CAPÍTULO 9
BAJO LA LLUVIA
Mara llegó al campo con cuarenta minutos de retraso y un humor que empeoró cuando descubrió que Darel seguía entrenando bajo la lluvia.
No era una llovizna suave. El agua caía con fuerza, golpeaba el césped y convertía el terreno en una superficie oscura y resbaladiza.
Darel corría de un extremo a otro sin más compañía que un preparador situado bajo el techo de la grada.
Llevaba pantalón corto y una camiseta negra completamente pegada al cuerpo.
El cabello, suelto, se adhería a la nuca y a parte del rostro cada vez que frenaba.
Mara se protegió la carpeta bajo el abrigo y caminó hasta la línea lateral.
—¡Akara!
Darel continuó hasta terminar la carrera. Solo entonces regresó, respirando con fuerza, con barro en las piernas y agua deslizándose por los brazos.
—Llegas tarde.
—He estado trabajando.
—Yo también.
—Esto no es trabajar. Es intentar coger una pulmonía.
Darel miró hacia el cielo.
—No hace frío.
—Estás empapado.
—Tú también vas camino de estarlo.
Mara abrió el paraguas con una mano.
—Necesito preguntarte cuánto bebiste antes del control.
—Ya te lo dije.
—Quiero que reconstruyas las cantidades.
Darel se acercó un poco más para escucharla. La lluvia golpeaba el paraguas con tanta fuerza que Mara tuvo que elevar la voz.
—Durante el entrenamiento bebí alrededor de un litro —explicó—. Después, dos botellas de agua mientras esperaba.
—¿De qué tamaño?
—Setecientos cincuenta mililitros.
—¿Las terminaste?
—Sí.
—¿Y antes de producir la muestra?
—Otra más pequeña. Quizá medio litro.
Mara hizo el cálculo mental. La densidad registrada durante la recogida encajaba con esa cantidad de agua.
—¿Sueles hidratarte así?
—Cuando el control llega después de entrenar, sí. Si no bebo, puedo pasar horas esperando.
—¿Noah también bebió?
—Mucho menos. Terminó antes que yo.
Mara anotó la respuesta. Darel intentó leer por encima de la carpeta.
—¿Has encontrado algo?
—Estoy comprobando datos.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que puedo darte.
Darel se acercó otro paso.
—No puedo oírte.
—Estoy gritando.
—Acércate.
—Sabes perfectamente lo que digo.
—Sí, pero me gusta más cuando lo dices cerca.
Mara bajó el paraguas lo suficiente para verlo con claridad. Tenía gotas acumuladas en las pestañas y la camiseta dibujaba cada línea del pecho. El tatuaje del brazo parecía más oscuro bajo el agua.
—No conviertas cada conversación en una provocación.
—No conviertas cada pregunta en una orden.
—Estoy investigando un posible intercambio de…
Se detuvo. Darel dejó de sonreír.
—¿De qué?
Mara cerró la carpeta. Había estado a punto de contarle más de lo autorizado.
—Una posible discrepancia.
—¿En las muestras?
—En los registros.
—¿Qué registros?
—No puedo explicarlo hasta verificarlo.
Darel dio otro paso y el borde del paraguas quedó sobre ambos. El espacio era insuficiente. Mara notó el calor de su cuerpo a pesar de la ropa mojada y el aire frío.
—Me dijiste que cualquier dato favorable formaría parte de mi defensa.
—Cuando sepa que es favorable.
—¿Y ahora qué sabes?
—Que bebiste una cantidad de agua compatible con lo que declaraste.
—Eso ya lo sabías.
—Ahora puedo documentarlo.
Darel la observó durante unos segundos. Mara tuvo la sensación de que buscaba una grieta en su cara, algo que confirmara que había más.
—Quinn.
—No.
—Ni siquiera he preguntado.
—Vas a hacerlo.
—¿Crees que las muestras se cambiaron?
La precisión de la pregunta la sorprendió. Mara apretó la carpeta contra el pecho.
—No he dicho eso.
—Has empezado a decir «un posible intercambio».
—He empezado a formular una hipótesis y me he detenido.
—Porque alguien te ha ordenado que no me la cuentes.
—Porque no pienso darte esperanza con dos cifras que pueden tener otra explicación.
—Entonces sí hay dos cifras.
Mara cerró los ojos un instante.
—Eres agotador.
—Y tú eres muy mala ocultando información cuando te importa.
—No me importa de la manera que estás insinuando.
Darel alzó una mano. Mara creyó que iba a apartarle el paraguas o a tocarle el cabello.
En cambio, utilizó el pulgar para retirar una gota de lluvia que había quedado en el borde de su labio inferior.
El gesto fue lento. Demasiado íntimo. Mara dejó de oír el agua durante un segundo.
Sintió el roce en toda la boca y después mucho más abajo, un tirón cálido que no tenía nada que ver con la tormenta.
La blusa mojada se le pegaba al pecho y comprendió, con una vergüenza absurda, que él solo tenía que bajar la mirada para saberlo.
—Estás mojada —murmuró él.
—Estamos bajo una tormenta.
Darel no retiró la mano de inmediato. El pulgar permaneció cerca de su boca, sin tocarla ya, aunque la distancia era mínima.
—No deberías hacer eso.
—Lo sé.
—Estoy investigándote.
—También lo sé.
—Entonces apártate.
Darel bajó la mano, pero no dio ningún paso atrás.
—Dímelo otra vez.
—¿Qué?
—Que me aparte.
Mara abrió la boca. No salió nada. La expresión de Darel cambió.
