CAPÍTULO 19
SIN ARMADURA
Darel llegó a Sídney al día siguiente acompañado por Leo y una tormenta que obligó a cancelar todos los vuelos de regreso.
La reunión había sido convocada con pocas horas de antelación.
El laboratorio reconocía una manipulación no autorizada de los registros, la Comisión debía informar formalmente a Darel y los abogados querían acordar cómo proteger la investigación antes de que el escándalo se filtrara.
Mara pasó la mañana encerrada en una sala con Hannah conectada por videollamada, la directora técnica, dos representantes jurídicos y un Darel que apenas apartaba los ojos de ella.
No pudo contarle todo. Sí confirmó que Richard Mercer había utilizado dos credenciales, consultado su identidad, corregido la correspondencia entre los pares de muestras y recibido una llamada de Nueva Zelanda veinte minutos después del control.
También tuvo que explicar lo que habían perdido: la actualización del sistema había sobrescrito el detalle de esa corrección, y esa misma mañana el juez había rechazado la comparación genética porque una densidad invertida y un registro incompleto no bastaban para analizar el perfil de un tercero sin su consentimiento.
El código alternativo pertenecía a otro jugador sometido al mismo control.
Su nombre quedó reservado hasta que las autoridades permitieran comunicarlo.
Darel no necesitó escucharlo.
—Era Cole —dijo cuando terminó la presentación.
El abogado del laboratorio protestó. Mara no respondió, aunque Darel vio suficiente en su silencio.
La tormenta empeoró durante la tarde. A las seis, el aeropuerto anunció el cierre temporal de varias pistas y el equipo se repartió entre dos hoteles cercanos.
Leo consiguió una habitación en otro edificio porque el primero estaba lleno.
Darel quedó en la planta nueve. Mara y Priya, en la once.
Darel recibió un mensaje a las diez y cuarto.
«Habitación 1107. Necesito que revises una declaración antes de que Leo la envíe».
La invitación era profesional. Aun así, pasó varios minutos de pie frente al espejo antes de subir, diciéndose que no tenía ningún motivo para cambiarse la camiseta ni comprobar cómo llevaba el cabello.
Mara abrió la puerta descalza. Llevaba una camiseta gris demasiado grande, pantalón negro de algodón y el cabello suelto. Sin chaqueta, tacones, carpeta bajo el brazo ni expresión de investigadora, parecía más joven y mucho menos protegida. Darel se quedó callado.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella.
—Nada.
—Has dejado de respirar.
—No estaba preparado para verte sin la armadura.
Mara miró su ropa.
—Estoy trabajando en una habitación de hotel, no en una audiencia.
—Ya lo veo.
—Entra antes de que alguien te vea en el pasillo.
Darel obedeció. La habitación estaba llena de documentos. Había carpetas sobre la cama, el escritorio y una silla. Priya no estaba.
—¿Dónde está tu compañera?
—Cenando con el especialista informático.
—¿Y me has llamado cuando ibas a estar sola?
Mara cerró la puerta.
—Te he llamado porque necesito una declaración firmada antes de mañana.
—Podías enviársela a Leo.
—Quería confirmar varios detalles contigo.
—Claro.
—No empieces.
Darel se sentó en la silla libre. Mara ocupó el borde de la cama y le entregó un documento.
La declaración reconstruía el control, la posición de los formularios, la presencia de Noah y la conversación que mantuvieron aquella mañana.
Darel leyó despacio. Cada frase convertía recuerdos normales en piezas de una traición: una hoja boca arriba, una llamada, la recuperación de una lesión y un compañero molesto por perder una cita.
—Noah sabía su código —dijo.
—Todos los deportistas reciben una copia.
—Y habló por teléfono mientras esperábamos.
Mara juntó las manos.
—No puedo confirmar con quién habló.
—Has dicho en la reunión que Mercer recibió una llamada de Nueva Zelanda veinte minutos después.
—De un número que todavía no sabemos de quién es.
Darel dejó el documento.
—Pero crees que es el de Noah.
La expresión de Mara volvió a responder antes que las palabras.
—No puedo hablar de un número que todavía no tiene titular.
—Es el suyo.
—Darel.
—Habló con alguien mientras esperábamos. Cuando colgó, no fue capaz de mirarme a la cara.
Mara se levantó y caminó hacia el escritorio.
—No deberías investigar por tu cuenta.
—No lo he hecho. Llevo años con Noah en el equipo. Conozco partes de su vida.
