CAPÍTULO 13
EL VUELO
Darel durmió poco en el hotel.
No porque la habitación fuera incómoda ni porque los periodistas hubieran averiguado dónde se alojaban.
Pasó la mayor parte de la noche revisando el informe que Leo preparaba y esperando un mensaje que no tenía derecho a recibir.
Mara estaba dos plantas más abajo, trabajando con Priya en las solicitudes para intervenir el terminal del laboratorio.
Darel lo sabía porque la vio entrar en el ascensor con tres carpetas y un café cuando él regresaba de cenar. No hablaron.
Hacia la una se rindió y se metió en la ducha.
Abrió el agua fría y apoyó las manos en los azulejos, decidido a dejar de pensar en la mujer que trabajaba dos plantas más abajo.
No funcionó. El agua le resbalaba por la espalda y él seguía viendo el gesto con el que Mara se había soltado el cabello en el laboratorio, el cuello inclinado sobre los documentos y la boca entreabierta cuando le dijo que la muestra con ostarina probablemente no era la suya.
Su cuerpo no distinguía entre gratitud y deseo. A esas horas, Darel tampoco.
Se imaginó llamando a su puerta. Mara abriría con la misma expresión de fastidio de siempre y él no diría nada.
La besaría contra el marco hasta que dejara de discutir, le quitaría la camisa que llevaba desde el amanecer y comprobaría si su piel olía igual de cerca que cuando se inclinaba sobre una carpeta.
Se le endureció el cuerpo con una rapidez que lo obligó a cerrar los ojos.
Cerró el grifo antes de que la imaginación terminara el trabajo.
No por pudor. Si se permitía aquello esa noche, a la mañana siguiente no sería capaz de sentarse a su lado en un avión sin que ella lo notara, y Mara lo notaba todo.
Se secó, se tumbó encima de la cama con la ventana abierta y estuvo mirando el techo hasta que la ciudad empezó a clarear.
Fue una de las noches más largas de su vida, y ni siquiera había pasado nada en ella.
Después de admitir que los datos ya no sostenían su positivo, Mara había recuperado la distancia con una rapidez admirable.
Durante el trayecto al hotel se sentó delante, respondió correos y no volvió a dirigirle la palabra salvo para confirmar la hora de salida.
Darel comprendía la razón. La investigación acababa de señalar a un empleado del laboratorio y cualquier gesto podía interpretarse como una alianza entre ellos.
Comprenderlo no significaba que le gustara.
A las cinco y media bajó al vestíbulo. Mara ya estaba allí, sentada en un sofá con el ordenador sobre las piernas y el cabello recogido de cualquier manera.
Tenía la misma camisa del día anterior bajo una chaqueta diferente y una taza vacía sobre la mesa.
—¿Has dormido? —preguntó Darel.
Ella siguió escribiendo.
—Sí.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente.
—Eso no es una cantidad.
—No estás autorizado a interrogarme.
Darel se sentó a su lado.
—Tampoco tú ahora mismo. Estamos fuera de horario.
—Una investigación no tiene horario.
—Entonces contesta.
Mara cerró el ordenador.
—Dos horas.
—Eso no es dormir.
—He sobrevivido con menos.
—No es un mérito.
—¿Has bajado para discutir sobre mis hábitos?
—He bajado porque el coche llega en tres cuartos de hora.
—Podías esperar de pie.
—Podría hacer muchas cosas.
Mara lo miró. El cansancio había suavizado parte de sus defensas y Darel tuvo que contener el impulso de apartarle un mechón que se había soltado junto a la mejilla.
—¿Qué habéis encontrado? —preguntó.
—La solicitud está presentada. Hasta que el tribunal autorice la copia forense, Mercer no puede acceder al terminal ni a los expedientes de la remesa.
—¿Lo han suspendido?
—Lo han apartado de funciones relacionadas con análisis. El laboratorio está revisando todas las modificaciones que realizó durante los últimos meses.
—¿Crees que hizo lo mismo antes?
—No hay indicios.
—¿Y la otra muestra?
—Pertenece a Noah según la autoridad de control. No puedo compartir sus resultados contigo.
—Era negativa.
—Eso ya lo sabes.
—La mía era negativa.
Mara no respondió, aunque tampoco lo corrigió. Darel subió a recoger la maleta. Cuando bajó al comedor, Mara estaba sola en una mesa junto a la ventana, con una tostada intacta y una videollamada abierta en el teléfono. Darel reconoció a una mujer de cabello claro al otro lado.
