CAPÍTULO 8
UNA ANOMALÍA
Mara encontró la primera contradicción a las dos y diecisiete de la madrugada.
Llevaba horas comparando informes en la mesa del comedor, rodeada de copias impresas y con el ordenador conectado al sistema seguro de la Comisión.
No había regresado a la oficina después de salir de casa de Darel.
Necesitaba trabajar sin conversaciones, teléfonos ni compañeros preguntando si el caso más importante del país estaba a punto de convertirse también en el más incómodo de su carrera.
Había cometido el error de quedarse junto a él cuando recibió la confirmación.
No era una infracción. Tampoco una muestra de parcialidad.
Los investigadores hablaban con deportistas, acudían a sus domicilios y explicaban procedimientos difíciles.
Aun así, Mara sabía que no había calentado aquella comida por razones profesionales.
Lo hizo porque Darel tenía la expresión de un hombre al que acababan de arrancar el futuro y no había querido dejarlo solo con un abogado que solo podía hablarle de sanciones.
Aquello era exactamente lo que no debía ocurrir.
Cerró el recuerdo y volvió a los documentos.
El formulario de recogida señalaba que la muestra de Darel tenía una densidad de 1,009 cuando fue aceptada por el oficial.
Era una cifra baja, pero válida, propia de alguien que había bebido bastante agua después de entrenar.
En el laboratorio, sin embargo, la medición registrada durante la recepción era 1,024.
Mara amplió los dos archivos. No podía atribuirse a una diferencia pequeña entre instrumentos.
La orina no se concentraba dentro de una botella sellada.
Una variación así podía deberse a un error de transcripción, a un dato colocado en el expediente equivocado o a que la muestra analizada no fuera la recogida a Darel. Abrió los datos de la muestra B. 1,023.
Las dos botellas procedían del mismo origen, eso era evidente. La pregunta era si ese origen era Darel Akara. Mara tomó el teléfono y llamó a Priya. Su compañera respondió al cuarto tono con voz dormida.
—Espero que haya fuego.
—Hay una diferencia de densidad.
—Eso no suena a fuego.
—En la recogida, 1,009. En el laboratorio, 1,024.
Hubo unos segundos de silencio. Después escuchó el movimiento de unas sábanas.
—¿En las dos botellas?
—La A figura con 1,024 y la B con 1,023.
—¿Puede estar mal el formulario del oficial?
—Voy a pedir la lectura del refractómetro y la declaración. También quiero la densidad de todas las muestras que viajaron en la misma remesa.
—¿Cuántas?
—Dos, según el manifiesto preliminar.
Priya terminó de despertarse.
—La de Akara y la de Cole.
—Sí.
—¿Tenemos los valores de Cole?
—No. Su resultado fue negativo y no se incluyó en el paquete inicial.
—Lo pediré a primera hora.
—Pídelo ahora.
—Mara, son las dos y cuarto.
—Precisamente. Nadie va a tardar en responder porque esté en una reunión.
Priya soltó una protesta, aunque Mara escuchó cómo abría el ordenador.
—Te odio.
—Mañana te invito a desayunar.
—Voy a pedir algo caro.
—Pide los datos primero.
Colgó y continuó revisando. Había otra diferencia menor en el volumen registrado.
El oficial anotó noventa mililitros repartidos entre A y B.
El laboratorio declaró ochenta y cuatro.
La pérdida podía explicarse por el análisis y las comprobaciones, pero el dato estaba introducido antes de abrir las botellas.
Mara lo marcó. También encontró que la remesa llegó a las 08:43 y se registró formalmente a las 09:12.
Durante esos veintinueve minutos, los envases permanecieron en la zona de recepción bajo la responsabilidad de un empleado identificado por las iniciales R. M.: Richard Mercer.
Mara abrió la ficha del trabajador. Responsable de calidad y trazabilidad, quince años de experiencia, sin sanciones ni incidencias registradas.
Tenía autorización para resolver discrepancias en la recepción y modificar datos de identificación interna con doble validación.
En el caso de Darel, aparecía una modificación a las 09:06.
El registro no especificaba qué campo se había cambiado.
Solo indicaba «corrección de correspondencia de recipiente».
