CAPÍTULO 10
GOLPEA MÁS FUERTE
Darel encontró a Mara golpeando un saco de boxeo a las nueve de la noche.
Había regresado a las instalaciones para recoger la carpeta de informes médicos que Leo necesitaba antes del viaje a Sídney.
La mayor parte del edificio estaba a oscuras, salvo por las luces de seguridad y una franja brillante que escapaba por debajo de la puerta del gimnasio pequeño.
Darel esperaba encontrar a un jugador terminando una sesión, quizá a Noah intentando recuperar el tiempo que creía perdido.
Lo último que imaginó fue ver a Mara en pantalón deportivo y camiseta sin mangas, con el cabello recogido en lo alto de la cabeza y unos guantes negros cubriéndole las manos. No lo vio entrar.
Golpeaba el saco con una precisión que no parecía improvisada.
Izquierda, derecha, giro de cadera y una patada baja que hizo oscilar la estructura.
Respiraba por la boca y tenía la piel de los hombros húmeda.
Había dejado una botella de agua, una toalla y el teléfono sobre un banco, junto a la chaqueta con la que la había visto esa mañana.
Darel se apoyó en el marco de la puerta.
Mara volvió a golpear. El saco se desplazó y ella lo siguió con pasos rápidos.
No había nada contenido en sus movimientos.
La mujer que medía cada palabra durante una entrevista parecía haber decidido descargar contra aquel objeto todo lo que no se permitía mostrar en otro lugar.
Cuando terminó una combinación, Darel aplaudió una vez. Mara se giró de inmediato.
—¿Qué haces aquí?
—Venía a preguntarte lo mismo.
—Llevo desde las seis revisando las grabaciones de la zona de recuperación. Fletcher me dio permiso para usarlo cuando terminara.
—No he dicho que no puedas usarlo.
—Entonces deja de mirar.
Darel entró y cerró la puerta.
—Eso va a ser difícil.
Mara soltó el aire, se volvió hacia el saco y golpeó de nuevo. La coleta se movió con el giro de su cuerpo.
—No deberías estar aquí fuera del horario autorizado.
—He venido a recoger unos documentos.
—Recógelos.
—No están en este gimnasio.
—Qué observador.
Darel se acercó al banco. La pantalla del teléfono mostraba una sucesión de correos relacionados con el laboratorio. Mara había silenciado las notificaciones, aunque seguían apareciendo.
—Llevas trabajando desde la madrugada —dijo.
—¿Cómo lo sabes?
—Priya envió una solicitud a Leo a las tres y doce. No parecía escrita por alguien que acabara de despertarse.
—Priya también trabaja de noche.
—Te ha llamado tirana en el asunto del correo.
—Es una muestra de cariño.
Mara lanzó una derecha con más fuerza. El saco osciló hacia ella y tuvo que frenarlo con el antebrazo.
—Estás enfadada —señaló Darel.
—No.
—Golpeas como si quisieras romperle la cara a alguien.
—El saco no tiene cara.
—Eso no es una respuesta.
Ella se apartó y comenzó a aflojar el cierre de uno de los guantes con los dientes. El gesto fue rápido, natural y completamente innecesario para la tranquilidad de Darel.
—No vuelvas a hacer eso.
Mara se quedó con la tira entre los labios. La soltó despacio.
—¿El qué?
—Quitarte el guante así.
—¿Por qué?
Darel se pasó una mano por la nuca.
—Porque no.
—Argumento impecable.
Mara volvió a morder la tira y tiró de ella sin dejar de observarlo. Darel soltó un resoplido y miró hacia el techo.
No sirvió de mucho. Seguía viendo los labios cerrados sobre la tira, el brillo húmedo del cuello y la camiseta sin mangas pegada a la espalda.
Llevaba días durmiendo mal por imágenes mucho menos concretas que aquella.
Notó cómo el cuerpo le respondía con una rapidez humillante y agradeció que la sudadera le llegara hasta las caderas.
—Lo estás haciendo a propósito.
—Tú has entrado sin que te invitara.
—La puerta estaba abierta.
—Y eso te autoriza a dar órdenes sobre mis dientes.
—No he dicho nada de tus dientes.
—Has mirado mi boca.
Darel volvió a mirar su boca.
—Llevo días intentando no hacerlo.