—Entonces comprende por qué necesito que no lo confrontes. Sin ADN, lo único que puede cerrar esto es su declaración. Si su abogado consigue anularla porque tú lo presionaste, tu caso se queda en un informe que pueden discutir durante meses.
—La convocatoria se cierra en cuatro semanas.
—Por eso te lo pido.
—¿Sabía lo que hizo Mercer?
—No lo sabemos.
—Consumió ostarina.
—La sustancia estaba en la muestra que probablemente le pertenece. Todavía no sabemos si la tomó de forma deliberada.
Darel se pasó una mano por el cabello.
—Deja de protegerlo con palabras.
Mara se volvió.
—No lo protejo. Protejo el procedimiento que va a demostrar que tú eres inocente. Si doy por hecho lo que todavía no puedo probar, su abogado utilizará cada error para atacar el informe.
—Mercer cambió las muestras.
—Eso casi está demostrado. La prueba que lo cerraba la borró una actualización.
—Y Noah lo avisó.
—Eso todavía no lo sé. Y aunque fuera él, avisar de un control no demuestra que conociera el plan.
Darel se levantó. Necesitaba moverse, aunque la habitación apenas ofrecía espacio.
—Lo he defendido desde que llegó. Cada vez que un entrenador quiso dejarlo fuera, pedí otra oportunidad. Cuando discutió con Fletcher, fui yo quien consiguió que siguiera en la convocatoria. Y ahora puede haber dejado que todo el país me llame tramposo para salvarse.
—También puede no saberlo.
—¿Tú te lo crees?
Mara dudó.
—Creo que sospecha algo.
—Eso es suficiente.
—No. Sospechar después no es lo mismo que participar antes.
Darel se acercó a la ventana. La lluvia golpeaba el cristal y las luces de la ciudad se deformaban detrás del agua.
—Siempre encuentras una forma de dejar abierta la posibilidad menos dolorosa.
—No fue eso lo que hice contigo al principio.
—No. Conmigo elegiste la peor.
Mara guardó silencio. Darel se arrepintió al verla bajar la cabeza. No era justo. Ella había seguido las pruebas, encontrado la manipulación y arriesgado su posición para revisar un sistema que todos preferían considerar infalible.
—Lo siento —se disculpó.
—No tienes que sentirlo.
—Sí.
Mara se sentó otra vez.
—Entiendo que estés enfadado. Solo necesito que no hagas nada hasta que hablemos con Noah.
—¿Cuándo?
—En cuanto regresemos a Auckland.
—Voy a estar presente.
—No.
—Quinn.
—Esa entrevista no puede realizarse contigo en la sala. Eres la víctima y su capitán.
—Ya no soy su capitán.
—Sigues siéndolo aunque estés suspendido.
Darel volvió a la cama y se sentó a su lado. Mara no se apartó.
—¿Por qué no has comido? —preguntó él.
Ella miró las bandejas vacías que no existían.
—He comido.
—¿Qué?
—Una barrita.
—Eso no es comida.
—No vuelvas a secuestrar mis bolígrafos.
—No tengo que hacerlo. Estamos en una habitación y la puerta está cerrada.
Mara sonrió con cansancio.
—Eso ha sonado peor de lo que pretendías.
—No estoy seguro.
La tensión cambió. Seguía allí la investigación, Noah, Mercer y la tormenta, aunque algo más se abrió paso entre ellos. Darel miró las piernas desnudas de Mara desde el borde del pantalón hasta los pies apoyados en la alfombra. Ella se dio cuenta y tiró de la camiseta hacia abajo.
—No hagas eso —dijo.
—¿Mirarte?
—Como si no hubiera nada más en la habitación.
—Ahora mismo cuesta verlo.
Mara respiró hondo.
—Sigo investigándote.
—Lo repites cada vez que quieres besarme.
—Porque es verdad.
—No. Porque te asusta que deje de serlo y tengas que buscar otra excusa.
Mara se giró hacia él.
—No necesito excusas.
—Entonces bésame.
La petición quedó entre ambos. No era una orden ni una provocación.
Darel no se movió. Quería que la decisión fuera de ella, aunque cada parte de su cuerpo le pedía reducir la distancia.
Mara miró su boca y se inclinó apenas, lo suficiente para que Darel sintiera su respiración.
Olía a jabón de hotel y a café frío. Bajo la camiseta no llevaba sujetador; Darel lo había sabido en cuanto ella abrió la puerta y llevaba media hora intentando no pensar en ello.
Ya no pensaba en otra cosa. El teléfono vibró sobre la cama.
Los dos se separaron. Priya había enviado un mensaje: subía en cinco minutos.
