Juego limpio (Tercer Tiempo 3) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

MALDITO ASCENSOR

El ascensor comenzó a bajar con una suavidad que Mara habría preferido no notar.

Darel permanecía a su lado, una mano en el bolsillo del pantalón y la otra relajada junto al cuerpo.

Había espacio suficiente para que se colocara en la esquina opuesta.

No lo hizo. Tampoco Mara, aunque se negó a preguntarse por qué.

Las puertas metálicas reflejaban sus siluetas.

Él, alto y vestido de oscuro, con el cabello recogido y la corbata ligeramente aflojada.

Ella, todavía con el abrigo abierto sobre el vestido y los tacones que empezaban a resultarle insoportables.

Parecían una pareja regresando de una cena, no un deportista suspendido y la investigadora encargada de revisar el resultado que podía acabar con su carrera.

Mara pulsó el botón de la planta baja, aunque ya estaba iluminado.

—No va a bajar más rápido —dijo Darel.

—Gracias por el dato.

—Pareces nerviosa.

—Estoy cansada.

—Has dormido sobre mí esta mañana.

—Durante menos de una hora.

—Cincuenta y dos minutos.

Mara giró la cabeza.

—¿Los contaste?

—No tenía nada mejor que hacer.

—Podías leer.

—Tenía tu cabeza encima.

—No pesaba tanto.

—No me quejo.

El ascensor pasó la planta doce. El hotel tenía veintidós y ellos habían estado en la dieciocho. Mara miró los números descender.

—No vuelvas a comportarte como esta noche —dijo.

—¿Qué parte?

—La de interrumpir conversaciones, vigilarme y decidir que Julian no te inspira confianza porque no te gusta que se acerque.

—Ya te he dicho que su apretón era débil.

—Darel.

Él sonrió al escuchar su nombre. Mara se dio cuenta demasiado tarde de que casi siempre lo llamaba Akara durante las conversaciones formales.

—No vuelvas a hacerlo —repitió.

—Intentaré no darle la mano.

—Sabes a qué me refiero.

—Sí.

La sonrisa desapareció.

—No tengo derecho a decidir con quién hablas ni a pedirte explicaciones.

—Bien.

—Eso no significa que no vaya a sentirlo.

Mara se volvió hacia él.

—Sentir ¿qué?

Darel la miró. No había ironía ni una respuesta preparada.

—Celos.

La palabra quedó entre ambos con una honestidad incómoda.

Mara habría preferido que negara otra vez, que inventara una broma o insistiera en que Julian tenía aspecto de criminal.

Podía discutir contra cualquiera de esas cosas.

No sabía qué hacer con un hombre que reconocía algo que no podía exigirle.

—No deberías —murmuró.

—Lo sé.

—No hay nada entre nosotros.

—También lo sé.

—Y mientras este caso siga abierto no puede haberlo.

Darel dio un paso hacia ella.

—Eso lo sé mejor que todo lo demás.

Mara retrocedió hasta que la espalda tocó la pared del ascensor. Él se detuvo antes de invadir el espacio por completo, aunque la distancia se redujo lo suficiente para que ella percibiera el aroma de su colonia y el calor que desprendía bajo el traje.

—Entonces deja de acercarte.

—Puedo hacerlo.

—Hazlo.

Darel no se movió.

—Dímelo como bajo la lluvia.

Mara recordó la lluvia, el pulgar sobre su labio y el momento en que él estuvo a punto de besarla.

—Apártate.

—Eso no suena igual.

—No voy a repetirlo hasta que te convenza.

Darel apoyó una mano en la pared, a un lado de su cabeza. No la tocó. Mara debería haberse apartado hacia la otra esquina, pero el ascensor parecía haberse quedado sin espacio aunque las paredes siguieran en el mismo lugar.

—Deja de mirarme así —dijo.

—¿Así cómo?

—Como si fueras a besarme.

Los ojos de Darel bajaron hasta su boca.

—No sabía que se notara tanto.

Mara apretó los dedos alrededor del bolso.

—Pues se nota.

—Tú también me estás mirando.

—Porque estás delante.

—No exactamente.

Darel inclinó la cabeza. La punta de su nariz casi rozó la de ella.

Mara sintió cómo el cuerpo respondía antes que la razón: el pulso acelerado, el calor bajo la piel y un deseo tan directo que resultaba imposible disfrazarlo de curiosidad.

Notó la humedad entre los muslos y el roce del vestido sobre los pezones con cada respiración, y pensó que bastaría con que él bajara la mano por la abertura de la falda para que dejara de fingir.

