Juego limpio (Tercer Tiempo 3) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

DEMASIADAS COSAS

Darel descubrió que Mara se olvidaba de comer cuando estaba preocupada, ordenaba los documentos dos veces cuando una explicación no le convencía y se tocaba el lateral del pulgar con la uña del índice cuando esperaba una respuesta que podía cambiar el curso de una investigación.

Lo descubrió durante las seis horas que pasaron encerrados en una sala de la Comisión antes del viaje a Sídney.

Leo había solicitado una reunión para revisar los datos favorables.

Hannah aceptó con la condición de que Mara no compartiera los registros internos completos hasta que el laboratorio confirmara su autenticidad.

El resultado fue una mesa cubierta de informes, un abogado haciendo preguntas y Mara repitiendo que una diferencia de densidad sugería un cruce, pero todavía no demostraba cuándo ni quién lo había realizado.

Darel escuchó con más paciencia de la que sentía.

—Entonces se cambiaron —dijo Darel.

—Es la hipótesis principal.

—¿Qué otra hay?

—Que el oficial anotara mal los dos valores.

—¿Los dos, justo al revés?

—Sería poco probable.

—¿Y la modificación del sistema?

—Puede ser una corrección legítima.

Darel se reclinó en la silla.

—Tienes una facilidad increíble para encontrar explicaciones que me mantienen bajo sospecha.

—Y tú una facilidad todavía mayor para dar por resuelto lo que te beneficia.

Leo levantó la mano.

—Los dos tenéis razón. La combinación es significativa, pero necesitamos el historial de cambios y el testimonio del personal.

Mara cerró una carpeta y abrió otra. Llevaba el cabello sujeto con un lápiz, se había quitado la chaqueta y tenía las mangas de la camisa dobladas hasta los codos. El café que dejó a su derecha dos horas antes seguía intacto y frío.

—Richard Mercer registró la remesa —continuó—. Como responsable de calidad podía corregir una correspondencia si detectaba un problema con las etiquetas. El sistema indica una doble validación, aunque todavía no sabemos quién utilizó el segundo acceso.

—¿Puede una sola persona cambiar dos muestras? —preguntó Leo.

—No debería.

—No he preguntado si debería.

Mara se tocó el pulgar.

—Sí. Con acceso suficiente y saltándose el procedimiento, podría hacerlo.

Darel miró el gesto. Ya lo había visto tres veces: cuando recibió el primer correo del laboratorio, al mencionar el segundo usuario y cuando Leo preguntó si una persona podía manipular el sistema. Mara estaba inquieta por Richard Mercer.

—Crees que fue él —dijo.

—Creo que necesito hablar con él.

—Eso no es lo que he dicho.

—Y yo no voy a acusar a un empleado con quince años de trayectoria porque una pantalla muestre sus iniciales.

—No tienes que acusarlo. Solo admitir que te preocupa.

Mara apartó la mano del pulgar.

—Me preocupa.

—Gracias.

—No era una concesión personal.

—Todo contigo necesita una aclaración.

Leo recibió una llamada y salió de la sala. Mara aprovechó para reorganizar los documentos, aunque ya estaban perfectamente alineados.

—Llevas horas haciendo eso —señaló Darel.

—¿El qué?

—Ordenar papeles que no están desordenados.

—Me ayuda a pensar.

—También llevas sin comer desde esta mañana.

Mara consultó el reloj, como si la hora pudiera demostrar que él se equivocaba.

—He desayunado.

—Son casi las cuatro.

—No tengo hambre.

—Eso dije yo ayer.

—Y yo no soy el investigado al que acaban de confirmar un positivo.

—No. Eres la investigadora que lleva despierta dos noches intentando demostrar que no es suyo.

Mara cerró la carpeta con cuidado.

—No estoy intentando demostrar una conclusión concreta.

—Claro.

—Deja de usar esa palabra.

Darel se levantó.

—¿Dónde está la cocina?

—No necesito que me prepares nada.

—No te he preguntado eso.

—Al final del pasillo, a la derecha.

Encontró una nevera pequeña, una cafetera y una máquina con comida empaquetada.

Nada parecía suficiente para una persona que llevaba trabajando desde la madrugada.

Bajó a la cafetería del edificio y regresó quince minutos después con dos recipientes calientes, pan y un café nuevo.

Mara lo observó colocar todo sobre la mesa.

—¿Qué es esto?

—Comida.

—Reconozco el concepto.

—Entonces no tendrás problemas.

—No puedes venir a mi trabajo y decidir cuándo tengo que comer.

