CAPÍTULO 21
COLE Y MERCER
La orden judicial llegó a las siete y diez de la mañana siguiente.
Mara la leyó en el coche, todavía en el aparcamiento de la Comisión. La operadora había respondido en menos de una hora. El número que llamó a Richard Mercer veinte minutos después del control tenía un único titular: Noah Cole.
No sintió triunfo. Sintió la presión de lo que Darel le había contado la tarde anterior: alguien de su familia, «él», un nombre que Noah se había negado a pronunciar. Subió a su despacho y encontró a Priya con dos cafés y la ficha del jugador abierta en la pantalla.
—Busca a la madre —dijo Mara antes de quitarse la chaqueta.
—Evelyn Cole. Ya lo he hecho.
Priya giró el monitor. Evelyn Cole había trabajado en Australia veinticinco años atrás, como enfermera en un hospital de Melbourne. En el mismo hospital, durante los mismos años, figuraba un técnico de laboratorio llamado Richard Mercer.
Mara se quedó mirando las dos fechas. Recordó las declaraciones de conflicto de intereses que había pedido en Sídney y que nadie había revisado todavía porque parecían un trámite.
Abrió el correo de la directora técnica.
Las declaraciones patrimoniales que Mercer presentaba cada año como responsable de calidad incluían, en el apartado de obligaciones familiares, una pensión periódica a nombre de Evelyn Cole, pagada durante más de veinte años, primero desde una cuenta australiana y después desde Sídney.
Ninguna mencionaba a un hijo. No eran pagos para manipular una muestra. Eran manutención.
—Es su padre —dijo Priya.
Mara recordó la llamada con el oficial de control, a las cinco menos cuarto de la madrugada. Cole solo había hecho una pregunta: si en el laboratorio sabían de quién era cada muestra. No le asustaba que alguien viera su nombre. Necesitaba saber si su padre podría verlo.
Mara apoyó las manos sobre la mesa. La relación lo explicaba todo: el aviso, el riesgo y una decisión que de otro modo parecía desproporcionada.
Noah había tomado algo. Llamó a su padre porque sabía o temía lo que aparecería, y Mercer, al ver que la otra muestra pertenecía a Darel, cambió los pares para salvar a su hijo.
Darel había conseguido en el campo, a gritos y saltándose todas las normas, la mitad de una confesión.
La otra mitad acababa de llegar en una orden judicial.
Confirmó la cita de Noah a las once y pidió una copia certificada del acta de nacimiento.
Noah llegó a la entrevista acompañado por dos abogados y con la expresión de quien había pasado la noche ensayando qué no debía decir.
Mara lo esperaba en la misma sala donde interrogó a Darel al comienzo del caso.
Priya estaba a su derecha. Hannah participaría por videollamada desde otra oficina y un representante sindical se sentó junto al equipo jurídico de Noah.
Sobre la mesa había registros de llamadas, capturas del sistema, transferencias bancarias y una copia certificada del acta de nacimiento que confirmaba lo que ya sabían.
Richard Mercer era el padre de Noah Cole.
La relación nunca había sido declarada al laboratorio.
Mercer indicó en sus formularios internos que no tenía familiares vinculados al deporte profesional y Noah había evitado mencionarlo en cada revisión de conflictos.
Utilizar el apellido de su madre no era un engaño por sí mismo.
Ocultar deliberadamente el parentesco mientras el padre intervenía en análisis de rugby sí. Mara encendió la grabación.
—Señor Cole, antes de empezar debo informarle de que esta entrevista forma parte de una investigación de integridad y puede dar lugar a un procedimiento disciplinario independiente del abierto contra Darel Akara.
Uno de los abogados asintió.
—Mi cliente lo comprende.
—Quiero escucharlo de él.
Noah miró a Mara.
—Lo comprendo.
—También tiene derecho a no responder a preguntas que puedan incriminarlo. Si decide contestar, le recomiendo que lo haga con exactitud. Ya hemos asegurado los registros del laboratorio y sus comunicaciones con Richard Mercer.
