CAPÍTULO 4
EL CONTROL
La casa de Darel Akara estaba demasiado ordenada para un hombre al que acababan de comunicar que su carrera podía derrumbarse.
Mara llegó a las cuatro en punto acompañada por Priya Shah, una investigadora técnica que se encargaría de fotografiar productos, registrar lotes y enviar cualquier muestra dudosa al laboratorio.
Darel las esperaba en la entrada con la puerta abierta.
Se había cambiado la camisa por una camiseta gris y llevaba el cabello recogido en la nuca.
No parecía más descansado que por la mañana, aunque la expresión era menos agresiva.
—Habéis tardado —dijo.
Mara consultó el reloj.
—Son las cuatro.
—Lleváis veinte segundos de retraso.
Priya miró a Mara.
—¿Siempre es así?
—Solo cuando respira.
Darel cerró la puerta detrás de ellas.
—Me alegra saber que has hablado bien de mí al equipo.
—No ha sido necesario. Tu expediente incluye material suficiente.
La casa tenía grandes ventanales orientados hacia el mar, madera clara y pocos objetos que no cumplieran una función.
En una pared había varias fotografías familiares; en otra, una camiseta enmarcada con la fecha de su primer partido internacional.
Mara se detuvo un instante frente a una imagen en la que Darel aparecía mucho más joven, abrazado a una mujer de cabello oscuro y a dos niños que debían de ser sus sobrinos.
—Mi hermana —explicó él—. Aroha. Los pequeños son Manu y Kiri.
—No te lo había preguntado.
—Llevas medio minuto mirando.
Priya abrió la bolsa con el material de registro para ocultar una sonrisa.
Empezaron por la cocina. Darel había reunido sobre la encimera todos los suplementos y medicamentos que utilizaba: proteína, electrolitos, vitaminas, analgésicos autorizados, un antihistamínico y el jarabe para la garganta que ya había declarado.
Cada producto estaba etiquetado por el equipo médico.
Los lotes coincidían con los registros preliminares y ninguno incluía ostarina entre los componentes.
—¿Esto es todo? —preguntó Mara.
—Sí.
—¿No guardas nada en el coche, la bolsa de entrenamiento o el dormitorio?
—La bolsa está en el lavadero. El coche, en el garaje. Puedes revisar ambos.
—Lo haré.
Darel apoyó una cadera en la encimera.
—No pareces decepcionada.
—¿Por no encontrar una caja con la palabra dopaje escrita en rojo?
—Por no encontrar nada.
—Acabamos de empezar.
Mara revisó los armarios, el frigorífico y hasta una pequeña cesta de infusiones que había preparado la madre de Darel. Priya tomó fotografías y separó dos productos para analizar: un polvo de recuperación y unas cápsulas de cúrcuma que no procedían del equipo, aunque estaban declaradas.
—Mi madre va a sentirse insultada si descubres que su remedio para las articulaciones está contaminado —comentó Darel.
—Tu madre debería saber que «natural» no significa seguro.
—Intenta decírselo tú.
—Lo haré si es necesario.
—Eso sí me gustaría verlo.
Mara cerró el armario. Darel se encontraba detrás de ella, a una distancia que no justificaba el tamaño de la cocina. Podía haberse apartado. En lugar de hacerlo, permaneció quieta hasta que él extendió el brazo por encima de su hombro y tomó una taza del estante superior.
—¿Quieres café? —preguntó.
—Estoy trabajando.
—No sabía que fueran incompatibles.
Priya levantó la mano sin dejar de revisar etiquetas.
—Yo sí quiero.
Darel preparó tres cafés mientras ellas continuaban. Sabía cómo funcionaba la máquina sin mirar, llenó la taza de Priya con leche cuando ella se lo pidió y dejó la de Mara sobre la encimera, negra y sin azúcar. Mara la observó.
—No te he dicho cómo lo tomo.
—Lo recordaba.
—¿De cuándo?
—De hace un año.
—Eso es inquietante.
—Tú recuerdas la hora a la que Tama salió del hotel. Cada uno guarda lo que considera importante.
Priya se llevó la taza y se trasladó al lavadero con una prudencia que Mara habría agradecido más si no fuera tan evidente.
