CAPÍTULO 7
LA CONFIRMACIÓN
El resultado de la muestra B llegó a las cuatro y treinta y seis de la tarde.
Darel estaba en casa con Leo cuando recibió la llamada.
Habían pasado las últimas dos horas revisando contratos de patrocinio, cláusulas de suspensión y una propuesta del organismo disciplinario que nadie quería llamar acuerdo todavía.
Si aceptaba que la sustancia había entrado en su cuerpo por negligencia y renunciaba a discutir determinados aspectos del procedimiento, podrían valorar una reducción de la sanción.
Leo insistía en que escuchar una oferta no significaba admitir nada. Darel había escuchado bastante.
—No voy a firmar que fui negligente —dijo por tercera vez.
Leo cerró la carpeta.
—No te estoy pidiendo que lo hagas hoy. Te estoy explicando todas las posibilidades.
—Solo hay una: demostrar que la muestra no es mía o que alguien la manipuló.
—También puede existir una contaminación que no hayas detectado.
—No existe.
—Darel, la seguridad con la que lo afirmas no sustituye a una prueba.
El teléfono vibró sobre la mesa. El nombre de Moana bastó para detener la discusión. Darel respondió sin apartar los ojos de Leo.
—¿Qué ha salido?
Moana guardó silencio un instante.
—La B confirma el resultado.
No sintió nada al principio. Ni rabia, ni miedo, ni siquiera sorpresa. Solo un vacío extraño, como si alguien hubiera apagado el sonido de la habitación y alejado las paredes.
—¿La misma sustancia?
—Sí. La concentración es compatible con la A.
—¿Compatible o idéntica?
—Muy próxima. Darel…
—Envíame el informe.
—Lo tendrás en unos minutos. Daniel y Aroha van hacia tu casa.
—No hace falta.
—Ya han salido.
Darel colgó. Leo no preguntó. Había comprendido la respuesta por su cara.
—Ahora el procedimiento cambia —dijo con cautela—. La infracción se considerará confirmada a efectos provisionales.
—No he cometido ninguna infracción.
—A efectos del expediente, Darel. No estoy diciendo que seas culpable.
—Todo el mundo dice lo mismo antes de hablarme como si lo fuera.
Se levantó y salió a la terraza. El viento llegaba desde el mar con fuerza, arrastrando humedad y el ruido de las olas.
Darel apoyó las manos en la barandilla. Había esperado que la segunda botella resolviera el problema.
Sabía que una B podía confirmar la A, que era lo habitual, pero una parte de él se había aferrado a la posibilidad de que apareciera limpia y todo terminara con una explicación incómoda sobre un error de laboratorio.
Ahora las dos botellas llevaban su código.
Las dos contenían ostarina. Dentro de unas horas, los medios publicarían que el positivo estaba confirmado.
Los patrocinadores que habían esperado se apartarían.
Fletcher tendría que nombrar otro capitán y el equipo prepararía el campeonato sin él.
Escuchó abrirse la puerta de la terraza.
—Leo me ha llamado.
Darel reconoció la voz antes de girarse. Mara se había quitado la chaqueta, llevaba el cabello suelto por primera vez desde que la investigación empezó y sostenía una carpeta azul contra el pecho.
—No eres Daniel, ni mi hermana.
—Vienen en camino.
—No te he pedido que vinieras.
—Tampoco te he pedido permiso.
Mara se acercó a la mesa exterior y dejó la carpeta.
—He recibido los datos preliminares. La B contiene la misma sustancia y una concentración muy similar.
—Moana ya me lo ha dicho.
—Quiero volver a revisar todo lo que consumiste durante los diez días anteriores al control.
Darel soltó una risa que no tenía nada de humor.
—Claro. Otra vez.
—También he solicitado los archivos brutos del laboratorio, no solo el informe final.
—¿Por qué?
—Porque es lo que corresponde.
—No. ¿Por qué si las dos muestras son positivas?
