Juego limpio (Tercer Tiempo 3) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

DOS CÓDIGOS

La autorización para realizar la copia forense del terminal llegó el lunes a primera hora.

Mara viajó de nuevo a Sídney con Priya y un especialista informático.

Darel no pudo acompañarlas. Su abogado había solicitado acceso, pero el tribunal consideró que aquella parte afectaba a una investigación interna del laboratorio y no a una actuación directa sobre el deportista.

Mara esperaba una discusión cuando se lo comunicó.

Él se limitó a pedirle que lo llamara en cuanto terminara.

—No puedo prometerte que vaya a compartir información confidencial —contestó.

—No te he pedido un informe. Te he pedido que me llames.

—¿Para qué?

—Para saber si estás bien.

Mara tardó demasiado en contestar.

—Estaré trabajando.

—Eso no es un sí.

Al final no prometió nada. Durante el vuelo, sin embargo, pensó en la llamada más veces de las que quería reconocer.

La intervención duró casi siete horas. El especialista creó una copia completa del sistema, recuperó registros eliminados y reconstruyó la actividad del usuario de Richard Mercer desde la llegada de la remesa.

La primera parte confirmó lo que ya sabían: Mercer abrió el expediente, realizó una corrección sobre los dos juegos de recipientes y utilizó una segunda credencial para validarla.

La segunda credencial pertenecía a Elaine Ward. Ella no la había utilizado.

—Estaba en el área de preparación —explicó Elaine durante la entrevista—. Richard me pidió que iniciara sesión en recepción porque tenía que corregir una etiqueta y el lector no reconocía su tarjeta. Lo hice desde mi terminal para comprobar que mi cuenta funcionaba. Después volví al trabajo.

—¿Le dio su contraseña? —preguntó Mara.

—No.

—¿Dejó la sesión abierta?

Elaine palideció.

—Quizá. Fue menos de un minuto.

El análisis demostró que Mercer inició una conexión remota desde recepción utilizando la sesión abierta de Elaine. Con su propia cuenta registró la corrección. Con la de ella la validó.

—Eso no puede ser accidental —dijo Priya cuando quedaron solas.

—No.

Era la primera conclusión que Mara podía pronunciar sin añadir una reserva. Duró poco.

El módulo de recepción guardaba en un registro aparte el detalle de cada corrección: qué campo se cambiaba, el valor anterior y el nuevo. El especialista lo buscó durante una hora. Cuando volvió a la mesa, traía la expresión de alguien que preferiría no ser quien da la noticia.

—La actualización del sistema se ejecutó dos días después de que llegara la remesa —explicó—. Sobrescribió ese registro. He recuperado fragmentos de otros días, pero no el de las nueve y seis.

—¿Qué podemos demostrar?

—Que Mercer hizo una corrección sobre las dos muestras y la validó con una sesión ajena. No qué cambió.

Mara se quedó mirando la pantalla. Era exactamente la prueba que necesitaban y era la única que faltaba. Sin ella, el intercambio dependía de dos densidades invertidas y de la palabra de un oficial de control contra la de un responsable de calidad con quince años de trayectoria.

Revisaron después el acceso al portal externo.

El historial recuperado mostraba una búsqueda por código, una consulta de datos de contacto y la apertura de un archivo temporal que el sistema había borrado al cerrar sesión.

El especialista consiguió reconstruir parte del contenido.

Aparecía el nombre de Darel Akara. Mercer sabía qué muestra estaba modificando.

Mara sintió una mezcla de alivio y rabia.

Alivio porque ya no existía una explicación razonable que mantuviera a Darel bajo sospecha.

Rabia porque un hombre había utilizado un sistema diseñado para proteger el deporte con el fin de destruir a uno de sus jugadores.

—¿Por qué podía ver el nombre? —preguntó.

La directora del laboratorio parecía a punto de enfermar.

—El portal permite identificar al deportista en incidencias excepcionales, por ejemplo si hay que comunicar un problema urgente con el transporte. El acceso queda registrado y requiere justificar la consulta.

—Mercer escribió «verificación de remitente».

—No era necesario.

—Me consta.

—Nunca debió hacerlo.