Mara se incorporó en la silla. El laboratorio había remitido una explicación breve: una etiqueta externa estaba parcialmente despegada y se verificó el número grabado en la botella antes de completar el registro.
No debería ser relevante. Los números de los recipientes seguían siendo los mismos que aparecían en la copia de Darel.
Sin embargo, alguien había intervenido en la relación entre esos números y el expediente electrónico seis minutos antes de que la remesa quedara registrada. Mara llamó a Hannah. Su superior respondió con una palabra que no habría utilizado durante el horario laboral.
—Lo siento —se disculpó Mara—. Necesito autorización para una auditoría completa del acceso al sistema del laboratorio.
—¿Qué has encontrado?
Mara se lo explicó. Hannah guardó silencio durante unos segundos.
—Una diferencia de densidad puede ser un error del oficial.
—Y una corrección de correspondencia puede ser una incidencia normal. Las dos juntas justifican revisar.
—¿Crees que cambiaron las muestras?
—Creo que aún no podemos afirmar que la muestra positiva sea la que Darel entregó.
Decirlo en voz alta produjo un alivio que Mara no tenía derecho a sentir.
—Solicita todo —ordenó Hannah—. Historial de cambios, usuarios, cámaras, manifiestos y datos de la otra muestra. No informes a Akara hasta que sepamos si es una anomalía real.
—Tiene derecho a conocer cualquier elemento favorable.
—Cuando esté confirmado que es favorable. Ahora solo tienes dos cifras que no coinciden.
—Y un acceso manual.
—Mara.
La advertencia estaba clara. No debía correr hacia Darel con una esperanza que podía desaparecer en cuanto el oficial admitiera haber escrito mal la densidad.
—Esperaré —aceptó.
—Duerme algo.
—Cuando lleguen los archivos.
Hannah colgó. A las tres menos diez, Priya envió un mensaje.
Había conseguido el informe de recepción de la muestra de Noah Cole.
La densidad era 1,010. Mara abrió el documento con el pulso acelerado.
En la recogida, Noah había producido una muestra con una densidad de 1,025.
Las cifras estaban cruzadas. Darel: recogida 1,009; laboratorio 1,024.
Noah: recogida 1,025; laboratorio 1,010.
Mara comprobó las horas, los códigos y las firmas.
Los pares de botellas habían llegado en la misma caja, habían sido recibidos por Richard Mercer y habían pasado por una corrección manual antes de entrar en la cadena analítica.
El laboratorio había medido en el expediente de Darel una muestra concentrada, compatible con la de Noah.
En el expediente de Noah aparecía una muestra diluida, compatible con la de Darel.
No era una prueba definitiva. Un oficial podía haber intercambiado las anotaciones en Nueva Zelanda.
Podía existir un error en el manifiesto.
También era posible que dos casualidades hubieran creado un patrón que desapareciera al revisar los datos brutos.
Mara sabía qué explicación era la más sencilla. Las muestras se habían cruzado.
Se levantó, caminó hasta la cocina y llenó un vaso de agua.
Tenía las manos frías. Sobre la encimera estaba la taza que había utilizado por la mañana.
Pensó en el café que Darel le había preparado el día anterior sin preguntarle cómo lo tomaba, recordándolo después de un año sin verse.
«No». Había contestado así a cada pregunta, sin adornos, sin construir una historia alternativa y sin pedirle que confiara en su fama.
Cuando él mismo le preguntó si todos los culpables decían lo mismo, Mara le había dado la razón. Su padre también lo había dicho.
Regresó a la mesa antes de permitir que la comparación avanzara.
Los datos podían sugerir que la muestra no pertenecía a Darel, pero todavía no explicaban quién había realizado el cambio ni por qué.
Noah podía haber consumido ostarina. Richard Mercer podía haber corregido un error sin saber a quién pertenecían los códigos.
La relación entre ambos no existía en ningún documento que Mara hubiera revisado. Llamó de nuevo a Priya.
—Quiero el historial completo de Cole: lesiones, medicación, suplementos declarados y resultados anteriores.
—Ya estoy en ello.
—Y averigua quién autorizó a Mercer a corregir la correspondencia sin segundo validador.
—El registro dice que hubo doble validación.
—Quiero saber quién fue el segundo usuario.
—De acuerdo.
Mara dudó antes de añadir la última instrucción.