—No coquetees conmigo durante una inspección —dijo en voz baja.
Darel apoyó las manos en la encimera.
—No estaba coqueteando.
—Entonces es todavía más inquietante.
—Solo he preparado café.
—Y has aprovechado para decirme que recuerdas cómo lo tomo después de un año.
—Lo recuerdo. ¿Preferías que mintiera?
Mara tomó la taza. Estaba hecho exactamente como le gustaba.
—Preferiría que no utilizaras cada respuesta para molestarme.
—No utilizo todas. Algunas las reservo para cuando vuelves a mirarme como si tuvieras una pregunta que no quieres formular.
Mara bebió un sorbo para no contestar. El café estaba fuerte y bien hecho, lo que empeoró su humor.
Después revisaron el coche y la bolsa de entrenamiento.
No encontraron nada fuera de lo habitual.
Darel colaboró, abrió compartimentos, entregó recibos y permitió que Priya fotografiara incluso los productos de aseo.
No protestó cuando Mara pidió revisar el botiquín del baño.
Su comportamiento no demostraba inocencia, pero tampoco encajaba con un hombre que intentaba ganar tiempo para esconder algo.
Cuando terminaron, Priya se marchó con las muestras y Mara se quedó para completar la declaración sobre el control.
Se sentaron en la terraza cubierta. El mar se extendía frente a ellos, oscuro bajo las nubes. Darel dejó otro café sobre la mesa y ocupó la silla opuesta.
—El martes terminasteis el entrenamiento a las once y cuarto —comenzó Mara—. ¿Quién te informó de que habías sido seleccionado?
—El oficial de control. Me esperó junto a la salida del campo.
—¿Te acompañó desde ese momento?
—Sí. Estuvo conmigo hasta que firmé la documentación.
—¿No te dejó solo?
—No.
—¿Y Noah?
—Tenía otro acompañante.
Mara revisó sus notas.
—¿Fuisteis los únicos controlados?
—Que yo viera, sí.
—Eso facilita que cualquiera que conociera el código de Noah pudiera deducir el tuyo si sabía que la remesa contenía solo dos muestras.
Darel dejó la taza.
—¿Crees que alguien cambió los códigos?
—No creo nada todavía. Estoy identificando posibilidades.
—La recogida fue normal.
—¿Comprobaste los números de las botellas?
—Sí.
—¿Coincidían con el formulario?
—Sí.
—¿Y conservas tu copia?
Darel se levantó y entró en la casa. Regresó con una carpeta transparente. Mara encontró el formulario doblado, el código y la firma del oficial.
—¿Dónde estaba esto después del control?
—En mi bolsa.
—¿Cerrada?
—No.
—Noah pudo verlo.
—También pudo ver qué calcetines llevaba. No convierte los calcetines en una prueba.
Mara ignoró el comentario.
—Cuéntame qué ocurrió mientras esperabais.
—Noah estaba molesto. Tenía una cita con el fisioterapeuta fuera de las instalaciones y el control lo retrasaba. Habló por teléfono, caminó por la sala y se quejó de que siempre seleccionaban a los mismos.
—¿A quién llamó?
—No lo sé.
—¿Mencionó la lesión?
Darel se quedó inmóvil.
—¿Qué lesión?
—Le pregunté si había tenido algún problema físico reciente. Dijo que no.
—Entonces no.
Mara reconoció la pausa.
—Acabas de decidir otra vez qué información importa.
—Lo vi con hielo en el muslo varias veces. Eso no significa que esté lesionado.
—¿Entrenaba con normalidad?
—Sí.
—¿Se recuperó más rápido de lo esperable de algún golpe?
—No soy su médico.
—Eres su capitán.
Darel desvió la atención hacia el mar.
—Se perdió dos sesiones hace unas semanas por una sobrecarga. Volvió antes de lo que Moana esperaba.
—¿Cuánto antes?
—No lo sé. Unos días.
Mara lo anotó.
—¿Y no te pareció extraño?
—Los jugadores se recuperan a ritmos distintos.
—También utilizan sustancias para acelerar esos ritmos.
Darel la miró de inmediato.
—No acuses a Noah sin pruebas.
—No lo he acusado.
