CAPÍTULO 5
LA SOMbrA DEL CAPITÁN
Darel llegó al campo a las cinco y cuarenta y cinco de la mañana.
No esperaba encontrar a nadie. El equipo no entrenaría hasta las ocho y, desde la suspensión, él no podía compartir instalaciones con los demás durante las sesiones oficiales.
Fletcher le había autorizado a utilizar el gimnasio y uno de los campos secundarios antes de que llegaran los jugadores.
También había designado a un preparador para supervisar el trabajo, aunque Darel le pidió que apareciera media hora más tarde. Necesitaba empezar solo.
La lluvia de la noche había dejado el césped húmedo.
Darel corrió varias vueltas, realizó ejercicios de movilidad y empezó una serie de carreras cortas sin prestar atención al frío.
Su cuerpo sabía qué hacer incluso cuando la cabeza no conseguía acompañarlo.
Aceleraba, frenaba, cambiaba de dirección y volvía al punto de partida.
Durante unos segundos solo existían la respiración, el golpe de las botas y la tensión de los músculos.
Después regresaban los titulares. «El capitán tramposo».
«La caída de una leyenda». «¿Cuántas victorias consiguió limpio Darel Akara? ».
Había dejado de leer a medianoche, pero no podía borrar las frases que ya había visto.
Tampoco las fotografías de camisetas con su nombre tiradas en el suelo, ni el vídeo de un hombre arrancando su imagen de la pared de un bar.
Sabía que las redes no representaban a todo el país.
Aun así, cada comentario encontraba un lugar donde quedarse.
Terminó otra carrera y se inclinó con las manos sobre las rodillas.
—No deberías forzar tanto el hombro.
Darel se incorporó. Noah Cole estaba junto a la entrada del campo con una mochila colgada de un hombro. Llevaba ropa de entrenamiento y una gorra oscura.
—¿Qué haces aquí?
—Moana ha adelantado mi sesión con el fisio.
—Es demasiado pronto.
—No para todos.
Darel tomó la botella de agua y bebió. Noah no se marchó. Permaneció cerca de la línea, observándolo con una mezcla de curiosidad y cautela.
—Lo siento —se disculpó al final.
Darel bajó la botella.
—¿Por qué?
—Por el positivo.
—No tienes que sentirlo tú.
—Ya lo sé. Solo quería decir que no creo que te hayas dopado.
Debería haberle agradecido la frase. En cambio, algo en el modo de pronunciarla le resultó extraño, quizá porque Noah evitó mirarlo durante la última palabra.
—Gracias.
—El equipo está preocupado.
—Fletcher se encargará.
—Algunos creen que debería nombrar un capitán provisional antes del partido.
Darel entendió por qué Noah había aparecido tan temprano.
—Lo hará cuando lo considere necesario.
—No puedes dirigir desde fuera.
—Eso ya lo sé.
Noah ajustó la correa de la mochila.
—Solo digo que alguien tendrá que asumirlo.
—Y ese alguien quieres ser tú.
—No he dicho eso.
—No hacía falta.
La expresión del joven se endureció. Darel había visto esa reacción demasiadas veces: Noah podía aceptar una entrada violenta sin quejarse, pero no soportaba que alguien señalara una ambición que él consideraba un derecho.
—Tengo capacidad para hacerlo.
—Tienes capacidad para jugar.
—No es lo mismo.
—Exacto.
Noah soltó una risa breve.
—Aunque no estés en el equipo, sigues intentando decidirlo todo.
—No decido quién será capitán.
—Le dijiste a Fletcher que no me metiera en el grupo de liderazgo.
Darel dejó la botella en el suelo.
—Me pidió una opinión y se la di.
—Porque sabes que estoy preparado.
—Porque no lo estás.
Noah avanzó un paso. Era más bajo que Darel, aunque la rapidez y la agilidad lo convertían en uno de los jugadores más peligrosos de la selección. También llevaba semanas recuperándose de una lesión que parecía haber desaparecido de un día para otro.
—¿Qué me falta? —preguntó—. ¿Años? ¿Tatuajes? ¿Que todo el mundo me mire como si hubiera nacido para llevar esa camiseta?
—Te falta comprender que un capitán no juega para que lo miren.
—Eso es fácil de decir cuando todos te miran.
Darel respiró despacio. No quería discutir. Mucho menos antes de que el sol saliera y con Mara a punto de aparecer para observarlo como si cada gesto pudiera convertirse en una pista.
