CAPÍTULO 2
OTRA VEZ TÚ
Mara llegó a la oficina antes de las siete, aunque llevaba despierta desde las cuatro y media.
Había leído el correo tres veces en la cama, una cuarta mientras preparaba café y otra en el aparcamiento, como si el nombre del deportista fuera a cambiar si insistía lo suficiente.
No lo hizo. Darel Akara seguía apareciendo en la primera página del expediente, debajo de una fotografía oficial en la que vestía la camiseta de los All Blacks y tenía la expresión seria de quien no necesitaba sonreír para conseguir que los demás lo miraran.
Resultado analítico adverso. Ostarina. Muestra A.
Mara dejó el bolso sobre la mesa, encendió el ordenador y abrió las persianas.
La sede de la Comisión ocupaba dos plantas de un edificio moderno cerca del puerto.
Desde su despacho podía ver una parte del agua entre las construcciones, aunque aquella mañana el cielo estaba cubierto y Auckland parecía haberse despertado sin color.
Le venía bien. No necesitaba que el paisaje intentara convencerla de que aquel era un día normal.
Hannah Brooks apareció en la puerta con dos vasos de café.
—He supuesto que ya estarías aquí.
—Has supuesto bien.
Su superior dejó uno de los vasos junto al teclado y entró sin pedir permiso. Hannah rondaba los cincuenta, llevaba el cabello corto y había pasado suficientes años investigando fraudes deportivos como para no sorprenderse con facilidad. Aun así, tenía una arruga más marcada entre las cejas.
—Podemos asignárselo a Owen —dijo.
Mara alzó la vista.
—¿Por qué?
—Porque tú ya has trabajado con Akara y el resultado no fue especialmente cordial.
—El resultado fue un informe completo y un jugador exonerado.
—También incluiste una advertencia formal al capitán por falta de colaboración.
—Porque no colaboró.
Hannah se sentó frente a ella.
—No estoy cuestionando tu trabajo. Te estoy dando la oportunidad de apartarte antes de que alguien lo haga por ti.
Mara giró el vaso entre las manos. El café estaba demasiado caliente para beberlo, pero agradeció tener algo que sujetar.
—No existe ningún conflicto de intereses.
—¿Estás segura?
La pregunta la molestó más de lo que debería.
—Lo interrogué hace un año.
—No te he preguntado si sois amigos.
Mara dejó el vaso.
—Tampoco somos nada más.
Hannah la observó durante un momento. No necesitaba saber lo ocurrido en el ascensor porque, en realidad, no había ocurrido nada.
Una conversación incómoda, un hombre demasiado cerca y la sensación de que, con un segundo más, alguno habría hecho algo impropio.
Eso no era una relación. Ni siquiera era un beso.
—Entonces el caso es tuyo —decidió Hannah—. Quiero una revisión completa del procedimiento, sin dar por hecho que la sustancia llegó a su cuerpo por contaminación. La concentración no es baja y la muestra B se analizará cuanto antes.
—¿Ha pedido estar presente?
—Enviará a un representante. Su abogado estará en la reunión de las nueve.
—¿Y Akara?
—También.
Mara miró la hora. Faltaba poco más de una hora y media.
—Necesito las actas del control, la cadena de custodia, el historial de localización y su pasaporte biológico.
—Ya lo he solicitado. El laboratorio enviará los datos iniciales esta mañana.
Hannah se levantó, aunque se detuvo antes de salir.
—Mara.
—¿Qué?
—Que sea Darel Akara no cambia el procedimiento.
—Lo sé.
—Y que tu padre fuera quien fue, tampoco.
Mara apretó los dedos alrededor del vaso.
—También lo sé.
Hannah asintió y cerró la puerta. Mara tardó varios minutos en volver al expediente.
No le gustaba que mencionaran a su padre, sobre todo cuando la referencia pretendía ayudarla.
Michael Quinn había sido una figura respetada del atletismo neozelandés antes de convertirse en el hombre que aparecía en documentales sobre dopaje.
Mara tenía veintiún años cuando dio positivo.
Estudiaba Derecho, confiaba en él y conocía el reglamento lo bastante bien para encontrar cada fallo del procedimiento y repetirlo frente a cualquier cámara que se acercara a la puerta de su casa.
Su padre le juró que era inocente. Ella le creyó.
Dos meses después descubrió que llevaba casi un año utilizando sustancias prohibidas y que había aprovechado todo lo que su hija le explicaba para construir una defensa.
No solo había mentido a los organismos, a sus entrenadores y al público.
La había convertido a ella en parte de la mentira.
Mara cerró la fotografía de Darel antes de que los recuerdos continuaran avanzando.
Aquel caso no era el de su padre. Ninguno lo era.
Esa era la razón por la que había terminado trabajando allí: porque una prueba debía ser revisada aunque todo el mundo creyera conocer el resultado, y una persona debía responder a las preguntas aunque llevara una medalla, una camiseta o un apellido capaz de abrir puertas.
A las ocho y cincuenta y siete, la avisaron de que Darel había llegado.
Mara reunió la documentación, tomó su tableta y se dirigió a la sala principal de entrevistas.
Leo Grant, el abogado, ya estaba sentado.
