Juego limpio (Tercer Tiempo 3) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

LA CAMISETA

Mara había visto entrenar a cientos de deportistas.

Había observado velocistas llevar el cuerpo hasta el límite, nadadores salir de una piscina sin fuerza para sostenerse y jugadores de rugby repetir una misma acción hasta que las piernas dejaban de responder.

Sabía distinguir el esfuerzo real del espectáculo preparado para una cámara y conocía las señales de un atleta que ocultaba dolor.

Nada de eso explicaba por qué, después de veinte minutos, seguía teniendo dificultades para formular una pregunta sencilla cada vez que Darel Akara se movía delante de ella. Se concentró en la tableta.

El entrenamiento era exigente, aunque estaba adaptado al hombro izquierdo.

Darel completó varios ejercicios de fuerza, carreras cortas y desplazamientos laterales.

No pidió descansos, no intentó impresionar al preparador y tampoco se quejó cuando este redujo el peso de una barra.

Su disciplina coincidía con los informes médicos y con todo lo que Mara había revisado la noche anterior.

También sudaba de una manera que la camiseta gris había dejado de disimular.

La tela se pegaba a su espalda, marcaba los músculos de los hombros y oscurecía alrededor del pecho.

El cabello, todavía sujeto en una coleta, se había humedecido en la nuca.

Cada vez que levantaba los brazos, el borde de la camiseta subía lo suficiente para mostrar una franja de piel y parte del tatuaje que se extendía por su costado.

Mara tomó una nota que no necesitaba. «Rutina supervisada. Sin productos externos».

—Llevas tres minutos escribiendo lo mismo.

Alzó la vista. Darel sostenía una cuerda con ambas manos y la observaba desde el centro del gimnasio.

—No sabes qué estoy escribiendo.

—Has mirado dos veces el mismo bote y no has hecho ninguna pregunta.

—Estoy revisando mis notas.

—Claro.

El preparador, que había aprendido a desaparecer cada vez que empezaban a discutir, se dirigió al almacén con la excusa de buscar otra banda. Mara cerró la funda de la tableta.

—¿Tienes algún problema?

—Ninguno.

Darel dejó la cuerda y tomó la botella de agua.

—Pareces distraída.

—Estoy trabajando.

—Eso dijiste ayer mientras mirabas mi cocina.

—Ayer revisaba productos.

—¿Y hoy qué revisas?

Mara se levantó del banco.

—Tu rutina, el hombro y cualquier indicio de que estés utilizando algo que no hayas declarado.

—¿Has encontrado alguno?

—No.

—Entonces puedes relajarte.

—Estoy perfectamente relajada.

Darel bebió sin dejar de mirarla. Una gota de agua le recorrió la barbilla y desapareció bajo el cuello de la camiseta. Mara apartó la atención hacia la mesa con los suplementos.

—¿Siempre entrenas con este preparado?

—Desde hace dos años.

—¿Quién lo mezcla?

—Normalmente yo. Cuando estoy con el equipo, el personal de nutrición.

—¿El martes?

—Lo preparó Liam.

—¿Viste cómo lo hacía?

—No.

Mara tomó el envase y revisó de nuevo la etiqueta. Ya habían enviado una muestra para analizar. El lote estaba registrado y otros jugadores lo utilizaban sin haber dado positivo.

—Quítate la camiseta —dijo.

El silencio que siguió consiguió que se diera cuenta de cómo había sonado la orden. Darel apoyó la botella sobre el suelo.

—¿Perdona?

—Necesito ver el vendaje del hombro. En el informe médico aparece una banda de soporte y ahora no la llevas.

—Podrías haber empezado por ahí.

—Acabo de hacerlo.

—No exactamente.

Mara cruzó los brazos.

—Akara.

Él sonrió, tomó el borde de la camiseta y se la quitó de un solo movimiento.

Mara había esperado piel, músculos y tatuajes.

No había esperado que la reacción de su cuerpo fuera tan inmediata.

El diseño maorí recorría el hombro derecho, descendía por el brazo y se extendía hacia el pecho y la espalda.

No parecía un adorno colocado sobre él, sino parte de una historia que Mara no conocía.

El hombro izquierdo mostraba una zona enrojecida junto a la articulación y una cicatriz antigua cerca de la clavícula. Darel dejó la camiseta sobre el banco.

—¿Ves algo sospechoso?

Mara se acercó. No tenía sentido observarlo desde lejos si había pedido revisar la lesión. Aun así, cuando quedó a su lado y notó el calor que desprendía su cuerpo, se arrepintió de no haber esperado a que regresara el preparador.

—Levanta el brazo.

Darel obedeció. Mara comprobó el rango de movimiento sin tocarlo al principio.

—¿Duele?

—Un poco al final.

—En el informe dijiste que no tenías dolor.

—Dije que no tenía una lesión que me impidiera entrenar.

—No es lo mismo.

—Por eso lo he dicho así.

Mara colocó dos dedos cerca de la articulación. La piel estaba húmeda y caliente. Darel tensó el abdomen, aunque no se apartó.

—¿Aquí?

—No.

Desplazó la mano hacia la parte posterior del hombro.

—¿Y aquí?

—Tampoco.

—Estás contrayendo el músculo.

—Tú me estás tocando.

Mara retiró la mano.

—Es una exploración.

