CAPÍTULO 23
LA FILTRACIÓN
La primera fotografía apareció a las siete y seis de la mañana.
Habían sido cuarenta y tres minutos. Aquello, al menos, podía demostrarse.
Las siguientes no. Priya deslizó el dedo y apareció un campo de rugby municipal al atardecer, embarrado y vacío, con dos figuras sentadas en el césped.
La imagen estaba tomada desde lejos, con teleobjetivo, pero no dejaba lugar a dudas: Darel tenía la mano en la mejilla de Mara y ella le sujetaba la muñeca sin apartarla.
En la siguiente, él la sostenía por la cintura y los dos se reían a pocos centímetros el uno del otro. Estaban fechadas la tarde anterior.
Mara sintió náuseas. Alguien la había seguido desde Sídney hasta un campo de barrio en Auckland, y ella no se había dado cuenta.
—¿Quién las ha publicado?
—Un medio australiano. Ya las están reproduciendo aquí.
Priya desplazó la pantalla. Los titulares eran peores que las imágenes.
«La investigadora del caso Akara, sorprendida en una habitación de hotel con el capitán».
«¿Investigación o romance?». «Caricias en el barro: la investigadora y el capitán, a solas en un campo de Auckland».
«Nuevas dudas sobre la imparcialidad del informe que puede salvar a Darel Akara». Mara dejó el bolso sobre la mesa.
—En el hotel no ocurrió nada.
—Lo sé.
—Trabajamos con una declaración. Tú subiste con la cena.
—También lo sé.
—Entonces alguien ha mentido sobre el tiempo que estuvo allí.
—Sí.
Priya bajó la voz.
—¿Y el campo?
Mara miró la fotografía en la que Darel le tocaba la cara. Recordó el frío de la piel, el peso de sus dedos junto a la mandíbula y la decisión de no apartarlos.
—El campo es otra cosa.
El teléfono de Mara comenzó a sonar. Hannah.
Respondió y escuchó la orden de acudir a su despacho sin detenerse a explicaciones.
Su superior estaba de pie junto a la ventana cuando entró.
Julian Hart se encontraba sentado a un lado de la mesa y había dos representantes de la asesoría jurídica conectados por videollamada.
—Cierra la puerta —dijo Hannah.
Mara obedeció.
—Antes de empezar, no mantengo una relación con Darel Akara.
Fue a mi habitación para revisar una declaración, permaneció menos de una hora y Priya regresó antes de que se marchara.
Las fotografías del campo son de ayer por la tarde.
Fui a buscarlo yo, después de la entrevista de Noah Cole, porque no contestaba al teléfono.
Julian tomó la palabra.
—¿Hubo contacto físico?
Mara lo miró.
—En el hotel, no. En el campo, sí.
Hannah no se movió. Julian dejó de escribir.
—Me tocó la cara y yo no me aparté —continuó Mara—. Después resbalé en el barro y me sujetó. No hubo un beso ni nada más.
—¿Conversaciones personales? —preguntó una de las abogadas de la pantalla.
—Sí.
Hannah apretó los labios.
—¿De qué naturaleza?
—Hablamos de Noah Cole, de cómo le afectaba la traición y de la tensión existente entre Darel y yo. Le dije que había ido a verlo como persona, no como investigadora.
Julian dejó el bolígrafo.
—Mara.
—No voy a mentir en una revisión ética.
—¿Has expresado interés romántico o sexual?
Mara sintió calor bajo la piel.
—Existe una atracción mutua. No hemos iniciado ninguna relación ni nos hemos besado. Le he dejado claro que no ocurrirá nada mientras yo participe en la investigación. Ayer me costó cumplirlo más de lo que debería.
Hannah se sentó.
—¿Desde cuándo?
—La atracción existe desde el caso de Tama Rangi, hace un año. Nunca tuvimos contacto fuera del procedimiento hasta este expediente.
—Deberías haberlo declarado cuando te asignamos el caso.
—No existía una relación ni un conflicto real.
—Ahora tenemos fotografías en una habitación de hotel y en un campo embarrado.
—Porque necesitaba una firma.
—Podía firmar en una sala de reuniones.
—El laboratorio cerró a las seis, su abogado estaba en otro hotel y la tormenta había cancelado los vuelos. Cometí un error de juicio al citarlo en mi habitación, no una infracción que altere las pruebas.
—¿Y el campo? —preguntó Hannah.
—El campo no tiene excusa. Fui porque quise.
Julian la observó con preocupación.
—El problema no es solo lo que ocurrió, sino la apariencia de parcialidad.
—Los registros digitales se aseguraron antes de cualquier acercamiento personal. La densidad estaba cruzada antes de que Darel y yo volviéramos a vernos. Mercer utilizó dos credenciales, accedió a la identidad del deportista y Noah ha firmado una declaración. Ninguna fotografía cambia eso.
—Puede cambiar cómo se valora tu participación —contestó Hannah—. Tendremos que incorporar una revisión independiente.
