Juego limpio (Tercer Tiempo 3) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

LO QUE NO HABÍA QUERIDO VER

Darel regresó a Auckland con una orden clara: no hablar con Noah Cole hasta que Mara realizara la entrevista formal.

Cumplió durante catorce horas. No fue una decisión premeditada.

A media tarde, Fletcher le pidió que pasara por las instalaciones para recoger varias pertenencias del vestuario antes de que el equipo viajara al primer partido de preparación.

Darel eligió una hora en la que la sesión debía haber terminado.

No esperaba encontrar a Noah solo en el campo, repitiendo carreras con un chaleco lastrado y la pierna derecha vendada por encima de la rodilla. Se detuvo en la grada.

Noah completó el recorrido, frenó junto a la línea y apoyó las manos en las caderas.

El movimiento no mostraba dolor. Tampoco precaución.

Dos semanas antes, el fisioterapeuta había estimado que aquella lesión necesitaría casi un mes para tolerar cargas explosivas.

Noah no solo las toleraba; parecía más rápido que antes.

—Te vas a romper —dijo Darel.

El joven se giró. Su expresión pasó de la sorpresa al fastidio.

—La sesión ha terminado.

—Eso veo.

—Entonces no tienes que vigilarme.

Darel bajó los escalones hasta el césped.

—No te vigilo. He venido a recoger mis cosas.

—Pues el vestuario está allí.

Noah señaló el edificio sin mirarlo. Darel debería haber seguido caminando.

Mara tenía razón: cualquier conversación podía alertarlo y comprometer una declaración.

Sin embargo, la rabia de la noche anterior no había desaparecido.

Darel recordaba a Noah quejándose en la sala del control, el formulario sobre la mesa y la llamada que ahora sabía dirigida a Richard Mercer.

—¿Cómo está la pierna? —preguntó.

—Bien.

—Demasiado bien.

Noah se quitó el chaleco.

—No sabía que también fueras médico.

—No lo soy.

—Entonces no opines.

—Moana esperaba que necesitaras otras dos semanas.

—Fui a un especialista.

—¿Cuál?

Noah recogió la botella de agua.

—No tengo que darte mis informes.

—Al equipo sí.

—Ya no eres el capitán ahora mismo.

La frase llegó acompañada de una satisfacción que Noah no intentó esconder. Darel sintió el impulso de acercarse y recordarle cuántas veces lo había defendido. En lugar de eso, permaneció junto a la línea.

—Tane es capitán provisional —dijo.

—Porque tú lo recomendaste.

—No participé en la decisión.

—No hacía falta. Fletcher siempre hace lo que tú quieres.

Darel soltó una risa breve.

—No conoces a Fletcher si crees eso.

—Te ha protegido desde que empezó todo.

—Ha protegido el procedimiento.

—Te cree inocente.

—Lo soy.

Noah apartó la vista. Fue un gesto mínimo. Darel lo vio porque llevaba años estudiando a sus compañeros antes de un partido, aprendiendo quién necesitaba una palabra, quién prefería silencio y quién ocultaba una lesión para no perder el puesto.

—Mírame —dijo.

Noah apretó la botella.

—No voy a obedecerte.

—No te he dado una orden como capitán.

—Entonces no tengo por qué hacerlo.

—¿Sabías que iba a dar positivo?

El rostro de Noah perdió el color. Darel comprendió la respuesta antes de escucharla.

—¿De qué hablas?

—De tu control.

—Mi resultado fue negativo.

—Eso no es lo que he preguntado.

Noah dio un paso atrás.

—No puedes acusarme porque tu muestra saliera mal.

—No te he acusado de cambiarla.

—Pues parece que sí.

—He preguntado si esperabas un positivo.

Noah recogió la mochila.

—Habla con mi abogado.

Darel se interpuso entre él y la salida. No lo tocó, pero Noah frenó.

—Mientras esperábamos el control, llamaste a alguien. Veinte minutos después, el hombre que tocó nuestras muestras recibió una llamada de Nueva Zelanda.

La botella cayó sobre el césped. Ninguno habló durante unos segundos. Noah miró alrededor, comprobando que no hubiera nadie cerca.

—No sé de qué hablas.

—¿A quién llamaste?

—No es asunto tuyo.

—Se convirtió en asunto mío cuando alguien tocó las muestras.

—No sabes lo que dices.

—Entonces explícamelo.

Noah se pasó las manos por el cabello. Parecía más joven que en el campo, sin la seguridad de las cámaras ni la velocidad que utilizaba para escapar de cualquier error.

—Esa llamada no tiene nada que ver con esto.

—Entonces dime con quién hablaste.

—Con mi familia. Ya se lo dije a Quinn.