—Tú entraste en mi casa, abriste mi frigorífico y calentaste la pasta de mi madre.

—Estabas en estado de shock.

—Tú estás a punto de quedarte dormida sobre un informe.

—No exageres.

Darel tomó el lápiz que sujetaba su cabello. La melena cayó sobre sus hombros y Mara alzó la cabeza con una mezcla de sorpresa y enfado.

—Devuélvemelo.

—Come.

—Akara.

—Quinn.

Ella se levantó. Darel esperaba que intentara arrebatarle el lápiz, pero se detuvo al quedar frente a él. El aroma de su champú le recordó la habitación de hotel que todavía no habían ocupado y la confesión del gimnasio, cuando dijo que no iba a fingir lo que ocurría.

—No eres mi capitán —murmuró Mara.

—Tampoco necesito serlo para saber que estás agotada.

—No me des órdenes.

—Entonces considéralo una negociación. Comes y te devuelvo el lápiz.

—Puedo utilizar otro.

—No hay ninguno en la mesa.

Mara miró alrededor. Darel había recogido los bolígrafos mientras regresaba con la comida y los guardaba en el bolsillo.

—Eres un crío.

—Un crío con todos los instrumentos de escritura.

Ella soltó una risa antes de poder evitarlo. Fue breve y cansada, aunque cambió su rostro por completo. Darel había visto fotografías de Mara sonriendo en actos oficiales, pero nunca de aquella manera, sin controlar cuánto mostraba.

—Siéntate —dijo él con menos dureza.

Mara lo hizo. Comieron frente a frente mientras revisaban los horarios. Darel había elegido pollo, arroz y verduras para él, y pasta con salmón para Mara después de recordar que en la cafetería de las instalaciones pidió algo parecido durante el caso de Tama. Ella lo notó al primer bocado.

—¿Cómo sabías que me gustaba esto?

—Lo comiste hace un año.

—¿Recuerdas también lo que llevaba puesto cada día?

Darel masticó antes de responder.

—Casi.

Mara dejó el tenedor.

—Eso no es normal.

—Tampoco lo es que recuerde la hora exacta a la que entraste en aquella sala.

—¿La recuerdas?

—Las dos y ocho.

—Estás inventándolo.

—Llegaste ocho minutos tarde y dijiste que la puntualidad formaba parte de la colaboración.

Mara lo estudió como si intentara decidir si aquello era una broma.

—¿Por qué recuerdas tantas cosas?

Darel no tenía una respuesta que pudiera disfrazar de provocación.

—Porque me fijé en ti.

—Estabas siendo investigado.

—Y tú estabas enfadada conmigo antes de sentarte.

—Te negabas a responder.

—Todavía no te había dicho nada.

—Había leído tu primera declaración.

—Entonces estabas enfadada con un papel.

Mara volvió a comer, aunque el rubor que apareció en sus mejillas no desapareció.

—Yo también recuerdo cosas —admitió.

—¿Cuáles?

—La cicatriz junto a tu ceja. El modo en que golpeabas el pulgar contra el muslo cuando no querías contestar. Que no bebiste el agua que te ofrecieron hasta que terminó la grabación.

Darel sonrió.

—Te fijaste en mí.

—Era mi trabajo.

—Claro.

Mara le señaló con el tenedor.

—No digas nada.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

Leo regresó cuando habían terminado la mitad de la comida. Miró los recipientes, el cabello suelto de Mara y los bolígrafos que sobresalían del bolsillo de Darel.

—¿Me he perdido algo?

—Una toma de rehenes —contestó Mara—. Ha secuestrado mi material de oficina.

Darel dejó el lápiz sobre la mesa.

—Ha funcionado.

Leo ocupó su silla.

—No quiero saberlo.

Continuaron la reunión. Con algo de comida y café, Mara recuperó la rapidez de las primeras horas.

Explicó que viajarían a Sídney, que Darel podría estar presente durante la revisión del procedimiento general y que Leo asistiría a cualquier actuación relacionada con sus derechos.

Las entrevistas al personal serían confidenciales.

—Quiero hablar con Mercer —dijo Darel.

—No.

—No para acusarlo. Quiero verlo cuando explique el cambio.

—Estarás durante la exposición técnica, pero no puedes interrogar a nadie.

—Tú tampoco puedes impedir que una persona me mire.

Mara se tocó el pulgar otra vez.

—No hagas nada que lo alerte.

—Entonces sí sospechas de él.

—Sospecho de cualquier persona con acceso.

—¿Cuántas?

—Siete.

—Y solo un usuario modificó el registro.

Mara guardó los documentos.

—Mañana comprobaremos qué hizo.

