CAPÍTULO 22
TE CREO
Darel no regresó a casa después de la entrevista de Noah.
Condujo sin pensar demasiado en el destino y terminó junto al campo de rugby donde había jugado de niño, un terreno municipal rodeado de árboles, con las líneas casi borradas por la lluvia y las porterías inclinadas hacia un cielo gris.
A esa hora no había nadie. Aparcó, entró por una puerta lateral que nunca cerraba bien y caminó hasta el centro. Noah había callado.
La frase se repetía con una claridad insoportable.
No participó en el cambio, no pidió que Richard Mercer lo salvara y quizá ni siquiera supiera que el producto contenía ostarina.
Todo eso importaría cuando se decidiera su sanción.
Para Darel, sin embargo, el hecho principal era más sencillo: comprendió que su padre había trasladado el positivo a otra persona y eligió protegerse.
Había permitido que el capitán al que acusaba de frenarlo recibiera el golpe.
Darel se sentó sobre el césped húmedo. Recordó la primera convocatoria de Noah, la forma en que llegó al vestuario intentando parecer seguro mientras se equivocaba de taquilla.
Darel le enseñó dónde sentarse durante las reuniones, quién necesitaba silencio antes de un partido y por qué la haka no era una actuación para las cámaras.
Lo defendió cuando una mala noche terminó con una pelea fuera de un local y convenció a Daniel de que el muchacho necesitaba límites, no una expulsión.
No había hecho todo aquello para recibir gratitud.
Lo hizo porque alguien había tenido paciencia con él cuando llegó demasiado joven, demasiado fuerte y convencido de que el talento bastaba para sobrevivir.
Noah interpretó la exigencia como miedo.
Richard convirtió esa mentira en una razón para destruirlo.
El teléfono vibró varias veces. Daniel, Tane, su hermana y Leo querían saber dónde estaba.
Darel respondió a Aroha para decirle que se encontraba bien, aunque no era cierto.
Después apagó el sonido. Una hora más tarde, un coche se detuvo junto a la entrada.
Mara cruzó el campo con un abrigo oscuro y unas botas que empezaron a hundirse en el barro al segundo paso.
Darel no preguntó cómo lo había encontrado.
Daniel sabía que solía ir allí cuando necesitaba pensar y Mara había demostrado que conseguía cualquier información que considerara necesaria.
—Vas a empaparte —dijo cuando llegó.
—Tú ya lo estás.
Mara se sentó a su lado sin preocuparse por el abrigo. Durante unos minutos permanecieron en silencio, mirando las porterías.
—No tenías que venir —murmuró Darel.
—Ya estoy aquí.
—¿Daniel te ha llamado?
—Sí.
—No debería involucrarte en esto.
—No me ha contado nada del caso. Solo que no respondías y que quizá estuvieras aquí.
Darel arrancó una brizna de césped.
—Todo el mundo cree que necesito que me vigilen.
—Todo el mundo está preocupado.
—No voy a hacer ninguna estupidez.
—Nunca he pensado que fueras a hacerla.
—Has venido.
—Porque quería verte.
La respuesta consiguió que Darel se girara. Mara mantenía la atención en el campo, como si hubiera dicho algo sin importancia.
—Eso tampoco deberías decirlo —recordó.
—Tampoco debería estar aquí.
—¿Y aun así?
—Estoy cansada de que seas el único que puede reconocer cosas inconvenientes.
Darel sonrió sin ganas.
—No parece una competición justa.
—Nunca lo es contigo.
El viento levantó parte del cabello de Mara. Darel quiso recogerlo detrás de su oreja, pero mantuvo las manos sobre las rodillas.
—Noah ha firmado la declaración —dijo ella—. Ha entregado el teléfono y ha autorizado el acceso a la historia clínica del tratamiento privado.
—No quiero hablar del procedimiento.
—De acuerdo.
Volvieron a callarse.
—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó Darel al cabo de un momento—. Que una parte de mí sigue pensando en cómo ayudarlo cuando termine todo.
—No es lo peor.
—Me dejó caer.
—Y tú sigues siendo quien eras antes de que lo hiciera.
—Eso suena a consuelo.
—No se me da bien consolar.
—Ya lo había notado.
Mara le dio un golpe suave con el hombro.
—Noah tomó una decisión cobarde. Richard tomó una decisión criminal. Tú no puedes corregir ninguna de las dos convirtiéndote en alguien que no eres.
—¿Y quién soy?
—El hombre que espera que los jugadores jóvenes lleguen más lejos que él.
El tío que deja que sus sobrinos llenen la mesa de barro.
El capitán que sigue llamando «mi equipo» a un grupo del que lo han suspendido.
También eres insoportable, mandón y demasiado consciente del efecto que produces cuando te quitas la camiseta.
Darel volvió la cabeza hacia ella.
—Esa última parte no parecía necesaria.
—Era importante mantener el informe equilibrado.
—¿Te gustó?
Mara soltó un suspiro.
—No estropees una conversación seria.
—Puedo hablar en serio sobre eso.
—No tengo ninguna duda.
La sonrisa desapareció poco a poco. Darel miró otra vez el campo.
—Mi padre se marchó cuando yo tenía nueve años —dijo—. No trabajaba en un laboratorio ni tenía una segunda familia. Solo decidió que quería otra vida. Mi madre nunca habló mal de él, aunque yo pasé años pensando que debía haber algo malo en mí para que no quisiera quedarse.
Mara no se movió.
—Cuando entré en el primer equipo, apareció —continuó—. Quería fotografías, entradas y poder contar que su hijo era una promesa. Le dije que se marchara. Después me sentí culpable durante meses porque seguía siendo mi padre.
—No le debías nada.
