Juego limpio (Tercer Tiempo 3) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

NO CREO EN PERSONAS

Mara devolvió la chaqueta de Darel dos días después.

No había buscado una excusa para verlo. Al menos eso se repitió mientras conducía hacia su casa con la prenda doblada sobre el asiento del copiloto y una carpeta llena de documentos que podía haber enviado a Leo.

Necesitaba revisar con él las fechas de la lesión de Noah, confirmar quién tenía acceso a los formularios y obtener una autorización para solicitar su perfil genético en caso de que el tribunal permitiera comparar las muestras.

Todo era trabajo. La chaqueta solo evitaba que tuviera que ir a recogerla.

Darel abrió la puerta con el teléfono pegado al oído.

Le indicó que pasara y continuó hablando en maorí mientras caminaba hacia la cocina.

Mara no entendió las palabras, aunque el tono era tranquilo y afectuoso.

En la mesa había dibujos infantiles, dos mochilas y una caja de galletas abierta. Darel colgó.

—Mi hermana viene a recoger a los niños.

—No sabía que estaban aquí.

—Han pasado la tarde conmigo.

Mara dejó la chaqueta sobre una silla.

—Podemos hablar en otro momento.

—No hace falta. Están en el jardín buscando un insecto que Manu asegura que es una especie desconocida.

—¿Y lo es?

—Es una mariquita.

Una niña de unos ocho años apareció por la puerta de la terraza con el cabello recogido en dos trenzas y una lupa en la mano. Se detuvo al ver a Mara.

—¿Eres la policía de Darel?

Mara lo miró.

—¿La policía?

Darel se cruzó de brazos.

—Les dije que investigabas algo.

—Mamá dice que los policías hacen preguntas —continuó la niña—. Y que tú haces muchas.

—Kiri, ella es Mara Quinn.

La pequeña se acercó.

—¿Vas a meterlo en la cárcel?

—No.

—¿Porque no hizo nada?

Darel dejó de sonreír. Mara se agachó para quedar a la altura de la niña.

—Porque mi trabajo no consiste en meter a nadie en la cárcel. Solo intento averiguar qué ha pasado.

—Él dice que no tomó nada malo.

—Eso me ha dicho.

—¿Le crees?

La pregunta, pronunciada con la naturalidad de quien esperaba una respuesta sencilla, consiguió que Mara tardara demasiado.

—Creo que hay pruebas de que la muestra analizada no era la suya.

Kiri frunció el ceño.

—Eso no es lo mismo.

Darel tosió. Mara se incorporó.

—Tu sobrina se parece a ti.

—Es mucho más peligrosa.

Un niño algo mayor apareció detrás, con las rodillas sucias y un frasco vacío.

—No era nueva. Era una mariquita.

—Ya te lo dije —contestó Darel.

—Podría haberlo sido.

Los niños regresaron al jardín después de que Darel prometiera ayudar a buscar otra cosa. Mara abrió la carpeta para evitar pensar en la pregunta de Kiri.

—Necesito tu firma para solicitar una muestra bucal si el tribunal autoriza la comparación de ADN.

—¿Eso demostrará que las botellas no son mías?

—Puede demostrar que el material biológico corresponde a otra persona. Primero debemos obtener permiso porque las muestras antidopaje no se utilizan para identificación genética de forma rutinaria.

—Firmaré.

—Léelo antes.

Darel tomó el documento y se sentó. Mara revisó la mesa. Había vasos de leche, migas y un dibujo de un hombre muy alto con una camiseta negra. Sobre la cabeza, Kiri había escrito «el mejor capitán» con letras torcidas.

—No deberías haberlos traído —dijo.

Darel dejó de leer.

—¿Por qué?

—Hay periodistas cerca de tu casa.

—Están con su tío, no en una rueda de prensa.

—Pueden fotografiarlos.

—Ya he hablado con seguridad y no saldrán por la entrada principal.

—Sigue siendo un riesgo.

—Mi hermana necesitaba trabajar y ellos querían verme. No voy a esconderme de mi familia porque alguien haya cambiado una muestra.

Mara cerró la carpeta y la apartó a un lado.

—No he dicho que te escondas.

—Lo parece.

—He dicho que debes protegerlos.

—Eso hago.

—No puedes controlarlo todo.

—Tú tampoco.

La respuesta encontró una parte de Mara que llevaba dos días demasiado expuesta.

—Yo no intento controlarlo todo.

Darel apoyó el documento.

—No duermes, no comes si nadie te obliga y has revisado los mismos registros tantas veces que Priya ha empezado a enviarle mensajes a Leo para que te detenga. Eso se parece bastante.

—Estoy haciendo mi trabajo.

—Y utilizas el trabajo para no admitir que tienes miedo.

Mara lo miró con frialdad.

—No sabes de qué hablas.

—Entonces explícamelo.

—No tengo que explicarte nada personal.

—No. Pero has entrado en mi casa, revisado mis medicamentos, preguntado por cada persona con la que he hablado y decidido qué miembros de mi familia puedo ver. Quizá puedas contarme por qué la palabra «creer» te enfada tanto.

Mara se puso de pie.

—No he venido para esto.

—Ya me he dado cuenta.

—Entonces firma y terminamos.

Darel no tomó el bolígrafo.

—Kiri te ha preguntado si me crees y has respondido con un informe.

—Es lo correcto.

—Para una niña de ocho años no.

—No voy a prometerle algo que todavía puede cambiar.

—No puede cambiar si sabes que no me dopé.

Mara sintió el mismo cansancio que llevaba acumulando desde que encontró la diferencia de densidad. Había pasado años construyendo una forma de trabajar que no dependía de intuiciones, afectos ni juramentos. Darel insistía en pedirle justo aquello que ella había aprendido a no entregar.