—No voy a besarte —dijo él en voz baja.

—Ya me lo has dicho.

—Quiero asegurarme de que lo recuerdas.

—Lo recuerdo.

—Bien.

No se apartó. Mara miró sus labios. Había imaginado aquel momento demasiadas veces desde el primer ascensor, aunque nunca con un positivo, una investigación y un laboratorio posiblemente manipulado entre ambos.

—Esto es una estupidez —murmuró.

—Sí.

—Podría costarme el trabajo.

—No va a ocurrir.

—Podría hacer que cuestionaran todo lo que he encontrado.

—Tampoco va a ocurrir.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque no voy a tocarte mientras puedas perder algo por ello.

La respuesta consiguió que Mara volviera a mirarlo. Darel estaba cerca, excitado y claramente tan afectado como ella. Aun así, no había utilizado la situación para presionarla. Era él quien colocaba el límite que ambos estaban a punto de cruzar.

—Entonces apártate de una vez —pidió.

Darel respiró hondo y retiró la mano de la pared.

En ese momento el ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron en la planta siete y una pareja mayor esperaba al otro lado.

Mara se separó tan rápido que casi tropezó con el tacón.

Darel le sujetó el codo hasta que recuperó el equilibrio y después la soltó.

La pareja entró. El hombre pulsó la planta baja aunque ya estaba iluminada.

—Parece que todos tenemos prisa —comentó la mujer.

Mara miró al frente.

—Mucha.

Darel tosió para esconder una risa. Los últimos segundos fueron eternos. Al llegar al vestíbulo, Mara salió primero. Caminó hacia la puerta del hotel y pidió un coche desde el teléfono. Darel la alcanzó bajo la marquesina.

—Te llevo.

—Ya he pedido uno.

—Cancélalo.

—No.

—Son casi las doce.

—Auckland no se vuelve peligrosa porque tú lleves traje.

—No estaba pensando en la ciudad.

Mara alzó la vista.

—¿En qué, entonces?

—En que has bebido una copa de vino con el postre, estás cansada y llevas unos zapatos con los que acabas de tropezar dentro de una caja inmóvil.

—El ascensor estaba moviéndose.

—Hacia abajo.

—Gracias por la explicación científica.

El coche tardaría seis minutos. Mara podía aceptar que Darel la llevara y ahorrarse la espera, aunque entrar en un espacio todavía más pequeño con él parecía una decisión poco inteligente.

—No necesito que me cuides —dijo.

—No necesito que lo necesites.

—Esa frase no tiene sentido.

—Tiene todo el sentido. Quiero asegurarme de que llegas bien. Puedes aceptarlo sin convertirlo en una declaración de dependencia.

Mara guardó el teléfono.

—Mi coche ya viene.

—Esperaré contigo.

—No hace falta.

Darel se apoyó en una columna.

—Llevas toda la noche diciéndome lo que no hace falta.

—Y tú ignorándolo.

—Somos constantes.

La lluvia caía más allá de la marquesina. Durante unos minutos no hablaron. Mara vio llegar varios vehículos, ninguno con la matrícula indicada. Darel se quitó la chaqueta y se la colocó sobre los hombros antes de que pudiera protestar.

—No tengo frío.

—Estás temblando.

—No por el frío.

La confesión salió sin que la planeara. Darel se quedó muy quieto. Mara cerró los ojos un instante. Estaba cansada, alterada y acababa de darle exactamente la respuesta que él llevaba buscando desde el ascensor.

—No digas nada.

—No iba a hacerlo.

—Tu cara sí.

—Eso también me lo dices mucho.

El coche apareció al final de la entrada. Darel abrió la puerta trasera y esperó a que Mara entrara.

—Tu chaqueta —recordó ella.

—Devuélvemela mañana.

—No voy a verte mañana.

—Entonces tendrás que buscar una excusa.

Mara se quitó la prenda y se la entregó.

—Buenas noches, Akara.

Darel tomó la chaqueta, aunque antes de cerrar la puerta se inclinó hacia ella.

—Esta noche has vuelto a llamarme Darel.

—Ha sido un error.

—Cometes pocos. Voy a recordarlo.

Cerró la puerta. Mara lo vio quedarse bajo la marquesina mientras el coche se alejaba.

Al llegar a casa, Mara dejó los zapatos junto a la puerta y se quedó varios segundos en el recibidor, todavía con la sensación del cuerpo de Darel frente al suyo.

El teléfono vibró antes de que pudiera quitarse el abrigo.

«Has llegado».

No era una pregunta. Mara respondió: «Sí».