—Mi cuerpo no parece comprender la diferencia.

La franqueza consiguió que un calor intenso le subiera por el cuello.

Darel no sonreía. La miraba desde arriba con los labios entreabiertos y una respiración que ya no podía atribuirse solo al entrenamiento.

Mara bajó la vista sin querer y descubrió que el pantalón de entrenamiento tampoco disimulaba que su cuerpo, en efecto, no comprendía la diferencia.

Levantó los ojos de inmediato. Demasiado tarde.

—Pues explícasela —contestó ella.

—Estoy intentándolo.

El preparador seguía sin regresar. Mara dio un paso atrás y señaló el banco.

—¿Dónde está la banda?

Darel tomó una cinta de soporte negra de su bolsa.

—Me la quité porque estaba molestándome.

—¿Quién te indicó que lo hicieras?

—Nadie.

—Entonces vuelve a colocarla.

—Sí, investigadora.

El tono consiguió devolverle parte de su enfado.

—No soy la responsable de tu entrenamiento.

—Llevas toda la mañana dando órdenes.

—Porque cada vez que pregunto algo descubro que has decidido cambiar una indicación médica.

Darel pasó la banda alrededor del brazo, aunque no podía ajustarla bien con una sola mano. Lo intentó dos veces. Mara observó la torpeza durante unos segundos antes de perder la paciencia.

—Dámela.

—Puedo hacerlo.

—Ya lo veo.

Se colocó detrás de él, pasó la cinta por encima del hombro y la ajustó siguiendo la fotografía del informe.

La cercanía era todavía peor desde allí.

Tenía la espalda de Darel a pocos centímetros, el tatuaje extendiéndose bajo sus dedos y el olor a sudor limpio mezclado con el de la madera del gimnasio.

Cuando llevó la cinta hacia el pecho, tuvo que rodearlo parcialmente con los brazos.

Darel dejó de moverse. Mara intentó fijar el velcro sin rozarlo más de lo necesario.

No lo consiguió. El dorso de su mano tocó el pecho, él tomó aire y el movimiento hizo que sus cuerpos quedaran unidos durante un segundo.

Fue suficiente. Mara notó la dureza del músculo contra los nudillos y el latido que se aceleraba bajo la piel, y sintió los pezones tensarse contra la camisa con una rapidez que la humilló.

Había visto aquel cuerpo en cien fotografías, en anuncios y en vídeos de partidos, pero ninguna fotografía respiraba contra su mano ni se quedaba inmóvil para no asustarla.

Pensó, con una claridad que la avergonzó, en lo fácil que sería bajar los dedos por el borde de las costillas y comprobar si el resto de él reaccionaba con la misma rapidez que su respiración.

—Quinn.

—No te muevas.

—Esa no es la mejor instrucción ahora mismo.

Mara cerró el velcro y se apartó de inmediato.

—Listo.

Darel se giró. La banda estaba colocada y la expresión de él distaba mucho de ser inocente.

—Muy profesional.

—Lo era hasta que has empezado a hablar.

—No he hecho nada.

—Ese es el problema. Consigues ser insoportable sin esfuerzo.

Darel tomó la camiseta, aunque no se la puso. La utilizó para secarse el rostro.

—¿Quieres que vuelva a vestirme?

—Sí.

—Pareces poco convencida.

—Vístete antes de que utilice una pesa para explicártelo.

—¿Es una amenaza oficial?

—Una promesa personal.

La puerta del gimnasio se abrió y el preparador regresó con una banda idéntica a la que Darel ya llevaba. Miró a uno, después al otro y decidió no preguntar.

—Podemos seguir —dijo.

Darel se colocó una camiseta negra limpia.

Mara agradeció la tela hasta que descubrió que se ajustaba todavía más que la anterior.

Durante el resto de la sesión se obligó a prestar atención al trabajo.

Registró los pesos, los ejercicios y la molestia del hombro.

Darel dejó de provocarla, aunque cada vez que Mara alzaba la vista lo encontraba observándola.

No era una mirada descarada. Era algo más lento, más atento, como si estuviera intentando comprender qué parte de ella había reaccionado cuando lo tocó.

Al terminar, el preparador se marchó para preparar la sesión del equipo.

Darel guardó el material y Mara revisó el lote del producto de recuperación.

—No hay ninguna razón para pensar que la ostarina está aquí —dijo—. Otros siete jugadores han consumido el mismo lote.

—Entonces descártalo.

—Cuando llegue el análisis.

—Todo necesita un análisis contigo.

—Esa es la idea.

Darel cerró la bolsa.

—¿Nunca decides nada por instinto?

—Sí. Decidí estudiar Derecho y confiar en mi padre. Las dos cosas salieron de manera distinta.

Él la miró con atención, aunque no preguntó. Mara lamentó haber mencionado a su padre. No solía hacerlo, mucho menos como respuesta a una conversación que no tenía nada de personal.

—A las diez entrevisto a Noah —añadió—. Necesito que no hables con él antes.

—Ya te he dicho que no lo haré.

—También dijiste que no tenías conflictos y esta mañana discutíais por la capitanía.

—No discutíamos. Él hablaba y yo intentaba explicarle algo.

—Eso es exactamente lo que haces conmigo cuando discutimos.

Darel se echó la bolsa al hombro derecho.

—Con Noah no tengo ganas de besarlo para que se calle.