—¿Y quién de tu familia conoce a un técnico de Sídney?

Noah guardó silencio. Darel notó cómo la rabia subía desde el estómago hasta la garganta.

—Me dejaste pasar una semana escuchando que era un tramposo mientras sabías que algo no encajaba.

—Yo no sabía nada.

—Esperabas dar positivo.

—No.

—Mientes.

Noah intentó rodearlo. Darel volvió a bloquearle el paso.

—¿Qué tomaste?

—Apártate.

—¿Ostarina?

—He dicho que te apartes.

—¿Sabías que estaba en tu cuerpo?

Noah empujó su hombro. Darel no se movió.

—No tienes derecho a interrogarme.

—No. Ese es el trabajo de Mara Quinn, y vas a sentarte frente a ella mañana. Antes de hacerlo, quiero saber si permitiste que alguien me cargara tu mierda.

—¡No sabía lo que hizo!

El grito quedó suspendido sobre el campo vacío.

Noah cerró los ojos en cuanto comprendió lo que había admitido.

Darel sintió que algo se rompía dentro de él.

No era una sorpresa completa. Las pruebas apuntaban en esa dirección.

Aun así, escuchar que Noah sabía lo que alguien había hecho por él, aunque fuera después, convertía la sospecha en una traición real.

—¿Quién? —preguntó Darel.

Noah apretó los labios. No contestó.

—¿Cuándo lo supiste?

—No he dicho…

—Acabas de decirlo.

Noah bajó la voz.

—Sospeché cuando salió tu positivo.

—¿Porque era la misma sustancia que habías tomado?

—No sabía que lo que usé contenía ostarina.

—¿Qué usaste?

—Un producto para acelerar la recuperación. Me lo dio un preparador privado.

—¿Lo declaraste?

—No.

Darel apretó las manos.

—Sabías que no estaba autorizado.

—Sabía que el equipo no lo aprobaría. No es lo mismo.

—Es exactamente lo mismo.

—Tú no entiendes lo que era quedarme fuera ahora. Esta era mi oportunidad.

—¿Y crees que yo no he jugado lesionado? ¿Que no he perdido convocatorias?

—Tú siempre vuelves. Todo el mundo te espera.

Darel se acercó.

—Porque no hice trampas para regresar.

Noah levantó la barbilla, aunque los ojos estaban húmedos.

—Él solo quería ayudarme.

—¿Quién es él, Noah?

—No te lo voy a decir.

—Quien sea, destruyó mi nombre para salvar el tuyo.

—Yo no se lo pedí.

—Y, cuando lo supiste, callaste.

—No estaba seguro.

—¿Cuánto tiempo necesitabas? ¿Hasta que me sancionaran? ¿Hasta que ocuparas mi puesto?

Noah no respondió. Darel pensó en todas las veces que había discutido con entrenadores para conseguirle otra oportunidad, en las conversaciones después de partidos malos y en la paciencia que había pedido a quienes veían el ego antes que el talento.

No esperaba gratitud. Sí esperaba que un compañero no permitiera que lo expulsaran del deporte por una infracción ajena.

—Mañana vas a contarle todo a Quinn —dijo.

—Mi abogado decidirá qué declaro.

—No. Tú decidirás si vas a seguir escondiéndote detrás de otra persona.

—¿Y si hablo qué? Él irá a prisión y yo perderé la carrera.

—Eso debiste pensarlo antes de utilizar un producto prohibido.

—Tú lo tienes fácil. Ya lo has conseguido todo.

Darel lo agarró por la parte delantera de la camiseta. Noah abrió los ojos, aunque no intentó soltarse.

—No vuelvas a decirme que fue fácil —murmuró—. No sabes lo que costó cada cosa que ves cuando me miras.

Lo soltó de inmediato. Noah retrocedió, respirando con rapidez.

—No me toques.

—No volveré a hacerlo.

Darel recogió la botella que había caído y se la entregó.

—Mañana di la verdad.

—No puedes obligarme.

—No.

Se apartó de la salida.

—Eso es lo peor. Pensé que no tendría que hacerlo.

Darel entró en el edificio sin mirar atrás.

Recogió sus pertenencias del vestuario, guardó la camiseta de entrenamiento y dejó la taquilla vacía.

No sabía cuánto tiempo permanecería fuera, pero no quería que nada suyo siguiera ocupando un lugar que el expediente podía arrebatarle.

En el coche llamó a Mara. Ella respondió al primer tono.

—¿Qué ha ocurrido?

No preguntó por qué llamaba. Supo de inmediato que algo iba mal.

—He hablado con Noah.

El silencio duró lo suficiente para que Darel supiera que estaba enfadada.

—Te pedí que no lo hicieras.