—Ya has cambiado la forma de hablar de él.
—Estoy haciendo preguntas.
—Las mismas que hiciste sobre Tama.
—Y Tama fue exonerado porque hice preguntas.
—No porque trataras a todos como sospechosos.
Mara cerró la libreta.
—¿Sabes qué es lo más agotador de hablar contigo? Que conviertes cualquier intento de obtener información en una prueba de lealtad. No te estoy pidiendo que condenes a Noah. Te estoy pidiendo que me cuentes lo que sabes.
—Y yo te lo he contado.
—Después de insistir.
—Porque una sobrecarga no tiene nada que ver con mi positivo.
—Eso es lo que tú has decidido.
Darel se levantó y apoyó las manos en la barandilla. La camiseta se tensó sobre su espalda. Mara se obligó a concentrarse en el expediente, aunque comenzaba a comprender que hacerlo cerca de él iba a exigir más disciplina de la que había previsto.
—No quiero que destruyas a un chico por una sospecha —dijo Darel.
—¿Y estás dispuesto a destruirte tú para evitarlo?
—No estoy destruyéndome.
—Han suspendido tu campaña, te han apartado del equipo y tu nombre aparece junto a la palabra dopaje en todo el país.
—Eso no convierte a Noah en culpable.
—No. Solo convierte su lesión, su conflicto contigo y el hecho de que fuera el único otro jugador controlado en datos relevantes.
Darel bajó la cabeza. El viento movió varios mechones que se habían soltado de su coleta.
—Noah es bueno —murmuró—. Puede llegar muy lejos si aprende a dejar de pelear contra cualquiera que no le dé lo que quiere.
—¿Se lo has dicho?
—Muchas veces.
—¿Y qué responde?
—Que tengo miedo de que me supere.
—¿Lo tienes?
Darel se volvió. No había ofensa en su expresión, solo una seguridad tranquila.
—Espero que lo haga.
Mara no había esperado la respuesta.
—¿Por qué?
—Porque si los que vienen detrás no son mejores, significa que nosotros no hemos dejado nada útil.
La frase encajaba mal con la imagen que Noah había dibujado de él durante la entrevista preliminar, la de un capitán celoso de conservar su sitio.
Mara lo observó mientras regresaba a la mesa.
Darel no parecía estar actuando. Tampoco necesitaba convencerla de que era generoso.
Había contestado como si la posibilidad de que alguien lo superara no mereciera una duda.
—Quiero entrevistar a Noah mañana —dijo.
—Contaba con ello.
—No vas a intervenir.
—No.
—Ni a avisarle de lo que voy a preguntar.
—No necesito hacerlo. Ya habrá hablado con su abogado.
Mara guardó los documentos en la carpeta y se levantó.
—También necesito revisar las grabaciones del acceso al laboratorio y los registros digitales de las muestras.
—Pensé que eso se hacía siempre.
—Se revisa la cadena formal. Yo quiero los datos completos.
Darel abrió la puerta que comunicaba con el salón.
—¿Has encontrado algo?
—Todavía no.
—Esa palabra empieza a gustarme menos que tú.
—Y, aun así, me has preparado dos cafés.
—Tengo educación.
—No demasiada.
Darel sonrió.
—Mañana entrenaré a las seis.
Mara se detuvo.
—Estás suspendido.
—No puedo trabajar con el equipo. Puedo entrenar solo.
—¿Por qué me lo dices?
—Porque vas a querer ver mi rutina y revisar los productos que uso allí.
—Puedo hacerlo más tarde.
—Claro.
La forma en que lo dijo consiguió que Mara supiera que estaba provocándola otra vez.
—¿Qué significa ese «claro»?
—Nada.
—Akara.
—Significa que a las seis quizá no te apetezca verme sudado.
Mara abrió la puerta principal.
—A las seis estaré allí.
—Eso esperaba.
Salió antes de darle la satisfacción de comprobar que había conseguido alterarla.
Solo cuando llegó al coche comprendió que acababa de aceptar una inspección a una hora absurda porque Darel había insinuado que no se atrevería a verlo entrenar.
Lo peor no era que él supiera provocarla.
Lo peor era que Mara empezaba a sospechar que también sabía exactamente por qué funcionaba.