Juego limpio (Tercer Tiempo 3) CAPÍTULO 12
38%

CAPÍTULO 12

EL LABORATORIO

Sídney los recibió con un cielo claro que no combinaba con el estado de ánimo de ninguno.

Darel había pasado el vuelo revisando en el teléfono la documentación que Leo le enviaba y fingiendo que no veía a Mara dos filas más adelante.

Ella viajó junto a Priya, con el ordenador abierto desde que el avión alcanzó altura suficiente, y no volvió la cabeza ni una sola vez.

En el aeropuerto mantuvo la misma distancia.

Hablaron de horarios, transporte y normas de acceso al laboratorio, como si la conversación del gimnasio y el casi beso bajo la lluvia pertenecieran a otras personas.

A Darel le parecía una pérdida de esfuerzo.

Podía fingir que no se fijaba en ella, pero seguía sabiendo cuándo se recogía el cabello, cuánto tardaba en beber un café y qué gesto hacía al leer algo que no le gustaba.

El laboratorio ocupaba un edificio de cristal y acero situado dentro de un complejo científico.

Richard Mercer los recibió en una sala de visitas acompañado por la directora técnica y un abogado.

Era un hombre de unos cincuenta y tantos años, delgado, con el cabello gris bien cortado y unas gafas que se quitaba cada vez que quería enfatizar una explicación.

Su saludo a Darel fue correcto, ni frío ni excesivamente amable.

—Lamento las circunstancias de esta visita —dijo.

—Yo también.

Mercer le estrechó la mano durante el tiempo preciso y se volvió hacia Mara.

—Investigadora Quinn. Hemos preparado los registros que solicitó.

—¿Todos?

La directora técnica intervino.

—Los disponibles en el sistema actual. Parte del historial anterior a la última actualización requiere una extracción de copia de seguridad.

—La modificación se produjo hace menos de dos semanas —recordó Mara—. No debería estar en un sistema antiguo.

Mercer se colocó las gafas.

—El registro principal es reciente. El módulo de recepción todavía utiliza una estructura anterior.

—Quiero ver el acceso original, no un informe generado hoy.

—Por supuesto.

Darel observó cómo Mara cambiaba al entrar en una investigación.

La tensión personal desaparecía de su voz y daba paso a una precisión que no dejaba espacio para respuestas vagas.

No levantaba el tono ni repetía preguntas.

Se limitaba a esperar después de cada explicación hasta que la otra persona entendía que el silencio no la obligaría a aceptar nada incompleto.

Los condujeron a una sala donde proyectaron el procedimiento.

Mercer explicó cómo llegaban los transportes, cómo se verificaban los precintos y de qué manera los números grabados en los recipientes se asociaban a un código interno del laboratorio.

—La identidad del deportista no forma parte de nuestro sistema —añadió—. Solo recibimos el número de la muestra y la autoridad solicitante.

Mara pasó una página.

—¿Y el deporte?

—Figura para aplicar determinados paneles analíticos.

—¿El club o la selección?

—No.

—Entonces, cuando corrigió la correspondencia de los recipientes, ¿sabía que pertenecían a jugadores de rugby?

Mercer tardó una fracción de segundo en contestar.

—El manifiesto indicaba el tipo de control.

—No he preguntado por el tipo. He preguntado si sabía que eran jugadores de rugby.

—Sí. Ambas muestras procedían de un control realizado por la autoridad neozelandesa durante una concentración de rugby.

Leo tomó nota. Darel permaneció en silencio, como Mara le había exigido.

—¿Por qué tuvo que corregirlas? —continuó ella.

Mercer proyectó una fotografía de la caja abierta. En el interior aparecían dos juegos de recipientes sellados dentro de bolsas transparentes.

—Una de las etiquetas exteriores se había despegado parcialmente durante el transporte. Los números grabados seguían siendo legibles, así que comprobé el manifiesto y completé la recepción.

—¿Cuál de las etiquetas?

Mercer señaló la bolsa de la izquierda.

—La correspondiente al primer código.

—¿El de Darel Akara?

El abogado del laboratorio levantó una mano.

—El señor Mercer no podía saber a quién pertenecía.

Mara no apartó la atención de la pantalla.

—He utilizado el nombre para que todos sepamos de qué código hablamos. ¿Era esa bolsa?

Mercer asintió.

—Sí.

—¿Por qué el sistema registra una «corrección de correspondencia de recipiente» y no una «verificación de etiqueta deteriorada»?

—Elegí la opción disponible más cercana.

—Había una opción específica para etiquetas deterioradas. Aparece en el manual que nos enviaron.

La directora técnica miró a Mercer. Él se quitó las gafas.