Mara cerró los ojos. Darel soltó una risa sin humor.
—Tu compañera tiene un talento especial.
—No iba a besarte.
—Por supuesto.
—Solo estaba…
—¿Comprobando si respiraba?
Mara se levantó y le entregó la declaración.
—Firma.
Darel tomó el bolígrafo, revisó la última página y escribió su nombre. Cuando se lo devolvió, Mara se había recogido el cabello con las manos y volvía a parecerse un poco más a la investigadora que conocía.
—Cuando deje de estar en tu expediente —dijo él—, ¿qué excusa vas a utilizar?
—Quizá descubra que no me gustas tanto fuera de una investigación.
—No te lo crees.
—Me gusta mantener opciones abiertas.
Darel se acercó a la puerta. Antes de abrir, Mara lo llamó.
—Darel.
Se volvió.
—No sé cuánto sabía Noah. Pero te prometo que voy a averiguarlo.
—Te creo.
La facilidad con la que lo dijo pareció afectarla.
—No deberías.
—Eso lo decido yo.
Darel salió justo cuando el ascensor se abría al final del pasillo. Priya apareció con dos bolsas de comida y lo vio frente a la habitación.
—Espero no interrumpir.
—Cinco minutos antes habría sido peor —contestó él.
Mara cerró la puerta desde dentro. Priya sonrió.
Darel regresó a su planta sin mirar atrás.
En su habitación, Darel abrió la ventana unos centímetros y dejó que el aire húmedo entrara.
La tormenta seguía golpeando la ciudad. Encendió la televisión, la apagó y terminó sentado en el borde de la cama con el teléfono en la mano. Daniel llamó.
—¿Cómo ha ido la reunión?
—Mercer conocía los códigos.
—Eso ya me lo ha contado Leo.
—Entonces ¿por qué preguntas?
—Porque no hablo de la investigación.
Darel apoyó los codos sobre las rodillas.
—Casi la beso.
Daniel guardó silencio.
—¿Casi?
—Priya ha llegado.
—Bendita Priya.
—No estoy de acuerdo.
—Darel, si la besas antes de que cierre el informe, alguien utilizará cada prueba para decir que Quinn la encontró porque estaba de tu lado.
—Ya lo sé.
—Entonces contrólate.
—Eso intento.
Daniel soltó una risa.
—Nunca pensé que te escucharía decir eso por una mujer.
—Yo tampoco.
—¿Te importa de verdad?
Darel miró la puerta, como si pudiera ver dos plantas más arriba.
—Sí.
La respuesta no necesitó tiempo.
—Entonces haz lo que ella necesita, no lo que te resulta más fácil —dijo Daniel—. Espera.
Darel se dejó caer sobre la cama.
—Todo el mundo habla como si esperar fuera una virtud.
—Lo es cuando puedes destruir algo por no hacerlo.
La llamada terminó poco después. Darel cerró los ojos.
Su cuerpo seguía recordando la cercanía de Mara, la camiseta amplia y el momento en que inclinó la boca hacia él.
Podía subir, llamar a la puerta y comprobar si Priya seguía allí.
También podía respetar la única barrera que Mara necesitaba para seguir mirándolo sin culpa.
Se quedó en la habitación. No fue una decisión heroica.
Tampoco fue una noche tranquila. Apagó la luz y la vio otra vez descalza en la puerta, con la camiseta gris que le dejaba un hombro al aire y aquellas piernas que había intentado no mirar durante media hora.
Esta vez no se resistió a la imagen. Se tumbó de espaldas, con la lluvia golpeando el cristal, y dejó que su mano hiciera lo que la de ella no había hecho.
Imaginó que el teléfono no vibraba. Que Mara terminaba de inclinarse, lo besaba con la misma determinación con la que interrogaba a un técnico de laboratorio y se sentaba sobre él en aquella silla estrecha, con las rodillas a ambos lados de sus caderas y la camiseta subiéndole por los muslos.
Su boca contra la oreja, ordenándole que no se moviera; su propia incapacidad para obedecer; el sonido que ella haría cuando él le sacara la camiseta por la cabeza.
Terminó con su nombre en la boca y la mandíbula apretada, y después se quedó mucho rato mirando el techo, más inquieto que antes.
No había servido para nada. Mara seguía dos plantas más arriba, la investigación seguía abierta y Noah podía haber participado en la destrucción de su nombre.
Aun así, durante unos segundos, ella había inclinado la boca hacia la suya.
Y Darel sabía que la próxima vez un teléfono no sería suficiente para detenerlos.