darel.
—¿Y por qué ha cambiado de opinión?
Noah tardó en contestar.
—Porque lo vi en la rueda de prensa. Le preguntaron por mí y dijo que era su compañero. Nada más. Llevaba dos semanas esperando que me señalara delante de todo el país, y no lo hizo.
—Siga.
El abogado le pidió que se limitara a las preguntas.
—¿Qué ocultó? —continuó Mara.
—Mi padre me habló de Darel antes de que llegaran las muestras. Yo le dije que nos habían controlado a los dos y que mi código era el que terminaba en treinta y siete.
—¿Le dio el código de Darel?
—No lo sabía. Solo le dije que éramos los únicos de la selección en aquella remesa.
—¿Por qué lo llamó?
—Porque tenía miedo. El producto que estaba usando no venía en un envase original. Martin Bell me dijo que era una fórmula para recuperación, pero unos días antes del control encontré en internet que podía contener sustancias prohibidas.
—Y aun así continuó utilizándolo.
—Sí.
—¿Qué le pidió a Mercer?
Noah tragó saliva.
—Que averiguara si había dado positivo antes de que se enterara el equipo.
—¿Le pidió que cambiara el resultado?
—No.
—¿Habló de Darel?
—Le dije que, si me suspendían, Akara se aseguraría de que no volviera a la selección. Mi padre dijo que Darel llevaba años impidiendo que ocupara mi sitio.
—¿Qué respondió usted?
—Que estaba harto de vivir bajo su sombra.
Mara tomó nota.
—¿Mercer dijo qué pensaba hacer?
—No. Me pidió que le enviara una fotografía del formulario para ver el código. Después dijo que esperara.
—¿Cuándo supo que el resultado había sido cambiado?
—La noche en que se filtró el positivo de Darel. Llamé a mi padre y le pregunté si había hecho algo. Dijo que solo había corregido una injusticia.
—¿Y usted?
Noah cerró los ojos.
—Le dije que estaba loco.
—Pero no informó a nadie.
—No.
—¿Por qué?
—Porque mi resultado era negativo. Porque estaba a punto de ser titular y porque pensé que quizá la muestra de Darel también tuviera algo. Quise creer que mi padre no había cambiado nada, que solo sabía el resultado por su trabajo.
—Hasta que Darel dio positivo por ostarina.
—Sí.
—La sustancia que temía haber consumido.
—Sí.
—Entonces ya no podía creer que fuera una coincidencia.
Noah negó con la cabeza.
—No.
Mara observó al joven. Tenía talento, una carrera por delante y el miedo de perderla. También había visto cómo un hombre inocente quedaba suspendido por su silencio. La herida de su propio padre le impedía sentir una compasión completa.
—¿Qué quiere conseguir con esta ampliación? —preguntó.
—No lo sé. Ya está todo perdido.
—No es una respuesta.
Noah levantó la vista.
—Quiero que Darel sepa que no pedí que hiciera eso.
—También necesita saber que usted eligió callar.
—Lo sé.
—Sigue utilizando esa frase como si reconocer el conocimiento fuera suficiente.
El abogado se movió en la silla.
—Investigadora.
Julian no la corrigió. Mara continuó con un tono más sereno.
—Su padre convirtió a otra persona en culpable para protegerlo. Usted descubrió la mentira y decidió aprovecharla. No cambió las muestras, pero sí permitió que el engaño continuara.
Noah apretó los labios.
—¿Cree que no lo sé cada vez que veo su cara en las noticias?
—Creo que durante varios días le resultó más fácil mirar las noticias que contar la verdad.
—Sí.
La aceptación desarmó parte de la dureza de Mara.
—Entregue los mensajes que faltan.
Noah sacó de una carpeta varias impresiones.
Mercer había utilizado un segundo teléfono para escribirle.
En ellas aparecían instrucciones precisas: negar cualquier suplemento, evitar hablar con Mara, insistir en el conflicto de Darel, retirar la declaración alegando que lo había intimidado y dejar que los medios «hicieran el resto».
En el último mensaje, enviado después de las fotografías del hotel y del campo, Richard afirmaba: «Ahora nadie creerá a esa mujer.
Akara quedará fuera y tú tendrás el lugar que mereces».
Mara sintió una náusea fría.
—¿Sabía que su padre había pagado por las fotografías?
—No hasta que vi ese mensaje.
—¿Por qué no lo entregó el otro día?
—Porque es mi padre.
Mara apoyó el papel.
—El mío también lo era.
Noah la miró.
—Sé lo que hizo.
—Todo el país lo sabe. Lo que no saben es que esperé hasta encontrar las sustancias para dejar de creerlo. Usted ya tenía la prueba delante y siguió esperando.
—¿Lo denunció?
—No tuve que hacerlo. El procedimiento ya estaba abierto.
—¿Volvió a hablar con él?
—Una vez.
—¿Qué le dijo?
Mara recordó a Michael Quinn frente a la puerta, delgado después de la sanción, pidiéndole que entendiera que todo lo hizo por su familia.
—Que no volviera a utilizarme para justificar sus decisiones.
Noah miró los mensajes.
—No sé qué decirle al mío.
—Empiece por la verdad. Después asuma que quizá no pueda arreglarlo.
La entrevista terminó con la entrega formal de las comunicaciones.
Sus abogados retiraron por escrito la petición de anular la autorización genética.
Noah firmó la ampliación y solicitó hablar con Darel.
Mara no podía autorizar un encuentro privado entre víctima e investigado sin consultar, aunque Leo aceptó que se produjera con los abogados presentes.
Darel llegó una hora después. Mara lo vio entrar desde la sala contigua.