—Noah, eres uno de los mejores jugadores que he visto a tu edad. También rompes una jugada preparada si crees que puedes marcar tú, llegas tarde a reuniones y has discutido con tres entrenadores en dos meses. El liderazgo no es un premio al talento.
—Tú también eras difícil.
—Sí.
—Daniel te dio una oportunidad.
—Me dio muchas. Y me dejó fuera cuando no estaba preparado.
Noah apartó la vista hacia el campo.
—Quizá no quería que fueras mejor que él.
Darel no pudo evitar reírse.
—Daniel pasó años intentando que lo fuera.
—Eso dices ahora.
—Lo digo porque estaba allí.
La puerta del campo se abrió. Mara entró con una chaqueta impermeable y una carpeta protegida dentro de una bolsa. Se detuvo al verlos juntos. Noah se apartó de inmediato.
—Buenos días —saludó ella.
—Quinn —contestó Darel.
—Cole.
Noah inclinó la cabeza.
—Tengo sesión con el fisio.
—Tu entrevista es a las diez —le recordó Mara.
—Estaré allí.
Se marchó sin despedirse de Darel. Mara esperó hasta que la puerta se cerró.
—Parece que he interrumpido algo.
—Una conversación.
—Bastante amistosa.
Darel recogió la botella.
—Noah quiere ser capitán provisional.
—¿Y tú no quieres que lo sea?
—No me corresponde decidirlo.
—No has respondido.
—No, no creo que esté preparado.
Mara sacó una tableta de la bolsa.
—¿Por qué?
Darel la miró con cansancio.
—Acabas de llegar y ya estás interrogándome.
—Tú acabas de hablar con un posible implicado en tu investigación antes de que yo lo entreviste.
—No es un implicado.
—Es el único otro deportista cuya muestra viajó con la tuya, tiene un conflicto contigo y pudo ver tu código.
—Y también es miembro de mi equipo.
—Eso no lo excluye de ninguna de las otras cosas.
El preparador apareció al fondo del pasillo y saludó con la mano. Darel le indicó que esperara.
—No le he hablado del caso.
—¿De qué habéis hablado?
—De la capitanía.
Mara levantó las cejas.
—¿Ha venido a pedirte el puesto mientras estás suspendido?
—No de forma directa.
—Qué delicado.
—Noah cree que lo he apartado porque me amenaza.
—¿Lo hace?
—Como jugador, sí. Es rápido, tiene visión y no teme arriesgar. Como capitán, no.
—¿Porque quiere destacar?
—Porque no entiende que a veces la mejor jugada es la que permite que otro marque.
Mara escribió algo.
—No incluyas eso como prueba de que puede cambiar una muestra.
—No lo haré.
—Ni digas que insinué que era culpable.
—Tampoco.
—Entonces deja de tomar notas.
—Eso sí que no.
Darel pasó junto a ella camino del gimnasio. Mara lo siguió.
—¿Le has preguntado por la lesión?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque no era el momento.
—Ayer dijiste que había vuelto antes de lo esperado.
—Y tú vas a preguntárselo a las diez.
—No puedes seguir protegiéndolo.
Darel se detuvo en mitad del pasillo.
—No lo protejo. No voy a convertir un enfrentamiento profesional en una acusación porque todo el mundo haya decidido que alguien tiene que querer destruirme.
—No necesito que lo acuses. Necesito que no suavices lo ocurrido.
—No he suavizado nada.
Mara se acercó lo suficiente para bajar la voz.
—Hace un mes te dijo que estabas frenándolo. Hoy aparece antes del amanecer para hablar de quién ocupará tu puesto. Eso importa.
—Importa para saber que es ambicioso, no que ha manipulado un laboratorio.
—Todavía no sabemos dónde se produjo la manipulación.
—Ni siquiera sabemos si hubo una.
La frase quedó entre ambos. Darel la había pronunciado sin pensar y el efecto fue inmediato. Mara dejó de discutir.
—¿Crees que tomaste algo sin saberlo? —preguntó.
—No.
—Entonces alguien contaminó un producto, manipuló una muestra o el laboratorio se equivocó.
—Sí.
—Eso es una manipulación o un fallo.
—Ya. Lo sé.
—No lo parece.