El segundo abogado intervino.
—No aceptamos que se utilicen comunicaciones privadas obtenidas fuera de la jurisdicción neozelandesa sin revisar la autorización.
—Podrá impugnarlas cuando reciba la copia. Hoy voy a preguntarle por hechos que ya aparecen en varios registros.
Mara abrió la primera carpeta.
—¿Richard Mercer es su padre?
Noah miró a sus abogados. El primero le indicó que respondiera.
—Sí.
—¿Por qué no declaró la relación?
—No tenemos una relación pública.
—No he preguntado por la prensa. El protocolo exige declarar familiares que trabajen en laboratorios antidopaje.
—Mi padre vive en Australia. Nunca había analizado una muestra mía.
—Eso es falso. Su usuario intervino en la recepción de dos controles anteriores en los que usted participó, aunque los resultados fueron negativos.
Noah miró la mesa.
—Yo no lo sabía.
—¿Él sabía que eran suyos?
—No.
—¿Cómo puede asegurarlo?
—Porque no hablamos de todos mis controles.
Mara colocó una copia del registro telefónico frente a él.
—Lo llamó veinte minutos después del realizado hace dos semanas.
—Hablo con mi padre muchas veces.
—No con esa frecuencia. Durante los tres meses anteriores hubo cuatro llamadas. La semana del control, siete.
El abogado volvió a protestar. Mara esperó hasta que terminó.
—¿Qué le dijo después de entregar la muestra?
Noah apretó las manos.
—Que me habían controlado.
—¿Le dio el código?
—No recuerdo.
—Su padre no podía saber cuál de las dos muestras era la suya sin ese número. Y cambió exactamente la que debía.
—Pudo averiguarlo de otra forma.
—¿Cuál?
Noah no respondió. Mara cambió de carpeta.
—Hablemos de la lesión. El doce de mayo sufrió una sobrecarga en el muslo. El pronóstico inicial era de tres a cuatro semanas. Regresó a una carga casi completa en doce días. ¿Qué tratamiento siguió?
—Fisioterapia.
—¿Con quién?
—Un especialista privado.
—Nombre.
Noah miró otra vez a los abogados.
—Martin Bell.
Priya tomó nota.
—¿Le facilitó Bell algún producto?
—Suplementos.
—¿Cuáles?
—No lo sé.
—¿Los declaró al equipo?
—No.
—¿Por qué?
—Porque eran vitaminas y productos de recuperación.
—Si pensaba que eran vitaminas, no tenía ningún motivo para ocultarlos.
Noah se inclinó hacia delante.
—No quería otra discusión con Darel.
—¿Darel conocía el tratamiento?
—No.
—Entonces no podía discutir por algo que ignoraba.
—Discutía por todo. Siempre estaba encima de mí, diciendo que no estaba preparado, que pensara en el equipo y que dejara de intentar demostrar cosas.
—¿Le parecía injusto?
—Sí.
—¿Creía que le tenía celos?
—Sabía que yo podía llegar más lejos.
Mara recordó la respuesta de Darel: esperaba que quienes llegaran detrás fueran mejores.
—¿Se lo contó a su padre?
Noah apretó la mandíbula.
—Sí.
—¿Qué opinaba él?
—Que Darel me frenaba. Que no quería perder el puesto.
—¿Y usted?
—También.
—¿Sigue creyéndolo?
Noah guardó silencio. Mara dejó que transcurrieran varios segundos antes de colocar sobre la mesa el informe químico del producto encontrado en su bolsa de recuperación.
Darel la había mencionado en el vuelo de regreso de Sídney; Mara pidió al club que la precintara esa misma tarde, y la autorización para analizar su contenido llegó junto con la de las comunicaciones.
En un bolsillo interior encontraron un envase sin etiqueta.
El análisis urgente confirmó que contenía ostarina.
—Este producto estaba en su bolsa.
