CAPÍTULO 14
EL HOMbrE DE LA CORBATA
La cena anual de la Fundación para el Deporte Limpio llevaba meses organizada y, hasta una semana antes, Darel era el invitado encargado de abrirla.
Después del positivo, la organización estuvo a punto de retirar su nombre.
Mara defendió que hacerlo antes de cerrar la investigación convertiría una medida de prudencia en una condena pública.
La fundación aceptó mantenerlo como asistente, aunque eligió a otra persona para el discurso y colocó su mesa lejos de los patrocinadores principales.
Darel habría preferido no ir. Daniel insistió.
Desaparecer permitiría que los medios interpretaran vergüenza, miedo o una admisión.
Así que se puso un traje oscuro, recogió el cabello y entró en el hotel bajo una lluvia de flashes.
No respondió a las preguntas. Caminó junto a Leo hasta el salón, saludó a quienes se acercaron y fingió no notar a los que decidieron mirar hacia otro lado. Entonces vio a Mara.
Estaba al otro extremo de la sala, hablando con Hannah y un hombre alto de traje azul.
Llevaba un vestido negro sencillo, de manga larga, ajustado a la cintura y con una abertura discreta en una pierna.
El cabello le caía sobre los hombros. No parecía la investigadora que entraba en una sala con carpetas y órdenes.
Seguía teniendo la misma seguridad, aunque el efecto era distinto y mucho más difícil de ignorar.
Daniel apareció a su lado con dos copas de agua.
—Cierra la boca.
Darel tomó una.
—La tengo cerrada.
—Por fuera.
—¿Qué haces aquí?
—Tu madre me ha hecho prometer que no te dejaría solo esta noche.
Darel volvió a mirar hacia Mara.
—No estoy solo.
—Eso veo.
El hombre de la corbata azul se inclinó para decirle algo al oído. Mara sonrió. No la sonrisa cansada que Darel consiguió arrancarle en la oficina, sino una abierta, cómoda, nacida de una historia compartida que él no conocía.
—¿Quién es? —preguntó.
Daniel miró hacia el otro extremo de la sala.
—Julian Hart. Asesor jurídico de la Comisión. Creo que estudió con Quinn.
—¿Crees?
—Me lo ha contado Hannah Brooks en la entrada.
—¿Desde cuándo te cuenta cosas Hannah Brooks?
—Desde que hablo con la gente en vez de observarla desde la otra punta de una habitación como un depredador.
Darel bebió agua.
—No estoy observándola.
—Claro.
—No digas esa palabra.
Daniel sonrió.
—Ya veo que alguien te la ha prohibido.
Antes de que Darel pudiera responder, Daniel le recordó que debían saludar al presidente de la fundación.
Pasó los siguientes veinte minutos estrechando manos, escuchando frases de apoyo cuidadosamente formuladas y agradeciendo que todos «esperaran que se aclarara pronto».
Nadie decía que creyera en él. Decían que confiaban en el procedimiento, una manera elegante de reservarse el derecho a desaparecer si el resultado no era favorable.
Uno de los responsables de Apex Nutrition lo interceptó antes de que pudiera marcharse.
—Darel, quería explicarte personalmente la suspensión de la campaña.
—No hace falta.
—No implica que pensemos que eres culpable. Solo debemos proteger la marca hasta que se aclare.
—Llevo seis años protegiéndola yo cada vez que alguien me pregunta qué consumo.
El hombre miró alrededor, pendiente de las cámaras.
—Comprenderás que una empresa de suplementos no puede aparecer vinculada a una sustancia prohibida.
—Comprendo que resultaba más sencillo utilizar mi nombre cuando ganaba.
La incomodidad fue inmediata. Darel no levantó la voz, aunque varias personas cercanas dejaron de hablar.
—Cuando se resuelva, volveremos a negociar —prometió el patrocinador.
—No.
—¿Perdona?
—Si la primera reacción de la empresa es apartarse sin esperar el procedimiento, no volveremos a negociar.
El hombre intentó sonreír.
—Estás pasando por un momento difícil. No tomemos decisiones ahora.
—La decisión ya la tomasteis vosotros.
Mara apareció a un lado. No se colocó junto a Darel, sino frente al representante.
—La fundación ha pedido a todos los asistentes que eviten conversaciones comerciales en el salón —dijo—. Hay espacios privados disponibles.
El patrocinador agradeció la salida y se alejó. Darel la miró.
—No necesitaba que me salvaras.
—No te he salvado. He evitado que una cámara grabara cómo acababas de despedir a uno de tus principales patrocinadores.
—Ya lo había despedido.