Mara se quedó frente a él. El viento le movió el cabello y tuvo que sujetarlo detrás de la oreja.
—Porque sigues diciendo que no tomaste nada.
—Eso lo dicen todos.
La frase salió con la misma frialdad que ella había utilizado durante la primera entrevista. Mara frunció el ceño.
—No he dicho que no te crea.
—Tampoco que sí.
—No puedo hacerlo todavía.
Darel se apartó de la barandilla.
—Entonces no sé para qué has venido.
—Para decirte que una confirmación no cierra la investigación.
—La Comisión ya habla de infracción confirmada.
—El resultado está confirmado. El origen no.
—A nadie le importará la diferencia.
—A mí sí.
Darel la miró. Mara no había elevado la voz. No parecía estar intentando tranquilizarlo ni ofrecerle una esperanza que no pudiera sostener. Había dicho aquellas tres palabras como una declaración de trabajo, aunque consiguieron atravesar la rabia con más facilidad que cualquier promesa.
—¿Qué has encontrado? —preguntó.
—Todavía nada concluyente.
—Siempre «todavía».
—Es mejor que mentirte.
Darel caminó hasta la mesa y abrió la carpeta. Había copias de los informes, tablas, notas y una lista de solicitudes pendientes.
—¿Qué son estos números?
—La densidad de la muestra, el pH, los tiempos de recepción y los valores registrados durante la recogida. Quiero comprobar que todo coincide desde el momento en que orinaste en el recipiente hasta que el laboratorio validó el resultado.
—Qué romántico.
—No intentes provocarme ahora.
—No lo intento.
Mara lo observó con atención.
—¿Has comido?
Darel cerró la carpeta.
—No eres mi médica.
—Eso es un no.
—No tengo hambre.
—Tampoco tendrás la energía suficiente para pensar con claridad si llevas todo el día bebiendo café.
—¿Cómo sabes lo que he bebido?
—Hay cuatro tazas en la cocina y ninguna parece de Leo.
A pesar de todo, Darel sonrió.
—Te fijas en demasiadas cosas.
—Alguien tiene que hacerlo.
Mara entró en la casa. Darel la siguió y la encontró abriendo el frigorífico.
—¿Qué haces?
—Buscar algo que no requiera cocinar. No pienso confiar en tu capacidad para usar fuego ahora mismo.
—Sé cocinar.
—Seguro que también sabes colocarte la banda del hombro.
Sacó un recipiente con pasta, comprobó la fecha y lo dejó sobre la encimera.
—Eso lo hizo mi madre.
—Perfecto. Entonces sobreviviremos.
—¿Vas a comer conmigo?
Mara se detuvo.
—No.
—Has dicho «sobreviviremos».
—Una forma de hablar.
—Claro.
Ella introdujo el recipiente en el microondas y cruzó los brazos mientras esperaba.
La escena era tan normal que resultaba absurda.
Una investigadora de integridad deportiva calentaba la comida que su madre había preparado mientras él acababa de recibir la confirmación de un positivo capaz de terminar con su carrera. Darel se apoyó en la encimera.
—¿Por qué viniste de verdad?
—Ya te lo he dicho.
—Podías haberme llamado.
—No quería que recibieras el resultado solo.
—Leo estaba aquí.
—Leo es tu abogado.
—Y tú eres la mujer encargada de decidir si miento.
Mara apartó la vista hacia el microondas.
—Precisamente.
El aparato emitió un pitido. Ella sacó el recipiente, puso una parte en un plato y se lo entregó.
—Come.
—Eres muy mandona.
—Y tú estás agotando mi paciencia.
Darel tomó el tenedor. No tenía hambre, aunque probó un bocado para conseguir que dejara de observarlo como si fuera otra tarea pendiente.
—¿Mejor?
—Cuando termines.
—Podrías sentarte.
—No voy a quedarme.
—Ya estás aquí.
Mara miró hacia la puerta. Darel vio el momento exacto en que estuvo a punto de marcharse y decidió no hacerlo. Ocupó uno de los taburetes frente a la isla de la cocina.