Noah palideció.
—No sabía lo que contenía.
—Pero sabía que no estaba autorizado.
—No sabía que era una sustancia prohibida.
—¿Por eso esperaba dar positivo?
—No esperaba…
—Se lo dijo a Darel ayer.
Uno de los abogados se volvió hacia él.
—Noah, no respondas.
Mara continuó con calma.
—El señor Akara declaró que usted admitió haber tomado un producto no declarado y haber sospechado que alguien de su familia manipuló el resultado. Puede negar esa conversación. También puede explicar por qué envió a Mercer este mensaje dos horas después de conocerse el positivo de Darel.
Deslizó una impresión.
«¿Qué has hecho?».
Debajo aparecía la respuesta del padre: «Lo necesario. No hables con nadie».
Noah cerró los ojos. Mara conocía aquel momento.
No exactamente la situación, pero sí el instante en el que una persona comprendía que continuar mintiendo exigía destruir una parte mayor de sí misma.
Ella había visto a su padre elegir la mentira incluso después de encontrar las sustancias. Noah todavía podía tomar otra decisión.
—¿Cuándo supo que su padre había cambiado las muestras? —preguntó.
—No lo sabía.
—¿Cuándo empezó a sospecharlo?
—Cuando salió el positivo de Darel.
—¿Por qué?
Noah tragó saliva.
—Porque era ostarina.
—La misma sustancia que temía haber consumido.
—Sí.
—¿Llamó a su padre?
—Sí.
—¿Qué le dijo?
Noah miró a los abogados. El primero negó con la cabeza, indicándole que no contestara. El segundo estaba leyendo los mensajes con una expresión cada vez más tensa.
—Me dijo que mi resultado era negativo —contestó Noah—. Le pregunté cómo podía saberlo antes de que me lo comunicaran y dijo que había consultado el sistema.
—¿Y cuando el positivo de Darel se hizo público?
—Volví a llamarlo. Al principio no quiso hablar. Después dijo que Akara ya había tenido todas las oportunidades, que yo merecía una y que nadie podría demostrar nada.
—¿Le pidió que confesara?
—Sí.
—¿Cuándo?
Noah bajó la cabeza.
—Ayer.
Mara sintió una punzada de rabia.
—Después de que Darel lo confrontara.
—Sí.
—Antes permaneció en silencio mientras él quedaba suspendido, perdía patrocinadores y se enfrentaba a una sanción de años.
—Tenía miedo.
—Él también.
—No es lo mismo.
—No. Darel tenía miedo de perder una carrera sin haber hecho nada. Usted, de perderla por una sustancia que decidió ocultar.
Noah alzó la vista.
—No sabía que contenía ostarina.
—Eso se determinará en su procedimiento. Hoy estamos hablando de lo que hizo después.
La voz de Mara se había endurecido. Hannah apareció en la pantalla.
—Investigadora Quinn.
La advertencia bastó. Mara respiró despacio y recuperó el tono.
—¿Está dispuesto a entregar el teléfono, las conversaciones completas y el producto que recibió de Martin Bell?
—Sí.
—¿También a declarar contra su padre?
Noah miró el mensaje impreso.
—No quería hacerle daño a Darel.
—Callar también fue una decisión.
—Lo sé.
—No he preguntado si lo sabe. He preguntado si declarará.
Noah tardó casi un minuto.
—Sí.
La entrevista continuó durante dos horas.
Noah explicó que Richard Mercer mantuvo una relación breve con su madre cuando ambos trabajaban en Melbourne.
Nunca convivieron, pero pagó parte de sus gastos y viajó a Nueva Zelanda varias veces al año.
Cuando Noah comenzó a destacar en rugby, decidieron ocultar el vínculo para evitar preguntas sobre el trabajo del padre.
Richard alimentó durante años la idea de que el talento de su hijo no recibía el reconocimiento merecido.
Darel se convirtió en el centro de ese resentimiento.