—Mamá, no puedo hablar mucho —decía Mara—. El coche llega en quince minutos.
—Eso dijiste ayer. Solo quiero saber si estás durmiendo.
—Sí.
Darel se detuvo detrás de la silla.
—Dos horas.
Mara se volvió con una expresión homicida. La mujer de la pantalla sonrió.
—Tú debes de ser Darel.
—Buenos días.
—No le hagas caso —dijo Mara—. Está confundido por el horario.
—No lo estoy.
—Come algo y vete.
Darel tomó la silla opuesta sin pedir permiso.
—Su hija lleva dos cafés y una tostada que no ha tocado.
—Darel.
—Me cae bien —decidió la madre—. Al menos alguien consigue informarme.
Mara cerró los ojos.
—Mamá, te llamo cuando llegue a Auckland.
—Hazlo. Y tú, Darel, asegúrate de que duerma en el avión.
—No necesito que me vigilen —contestó Mara.
—Eso dice desde los seis años.
La llamada terminó con una despedida apresurada. Mara dejó el teléfono sobre la mesa.
—No vuelvas a intervenir en una conversación con mi madre.
—Ha parecido encantada de conocerme.
—No te conocía. Te ha visto treinta segundos.
—Suficiente para caerle bien.
—Tu ego no cabe en el avión.
Darel tomó la tostada y se la tendió.
—Come.
Mara dio un mordisco solo para que la dejara en paz.
—¿Cómo se llama? —preguntó él.
—Helen.
—¿Sabe lo de tu padre y por qué elegiste este trabajo?
—Lo sabe todo.
—¿También lo que ocurrió en el ascensor hace un año?
Mara casi se atragantó.
—No ocurrió nada.
—Entonces podrías habérselo contado.
—Termina tu desayuno.
Darel sonrió y obedeció. Aquella breve escena le mostró una parte de Mara que no aparecía en los informes: la hija que mentía sobre las horas de sueño para no preocupar a su madre y se enfadaba cuando alguien la cuidaba delante de testigos.
Le gustó casi tanto como la investigadora que podía hacer temblar a un laboratorio con una carpeta.
El coche llegó. Priya y Leo aparecieron poco después, y el trayecto al aeropuerto transcurrió entre llamadas y silencios.
Darel recibió un mensaje de Tane: Fletcher había hecho oficial su capitanía provisional y Noah sería titular en el primer partido de preparación.
Darel respondió con un «bien» y guardó el teléfono.
Noah no aceptaría la decisión con facilidad.
Tampoco podía culparlo por querer aprovechar una oportunidad, aunque la conversación del campo, días atrás, había dejado una incomodidad que ahora resultaba difícil ignorar.
Si las muestras estaban cruzadas, la ostarina se encontraba en la de Noah.
Eso no significaba que la hubiera tomado deliberadamente, pero explicaba una recuperación demasiado rápida y el nerviosismo durante el control.
Mara se sentó junto a él en el avión porque Priya cambió su asiento para trabajar con Leo.
Darel sospechó que lo hizo a propósito. Mara también, a juzgar por la mirada que le dedicó cuando la vio acomodarse al otro lado del pasillo.
—Puedo pedirle a alguien que cambie —dijo ella.
—No muerdo.
—No me preocupa eso.
—¿Qué te preocupa?
Mara abrochó el cinturón.
—Dormirme y que aproveches para hacer preguntas.
—Prometo no interrogarte mientras estés inconsciente.
—Qué alivio.
El avión despegó. Durante los primeros veinte minutos, Mara intentó revisar documentos. Leyó dos veces la misma página, cerró los ojos unos segundos y volvió a abrirlos con la determinación de una persona que se negaba a reconocer que estaba agotada. Darel le quitó la carpeta.
—Devuélvemela.
—Duerme.
—No eres mi padre.
—Afortunadamente.
Mara estiró la mano. Darel sostuvo la carpeta fuera de su alcance.
—Eso es infantil.
—Y eficaz.
—Puedo trabajar en el ordenador.
—Está en el compartimento superior.
Ella lo había guardado antes de despegar porque la batería estaba casi agotada. Darel sabía que no podía levantarse mientras la señal del cinturón permaneciera encendida.
—Te odio —murmuró Mara.
—No con suficiente energía.
—No voy a dormir.
Cinco minutos después tenía los ojos cerrados.
Darel dejó la carpeta en el bolsillo del asiento y miró por la ventana.
Las nubes se extendían debajo del avión, iluminadas por el sol de la mañana.