—Solo hasta que lleguen Daniel y tu hermana.
—Por supuesto.
Darel comió en silencio durante varios minutos.
La presencia de Mara no eliminaba la presión, pero impedía que la cabeza se llenara únicamente de titulares y sanciones.
Ella revisó correos en el teléfono, respondió dos mensajes y tomó notas en la carpeta.
No intentó hablar de sentimientos ni asegurarle que todo saldría bien.
—¿Qué pasa si no encuentras nada? —preguntó él.
Mara dejó el bolígrafo.
—No lo sé.
—Sí lo sabes.
—Habrá una audiencia. Tu abogado presentará las pruebas, podréis discutir el origen y la ausencia de intención, y se decidirá una sanción.
—¿Cuánto?
—Depende de lo que pueda demostrarse.
—Cuatro años.
—Es una posibilidad.
Darel dejó de comer. Cuatro años no eran una pausa.
A los treinta y tres, cuatro años podían ser el final.
Podía mantener el cuerpo preparado, entrenar y regresar, pero nadie devolvía el tiempo perdido ni garantizaba que un equipo quisiera entregar de nuevo la capitanía a un hombre marcado por el dopaje.
—No voy a aceptar eso.
—Entonces ayúdame a encontrar lo que falta.
—Te he contado todo.
—Necesito que sigas haciéndolo aunque te parezca irrelevante, aunque perjudique a alguien y aunque tengas miedo de lo que pueda parecer.
Darel recordó a Noah en el campo, la lesión, la recuperación rápida y la conversación sobre la capitanía.
—Mañana te enviaré las fechas de las sesiones que Noah se perdió y los informes a los que pueda acceder legalmente.
Mara no mostró triunfo.
—Gracias.
—No significa que crea que hizo algo.
—Entendido.
—Y no quiero que lo trates como culpable.
—No lo haré.
—¿Me lo prometes?
—Te prometo que seguiré las pruebas.
No era la respuesta que quería. Era la única que Mara podía darle. Se oyó un coche en la entrada. Daniel y Aroha acababan de llegar. Mara recogió la carpeta y se levantó.
—Termina de comer.
—¿Vas a irte ahora?
—Ya no estás solo.
Darel quiso decirle que no era por eso por lo que prefería que se quedara. Se contuvo. Había reconocido suficiente durante el entrenamiento.
—Quinn.
Ella se detuvo junto a la puerta.
—Gracias por venir.
Mara asintió.
—Mañana a primera hora tendremos los registros completos.
—¿Y si no hay nada?
—Buscaremos en otra parte.
La vio salir. En la entrada se cruzó con Aroha, que se apartó para dejarla pasar y la siguió con la mirada hasta el coche. Cuando Daniel y su hermana entraron en la cocina, Darel seguía con el tenedor en la mano y la mitad de la comida en el plato. Aroha miró hacia el pasillo.
—¿Era Quinn?
—Sí.
—¿Ha venido a interrogarte o a alimentarte?
Darel volvió a comer.
—Las dos cosas.
Daniel ocupó el taburete que Mara había dejado libre.
—La muestra B no cambia lo que sabemos de ti.
—Lo cambia para todos los demás.
—Entonces habrá que demostrarles que se equivocan.
Darel miró la carpeta azul que Mara había olvidado sobre la encimera. Estaba llena de números, solicitudes y preguntas. También era la primera señal real de que alguien buscaba una respuesta distinta a la que ya aparecía en los titulares.
—Eso está haciendo —dijo.
Aroha alzó una ceja.
—¿Quinn?
Darel no respondió. No quería concederle a Mara una confianza que ella todavía no estaba dispuesta a devolverle.
Sin embargo, cuando pensó en las palabras con las que se había despedido, sintió por primera vez desde la llamada de Moana que quizá la confirmación de la muestra B no fuera el final. Buscarían en otra parte.