Mara solicitó todos los accesos del empleado durante el último año, sus comunicaciones y los turnos relacionados con controles de rugby.

El abogado del laboratorio se opuso a revisar dispositivos personales sin una autorización adicional.

Mara no discutió. Ya tenía suficiente para apartar formalmente a Mercer y pedirla.

Antes de que terminara la tarde, llamó a Julian Hart a Auckland para que presentara la petición de comparar el ADN de las muestras con el de los dos jugadores.

Sin el registro de la corrección, era la única prueba que nadie podría discutir.

Solicitaron también los registros de llamadas del teléfono corporativo de Mercer. Había una comunicación con un número neozelandés veinte minutos después del control y otra la noche anterior a la llegada de la remesa.

—¿De quién es? —preguntó Mara.

Priya lo introdujo en todas las bases de datos a las que tenía acceso.

—De nadie que podamos ver. No está a nombre de ningún deportista, de ningún club ni de ninguna empresa registrada. Para saber quién es el titular, la operadora necesita una orden judicial.

—Pídela.

—Tardará días.

—Pídela igual.

Mara se quedó mirando el número. Veinte minutos después del control.

Alguien había avisado a Mercer desde Nueva Zelanda casi en cuanto se precintaron las botellas, y en aquella sala de espera solo habían estado dos jugadores, un oficial y un acompañante.

Recordó a Noah moviendo la pierna bajo la mesa mientras explicaba que había llamado a una persona de su familia.

—Estás pensando en Cole —dijo Priya.

—Estoy pensando que no puedo acusar a un jugador porque hablara por teléfono mientras esperaba. Ni siquiera sé si es su número.

—Quiero las comunicaciones completas de Mercer —añadió—. Y cualquier declaración de conflicto de intereses que haya presentado.

—¿Crees que lo hizo por dinero?

—No lo sé.

—Podría haber apostado contra Darel, trabajar para un representante o recibir un pago.

—También podría conocer a alguien del equipo.

Priya abrió otra búsqueda.

—Mercer no aparece en redes, en prensa ni en ningún registro deportivo. Fuera del laboratorio, no existe.

Mara cerró el ordenador. Por primera vez desde que encontró la diferencia de densidad, la investigación no avanzaba.

—No podemos acercarnos a Noah todavía —dijo Mara.

—¿Y a Mercer?

—Tampoco más de lo necesario. Primero aseguramos lo que queda, conseguimos la orden y esperamos al juez. Si avisamos a quien está al otro lado de ese teléfono, borrará todo lo que tenga.

Priya asintió. El teléfono de Mara llevaba horas en silencio dentro de la taquilla. Cuando por fin abandonaron el área restringida, encontró nueve mensajes, tres llamadas de Hannah y uno de Darel.

«No necesito detalles. Solo dime que sigues entera».

Mara lo leyó dos veces. Respondió a Hannah primero. Le explicó el acceso, la doble validación fraudulenta, el registro sobrescrito y la llamada a Nueva Zelanda. Su superior guardó silencio al otro lado.

—Esto ya no es una irregularidad —dijo—. Es una manipulación deliberada.

—Sí.

—Tenemos que coordinarlo con las autoridades australianas y con la unidad disciplinaria. No hables con Akara hasta que acordemos qué puede comunicarse.

—Ya podemos decirle que el cambio fue deliberado.

—A través de su abogado.

—Hannah.

—Mara, los medios están vigilando cada movimiento. Si lo llamas tú y después se filtra que tenéis contacto privado, cuestionarán la investigación.

Mara pensó en la cena, el ascensor y el mensaje que esperaba una respuesta personal.

—Lo entiendo.

—Regresa mañana. Esta noche no hagáis más entrevistas.

Colgó. Priya estaba guardando el ordenador.

—¿Vas a llamarlo?

—No puedo.

—No te he preguntado si puedes.

Mara abrió la conversación. Escribió que estaba bien. Después añadió que habían encontrado pruebas importantes y lo borró por orden de Hannah. Se quedó con dos palabras demasiado pequeñas para todo lo que había descubierto.

«Sigo entera».

La respuesta de Darel llegó casi de inmediato.

«Bien».