Mara había esperado la decisión. Aun así, sintió el golpe.
—¿Me apartas?
—Todavía no. Estás demasiado avanzada y la autorización genética se ejecuta hoy. A partir de este momento, Julian supervisará todas las actuaciones, no mantendrás reuniones privadas con Akara y cualquier comunicación pasará por su abogado o quedará registrada.
—Entendido.
—Después de entregar el informe preliminar, dejarás el caso.
Mara asintió.
—¿Habrá una investigación interna contra mí?
—Tenemos que abrir una revisión. Lo del hotel puedo defenderlo. Lo del campo, no del todo: fuiste a buscar a la persona investigada fuera de cualquier actuación y lo reconoces. Habrá consecuencias, Mara. Cuáles, dependerá de que el informe aguante.
Mara miró a Julian.
—No necesito que me protejas.
—No estoy aquí para protegerte. Estoy para asegurar que nadie pueda desmontar el informe.
—Eso es lo que he intentado hacer desde el principio.
—Nadie lo discute.
Hannah apagó la pantalla cuando terminó la intervención jurídica.
—¿Quién pudo tomar las fotos? —preguntó Mara.
—El hotel revisará las cámaras. La reserva se gestionó a través del laboratorio y varias personas conocían las habitaciones.
—Mercer.
—No pudo viajar. Sigue en Sídney bajo investigación.
—No necesita haberlas tomado él. Puede pagar a alguien.
Hannah asintió.
—Inclúyelo en la línea de investigación, pero no dejes que te distraiga. Hoy se recogen las muestras bucales de Darel y Noah. Quiero el informe preparado en cuanto llegue el resultado.
Mara salió del despacho con la sensación de que todo el edificio la observaba. En el pasillo varias personas apartaron la atención del teléfono. Priya la esperaba junto a la puerta.
—¿Te han apartado?
—Después del informe.
—Lo siento.
—Es lo correcto.
—En el hotel no ocurrió nada.
—No importa. Debí citarlo en una sala común. Y no debí ir al campo.
Priya se cruzó de brazos.
—A las diez de la noche, durante una tormenta, con el edificio cerrado y su abogado en otro hotel. Lo citaste porque necesitabas una firma y porque confiabas en que respetaría el límite. Y fuiste al campo porque estaba solo.
—También estuve a punto de besarlo.
Priya abrió un poco los ojos.
—Eso no estaba en las fotografías.
—No.
—¿Lo has dicho?
—Sí.
—Eres la única persona capaz de complicar una revisión ética por exceso de sinceridad.
Mara entró en su despacho.
—No iba a mentir.
El teléfono vibró sobre la mesa. Darel. No debía responder directamente. Envió la llamada a Leo y escribió un mensaje al abogado informando de las nuevas normas. Antes de terminar, apareció otro de Darel.
«No hables con la prensa. Voy a decir la verdad».
Mara lo llamó. Sabía que acababan de prohibirle las comunicaciones privadas, pero la posibilidad de que él improvisara una rueda de prensa era peor.
—No digas nada —ordenó en cuanto respondió.
—Han afirmado que falsificaste pruebas porque estás acostándote conmigo.
—Y no vas a mejorar el titular saliendo a gritar.
—Voy a dejar claro que fui yo quien te tocó.
—Leo preparará un comunicado.
—No necesito que un abogado explique quién estuvo en esa habitación.
—Sí lo necesitas.
Darel respiraba con fuerza.
—Han puesto tu fotografía junto a palabras como corrupta y amante.
—Lo he visto.
—No voy a quedarme callado.
—Eso es exactamente lo que quiere quien filtró las imágenes. Que reacciones, que parezca que me defiendes porque hay algo entre nosotros y que todo deje de girar alrededor de las muestras.
Hubo un silencio.
—¿Te han apartado? —preguntó.
—Cuando termine el informe.
—Por mi culpa.
—Por una decisión que tomé yo.
—Fui a tu habitación.
—Porque te llamé.
—Pude negarme.
Mara cerró los ojos.
—No voy a discutir sobre quién tiene más culpa. Necesito que hoy entregues la muestra bucal, no hables con Noah y dejes que Leo gestione la respuesta.
—¿Y tú?
—Voy a trabajar.
—No te he preguntado eso.
—Estoy bien.
—Mientes.
La voz de Darel perdió parte de la rabia.
—Mara, ¿qué va a pasar con tu trabajo?
—Habrá una revisión. No existe ninguna relación y las pruebas se obtuvieron mucho antes de que nadie pudiera fotografiarnos. Lo del campo lo he contado entero. Puede que me sancionen.
—«Puede» no es suficiente.
—Es lo que hay.
—Voy a decir que nunca te has acostado conmigo.
—Eso no es una frase que debas pronunciar delante de una cámara.
—Sabes a qué me refiero.
—Darel, por favor.
La palabra lo detuvo. Mara casi nunca le pedía nada de aquella manera.
—De acuerdo —dijo al final—. Hablaré con Leo.
—Gracias.
—No porque me lo ordene la investigadora.