—Pude seleccionar la categoría equivocada.

—¿Y el segundo validador?

—Mi compañera, Elaine Ward.

—Su usuario estaba conectado desde un terminal del área de preparación a la misma hora. Las cámaras muestran que no entró en recepción.

Mercer dejó las gafas sobre la mesa.

—Validó la incidencia desde su puesto.

—El procedimiento exige revisar físicamente los recipientes.

—En situaciones de baja complejidad se permite una validación remota.

—No según su protocolo.

El abogado pidió una pausa. Mara aceptó y cerró la carpeta. Darel se levantó. Necesitaba caminar, aunque no se alejó de ella.

—Está mintiendo —murmuró.

—No sabemos eso.

—Ha cambiado tres veces la explicación.

—Ha matizado.

—A eso lo llamas mentir cuando lo hago yo.

Mara volvió la cabeza.

—Tú no llevas quince años trabajando en un laboratorio.

—Y él sí. Debería conocer el protocolo.

Priya se acercó con el teléfono en la mano.

—La densidad de las fotografías de las tiras de control coincide con los formularios de recogida. No fue un error del oficial.

Mara leyó el mensaje.

—Entonces las muestras estaban cruzadas antes de la medición del laboratorio.

Darel sintió un golpe de esperanza tan fuerte que casi dolió.

—Mi muestra era la negativa.

—Todo apunta a eso.

—Dilo.

—Darel.

—Dilo una vez.

Mara bajó la voz.

—La muestra con ostarina probablemente no era la tuya.

Por un instante, el ruido de la sala dejó de importarle.

Darel cerró los ojos y apoyó una mano en el respaldo de una silla.

No estaba absuelto. La palabra «probablemente» seguía allí, y el expediente no cambiaría hasta que pudieran demostrar la identidad de las botellas.

Aun así, era la primera vez que Mara pronunciaba una frase que lo separaba del positivo.

—Gracias.

—Todavía no hemos terminado.

—Lo tengo presente.

El abogado del laboratorio regresó acompañado por la directora. Mercer tardó unos minutos más. Cuando entró, parecía más pálido.

—Continuaremos con la visita a recepción —anunció la directora—. El señor Mercer responderá después a las preguntas restantes.

Mara aceptó. Recorrieron una serie de pasillos con acceso restringido, se colocaron cubrezapatos y batas, y dejaron los teléfonos en una taquilla.

En la zona de recepción, Mercer mostró el lector de códigos, las cámaras y el terminal desde el que se había realizado la modificación. Mara se sentó frente a la pantalla.

—Quiero el historial del día completo.

Un técnico inició sesión. Aparecieron entradas, horarios y usuarios. La modificación de las muestras figuraba a las 09:06, como en el informe. Sin embargo, había una segunda actividad a las 09:08: una consulta al portal externo de la autoridad de control.

—¿Qué contiene ese acceso? —preguntó Mara.

—Información de contacto para resolver incidencias —contestó el técnico.

—¿Puede mostrar la identidad del deportista?

La directora técnica negó con rapidez.

—No debería.

—No he preguntado si debería.

El técnico abrió el registro. La pantalla mostraba que Mercer había accedido a un expediente asociado al código de Darel. El contenido consultado estaba oculto por permisos, aunque el historial señalaba una búsqueda manual.

—¿Por qué accedió al portal? —preguntó Mara.

Mercer se acercó.

—Para confirmar el remitente.

—El remitente estaba en el manifiesto.

—Necesitaba un contacto.

—No realizó ninguna llamada ni envió un correo.

Mercer guardó silencio. Darel sintió que todos los músculos de su cuerpo se tensaban.

A pocos metros tenía al hombre que había tocado el registro de sus muestras, accedido a información que podía revelar su identidad y después validado un positivo que no le pertenecía.

Mara lo miró de reojo. Fue suficiente para recordarle que había prometido no intervenir.

—Necesito una copia forense de este terminal —dijo ella—. También las cámaras desde la llegada de la remesa hasta su entrada en almacenamiento.

—Eso requiere autorización legal —contestó el abogado.

—La solicitaremos hoy.

—No pueden retirar equipos.

—No he dicho que vayamos a hacerlo. Un especialista realizará la copia aquí.

Mercer cruzó los brazos.

—Está insinuando una manipulación deliberada por una diferencia de densidad.

—Estoy investigando una modificación no justificada, un acceso externo sin motivo y dos muestras cuyos valores parecen invertidos.

—Los análisis son correctos.

—No cuestiono que una de las muestras contenga ostarina. Cuestiono a quién pertenece.

El rostro de Mercer cambió durante un segundo.