—Lo encontré entrenando.

—Y podías marcharte.

—Sí.

—¿Qué le dijiste?

Darel se lo contó todo. No suavizó el empujón, el momento en que lo agarró ni la admisión de Noah. Mara escuchó sin interrumpir hasta que terminó.

—Has comprometido la entrevista —dijo.

—También he conseguido una confesión.

—No es una confesión formal y puede afirmar que lo intimidaste.

—Noah admitió que tomó un producto sin declarar y que sospechó lo que hizo alguien de su familia. No quiso decirme quién.

—Delante de ti. Sin abogado, sin grabación y después de que le revelaras información confidencial. Y ahora mismo su declaración es lo único que puede sustituir al ADN. Si su abogado demuestra que lo presionaste, nos quedamos sin nada.

Darel apoyó la cabeza en el asiento.

—Lo sé.

—No, no lo sabías cuando decidiste hacerlo.

—Quinn…

—Te pedí una cosa.

—Era mi compañero.

—Precisamente por eso no debías hablar con él.

La decepción de Mara le dolió más que el enfado.

—Lo siento.

Ella guardó silencio.

—¿Estás conduciendo? —preguntó al final.

—Estoy aparcado.

—Bien. No hables con nadie más. Leo debe saberlo antes de la entrevista y tendremos que registrar tu declaración sobre el encuentro.

—De acuerdo.

—Y Darel.

—¿Sí?

—No vuelvas a agarrarlo.

—No lo haré.

—Aunque mienta.

—Aunque mienta.

Mara exhaló despacio.

—¿Estás bien?

La pregunta lo sorprendió.

—No.

—Lo imaginaba.

—Lo defendí durante años.

—Eso habla de lo que hiciste tú, no de lo que ha hecho él.

Darel cerró los ojos. Era casi la misma frase que le había dicho sobre su padre.

—¿Vas a apartarme de la investigación?

—No puedo apartarte de tu propio caso.

—¿Vas a dejar de hablarme?

—Ahora mismo tengo ganas.

—Lo merezco.

—Sí.

A pesar de todo, Darel sonrió un poco.

—Te llamo cuando termine con Leo —dijo Mara—. No te muevas de casa.

—¿Es una orden?

—Sí.

—Entonces la cumpliré.

Colgó. Permaneció unos minutos dentro del coche, mirando el edificio donde había pasado una parte enorme de su vida.

Cuando llegó a casa, Aroha lo esperaba en la cocina.

Había utilizado la llave de emergencia y preparado té.

No preguntó por qué tardó ni por qué tenía los nudillos blancos de apretar el volante. Solo le señaló una silla.

—Daniel me ha contado que has hablado con Noah.

Darel se sentó.

—Las noticias viajan rápido.

—En esta familia, sí.

Aroha dejó una taza delante de él.

—¿Lo golpeaste?

—No.

—¿Querías?

—Sí.

—Bien. Significa que todavía eres humano.

Darel la miró.

—Mara está enfadada.

—También significa que tiene criterio.

—Gracias por el apoyo.

Aroha sonrió.

—¿Qué dijo Noah?

Darel le explicó lo esencial. Su hermana escuchó en silencio, con una tristeza que no era solo por él. Había conocido al joven en barbacoas, cumpleaños y encuentros del equipo. Kiri tenía una camiseta con su número.

—¿Vas a perdonarlo? —preguntó.

—No lo sé.

—No tienes que decidirlo hoy.

—Todo el mundo me dice qué no tengo que hacer.

—Porque tú intentas resolverlo todo antes de dormir.

Darel tomó la taza.

—Si lo perdono, parece que lo que hizo no importa. Si no lo hago, abandono a alguien cuando está peor.

—Perdonar no es evitarle las consecuencias. Y dejar que las afronte no es abandonarlo.

Darel pensó en Mara diciendo que no debía salvarlo.

—También te cae bien Quinn —dijo.

—Mucho.

—La has visto dos veces.

—Kiri dice que ya te cree. Eso es suficiente.

Darel sonrió. Aroha se inclinó sobre la mesa.

—No conviertas a Mara en otra persona a la que tengas que proteger sin preguntarle. Parece bastante capaz de decidir qué quiere.

—Lo intento.

—¿Y qué quiere?

Darel recordó la habitación del hotel.

—Todavía no me ha dejado averiguarlo.

—Entonces espera.

Volvía a aparecer la misma palabra. Darel bebió el té y aceptó que, por una vez, toda la gente que lo quería podía tener razón.

Noah podía perder la carrera. Mercer, la libertad.

Él todavía no había recuperado el nombre ni la camiseta.

Mara estaba enfadada con razón. Y, aun así, antes de colgar le había preguntado si estaba bien.