—Me da igual el motivo.
—No debería.
Mara oyó voces al otro lado. Daniel y Aroha estaban con él.
—Tengo que colgar —dijo Darel—. Pero no vuelvas a decir que esto es solo una decisión tuya. Yo sabía lo que podía pasar.
—Y aun así subiste.
—Volvería a hacerlo.
Mara apretó el teléfono.
—No digas esas cosas ahora.
—Es cuando más necesitas escucharlas.
Colgó antes de que ella respondiera. Durante el resto de la mañana, Mara trabajó bajo supervisión de Julian.
Estuvo presente en la recogida bucal de Darel por videoconferencia, aunque no habló directamente con él.
Lo vio frotarse el interior de la mejilla con el hisopo, firmar el precinto y entregarlo al técnico.
Antes de que terminara la conexión, Darel miró hacia la cámara como si supiera que ella se encontraba detrás de la pantalla. Mara apartó los ojos primero.
Al mediodía, Leo emitió un comunicado breve: Darel había acudido a la habitación para firmar una declaración, no existía una relación sentimental y la investigadora había informado a sus superiores de todo lo que mostraban las imágenes.
La Comisión confirmó que las pruebas del caso habían sido obtenidas y custodiadas por varios investigadores, y anunció una revisión independiente por transparencia.
No sirvió para detener los comentarios. Por la tarde apareció el vídeo de una cámara del hotel.
Mostraba a una empleada de limpieza entregando una tarjeta a un hombre con gorra, que permaneció en el pasillo durante casi una hora.
El hombre había pagado la habitación de la planta opuesta en efectivo y abandonado el hotel antes del amanecer.
La empleada recibió una transferencia desde una cuenta vinculada a una empresa de Richard Mercer.
El mismo hombre aparecía la tarde anterior en las cámaras de una gasolinera de Auckland, a menos de un kilómetro del campo municipal.
Mara añadió la filtración al informe. Mercer no solo había cambiado las muestras.
Al comprender que la investigación llegaba hasta él, intentó convertir la atracción entre Mara y Darel en una prueba de corrupción.
Aquello significaba que tenía miedo. Y las personas asustadas cometían errores.
A media tarde, Helen Quinn apareció en la oficina sin avisar.
Mara la encontró en recepción con dos cafés y una expresión que no admitía que la enviaran a casa.
—No puedes venir cada vez que sale una fotografía mía —dijo mientras la conducía al despacho.
—Es la primera vez que sales descalza en la puerta de un hotel con un capitán de rugby.
—No estaba descalza por él. Estaba en mi habitación.
—Los titulares no parecen interesados en la diferencia.
Mara cerró la puerta.
—En el hotel no pasó nada. En el campo, sí. No lo que dicen, pero algo.
—Te creo.
La rapidez de la respuesta la afectó.
—¿No vas a preguntar?
—Eres mi hija. También sé que, si hubiera pasado algo más, estarías más enfadada contigo que cualquiera de esos periodistas.
Mara tomó el café.
—He admitido que me atrae.
—Eso no es una falta.
—No declaré la atracción al aceptar el caso.
Helen se sentó.
—¿Influyó en tu trabajo?
—No.
—¿Encontraste las pruebas porque querías salvarlo?
—Encontré una diferencia numérica, después un acceso irregular y una validación falsa. Habría seguido lo mismo con cualquier persona.
—Entonces no dejes que la vergüenza que ellos intentan colocarte cambie la verdad.
Mara se apoyó en el escritorio.
—Darel quiere salir a defenderme.
—Me lo imagino.
—No debe hacerlo.
—Probablemente no.
—Esta mañana me ha dicho que volvería a subir a esa habitación.
Helen sonrió.
—Eso es más de lo que tu padre reconoció nunca.
—Mamá.
—Solo señalo diferencias.
Mara bajó la vista hacia el café.
—Me importa más de lo que debería.
—¿Según qué norma?
—La mía.
—Quizá necesite una revisión.
Helen se levantó y la abrazó. Mara apoyó la frente en su hombro durante unos segundos, permitiéndose algo que no había hecho desde que aparecieron las fotografías.
—Termina el informe —dijo su madre—. Después decide qué quieres hacer con el hombre, no con el investigado.
Mara cerró los ojos. Eso era precisamente lo que más miedo le daba.
Al anochecer, Mara cerró la primera versión del informe preliminar.
Julian revisó cada página y Priya comprobó anexos, fechas y firmas.
Faltaba el resultado genético. Antes de marcharse, Mara abrió la conversación con Darel.
No podía escribirle. Las normas eran claras.
Leyó de nuevo su último mensaje, «Voy a decir la verdad», y recordó lo que le había dicho después por teléfono: que volvería a hacerlo.
Después apagó el teléfono. No sabía qué ocurriría con su puesto, con la investigación o con ellos cuando todo terminara.
Solo tenía claro que la distancia que había intentado mantener ya no protegía a nadie.
Mercer la había utilizado contra ambos de todas formas.