—Me he dado cuenta.
—¿Y crees que me equivoco?
Mara observó al hombre reunirse con otros directivos.
—Creo que la prudencia funciona en los dos sentidos. Si ellos pueden suspender una relación hasta tener pruebas, tú puedes decidir después si quieres recuperarla.
—Eso ha sonado casi como si estuvieras de mi lado.
—Estoy del lado de que nadie utilice una acusación sin resolver para obligarte a aceptar condiciones peores.
—Demasiado tarde. Ya lo has dicho.
Mara negó con la cabeza y regresó junto a Hannah.
Darel la siguió con la vista. Incluso cuando mantenía la distancia, encontraba formas de colocarse entre él y quienes querían aprovechar el momento.
Cuando consiguió alejarse, Mara ya no estaba junto a Hannah.
La encontró en la barra con Julian. Darel se dirigió hacia ellos sin decidirlo del todo.
—Quinn.
Mara se volvió. Durante una fracción de segundo, sus ojos lo recorrieron desde los zapatos hasta el rostro. El gesto fue tan breve que cualquiera habría podido pasarlo por alto. Darel no.
—Akara. Me alegra que hayas venido.
—No parecía que te faltara compañía.
Julian extendió la mano.
—Darel, soy Julian Hart. Nos conocimos hace años, después de un partido en Wellington.
Darel aceptó el saludo. Julian tenía un apretón correcto y una sonrisa demasiado cómoda.
—No lo recuerdo.
—Había mucha gente.
—Seguro.
Mara miró a Darel con advertencia.
—Julian lleva la parte jurídica de varias investigaciones complejas. También nos está ayudando con la autorización para la copia forense.
—Entonces debería agradecerle que trabaje en vez de invitarte a beber.
Julian soltó una risa.
—Solo es agua con gas.
—Eso lo hace peor.
—¿Por qué? —preguntó Mara.
—Si intentara emborracharte, al menos tendría un plan.
Julian alzó las cejas. Mara dejó el vaso sobre la barra.
—¿Necesitas algo relacionado con el caso?
—No.
—Entonces estamos hablando de mi vida privada.
—No sabía que beber agua con un compañero fuera vida privada.
—Has venido desde el otro extremo de la sala para interrumpirlo.
Darel miró a Julian.
—No os he interrumpido. Seguís los dos aquí.
—Yo voy a saludar a Hannah —dijo Julian, claramente divertido—. Mara, hablamos luego.
Le tocó el codo al marcharse. Darel siguió la mano hasta que se apartó.
—Quita esa expresión —dijo Mara.
—¿Cuál?
—La que has puesto cada vez que Julian se acercaba a mí.
—No sé de qué hablas.
—Llevas media hora vigilándonos.
—Estaba hablando con otras personas.
—Sin dejar de mirar.
Darel se apoyó en la barra.
—Es mi investigación. Quería saber con quién comentabas el caso.
—No estábamos hablando de ti.
—Eso no mejora nada.
Mara lo miró con incredulidad.
—Estás celoso.
—No.
—Has tratado de aplastarle la mano.
—Tiene un apretón débil. No me inspira confianza.
—Es abogado, no primera línea.
—Eso explica muchas cosas.
Mara tomó el vaso y bebió despacio. Darel sabía que debería marcharse antes de empeorar la conversación. No lo hizo.
—¿Tuvisteis algo? —preguntó.
—Eso no es asunto tuyo.
—Entonces sí.
—No he dicho eso.
—Tampoco que no.
Mara dejó el vaso.
—Fuimos compañeros de universidad. Salimos dos veces cuando teníamos veinte años y descubrimos que funcionábamos mejor como amigos. Fin de la historia.
El alivio fue tan inmediato que Darel lo odió.
—Dos veces.
—¿Vas a contar las citas?
—Solo quiero datos exactos. Parece que se me ha pegado tu método.
—No estás investigando a Julian.
—Todavía.
Mara se acercó un poco para que nadie escuchara.
—No tienes ningún derecho a estar celoso.
—Lo sé.
—Y yo no tengo que explicarte con quién salgo.
—También lo sé.
—Entonces ¿por qué demonios actúas como si quisieras sacarlo del hotel?
Darel bajó la voz.
—Porque te ha hecho reír.
Mara parpadeó.
—Eso es absurdo.
—Mucho.
—Tú también me haces reír.
—No de esa manera.
—¿Qué manera?
Darel miró hacia Julian. Estaba hablando con Hannah, aunque seguía pendiente de ellos.
—Como si con él fuera fácil.
La expresión de Mara perdió parte del enfado.
