Juego limpio (Tercer Tiempo 3) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

FUERA DEL CAMPO

La noticia apareció en internet a las once y veintidós de la mañana.

Darel estaba en una sala de reuniones con Daniel, Leo, el seleccionador Ian Fletcher y tres responsables de comunicación cuando el teléfono de todos comenzó a vibrar casi al mismo tiempo.

El primer titular no mencionaba una investigación ni un resultado pendiente de confirmación.

Tampoco utilizaba la palabra «presunto».

Decía que el capitán de los All Blacks había dado positivo por dopaje y acompañaba la afirmación con una fotografía en la que Darel salía del campo después de una victoria, sonriendo, con el rostro cubierto de sudor y barro.

En menos de cinco minutos, la imagen estaba en todas partes.

—¿Quién lo ha filtrado? —preguntó Daniel.

La responsable de comunicación, una mujer llamada Rebecca que llevaba años sobreviviendo a jugadores, patrocinadores y periodistas, tenía el teléfono pegado al oído.

—No lo sé. La Comisión afirma que no ha salido de allí y el laboratorio niega cualquier comunicación.

—Pues alguien miente —dijo Fletcher.

Darel no participó en la conversación. Observó cómo aumentaban las notificaciones en su pantalla hasta que decidió apagarla.

Había mensajes de compañeros, familiares, antiguos jugadores, periodistas y números que no reconocía.

Algunos preguntaban si estaba bien. Otros le pedían una declaración.

Uno de los patrocinadores quería mantener una videollamada urgente antes de que terminara la mañana.

Nadie preguntaba si era verdad. La noticia ya había decidido eso por ellos.

—Tenemos que emitir un comunicado —explicó Rebecca—. Breve, sin entrar en detalles y dejando claro que el procedimiento sigue abierto.

—Quiero decir que no me he dopado.

Leo negó con la cabeza.

—Puedes afirmar que niegas haber consumido cualquier sustancia prohibida y que colaborarás con la investigación. No acuses a nadie ni hables de errores hasta que tengamos pruebas.

—Hay un error.

—Lo creemos, Darel. Aún no podemos demostrarlo.

—Entonces el comunicado dirá que soy inocente.

—Dirá que mantienes tu inocencia —corrigió Leo—. No es lo mismo jurídicamente.

Darel se levantó y se acercó a la ventana.

Desde allí podía ver una parte del campo de entrenamiento.

Varios jugadores habían salido antes de tiempo y realizaban ejercicios de velocidad bajo la dirección de uno de los preparadores.

Noah Cole corría por la banda con una facilidad que siempre conseguía atraer la atención.

Era rápido, imprevisible y capaz de cambiar un partido en segundos.

También era impaciente, demasiado consciente de su talento y bastante menos consciente de las veces que obligaba a los demás a corregir una decisión tomada para lucirse.

Darel lo había dejado fuera del grupo de liderazgo un mes antes. Noah no lo aceptó bien.

Había discutido, acusado al equipo técnico de preferir jugadores menos brillantes y terminado preguntándole a Darel si temía que alguien más joven le quitara la capitanía.

Darel se había reído. No porque quisiera humillarlo, sino porque la idea resultaba absurda.

Los capitanes no elegían cuánto duraba su sitio ni quién llegaría después.

Su obligación era dejar el equipo preparado para continuar sin ellos. Noah interpretó la risa de otra manera.

—Hay periodistas en la entrada —anunció Rebecca después de colgar—. Y el primer patrocinador ha suspendido la campaña prevista para la semana que viene.

Fletcher soltó una maldición.

—¿Cuál?

—Apex Nutrition.

Darel se giró.

—Es una marca de suplementos.

—Precisamente por eso se apartan hasta que haya una resolución.

—Llevo seis años trabajando con ellos. Analizan cada lote que me envían.

—Y ahora no quieren que su nombre aparezca al lado de la palabra ostarina —dijo Leo—. No es personal.

Darel soltó una risa seca.

—Claro.

La puerta se abrió antes de que nadie pudiera añadir nada. Mara entró acompañada por Hannah Brooks. Llevaba una carpeta bajo el brazo, el cabello recogido y la misma expresión controlada de la mañana. Darel notó que todos se callaban al verla.

—Necesitamos hablar con comunicación —dijo Hannah—. La filtración puede comprometer el procedimiento.

Rebecca las invitó a sentarse.

—Podéis empezar por explicar cómo ha llegado a la prensa.

—Estamos revisando los accesos al expediente —contestó Hannah—. La información no salió de nuestro comunicado porque aún no existía.