Los tres puntos aparecieron de inmediato.

«Bien».

Esperó algo más. No llegó. Aquella prudencia la irritó de una forma poco razonable. Darel había pasado toda la noche provocándola, admitido sus celos y casi la había besado en el ascensor. Ahora se limitaba a comprobar que estaba en casa.

Escribió: «¿Eso es todo?».

La respuesta tardó unos segundos.

«Me has dicho que no dijera nada».

Mara se sentó en el brazo del sofá.

«No me refería para siempre».

«Entonces puedo decir que estabas preciosa».

Mara miró la pantalla. El calor regresó con una facilidad insultante.

«Puedes decirlo. No significa que vaya a contestar».

«Ya has contestado».

«Buenas noches, Akara».

«Buenas noches, Mara».

Se quedó mirando su nombre hasta que la pantalla se apagó. El teléfono volvió a sonar, esta vez con una llamada de su madre. Mara dudó antes de responder. Helen Quinn tenía una capacidad inquietante para detectar cualquier alteración en su voz.

—¿Te despierto? —preguntó.

—Acabo de llegar.

—¿De trabajar?

—De una cena de la fundación.

—He visto fotografías. Estabas muy guapa.

—Gracias.

—También estaba Darel Akara.

Mara se dejó caer en el sofá.

—Había cientos de personas.

—Y los periódicos solo han publicado cómo te miraba él.

—Los periódicos publican cualquier cosa.

—¿Te gusta?

La pregunta era demasiado directa incluso para su madre.

—Lo estoy investigando.

—No he preguntado eso.

—Mamá.

—Después de tu padre decidiste que sentir algo por una persona te impedía verla con claridad. No es verdad. Lo que te hizo daño no fue quererlo, sino que él utilizara ese cariño para mentirte.

Mara cerró los ojos.

—No quiero hablar de esto ahora.

—De acuerdo. Solo recuerda que desconfiar de todo el mundo no convierte el pasado en algo que puedas evitar otra vez.

La llamada terminó poco después. Mara permaneció en silencio, con el mensaje de Darel todavía abierto.

No estaba dispuesta a permitir que una atracción alterara el informe, pero tampoco podía seguir fingiendo que el único peligro era profesional.

La verdadera amenaza era que Darel no se parecía a su padre y cada día le resultaba más difícil utilizar aquella herida para mantenerlo lejos.

No había habido un beso ni una caricia que pudiera utilizarse contra ella, solo una conversación y una distancia que ninguno había sabido mantener.

Aun así, el cuerpo seguía reaccionando como si Darel la hubiera tocado, y Mara empezaba a temer que esperar a que terminara la investigación no fuera suficiente para recuperar el control.

Se dio una ducha caliente que no sirvió para nada. Se puso una camiseta vieja, apagó la luz y se metió en la cama con el teléfono todavía en la mano y la conversación con Darel abierta en la pantalla.

«Entonces puedo decir que estabas preciosa».

Dejó el móvil boca abajo sobre la mesilla.

En la oscuridad, el ascensor volvió entero.

La mano de Darel apoyada en la pared junto a su cabeza, su respiración rozándole la boca, la promesa de no tocarla pronunciada a dos centímetros de su cara.

Mara se giró hacia un lado y después hacia el otro.

Tenía la piel caliente y una tensión en el vientre que ninguna postura conseguía aliviar.

—Maldito ascensor —murmuró.

Al final dejó de fingir. Deslizó la mano bajo la camiseta, sobre el vientre, y después más abajo.

Estaba húmeda desde el ascensor y lo supo con una mezcla de vergüenza y alivio.

Cerró los ojos. En su cabeza, las puertas no se abrían en la planta siete.

Darel no retiraba la mano de la pared; la bajaba por la abertura del vestido, despacio, sin pedir un permiso que ella ya le había dado con la mirada, y la besaba por fin con la misma paciencia irritante con la que esperaba cada respuesta durante un interrogatorio.

Se tocó imaginando su voz contra el cuello, el peso de su cuerpo empujándola contra el acero y aquella forma de pronunciar su apellido que la dejaba desnuda en una sala llena de gente.

El placer la sorprendió más rápido de lo que habría admitido delante de nadie.

Se quedó quieta, con la respiración entrecortada y la frente apoyada en la almohada, escuchando la lluvia contra la ventana.

Después llegó la vergüenza, aunque menos de la que esperaba. Lo que la asustó fue otra cosa: no la había dejado tranquila. Solo había confirmado lo que ya sabía. No quería imaginarlo. Lo quería a él, y todavía faltaba demasiado para poder tenerlo.