Darel se pasó una mano por la nuca. Estaba cansado de escuchar su propia certeza convertida en una hipótesis. Cansado de que cada persona le preguntara si podía haber tomado algo sin saberlo, como si no conociera su cuerpo, sus rutinas y las normas que había seguido durante toda la carrera.
—Sé que no consumí ostarina —dijo—. Lo que no sé es cómo voy a demostrarlo cuando dos botellas con mi código dicen lo contrario.
Mara cerró la tableta.
—Todavía solo tenemos el resultado de la A.
—La B llegará hoy.
—Sí.
—Y si también es positiva, ¿qué?
Mara tardó un momento en responder.
—Entonces revisaré por qué.
—No te he preguntado por el procedimiento.
—¿Qué quieres que te diga?
—Que crees que existe un porqué.
La expresión de Mara cambió. No fue compasión, algo que Darel habría rechazado, sino una duda sincera.
—Creo que merece ser investigado —contestó.
—Eso no es lo mismo.
—Es lo máximo que puedo darte ahora.
Darel asintió y continuó hasta el gimnasio.
La respuesta no era suficiente, aunque había sido honesta.
Con Mara, la honestidad parecía llegar siempre envuelta en algo que dolía.
El preparador le entregó una banda elástica y revisó el plan de trabajo.
Mara se colocó cerca de la pared, abrió la tableta y empezó a observar.
Darel intentó ignorarla durante los primeros ejercicios.
Lo consiguió hasta que levantó los brazos y descubrió que ella seguía el trabajo de su hombro, la espalda y el movimiento de cada músculo.
—¿Vas a anotar también cuántas veces respiro? —preguntó.
—Solo si haces algo extraño.
—Podría contener el aire para darte trabajo.
—Podrías desmayarte y ahorrarme preguntas.
El preparador soltó una carcajada. Darel sonrió y continuó.
Mara no dejó de mirarlo. Cuando terminó la sesión, Darel se dirigió al vestuario para dejar la bolsa.
No esperaba encontrar a Tane Raukawa frente a su taquilla, doblando una camiseta con una lentitud poco habitual en él.
Tane llevaba ocho años en la selección y era uno de los pocos hombres que podía decirle a Darel que estaba comportándose como un idiota sin comprobar antes si saldría vivo de la conversación.
—Fletcher va a nombrarme capitán provisional —dijo.
Darel dejó la bolsa en el banco.
—Bien.
—No pareces sorprendido.
—Eres la opción lógica.
—Noah no piensa lo mismo.
—Noah piensa que cualquier decisión en la que no aparezca primero es personal.
Tane cerró la taquilla.
—Algunos chicos están preocupados por lo que significa apoyarte en público.
Darel se quedó quieto.
—¿Quiénes?
—No importa. Tienen patrocinadores, familias y representantes diciéndoles que no se acerquen demasiado hasta que salga la B.
La noticia dolió, aunque no podía reprocharla. Llevaba años repitiendo que el equipo estaba por encima de cualquier jugador. No podía exigir que todos arriesgaran su nombre para proteger el suyo.
—Diles que no necesito declaraciones —contestó—. Que entrenen y se preparen.
—También hay otros que quieren plantarse delante de las cámaras y decir que es imposible.
—Impídelo.
Tane sonrió.
—Sigues dando órdenes.
—Tú sigues obedeciéndolas.
—Por ahora.
Darel abrió la taquilla. La camiseta de capitán colgaba en el interior, limpia después del último partido. La tocó con los dedos, pero no la sacó.
—Cuida de ellos —dijo.
—Lo haré hasta que vuelvas.
—Y si no vuelvo…
Tane cerró la puerta de la taquilla con la mano.
—No termines esa frase. Quinn lleva una mañana mirándote como si quisiera desmontar el edificio ladrillo a ladrillo. Algo encontrará.
Darel miró hacia el pasillo por el que Mara había desaparecido.
—No sé si eso pretende tranquilizarme.
—A mí me daría miedo.
—A mí también.
Por primera vez desde que comenzó aquella pesadilla, alguien lo observaba sin buscar en su rostro una confesión.
Analizaba el movimiento, la fuerza, la rutina y las molestias que él intentaba ocultar.
Seguía siendo una investigación, pero aquella meticulosidad conseguía tranquilizarlo.
Darel no quería admitirlo, ni siquiera ante sí mismo.
Mara Quinn podía ser la persona más agotadora que había conocido.
También era la única que parecía dispuesta a mirar cada parte de su vida hasta encontrar la que no encajaba.