No fue miedo completo, más bien una reacción que apareció y desapareció antes de que cualquiera pudiera nombrarla.

Mara la vio. Darel también. Mientras los abogados cerraban la visita, Darel recibió permiso para recuperar el teléfono.

Tenía once llamadas perdidas de su madre. Salió a un pasillo lateral y la llamó.

—¿Qué ha pasado? —preguntó ella sin saludar.

Darel apoyó la espalda en la pared.

—Han encontrado una irregularidad. Es posible que la muestra no sea mía.

Su madre guardó silencio. Después dijo algo en maorí que él había escuchado desde niño cuando una noticia era demasiado grande para responderla de inmediato.

—¿Es posible o lo saben?

—Todo apunta a que la cambiaron con otra.

—Entonces vuelve a casa.

—Aún no puedo. Quedan entrevistas.

—No he dicho hoy. He dicho cuando termines. Tu hermana está cocinando y los niños quieren verte.

Darel cerró los ojos.

—Mamá, todavía no está resuelto.

—Para mí sí. Tú dijiste que no habías tomado nada.

La confianza le produjo alivio y también una punzada de miedo. Mara le había explicado lo peligroso que era creer a alguien solo porque se lo quería. Su madre no necesitaba pruebas; él sí necesitaba que el mundo las tuviera.

—No quiero que hables con la prensa —advirtió.

—No hablo con personas que esperan en la puerta para hacer preguntas estúpidas.

—Eso no suele detenerte.

—Esta vez sí.

Darel sonrió.

—Te llamaré cuando salga.

Al colgar, descubrió a Mara al final del pasillo. No sabía cuánto había escuchado.

—Tu madre te cree —dijo.

—Desde el principio.

—Debe de ser agradable.

Darel guardó el teléfono.

—También es peligroso.

Mara frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque podría haber sido culpable y ella habría confiado igual.

—No todas las personas utilizan esa confianza para mentir.

—Lo sé. Pero ahora entiendo mejor lo que intentas explicarme.

Mara miró hacia la sala donde Richard Mercer esperaba con sus abogados.

—Creer a alguien no debería impedir revisar los hechos.

—Ni revisar los hechos debería impedir creer a alguien.

Ella alzó la atención hacia él.

—Parece que por fin estamos aprendiendo.

—Tú más despacio.

Mara negó con la cabeza, aunque sonrió antes de regresar a la reunión.

La visita terminó dos horas después. La directora aceptó preservar todos los registros hasta que llegara la autorización y apartó temporalmente a Mercer de cualquier trabajo relacionado con las muestras.

No admitió una irregularidad, aunque su forma de despedirse dejó claro que la posibilidad ya no podía ignorarse.

En el exterior, Leo recibió una llamada del equipo jurídico.

Priya fue a buscar un coche. Darel y Mara quedaron bajo la sombra del edificio.

—Ahora me crees —dijo él.

Mara se quitó la acreditación de visitante.

—Creo que tus muestras se cruzaron con las de otro deportista.

—No es lo que he preguntado.

—Es lo que puedo demostrar.

Darel se acercó.

—Quinn.

—No hagas esto aquí.

—¿Dónde quieres que lo haga?

—En ninguna parte.

—Mírame y dime que todavía piensas que puedo haberme dopado.

Mara alzó la cabeza. El sol se reflejaba en los cristales detrás de ella y resaltaba el cansancio bajo sus ojos.

—Pienso que los datos ya no sostienen que te doparas.

Darel sintió que, aun envuelta en datos, aquella frase llegaba más hondo que cualquier explicación técnica.

—Ahora sin los datos.

—No abuses.

—Llevo días esperando.

Mara dejó escapar un suspiro.

—Hoy no, Akara. Cuando pueda decírtelo sin datos, lo sabrás.

Darel sonrió por primera vez desde la llamada de Moana. No fue una celebración. Todavía quedaba demasiado por demostrar y su nombre seguía manchado. Sin embargo, Mara Quinn acababa de prometerle que llegaría el día en que lo diría sin pruebas, y no era una mujer que prometiera nada a la ligera.

—No pongas esa cara —dijo ella.

—¿Qué cara?

—La de haber ganado algo.

—He ganado algo.

—Solo mi conclusión provisional.

—Era la más difícil.

Priya apareció con el coche. Mara se dirigió hacia él sin responder.

Darel la siguió con una calma que no había sentido en días.

El laboratorio podía haber falsificado un registro.

Las muestras podían estar cruzadas y Richard Mercer acababa de convertirse en el centro de la investigación.

Por primera vez, Darel no temía lo que Mara encontraría cuando siguiera buscando.