Mara terminó de quitarse el guante. Tenía los nudillos enrojecidos y una marca de presión alrededor de la muñeca.
—No deberías decir esas cosas.
—También llevamos días hablando de lo que no debería decir.
—Y sigues sin aprender.
—No parece que quieras que aprenda.
Ella dejó el guante sobre el banco.
—¿Has venido a discutir?
—No. He venido por la carpeta.
—Pues ve a buscarla.
Darel observó el saco, después los guantes.
—Sujeto eso mientras terminas.
—No necesito ayuda.
—Se mueve demasiado.
—Es la idea.
—También pierdes fuerza intentando frenarlo.
Mara lo miró con desconfianza.
—¿Sabes algo de boxeo?
—Lo suficiente para sujetar un saco.
—Eso no era lo que he preguntado.
—Entrené durante años para mejorar la coordinación y la resistencia. No soy boxeador.
—Y, aun así, crees que puedes corregirme.
—No te he corregido. He dicho que lo sujetaría.
Mara tomó el segundo guante, volvió a ajustárselo y señaló el saco.
—Adelante.
Darel se colocó detrás y lo sujetó con ambas manos. Mara adoptó la posición, flexionó las rodillas y lanzó el primer golpe. El impacto viajó a través del saco y llegó hasta sus brazos. El segundo fue más fuerte.
—¿Eso es todo? —preguntó él.
—No empieces.
—Pensé que estabas enfadada.
Mara golpeó con la derecha.
—No lo estoy.
—Entonces tienes razón. Para no estarlo, está bien.
La siguiente combinación lo obligó a afianzar los pies.
—Mejor.
—Cállate.
—Golpea más fuerte.
Mara obedeció. Puño izquierdo, derecho, gancho y otro golpe directo que desplazó el saco a pesar del peso de Darel. Él la vio aproximarse en cada movimiento, los músculos de sus brazos tensándose, el pecho subiendo con la respiración y una concentración que le borraba todo lo demás de la cara.
—¿Con quién estás enfadada? —preguntó.
—Contigo.
—Eso ya lo sabía. ¿Con quién más?
Mara lanzó otra combinación.
—Con el laboratorio.
Darel apretó las manos alrededor del saco.
—¿Qué han hecho?
—No han enviado todos los registros.
—¿Por qué?
—Dicen que el sistema antiguo requiere una extracción manual.
—¿Te lo crees?
—No.
Golpeó de nuevo.
—¿Y qué falta?
—El historial de cambios de las dos muestras.
Darel esperó al siguiente impacto.
—La mía y la de Noah.
Mara no respondió. Su silencio era suficiente.
—Has encontrado algo entre esas muestras.
—He encontrado datos que necesito comprobar.
—¿La densidad?
Mara frenó antes de golpear.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Nadie. Esta mañana preguntaste cuánto había bebido, insististe en Noah y empezaste a hablar de un intercambio.
—No deberías intentar investigar mi investigación.
—No debería ser necesario.
Mara retrocedió un paso.
—No puedo darte información sin verificar porque cualquier cosa que te diga puede terminar en manos de tu abogado, la federación o la prensa.
—Leo sabe guardar confidencialidad.
—Tú no demasiado. Esta mañana estuviste a punto de besarme en mitad de un campo.
Darel soltó el saco. El movimiento hizo que Mara tuviera que sujetarlo con una mano.
—Eso no tiene nada que ver con los datos.
—Tiene que ver con que no puedo permitirme olvidar quién eres dentro de este caso.
—¿Y quién soy?
—El deportista investigado.
—No has contestado.
—Sí lo he hecho.
Darel rodeó el saco. Mara llevaba los dos guantes puestos y parecía molesta por no poder quitárselos con rapidez.
—No soy un expediente cuando estás fuera de la oficina —dijo él.
—Mientras la investigación esté abierta, sí.
—No cuando me miras.
—Deja de decirme cómo te miro.
—Entonces deja de hacerlo como si quisieras tocarme otra vez.
Mara abrió la boca para responder, aunque Darel vio cómo se detenía. La distancia entre ambos era pequeña. Él podía sentir el calor que desprendía su cuerpo después del ejercicio y el olor suave del jabón mezclado con el sudor.
—No voy a besarte —dijo.
—Perfecto.
—No porque no quiera.
Mara bajó los brazos.