Vestía una sudadera negra, vaqueros y el cansancio de quien había pasado el día respondiendo a llamadas que ya no podía evitar.
Leo caminaba a su lado. Antes de entrar con Noah, Darel miró a través del cristal y la encontró.
Mara alzó la carpeta que contenía el informe genético. Él comprendió.
No sonrió. Cerró los ojos un instante y apoyó una mano contra el cristal. Mara tuvo que contener el impulso de colocar la suya al otro lado. Julian la observó.
—Puedes hablar con él cuando cierres el informe.
—Ya.
—No te estaba reprendiendo.
—Suena igual.
—Quizá se te ha pegado de Hannah.
Mara siguió mirando la sala. Noah se levantó cuando Darel entró. Los abogados permanecieron cerca, aunque ninguno intervino al principio.
—La muestra era mía —dijo Noah.
Darel se sentó.
—Sí.
—No sabía que mi padre iba a cambiarlas.
—También lo sé.
—Cuando lo descubrí…
—Callaste.
Noah bajó la cabeza.
—Sí.
Darel no gritó ni lo acusó. Aquella calma pareció afectar a Noah más que la discusión del campo.
—Quería ser como tú —admitió el joven—. Después empecé a pensar que nunca iba a conseguirlo mientras siguieras ahí.
—No tenías que ser como yo.
—Mi padre decía…
—Tu padre no estaba en el vestuario. No sabía lo que necesitaba el equipo ni quién eras cuando dejabas de escuchar los aplausos.
—Creía que me tenías celos.
—Ya me lo dijiste.
—¿No era verdad?
Darel se inclinó hacia delante.
—Noah, esperaba que algún día fueras mejor que yo. Lo que no iba a hacer era entregarte una responsabilidad para la que todavía no estabas preparado.
El joven se cubrió el rostro con las manos.
—Lo he arruinado todo.
—Has arruinado esta parte. Lo que hagas después depende de ti.
Mara vio que Noah lo miraba con incredulidad.
—¿Aún piensas ayudarme?
—No voy a salvarte de la sanción ni a pedir que te devuelvan el puesto. Vas a aceptar lo que hiciste, trabajar para entender por qué y dejar de culpar a los demás por cada límite. Si después de eso sigues queriendo jugar, ya veremos quién eres.
—No merezco que hagas eso.
—No lo hago porque lo merezcas.
La frase se perdió cuando Leo cerró la puerta interior para darles privacidad.
Mara se apartó del cristal. Darel seguía siendo capaz de ofrecer una salida al hombre que permitió que lo destruyeran.
No por debilidad, sino porque comprendía que jugar limpio no consistía únicamente en no hacer trampas.
También era decidir qué clase de persona se quería ser cuando nadie podía reprochar que eligiera la venganza.
Mara regresó a su despacho y terminó el informe.
A las nueve y doce de la noche firmó la última página.
Julian añadió la certificación de supervisión.
Priya cerró los anexos y Hannah confirmó por escrito que la investigación sobre Darel Akara quedaba concluida: no había cometido ninguna infracción y había sido víctima de una manipulación deliberada.
Julian esperó a que Priya saliera con la copia sellada antes de cerrar la puerta.
—A partir de este momento ya no estás obligada a canalizar las comunicaciones con Akara a través de Leo —informó.
Mara ordenó el escritorio por tercera vez.
—Me lo imaginaba.
—También puedes salir por otra puerta si no quieres encontrarlo.
Ella alzó la cabeza.
—¿Está abajo?
—Su coche lleva casi una hora en el aparcamiento.
Mara miró el reloj.
—¿Por qué no me lo has dicho?
—Porque todavía estabas trabajando y porque, a juzgar por su paciencia habitual, esperar le vendrá bien.
—No es tan impaciente.
Julian sonrió.
—Has cambiado mucho de opinión sobre él.
—He obtenido más información.
—Por supuesto.
Mara dejó de alinear los documentos.
—¿Crees que mi informe está comprometido?
—No.
—No te pregunto como supervisor.
Julian se apoyó en el borde de la mesa.
—Creo que cometiste el error de pensar que no declarar una atracción la hacía desaparecer. También creo que, si hubieras querido favorecerlo, no habrías revisado cada dato con una dureza que nos ha tenido a todos al borde del colapso.
—Eso no responde a cómo lo verá la gente.
—La gente verá lo que quiera. El informe sobrevivirá porque está bien hecho.
Mara respiró un poco mejor.
—¿Y lo demás?
—Lo demás no es mi especialidad.
—Eres abogado.
—Precisamente. Mi consejo es que no conviertas una relación en otro expediente.
Mara recogió la chaqueta.
—No existe una relación.
Julian abrió la puerta.
—Hay un hombre esperando en un coche desde hace una hora. Llámalo como quieras.
Cuando se quedó sola, Mara apagó la lámpara del escritorio y miró el espacio en el que había pasado tantas noches.
Sobre una estantería quedaba la copia del primer interrogatorio de Darel, archivada un año atrás.
La sacó y leyó la anotación final: «El testigo se muestra cooperativo solo en los aspectos que considera compatibles con la protección del equipo».
Entonces creyó que aquella frase resumía su principal defecto.
Ahora sabía que también describía una de las razones por las que lo quería.
Cerró la carpeta y la devolvió a su sitio.
Dejó el bolígrafo sobre la mesa. Ya no lo investigaba.
El pensamiento le produjo un vértigo que nada tenía que ver con el cansancio.
Durante semanas había utilizado el expediente como límite, razón y excusa. Acababa de desaparecer. Apagó la luz y bajó al aparcamiento. Darel llevaba un año esperando.