—Lo sé ahora. Entonces pensaba que la sangre obligaba a perdonar cualquier cosa. Quizá por eso entiendo que Noah quiera proteger a Richard.
—Entenderlo no lo justifica.
—No.
—Y no tienes que salvarlo.
Darel se frotó las manos para quitarse el barro.
—Eso me dijo Daniel.
—Entonces Daniel y yo estamos de acuerdo.
—No se lo cuentes. Se pondrá insoportable.
Mara sonrió.
—¿Por qué no hablas nunca de tu padre?
—Porque no forma parte de mi vida.
—Forma parte de lo que te hizo desconfiar de abandonar a alguien.
Darel la miró.
—Siempre terminas investigando.
—No era una pregunta oficial.
Mara bajó los ojos hacia las botas.
—Mi padre también intentó volver cuando terminó la sanción. Dijo que necesitaba que la familia estuviera unida y que yo era la única capaz de comprender lo que había sufrido.
—¿Qué hiciste?
—No le abrí la puerta.
—¿Te sentiste culpable?
—Sí.
—Entonces quizá sí entiendas.
Mara asintió. El campo empezaba a oscurecerse.
Darel podía escuchar los coches a lo lejos y el ruido del viento entre los árboles.
Allí, sin oficinas, cámaras ni abogados, la investigación parecía menos real.
Mara tampoco parecía la mujer que podía firmar un informe capaz de salvarlo.
Era solo alguien que se había sentado en el barro porque él no contestaba el teléfono.
—¿Por qué viniste de verdad? —preguntó.
—Ya te lo he dicho.
—Querías verme.
—Sí.
—¿Como investigadora?
Mara se volvió hacia él.
—No.
La respuesta fue tan directa que Darel sintió el impacto en el pecho.
—Quinn.
—No hagas que me arrepienta.
—Estoy intentando no hacerlo.
—Pues se te nota poco.
Darel levantó una mano y apartó por fin el cabello de su rostro. Mara no retrocedió. La piel de su mejilla estaba fría. Él dejó los dedos junto a la mandíbula, sin acercarla.
—Podría besarte ahora —murmuró.
—Sí.
—No hay nadie mirando.
—Eso no cambia el informe.
—No.
—Ni que sigas siendo la persona investigada.
—No.
Mara apoyó la mano sobre la muñeca de él. Darel creyó que iba a apartarlo, aunque mantuvo los dedos allí.
—Cuando termine —dijo—, no sé qué va a pasar.
—Yo sí.
—No puedes saberlo.
—Voy a besarte.
Mara miró su boca.
—Eso no es todo lo que puede pasar.
—Es un principio.
—Podríamos descubrir que solo era tensión por el caso.
—No te crees eso.
—Podría ocurrir.
—Entonces nos besaremos y lo averiguaremos.
Mara sonrió apenas.
—Todo te parece fácil.
—No. Solo algunas decisiones.
Darel retiró la mano antes de que la voluntad empezara a fallarle. Se levantó y le ofreció ayuda. Mara la aceptó. Sus dedos permanecieron unidos un poco más de lo necesario cuando quedó de pie.
—La autorización genética llegará mañana —dijo ella—. Si confirma la identidad, el informe preliminar podrá cerrarse en pocos días.
—Y dejaré de ser tu investigado.
—Pasarás a ser la víctima formal de una manipulación. El procedimiento contra Mercer seguirá abierto.
—No has respondido.
—Ya no dirigiré ninguna actuación sobre ti.
Darel se acercó.
—Repítelo.
—Todavía no ha ocurrido.
—Quería escuchar cómo suena.
—Impaciente.
—Llevo un año esperando.
Mara lo miró con una mezcla de deseo y cautela.
—No soy tu padre, Quinn —dijo él—. No voy a dejar que me quieras por una mentira ni a utilizar lo que sientes para salvarme.
—Lo sé.
—¿Lo sabes o lo dicen las pruebas?
Mara respiró hondo.
—Te creo.
Darel cerró los ojos un segundo. Había escuchado aquellas palabras antes, en su casa y frente a su sobrina. Esta vez no estaban acompañadas por una explicación. Mara no habló de densidades, registros ni códigos. Se las entregó a él.
—Gracias —murmuró.
—No vuelvas a obligarme a repetirlo.
—No prometo nada.
Caminaron hacia los coches. Mara resbaló en una zona de barro y Darel la sujetó por la cintura. Ella se agarró a sus hombros, quedaron demasiado cerca y los dos se echaron a reír cuando vieron el estado de sus botas.
—Daniel va a pensar que te he tirado al suelo —dijo Darel.
—Técnicamente, me has impedido caer.
—Podría haberlo hecho de una forma más interesante.
—Y yo podría utilizar una de estas botas contra tu rodilla.
—Eso sería una infracción.
—No si nadie presenta una denuncia.
Llegaron al coche de Mara. Al otro lado de la valla, un coche gris esperaba con el motor encendido y las luces apagadas. Darel lo vio sin verlo, con la cabeza en otra parte, y abrió la puerta.
—Ve a casa —ordenó ella—. Tu hermana está preocupada.
—¿Y tú?
—Yo estaba trabajando cerca.
—A cuarenta minutos de tu oficina.
Mara entró en el vehículo.
—Buenas noches, Darel.
Esta vez su nombre no fue un error ni una advertencia.
Sonó suave, personal, como algo que ya le pertenecía un poco.
Darel cerró la puerta y esperó hasta que el coche desapareció.
Noah lo había traicionado y su carrera seguía pendiente de una prueba genética.
Nada estaba resuelto. Aun así, Mara Quinn acababa de creerlo sin esconderse detrás de un informe. Por aquella noche, era suficiente.