La provocación desapareció y dejó paso a algo más directo, una tensión que llevaba días creciendo y que ninguno podía seguir fingiendo que no existía.
Bajó la cabeza. Mara supo que iba a besarla antes de que se moviera por completo.
Retrocedió. El paraguas dejó de cubrirlo y la lluvia volvió a caer sobre su rostro.
—No —negó.
Darel se quedó quieto.
—De acuerdo.
No discutió, no sonrió ni trató de acercarse otra vez. Se limitó a aceptar la distancia, y eso hizo que Mara se sintiera peor. Habría resultado más sencillo enfadarse si él hubiera convertido el momento en otra broma.
—Viajo a Sídney pasado mañana —explicó ella, obligándose a recuperar el tono profesional—. Voy a revisar la recepción de las muestras y los registros del laboratorio.
—Voy contigo.
—No es una visita para deportistas.
—Mi abogado puede solicitar que esté presente en la revisión de cualquier incidencia relacionada con la cadena de custodia.
—Tu abogado puede recibir un informe.
—Hablaré con Leo.
Mara guardó el bolígrafo.
—No conviertas esto en una batalla.
—No intento pelear contigo.
—No lo parece.
—Si quisiera pelear, no me habría detenido.
La respuesta la hizo mirar hacia otro lado. Darel tomó la camiseta por el borde y la separó del pecho para escurrir parte del agua.
—Vas a ponerte enfermo —dijo Mara.
—¿Te preocupa?
—Me perjudicaría que el investigado no pudiera declarar.
—Claro.
—Y deja de decir «claro» de esa manera.
—¿De qué manera?
—Como si supieras lo que pienso.
Darel recogió una toalla del banco.
—No sé todo lo que piensas. Solo sé que has retrocedido porque querías que te besara.
Mara sintió una oleada de enfado, en parte porque no podía acusarlo de estar equivocado.
—He retrocedido porque no puedes besar a la persona que investiga si te has dopado.
—No me he dopado.
—Todavía no puedo afirmarlo.
—Tú no. Yo sí.
Se secó el rostro y se puso una sudadera sobre la camiseta mojada.
—Nos vemos en Sídney.
—No he aceptado que vengas.
—Leo conseguirá que lo aceptes.
—Tu confianza en tu abogado es conmovedora.
—Mi confianza está en que no vas a dejarme fuera cuando descubras qué pasó con mi muestra.
Mara se quedó bajo el paraguas mientras él caminaba hacia los vestuarios.
Había llegado decidida a comprobar una cantidad de agua y se marchaba con un viaje compartido, un casi beso y la certeza de que Darel había entendido más de la investigación de lo que ella pretendía revelar.
El preparador salió de la grada y pasó junto a ella.
—Deberías entrar. Va a llover todavía más.
Mara siguió al preparador hasta el vestíbulo para resguardarse. Había dado apenas cuatro pasos cuando Darel regresó desde los vestuarios con una toalla alrededor del cuello y otra sudadera en la mano.
—Póntela.
—Tengo abrigo.
—Está mojado.
—No necesito tu ropa.
—También dijiste que no necesitabas café y te bebiste los dos que te preparé.
—Eso no demuestra nada.
—Demuestra que no siempre sabes lo que necesitas.
—Y tú no siempre sabes cuándo callarte.
—Más razón para que te la pongas y podamos discutir sin que te congeles.
Le tendió la sudadera. Era negra, con el helecho plateado en el pecho y su apellido bordado en una manga.
Mara la tomó para terminar la discusión.
Darel se giró mientras ella se quitaba el abrigo mojado y se la ponía sobre la camisa.
Le quedaba grande, las mangas le cubrían parte de las manos y conservaba el calor del armario.
Cuando él volvió a mirarla, la expresión cambió.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La que indica que vas a decir algo impropio.
—Solo pensaba que te queda mejor que a mí.
—Eso ya es impropio.
Darel se acercó para doblarle una manga. Mara podría haberlo hecho sola, aunque lo dejó. Sus dedos trabajaron con cuidado, sin rozar la piel más de lo necesario.
—No voy a intentar besarte otra vez —dijo él.
—Bien.
—Hasta que tú dejes de retroceder.
Mara levantó la cabeza.
—Eso no es una promesa tranquilizadora.
—No pretendía serlo.
El teléfono sonó dentro del bolso. Hannah.
Mara respondió mientras Darel terminaba con la segunda manga.
Su superior confirmó la autorización preliminar para la visita a Sídney y le recordó que no compartiera la hipótesis antes de verificarla.
Mara miró a Darel, que podía escuchar solo su parte de la conversación.
—Lo sé —contestó—. No he comunicado ninguna conclusión.
Darel alzó una ceja.
—Sí, viajaré con Priya. El abogado de Akara ha pedido que él también esté presente.
Hannah guardó silencio al otro lado.
—No, no tengo ningún problema.
Darel sonrió.
—Lo gestionaré —terminó Mara antes de colgar.
—¿No tienes ningún problema conmigo?
—Tengo muchos. Ninguno impide que subas a un avión.
—Me alegra la precisión.
Mara se quitó la sudadera y se la devolvió. Darel no la aceptó.
—Llévatela.
—No.
—Tu abrigo está empapado.
—Tengo coche.
—Y tendrás que caminar hasta él bajo la lluvia.
Mara se la dejó puesta.
—Te la devolveré mañana.
—Eso garantiza que volveremos a vernos.
—Nos vemos todos los días por la investigación.
—No es lo mismo que llevar algo mío.
La respuesta volvió a calentarle la piel. Mara salió antes de que él lo notara y miró el cielo. No estaba segura de que la tormenta fuera el problema.