—El laboratorio también lo niega —añadió Mara—. Hemos pedido los registros de usuarios y comunicaciones externas.

Darel dejó la ventana y regresó a la mesa.

—Mientras los pedís, mi nombre está en todos los medios.

Mara lo miró. No había satisfacción en su rostro. Tampoco esa distancia profesional que había utilizado durante el interrogatorio. Parecía furiosa.

—Soy consciente.

—¿Y?

—Y quien haya filtrado un resultado confidencial va a formar parte de mi investigación.

—Eso no cambia lo que ya han publicado.

—No puedo borrarlo, Akara.

—Pues encuentra algo que sí puedas hacer.

Daniel dio un paso hacia él.

—Darel.

Mara levantó una mano antes de que lo reprendiera.

—Tiene derecho a estar enfadado.

—No necesito permiso para estarlo.

—No, pero quizá necesites recordar con quién.

La respuesta consiguió que Darel cerrara la boca. Mara dejó la carpeta sobre la mesa y se dirigió a Rebecca.

—El comunicado debe indicar que solo se ha analizado la muestra A y que cualquier conclusión antes de terminar el procedimiento es irresponsable.

No utilicéis expresiones ambiguas que puedan interpretarse como una admisión.

También quiero que exijáis una rectificación a los medios que han afirmado que existe una sanción. No la hay.

Leo asintió.

—Estoy de acuerdo.

—Y añadid que la Comisión investiga la filtración —continuó Mara—. La confidencialidad protege tanto al procedimiento como al deportista. Alguien ha vulnerado ambas cosas.

Rebecca comenzó a tomar notas.

—¿Podemos decir que no hay indicios de consumo deliberado?

—No —contestó Mara—. Todavía no tenemos información suficiente.

Darel apretó los dientes. Había estado a punto de creer que ella se encontraba allí para defenderlo. Mara lo vio.

—No voy a inventar una conclusión favorable para compensar una filtración —dijo—. Eso también perjudicaría tu caso.

—Siempre tienes una razón para no creerme.

—Y tú siempre confundes creer con demostrar.

Hannah intervino antes de que la discusión continuara.

—Vamos a revisar el comunicado con Leo. Mara necesita hablar con la doctora Hale y con el responsable de los suplementos. Después inspeccionará el lugar donde se realizó el control.

—Voy con ella —decidió Darel.

—No —respondieron Mara y Leo al mismo tiempo.

Daniel se echó hacia atrás en la silla, claramente entretenido pese a la situación.

—Parece que por fin estáis de acuerdo en algo.

Darel lo ignoró.

—Es mi muestra y mi carrera.

—Y precisamente por eso no puedes entrar en cada entrevista ni revisar los documentos conmigo —explicó Mara—. Tendrás acceso a lo que corresponda a través de tu abogado.

—Quiero ver cómo trabajas.

—Sobreviviré sin supervisión.

—Eso no lo dudo. Lo que dudo es que mi versión sobreviva a tus conclusiones.

Mara se quedó quieta durante un instante. Después recogió la carpeta.

—Ven.

Leo se levantó.

—Mara, no creo que sea conveniente.

—No entrará en las entrevistas ni tocará documentación. Puede enseñarme las instalaciones y explicarme su rutina. Así dejará de pensar que estoy buscando un rincón oscuro donde escribir que es culpable.

Darel abrió la puerta para que saliera. Mara pasó a su lado sin darle las gracias.

Recorrieron el pasillo en silencio. Al llegar a la zona de entrenamiento, varias personas dejaron de hablar.

Darel reconoció la incomodidad en los rostros de los empleados, la misma mezcla de curiosidad y prudencia que había visto durante años cuando otro deportista era investigado.

Nadie quería parecer acusador. Nadie quería acercarse demasiado al hombre que podía arrastrar al equipo a un escándalo. Mara redujo el paso.

—¿Siempre se callan cuando entras?

—Solo desde hace una hora.

—No los mires así.

—¿Así cómo?

—Como si fueran culpables por no saber qué decirte.

Darel se volvió hacia ella.

—No me conoces lo suficiente para saber cómo los estoy mirando.

—Te conozco lo suficiente para saber que estás enfadado con todos.

—¿Y no tengo derecho?

—Sí. También tienes la responsabilidad de no descargarlo sobre gente que no ha filtrado nada.

Darel siguió caminando. Odiaba que tuviera razón, sobre todo porque no se lo dijo con superioridad. Mara no intentaba darle una lección; había visto algo que él no quería reconocer y lo había señalado. Al entrar en el gimnasio, un fisioterapeuta se acercó.