—Mi padre también sabía mirarme y decir que era inocente —dijo—.

No se limitó a negarlo ante los medios. Se sentó conmigo cada noche, me enseñó documentos, me pidió que encontrara errores y me dejó repetir delante de todo el país que el procedimiento estaba contaminado.

Yo tenía veintiún años y estaba convencida de que lo conocía mejor que nadie.

Darel permaneció en silencio. Mara apoyó las manos en el respaldo de la silla.

—Me explicó que había tomado un suplemento sin saberlo.

Después dijo que alguien del equipo quería destruirlo.

Más tarde juró que la muestra no podía ser suya.

Cada vez que aparecía una prueba, él encontraba una historia nueva y yo lo ayudaba a sostenerla porque era mi padre y porque creerlo parecía una obligación.

—¿Cómo descubriste la verdad?

—Encontré las sustancias en el garaje. Las había escondido dentro de una caja de herramientas que yo le regalé por su cumpleaños.

Darel cerró los ojos un instante.

—Mara…

—No necesito que me compadezcas.

—No iba a hacerlo.

—Todo el mundo lo hace cuando lo cuento.

—Entonces todo el mundo es bastante inútil.

La respuesta la desconcertó. Darel se levantó, aunque mantuvo la distancia.

—Tu padre te utilizó —dijo—. Eso no significa que fueras estúpida por creerlo. Significa que él sabía exactamente qué parte de ti debía aprovechar.

—El resultado fue el mismo.

—No.

—Defendí a un culpable.

—Defendiste a tu padre porque te mintió. La culpa no cambia de dueño porque tú hayas sido la persona a la que engañó.

Mara miró hacia el jardín. Los niños corrían alrededor de una planta mientras discutían sobre otro insecto.

—Después de aquello no quería volver a trabajar con deportistas —admitió—. Pensaba que todos mentían. Hannah me convenció de que la solución no era creerlos ni desconfiar de ellos, sino aprender a seguir los hechos. Por eso estoy aquí.

—Lo entiendo.

—No, no lo entiendes. Tú quieres que te mire y decida que eres distinto sin esperar a que una prueba lo confirme.

—Quiero que no me mires esperando que me convierta en él.

—No lo hago.

—Lo haces cada vez que digo que soy inocente y tu cara cambia.

Mara no respondió. Darel tenía razón en una parte que ella había evitado reconocer: al principio no había visto solo a un jugador investigado. Había visto a su padre pronunciando las mismas palabras.

—Las pruebas indican que la muestra no es tuya —dijo.

—Eso ya lo sé.

—Y creo que no te dopaste.

Darel se quedó inmóvil. Mara continuó antes de arrepentirse.

—No lo creo porque seas famoso, porque me gustes o porque hayas conseguido que me duerma sobre tu hombro. Lo creo porque tus declaraciones encajan con los registros, la densidad está cruzada y alguien modificó el sistema después de acceder al portal externo.

—Has dicho que te gusto.

—No saques una frase de contexto.

—No había mucho contexto posible.

Mara sintió el calor subirle a la cara.

—Estoy intentando explicarte algo importante.

—Te estoy escuchando.

Darel se acercó un paso. No sonreía, aunque sus ojos habían perdido la dureza de la discusión.

—Dilo otra vez.

—¿Qué parte?

—La que no era sobre el dopaje.

—Ni hablar.

—Quinn.

—He dicho que no creo que te doparas. Confórmate.

—Es difícil conformarse cuando acabas de admitir dos cosas que llevaba esperando.

Mara retrocedió hasta la mesa.

—No voy a besarte.

—No te lo he pedido.

—Lo estás pensando.

—Desde que abrí la puerta.

La sinceridad consiguió que el aire pareciera más cálido. Darel extendió una mano y tomó un mechón de su cabello entre los dedos. No tiró de ella ni redujo la distancia. Solo dejó que el pelo resbalara despacio por su mano.

—Darel.

—Eso también me gusta.

—¿Qué?

—Que utilices mi nombre cuando quieres que me detenga.

—Entonces detente.

Él soltó el mechón de inmediato. El gesto fue tan sencillo que Mara sintió una mezcla de alivio y decepción. Darel regresó a la silla, firmó la autorización y le entregó el documento.

—No voy a hacerte perder nada —dijo—. Ni el trabajo, ni la reputación ni la posibilidad de demostrar que tenías razón. Puedo esperar.

—No sabes cuánto va a durar esto.

—Sé esperar mejor de lo que Noah cree.

Mara guardó la hoja. La puerta del jardín se abrió y los niños entraron hablando a la vez.

Darel se apartó para recibirlos y la tensión se disolvió en una explicación confusa sobre un escarabajo que había logrado escapar.

Aroha llegó pocos minutos después. Saludó a Mara con amabilidad, reunió mochilas y niños, y agradeció a su hermano la ayuda.

Antes de marcharse, Kiri se acercó otra vez.

—¿Ya le crees?

Mara miró a Darel.

—Sí.

La niña sonrió como si la respuesta fuera la única posible y salió corriendo. Darel no dijo nada hasta que la puerta se cerró.

—No has mencionado las pruebas.

—Era una niña de ocho años.

—Claro.

Mara le señaló con la carpeta.

—No estropees el momento.

Él levantó las manos.

—No he dicho nada.

No hacía falta. La expresión de Darel mostraba una satisfacción tranquila que Mara no podía reprocharle. Había pasado años repitiendo que no creía en personas. Aquella tarde acababa de descubrir que quizá la frase no fuera completamente cierta.