—Con Julian no estoy investigando si ha hecho trampas.
—Yo no las he hecho.
—Empiezo a saberlo.
Darel volvió a mirarla. Era lo más cerca que Mara había estado de decírselo sin pruebas.
—Entonces ríete conmigo.
Mara negó con la cabeza.
—Eres imposible.
—No has dicho que no.
—Estamos en una cena llena de periodistas.
—Tampoco he pedido que me beses.
La respiración de Mara cambió. Darel lo vio en el movimiento leve de su pecho.
—No vuelvas a mencionar eso aquí.
—¿Por qué? ¿Temes que Julian lo escuche?
—Temo que cualquiera lo escuche y utilice una conversación estúpida para cuestionar mi trabajo.
Darel miró alrededor. Había cámaras, teléfonos y demasiadas personas pendientes de él.
—Tienes razón.
Mara pareció sorprenderse.
—¿Ya está?
—Ya está.
—Esperaba que discutieras.
—Puedo hacerlo si te decepciona.
—No hace falta.
Darel se apartó de la barra, aunque antes de marcharse señaló el vaso.
—No aceptes nada que te traiga Hart sin verlo servir.
—Es agua.
—Podría haberle puesto algo.
Mara soltó una carcajada.
—Dios, estás loco.
El sonido consiguió exactamente lo que Darel quería.
Sonrió y regresó junto a Daniel. Durante la cena, Mara se sentó tres mesas más allá.
Julian ocupó una silla a su derecha. Darel intentó concentrarse en los discursos, pero cada vez que aquel hombre se inclinaba hacia ella, algo se tensaba en su pecho.
Tane, sentado al otro lado de Daniel, lo observó durante varios minutos antes de hablar.
—No sé si sabes que se te nota.
Darel cortó un trozo de carne.
—¿El qué?
—Que estás a punto de asesinar a Julian con un cuchillo de mantequilla.
Moana dejó la copa.
—¿Julian?
—El de la corbata azul —explicó Daniel—. Nuestro capitán cree que tiene un apretón de manos sospechoso.
Moana miró hacia la mesa de Mara y sonrió.
—Quinn.
—No empecéis —advirtió Darel.
—No he dicho nada —contestó Moana.
—Tu cara sí.
Tane levantó la copa.
—Eso le ha dicho ella.
Darel les dedicó una mirada que no consiguió callar a nadie. Después del postre, la fundación anunció una subasta benéfica. Julian ofreció acompañar a Mara a revisar uno de los lotes. Ella aceptó y ambos se alejaron hacia el vestíbulo. Darel esperó exactamente treinta segundos antes de levantarse.
—¿Adónde vas? —preguntó Daniel.
—Al baño.
—Está en la otra dirección —señaló Tane.
Darel cambió el rumbo con una maldición y escuchó las risas detrás.
No pensaba perseguir a Mara. Sabía que no tenía derecho, que ella no le debía una explicación y que acercarse demasiado podía perjudicar el trabajo que estaba salvando su carrera.
También sabía que llevaba una hora imaginando la mano de Julian en su cintura.
Se encerró en el baño, se echó agua en la cara y se miró en el espejo.
Era capitán de uno de los equipos más importantes del mundo.
Había soportado finales, lesiones y a hombres de ciento veinte kilos corriendo hacia él con intención de derribarlo.
Sin embargo, una investigadora de treinta y un años podía desordenarlo con un vestido negro y una sonrisa que no le había dedicado a él.
Cuando regresó al salón, Mara estaba sola junto a la puerta.
—¿Dónde está Hart? —preguntó antes de poder evitarlo.
—Se ha marchado.
—¿Por qué?
—Tenía otro compromiso.
Darel intentó no parecer demasiado satisfecho.
—Qué pena.
—No la disimulas bien.
—¿El qué?
—La alegría.
Mara se puso el abrigo.
—Voy a pedir un coche.
—Te llevo.
—No.
—He bebido agua toda la noche.
—No es por eso.
—¿Por Julian?
—No todo gira alrededor de tus celos.
—No estoy celoso.
Mara pulsó el botón del ascensor. Las puertas se abrieron. Los dos se quedaron quietos. Darel recordó el ascensor del año anterior. Por la forma en que Mara apretó los labios, ella también.
—Podemos esperar al siguiente —dijo.
—Sería igual.
—Podemos bajar por las escaleras.
—Llevo tacones.
Darel entró. Mara lo siguió con una resignación que le produjo demasiada satisfacción. Las puertas se cerraron. El espacio reducido se llenó de todo lo que habían evitado durante la cena.