—No comentes la diferencia de densidad fuera del equipo.
—¿Ni con Akara?
—Ni con él.
Priya guardó silencio.
—Eso te está costando.
—¿Qué cosa?
—No llamarlo ahora mismo.
Mara miró el teléfono. Podía imaginar a Darel despierto, revisando titulares o intentando entrenar en casa porque no sabía hacer otra cosa cuando estaba preocupado.
—No voy a darle una conclusión que todavía no tengo.
—No he dicho que debas hacerlo.
—Entonces sigue trabajando.
Priya rio en voz baja.
—Ya voy.
Mara colgó y abrió una hoja nueva para ordenar las hipótesis.
Escribió los hechos confirmados, las diferencias y las comprobaciones pendientes.
No añadió que quería que Darel fuera inocente.
Eso no pertenecía al informe ni podía formar parte de una decisión.
A las cuatro y veinte, recibió un correo del laboratorio confirmando que la auditoría tendría que realizarse en persona.
La documentación digital podía remitirse, pero las grabaciones internas y los registros del sistema estaban sujetos a restricciones.
Le ofrecían una visita en Sídney dos días después.
Mara aceptó. Después abrió la conversación con Darel.
No había ningún mensaje nuevo. El último era una fotografía del formulario de recogida que él le había enviado horas antes, seguida de una frase:
«Para que puedas comprobar una sexta vez que no he cambiado los números».
A las cinco menos cuarto, el oficial de control respondió por fin a la llamada.
Mara activó la grabación y le pidió que reconstruyera la medición de densidad.
El hombre recordaba a Darel porque tuvo que esperar más de una hora para producir una muestra válida y porque el capitán se disculpó varias veces por retrasarlo.
—¿Está seguro del 1,009? —preguntó Mara.
—Completamente. El refractómetro guarda la lectura y tomé una fotografía porque estaba cerca del límite.
—¿Conserva esa imagen?
—Debe de estar en el archivo de misión.
La encontró mientras hablaban. La fotografía mostraba el recipiente de recogida, la pantalla del refractómetro y parte del formulario. El número era claro. 1,009.
—¿Midió también la de Noah Cole?
—Sí. Fue 1,025.
—¿Pudo intercambiar los datos al escribirlos?
—No. Los formularios estaban separados, firmamos cada uno antes de continuar y las fotografías llevan la hora. Cole terminó casi cuarenta minutos antes.
Mara recibió las imágenes en el correo seguro y las comparó con los informes del laboratorio.
Ya no había una posibilidad razonable de que el cruce naciera de un error del oficial.
Las botellas se recogieron correctamente, se precintaron con sus números y salieron de Nueva Zelanda dentro de la misma remesa.
Algo ocurrió al llegar a Sídney. Antes de colgar, el oficial añadió:
—Akara fue especialmente cuidadoso. Comprobó tres veces los números antes de firmar. Cole, en cambio, solo me hizo una pregunta.
—¿Cuál?
—Si en el laboratorio sabían de quién era cada muestra. Le dije que no, que allí solo llega un número. Pareció quedarse tranquilo.
—¿Le extrañó?
—No mucho. Los jóvenes suelen preguntarlo. Les asusta que alguien vea su nombre al lado de un resultado.
Mara agradeció la información, anotó la pregunta de Cole en el margen y cerró la llamada.
Su padre también había sido cuidadoso con los controles.
Conocía los horarios, las exenciones y cada punto débil del reglamento porque necesitaba evitar que lo descubrieran.
Durante años, Mara había interpretado cualquier conocimiento detallado como una posible preparación para engañar.
Darel conocía el procedimiento porque llevaba media vida intentando no cometer un error.
La diferencia parecía obvia cuando se escribía de aquella manera.
No lo había sido al principio. Mara escribió una respuesta.
«Los he comprobado». La borró. Escribió otra.
«Necesito que estés disponible para viajar a Sídney».
También la borró. El viaje debía coordinarlo con Leo y no era necesario que Darel acudiera a una auditoría técnica.
Al final dejó el teléfono boca abajo. Tenía una anomalía, quizá dos muestras cruzadas y la primera posibilidad real de que Darel hubiera dicho la verdad desde el principio, pero no lo llamaría hasta convertir esa posibilidad en algo que nadie pudiera arrebatarle.