—Capitán, yo…

Darel esperó. El hombre parecía incapaz de decidir si debía abrazarlo, preguntarle o fingir que no había sucedido nada.

—Estoy bien, Liam —dijo al final—. Seguid con el trabajo.

—Sabes que estamos contigo.

—Gracias, Liam.

El gesto de alivio de Liam le produjo una punzada de culpa.

Mara no comentó nada. Darel le mostró la zona donde dejaban las bebidas, las neveras, el almacén de suplementos y el espacio utilizado por el personal médico.

Ella fotografió la distribución, anotó nombres y preguntó quién tenía llaves.

Cuando llegaron a la sala donde se había realizado el control, se detuvo junto a la mesa.

—¿Estabas solo con el agente?

—Durante la recogida, sí. Antes esperé aquí con Noah.

Mara alzó la vista de la tableta.

—¿Cole también fue controlado?

—Sí.

—No aparece en la copia preliminar de la orden de misión.

—Nos eligieron a los dos después del entrenamiento. No sé quién más estaba en la lista.

Mara escribió algo.

—¿Hablasteis de los códigos?

—No.

—¿Viste su documentación?

—No estaba mirando sus papeles.

—¿Y él los tuyos?

Darel pensó en la espera. Noah había caminado de un lado a otro, molesto porque el control retrasaría una cita. Darel dejó la copia de su formulario sobre la mesa mientras bebía agua para poder completar la muestra. Noah estuvo cerca, aunque aquello no significaba nada.

—Pudo verla.

—¿El código era legible?

—Supongo.

—No supongas. Intenta recordarlo.

Darel apoyó una mano en la mesa. La madera tenía un arañazo en una esquina. Recordó el bolígrafo del agente, la botella de agua y a Noah inclinándose para recoger su teléfono.

—Sí. Estaba boca arriba.

Mara anotó de nuevo.

—¿Crees que Noah querría perjudicarte?

—No.

La respuesta llegó demasiado rápido. Mara dejó de escribir.

—Ya hemos hablado de no decidir por mí qué información importa.

—Noah está enfadado porque no entró en el grupo de liderazgo. Eso no significa que quiera acabar con mi carrera.

—¿Te lo ha reprochado?

—Sí.

—¿Te ha amenazado?

—Dijo que un día el equipo comprendería que yo estaba frenándolo.

—Eso suena bastante parecido a una amenaza.

—Suena a un jugador de veinticuatro años que cree que el mundo no avanza a su velocidad.

Mara lo estudió durante unos segundos.

—¿Y tú nunca fuiste así?

—No.

—Qué infancia tan cómoda debiste de tener.

Darel sonrió a pesar de sí mismo.

—No he dicho que fuera cómodo. He dicho que sabía esperar.

—No pareces muy bueno esperando ahora.

—Ahora no quiero esperar.

La expresión de Mara perdió parte de la ironía.

—Lo sé.

Darel se quedó mirándola. Había pronunciado aquellas dos palabras de una forma distinta a la reunión, sin defensa ni distancia.

Por un instante, la presión que llevaba instalada en el pecho desde la llamada de Moana disminuyó.

Un ruido al otro lado del cristal los hizo girarse.

Noah había entrado en el gimnasio. Se detuvo al verlos, saludó a Darel con una inclinación breve de cabeza y continuó hacia las máquinas. Mara siguió su recorrido.

—Quiero hablar con él.

—No lo conviertas en sospechoso porque discutió conmigo.

—No necesito tu permiso para hacer preguntas.

—Quinn.

Ella guardó la tableta en la carpeta.

—Tu problema es que sigues creyendo que proteger al equipo significa decidir qué debe saber quien investiga.

—Y el tuyo es que cualquier vínculo te parece una debilidad.

—Los vínculos no. Las mentiras que se cometen en su nombre.

Darel la vio alejarse hacia la salida. Antes de abrir la puerta, Mara se volvió.

—A las cuatro voy a revisar todos tus suplementos, medicamentos y productos de uso personal. En tu casa.

—¿También el champú?

—Si promete aumentar masa muscular, sí.

—Tendré que esconder el acondicionador.

Mara negó con la cabeza, aunque la comisura de sus labios se curvó durante un segundo.

Darel se quedó solo en la sala donde habían recogido su muestra.

Fuera, el teléfono volvió a vibrarle en el bolsillo.

No necesitó mirarlo para saber que habría nuevos titulares, nuevas opiniones y nuevas personas decidiendo quién era sin haber hablado con él.

Mara Quinn tampoco le creía aún. La diferencia era que ella parecía dispuesta a averiguar si se equivocaba.