—Akara…
—Esta mañana dijiste que no. Lo entendí.
—No lo parece.
—Lo entendí tanto que me aparté. También entiendo que sigues aquí cuando podrías haber recogido tus cosas y haberte marchado hace diez minutos.
Mara miró hacia el banco. Darel tuvo la impresión de que acababa de recordar que podía irse.
—Estoy cansada —admitió—. Y enfadada porque alguien ha hecho algo con esos registros que no encaja.
—¿Crees que no me dopé?
—Creo que hay una posibilidad de que las muestras estén asociadas al expediente equivocado.
Darel dejó de respirar durante un instante. Mara continuó antes de que pudiera hablar.
—Una posibilidad. Los valores de densidad parecen cruzados, pero puede haber errores de transcripción. Hasta que revise el sistema no significa nada.
—Significa que por primera vez hay algo que no depende de que me creas.
—Sí.
La respuesta era pequeña, aunque Darel sintió que una parte de la presión cedía.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque sabía que reaccionarías así.
—¿Así cómo?
—Como si ya estuviera resuelto.
—No lo está. Pero tampoco estoy loco.
—Nunca he pensado que lo estuvieras.
—Solo que podía ser un mentiroso.
Mara miró sus guantes.
—Mi padre era capaz de mirarme a la cara y decir que jamás había consumido nada. Durante meses.
Darel conocía la historia de forma general.
Todos los que trabajaban en integridad deportiva sabían quién había sido Michael Quinn y por qué su hija había terminado investigando aquello que destruyó su carrera.
No sabía cómo lo había descubierto ella, ni conocía el modo en que la voz de Mara se volvía más baja al mencionarlo.
—Yo no soy él.
—Lo sé.
—No. Sabes que somos dos personas distintas. No sabes si estoy haciendo lo mismo.
—Por eso necesito las pruebas.
Darel tomó uno de sus guantes y aflojó el cierre con cuidado.
—Dámelo.
—Puedo quitármelo.
—Ya lo sé.
Mara permitió que liberara la primera muñeca.
Darel retiró el guante sin prisa y tomó la otra mano.
Tenía los dedos calientes y húmedos. Al quitar el segundo, no la soltó de inmediato.
Le recorrió la palma con el pulgar, donde la piel se había enrojecido, y la oyó contener el aire.
Fue un sonido pequeño. Darel supo que iba a recordarlo esa noche, a oscuras, con mucho menos autocontrol del que estaba demostrando allí.
—Sídney —dijo—. Voy contigo.
—Leo ya ha presentado la solicitud.
—¿La aceptarás?
—Puedes estar durante la explicación general y cualquier actuación que afecte a tus derechos. No durante las entrevistas internas.
—Me sirve.
—También viajará Leo.
—Eso no me sirve tanto.
Mara intentó retirar la mano. Darel la soltó.
—No hagas bromas con esto.
—No era una broma.
—Eso es peor.
Recogió la toalla y se secó el cuello.
—El vuelo sale pasado mañana a las seis y media. Tendremos una reunión en el laboratorio a las once.
—¿Dormiremos allí?
—Regresamos al día siguiente.
Darel pensó en un hotel, habitaciones cercanas y demasiadas horas fuera del edificio donde Mara podía esconderse detrás de un escritorio.
—Sea lo que sea lo que estás pensando, no —advirtió ella.
—No he dicho nada.
—No hace falta. Acabas de tener una idea que va a complicarme el viaje.
—Solo pensaba en Sídney.
—Piensa menos.
Mara se echó la chaqueta por encima de la ropa deportiva y guardó los guantes.
—Quinn.
Ella se giró.
—Gracias por decírmelo.
—No te he prometido que sea la explicación.
—No te lo he pedido.
—Y no quiero que hables con Noah.
—No lo haré.
—Ni con Richard Mercer.
—No sé quién es.
Mara se quedó quieta un segundo.
—El responsable de recepción que modificó el registro.
Darel asintió.
—No hablaré con ninguno.
Ella salió del gimnasio. Darel esperó hasta que sus pasos se alejaron antes de ir a buscar la carpeta de Leo.
Había una posibilidad de que las muestras estuvieran cruzadas.
No era una absolución ni una prueba, solo una grieta en una pared que hasta ese momento parecía imposible de atravesar, y la había encontrado Mara.