Intentó pensar en el partido que no jugaría, en el informe o en lo que debía decir a su familia cuando la noticia de las muestras cruzadas pudiera hacerse pública.
No consiguió concentrarse demasiado tiempo.
Mara se movió a su lado. La cabeza se inclinó hacia él y terminó apoyada sobre su hombro.
Darel se quedó quieto. Podía despertarla, apartarse o colocar una chaqueta entre ambos.
En lugar de eso, acomodó el brazo para que no le presionara el cuello y dejó que continuara durmiendo.
El cabello le rozaba la mandíbula. Olía a champú y a café.
Mara respiraba con una tranquilidad que nunca mostraba despierta, sin la tensión habitual alrededor de la boca ni el gesto de estar a punto de discutir.
Darel la observó más de lo que habría admitido.
Recordó la primera vez que la vio. Llegó tarde a la sala de entrevistas, enfadada con él antes de sentarse y con una carpeta tan llena de notas que parecía haber dedicado la noche a decidir cómo desmontar cada una de sus respuestas.
Darel pensó que era hermosa. Después ella abrió la boca, lo acusó de confundir lealtad con obstrucción y consiguió que el interés se mezclara con unas ganas enormes de hacerla perder la paciencia.
Un año después, seguía queriendo las dos cosas. Mara durmió casi una hora. Cuando despertó, tardó unos segundos en comprender dónde estaba. Se incorporó tan rápido que se golpeó con el respaldo.
—¿Por qué no me has despertado?
—Dijiste que no ibas a dormir.
—No responde.
—Parecías necesitarlo.
Mara se tocó el cabello, comprobando probablemente si había babeado o dejado alguna marca en su camisa.
—Has invadido mi espacio.
Darel alzó una ceja.
—Has dormido sobre mí.
—Estaba inconsciente.
—Yo estaba despierto. Ha sido mucho peor.
—Podías apartarte.
—Tú también.
—No sabía lo que hacía.
—Esa excusa no te sirve para todo.
Mara abrió la carpeta y fingió leer. Tenía una mejilla ligeramente enrojecida por haberla apoyado contra él.
—¿He hablado dormida? —preguntó después de un momento.
—Sí.
La carpeta bajó.
—¿Qué he dicho?
Darel mantuvo la expresión seria.
—Mi nombre.
—Mientes.
—Varias veces.
—No he dicho tu nombre despierta más de lo necesario. No voy a hacerlo dormida.
—También has dicho que me crees.
Mara lo observó. Darel aguantó unos segundos antes de sonreír.
—Eres imbécil.
—Eso sí lo has dicho despierta.
Ella volvió a la carpeta, aunque ya no pudo esconder la sonrisa.
El resto del vuelo transcurrió con una tranquilidad extraña.
Hablaron del procedimiento, de los plazos y de las posibilidades de identificar biológicamente las muestras.
Mara explicó que necesitarían autorización y una razón sólida antes de solicitar un análisis genético.
Darel le contó que Noah se había recuperado de una lesión muscular en la mitad del tiempo previsto y que durante aquellas semanas llevaba siempre una bolsa de recuperación propia que nunca dejaba en el almacén del equipo.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó ella.
—Te dije que volvió rápido.
—No que fuera la mitad del tiempo.
—No conocía el pronóstico exacto hasta que Moana me confirmó las fechas anoche.
Mara se tocó el pulgar.
—No hables con Noah.
—Ya lo sé.
—Y no cambies tu comportamiento con él.
—Estoy suspendido. No voy a verlo en el entrenamiento.
—Puede llamarte.
—No contestaré.
—Eso también sería un cambio.
Darel la miró con cansancio.
—¿Quieres que mantenga una conversación normal con un hombre cuya muestra positiva puede llevar mi nombre?
—Quiero que no sepa que estamos revisando esa posibilidad hasta que aseguremos los registros.
—Pides mucho.
—Es importante.
—Lo haré.
Mara pareció sorprendida de que no discutiera.
—Gracias.
—No te acostumbres.
El avión inició el descenso. Auckland apareció bajo ellos, gris y húmeda, con el puerto extendiéndose entre edificios.
Darel pensó que regresaba al mismo lugar del que había salido el día anterior, aunque todo era distinto.
Ahora sabía que su muestra podía estar limpia.
Sabía que Mara empezaba a creerlo y que Richard Mercer había accedido a un registro que no debía tocar.
También sabía cómo se sentía el peso de la cabeza de Mara sobre su hombro.
Aquello no iba a servirle en ninguna audiencia.
Era, sin embargo, el único detalle del viaje que Darel no quería olvidar.