La reunión terminó al anochecer. Leo se marchó primero para atender otra llamada. Darel ayudó a reunir las carpetas mientras Mara apagaba el ordenador.

—No tienes que recoger —dijo ella.

—Ya he empezado.

—¿Siempre haces lo contrario de lo que te piden?

—Solo cuando la petición no tiene sentido.

Mara tomó la chaqueta.

—El vuelo sale a las seis y media. Tienes que estar en el aeropuerto a las cinco.

—Pasaré a recogerte.

—No.

—Vivimos a veinte minutos.

—Puedo conducir.

—Llevas dos noches sin dormir.

—Dormiré hoy.

—No te creo.

Mara lo miró con ironía.

—Qué curioso que ahora seas tú quien necesita pruebas.

Darel se acercó para entregarle la última carpeta.

—A las cuatro y media estaré en tu casa.

—No sabes dónde vivo.

—Aparece en el documento de coordinación que envió Hannah.

—Eso debería ser confidencial.

—Está compartido con los participantes del viaje.

—No vengas.

—Entonces escríbeme cuando estés despierta a las cuatro y cuarto.

Mara abrió la puerta.

—Eres insoportable.

—Y sé cómo tomas el café.

—Eso no mejora nada.

Darel caminó a su lado por el pasillo vacío. Cuando llegaron al ascensor, los dos se detuvieron. Mara miró las puertas metálicas y después a él.

—Bajamos por las escaleras —decidió.

Darel no pudo evitar reírse.

—¿De verdad?

—Necesito mover las piernas.

—Por supuesto.

La siguió hasta la salida de emergencia, demasiado satisfecho con la certeza de que Mara recordaba aquel ascensor tan bien como él.

Bajaron tres plantas sin cruzarse con nadie.

Mara caminaba deprisa, como si la elección de las escaleras tuviera que parecer una decisión práctica y no una forma de evitar quedarse encerrada con él en un espacio demasiado pequeño.

En el segundo rellano, el teléfono de Darel vibró.

Era su madre. Había prometido llamarla después de la reunión y llevaba dos horas de retraso.

—Contesta —dijo Mara.

—Puedo hacerlo luego.

—Lleva todo el día pendiente de noticias.

Darel apoyó un hombro contra la pared.

—¿También investigas mis llamadas familiares?

—No hace falta. Cada vez que te llama miras la pantalla y decides si puedes decirle algo que no la preocupe.

Él dejó de sonreír. Mara había acertado con demasiada facilidad.

—No quiero que pase la noche imaginando cosas.

—Entonces no la obligues a imaginar. Dile lo que sabes y también lo que todavía no sabes.

—Suena sencillo cuando lo dices tú.

—No lo es. Mi madre pasó años preguntándome por mi padre y yo respondía que todo se solucionaría porque era más fácil que admitir que no tenía ni idea.

Darel aceptó la llamada. Habló unos minutos en maorí, explicó la anomalía sin prometer que fuera suficiente y repitió dos veces que se encontraba bien.

Mara continuó bajando con discreción, pero lo esperó en la siguiente planta.

Cuando él guardó el móvil, ella no preguntó qué le había dicho su madre.

—Gracias —murmuró.

—No me des las gracias. Has obedecido una instrucción razonable por primera vez.

—No era una instrucción oficial.

—Precisamente por eso tiene más mérito.

Llegaron al vestíbulo. Fuera llovía con una constancia suave y el aparcamiento estaba casi vacío.

Mara abrió el paraguas que llevaba en el bolso.

Era pequeño para dos personas, aunque Darel se metió debajo antes de que ella pudiera protestar.

Sus hombros chocaron y tuvo que inclinarse para no dejarla fuera.

—Podrías utilizar el tuyo —dijo Mara.

—Está en el coche.

—A veinte metros.

—Demasiado lejos.

Ella le cedió parte del mango, de modo que los dedos quedaron juntos. Darel pensó que debía apartarlos. Mara también. Ninguno lo hizo hasta llegar a la zona donde habían aparcado.

—Escríbeme cuando llegues a casa —dijo él.

—No eres mi capitán.

—Y tú no eres mi madre. Aun así, acabas de obligarme a llamarla.

Mara abrió el coche.

—Te escribiré. Solo para que mañana no utilices mi posible muerte en carretera como argumento para recogerme.

—A las cuatro y media.

—Ni se te ocurra.

Habían encontrado una anomalía, viajarían juntos a Sídney y ella acababa de admitir que también se había fijado en él un año atrás. Darel no sabía cuál de las tres cosas era más peligrosa.