Cada corrección era un intento de humillarlo.
Cada convocatoria en la que Noah no fue titular, una prueba de que el capitán temía ser reemplazado.
Cuando Darel desaconsejó incluirlo en el grupo de liderazgo, Richard afirmó que había llegado el momento de dejar de esperar que Akara cediera el sitio.
Noah no le pidió que cambiara las muestras.
Tampoco contó la verdad cuando comprendió lo que había hecho.
Al terminar, los abogados solicitaron una pausa antes de firmar la declaración.
Mara salió al pasillo y encontró a Darel sentado al otro extremo, acompañado por Leo.
No debía estar allí. Leo había presentado una petición para recibir información después de la entrevista, pero nadie autorizó su presencia en la planta. Darel se levantó.
—¿Ha hablado?
Mara miró a Leo.
—No deberíais estar aquí.
—Nos han permitido esperar fuera —contestó el abogado—. No ha tenido contacto con Noah.
Darel no apartó la atención de ella.
—¿Ha hablado?
—Sí.
La tensión de sus hombros disminuyó apenas.
—¿Lo sabía?
Mara dudó. El contenido seguía protegido hasta que firmaran la declaración, aunque Darel tenía derecho a conocer lo esencial.
—No participó en el cambio. Sospechó lo ocurrido cuando se publicó tu positivo y decidió callar.
Darel cerró los ojos un instante.
—Entonces lo sabía.
—Después.
—Y calló.
—Sí.
No hubo triunfo en la respuesta. Mara sabía que la confirmación le dolería más que cualquier duda.
—¿Quién? —preguntó Darel—. En el campo no quiso decírmelo.
Mara miró hacia la puerta de la sala. Leo lo sabría en menos de una hora de todos modos.
—Richard Mercer es su padre.
Darel no dijo nada. Apoyó la espalda en la pared y se quedó mirando el techo del pasillo durante tanto tiempo que Leo dio un paso hacia él.
—¿Lo hizo por él?
—Para salvarlo y porque estaba convencido de que tú lo frenabas.
Darel soltó una risa amarga.
—Pasé años intentando que aprendiera.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Cada vez que quisieron dejarlo fuera, pedí otra oportunidad.
—Eso también aparece en su declaración.
Darel la miró.
—¿Lo ha reconocido?
—Sí.
El silencio se llenó con las voces lejanas de los abogados dentro de la sala.
—No cambia lo que hizo —dijo Darel.
—No.
—Ni lo que tomara.
—No.
—¿Por qué parece que intentas que lo comprenda?
Mara se acercó.
—Porque sé lo que es descubrir que una persona a la que defendiste eligió mentir. Y sé que lo primero que haces es revisar cada momento para averiguar qué no viste.
Darel apartó la vista.
—No quiero hablar de esto aquí.
—De acuerdo.
—Solo dime si podrás demostrar que la muestra era suya.
—Con su declaración, los registros y una comparación genética, sí.
—¿Cuándo?
—La autorización puede llegar mañana.
Darel asintió. Mara quiso tocarle el brazo. No lo hizo. Había cámaras en el pasillo, abogados a pocos metros y una investigación que todavía necesitaba mantenerse limpia.
—Darel.
Él volvió a mirarla.
—No fue culpa tuya confiar en él.
La frase era la misma que Darel había utilizado al hablar de su padre. Mara no supo si él lo recordó, aunque la dureza de su expresión disminuyó.
—Eso también me lo has robado.
—¿El qué?
—Mis argumentos.
—Eran buenos.
Darel sonrió apenas.
—Sí.
La puerta de la sala se abrió y los abogados de Noah salieron con la declaración firmada.
Mara regresó al trabajo. Ahora tenían el vínculo, los mensajes, el producto y un testimonio.
Con aquella declaración, la Comisión podía volver a pedir la comparación genética, y esta vez el juez tendría muy difícil negarla.
Después ya nadie podría exigir a Darel que demostrara algo que nunca había hecho.