Mara guardó el teléfono. Quería contarle que Mercer había utilizado otra credencial y que había buscado su nombre.

No quería contarle que la prueba más importante había desaparecido con una actualización informática.

Quería decirle que ya no solo lo creía, aunque demostrarlo acababa de complicarse.

Antes de abandonar el laboratorio, Mara pidió hablar otra vez con Richard Mercer.

El hombre entró acompañado por su abogado. Ya no llevaba la bata ni la acreditación de responsable de calidad. Se sentó frente a ella con las manos entrelazadas y una palidez que las luces blancas hacían todavía más evidente.

—Hemos recuperado el historial —dijo Mara—. Utilizó la sesión de Elaine Ward para validar su propia corrección.

—No responderé sin revisar el informe técnico.

—También buscó el nombre de Darel Akara en el portal. Y veinte minutos después del control recibió una llamada de Nueva Zelanda.

Mercer no movió un músculo.

—¿Quién le llamó? —preguntó Mara.

El abogado intervino.

—Mi cliente no está obligado a responder cuestiones personales que exceden el objeto de la auditoría.

—Su cliente corrigió dos muestras con una sesión ajena y consultó la identidad de un deportista. Quién le avisó del control forma parte exacta del objeto.

Mercer se quitó las gafas.

—No cambié ninguna muestra física.

—Cambió a quién se atribuían.

—Corregí una incidencia.

El abogado se inclinó hacia delante.

—Y su propio especialista ha confirmado que el registro de esa corrección no existe. No pueden demostrar qué se corrigió. Solo que se corrigió algo, que es exactamente lo que mi cliente declaró desde el principio.

—Puedo demostrar que la densidad de las dos muestras aparece invertida.

—Lo que admite una docena de explicaciones. Ninguna obliga a mi cliente a responder sobre su vida privada.

—Entonces explique por qué utilizó dos usuarios, consultó un portal sin necesidad y recibió una llamada de Nueva Zelanda veinte minutos después del control.

Por primera vez, el rostro de Mercer mostró miedo.

—No sabe lo que está insinuando.

—Todavía no he insinuado nada. Le he dado la oportunidad de explicar hechos.

—Akara ha tenido una carrera que otros no tendrán jamás.

La frase salió antes de que su abogado pudiera detenerlo. Mara se inclinó hacia delante.

—¿Y eso justifica cargarle una infracción ajena?

Mercer se levantó.

—La entrevista ha terminado.

—No —contestó Mara—. Lo que ha terminado es la posibilidad de presentar esto como un error.

El abogado lo condujo hacia la puerta. Mercer se detuvo antes de salir.

—Hay hombres a los que todo el mundo protege.

Mara pensó en Darel perdiendo patrocinadores, en las camisetas tiradas al suelo y en un país que lo condenó antes de analizar la segunda botella.

—No lo protegió nadie cuando usted cambió los códigos —dijo—. Lo protegieron las pruebas que dejó detrás.

Mercer salió sin responder. Priya, que había observado desde un lateral, esperó a que se cerrara la puerta.

—Acaba de admitir el motivo sin admitir el delito.

—Sí.

—Odia a Darel.

Mara recogió los documentos.

—No. Nadie arriesga quince años de carrera por odiar a un jugador al que no conoce. Esto lo ha hecho por alguien.

No sabía por quién. Sabía que esa clase de lealtad podía ser más destructiva que el odio.

Mara quiso llamar a Darel y contárselo todo.

En lugar de eso, regresó al hotel con Priya.

A mitad del trayecto recibió otro mensaje.

«No tienes que contarme nada. Solo duerme esta noche». Mara sonrió antes de poder evitarlo.

—Es él —dijo Priya.

No era una pregunta.

—Sí.

—Te conoce bastante.

Mara miró por la ventana del coche.

—Demasiado.

Habían encontrado una validación fraudulenta, un registro borrado justo donde más falta hacía y una llamada a Nueva Zelanda sin nombre.

El caso había dejado de ser un error de laboratorio.

Ahora era algo peor: alguien había decidido destruir a Darel, y la única persona que podía confirmarlo era quien estuviera al otro lado de aquel teléfono.