Lo conocía de otros procedimientos: correcto, meticuloso y bastante más interesado en resolver los asuntos que en convertirlos en un espectáculo.
Daniel Evans estaba junto a la ventana y hablaba en voz baja con él.
Vestía un pantalón negro, una camisa oscura con las mangas remangadas y una expresión que confirmó que seguía recordándola con tan poco cariño como ella a él.
Había cambiado en un año. El cabello le llegaba algo más abajo de los hombros y los tatuajes ocupaban una parte mayor de sus brazos.
También parecía más ancho, más seguro y mucho más consciente del espacio que llenaba. Mara dejó los documentos sobre la mesa.
—Buenos días.
—Eso está por ver —contestó Darel.
Daniel tosió para ocultar una risa y le dio un golpe suave en el brazo antes de dirigirse hacia la puerta.
—Esperaré fuera —dijo Daniel.
—No es necesario que se marche, señor Evans —indicó Leo.
Darel no apartó la atención de Mara.
—Sí lo es.
Cuando quedaron los tres solos, Mara tomó asiento. Darel tardó un poco más, quizá para dejar claro que lo hacía porque quería y no porque ella esperara que se sentara.
—Antes de empezar, quiero establecer cuál es mi función —dijo Mara—.
No represento a la Comisión en un procedimiento sancionador y tampoco trabajo para usted, capitán.
Voy a revisar el control, la recogida, el transporte, el análisis y cualquier explicación que pueda justificar el resultado.
Mi informe incluirá tanto lo que le beneficie como lo que le perjudique.
—Una forma larga de decir que no está de mi lado.
—No hay lados.
—Siempre hay lados.
—No en una investigación bien hecha.
Darel apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—¿Y va a hacerla bien?
Mara abrió la carpeta sin responder a la provocación.
—¿Ha consumido ostarina?
—No.
—¿Ha utilizado algún producto para mejorar su recuperación, aumentar masa muscular o reducir grasa que no esté declarado en el registro médico?
—No.
—¿Ha comprado suplementos fuera de los facilitados por el equipo?
—No.
—¿Ha aceptado bebidas, cápsulas, polvos o tratamientos de alguna persona ajena al personal médico?
—No.
—¿Se ha sometido a una terapia intravenosa?
—No.
—¿Ha utilizado algún medicamento de otra persona?
—No.
Las respuestas llegaron sin pausa. Mara tomó notas aunque ya tenía abierta una grabación autorizada.
—¿Ha sufrido alguna lesión reciente que no conste en su historial?
—Una sobrecarga en el hombro izquierdo. Moana la trató.
—¿Nada más?
—Nada más.
—¿Quién tuvo acceso a sus bebidas durante el entrenamiento del martes?
Darel se acomodó en la silla.
—Cualquiera que entrara en la zona de recuperación.
—Necesito nombres.
—Médicos, fisioterapeutas, preparadores y jugadores.
—¿Dejó su botella sin vigilancia?
—Seguramente.
—¿Seguramente?
—No vivo abrazado a ella.
—No estamos hablando de cariño, sino de la posibilidad de una contaminación.
—Me ha preguntado si la dejé sin vigilancia. Sí, señorita Quinn, la dejé sobre una mesa mientras entrenaba, me duchaba y hablaba con mis compañeros, como hacemos todos.
Mara anotó la respuesta.
—¿Tuvo algún conflicto con alguien durante las últimas semanas?
Darel sonrió sin alegría.
—Ya estamos.
—Es una pregunta básica.
—Y estoy seguro de que le encanta formularla.
—¿Por qué iba a encantarme?
—Porque un año después sigue esperando demostrar que tengo un vestuario lleno de secretos.
Mara apoyó el bolígrafo.
—No estamos revisando el caso anterior.
—Lo sé. En aquel no había una sustancia en mi muestra.
—En este sí.
El silencio que siguió fue tan inmediato que hasta Leo dejó de revisar sus papeles.
Mara lamentó la dureza de la respuesta en cuanto vio el cambio en el rostro de Darel.
No parecía culpable, ni siquiera asustado.
Parecía herido de una forma contenida, como si hubiera pasado las últimas horas escuchando aquella afirmación y todavía no supiera cómo defenderse de algo que no podía negar.
—Según el informe inicial —añadió ella—. Mi trabajo consiste precisamente en comprobarlo.
—Pues empiece por ahí.
—Lo haré cuando reciba los datos completos. Mientras tanto, conteste: ¿tiene enemigos?
—No.
—¿Personas resentidas con usted?
—Juego al rugby profesional. Cada semana alguien quiere verme en el suelo.
—¿Fuera del campo?
Darel se quedó pensando. Mara vio cómo la mandíbula se le marcaba antes de responder.
—Nadie capaz de hacer algo así.
—Eso no es un no.
—Es lo más exacto que puedo decirle.
—Necesito que esta vez no decida por mí qué información importa.
Leo intervino por primera vez.
—Mara, podemos facilitar una relación de incidentes recientes, amenazas recibidas y conflictos contractuales. No es necesario que Darel haga una valoración improvisada.
—De acuerdo. Quiero esa relación hoy.
—La tendrás.
Mara continuó con las preguntas durante casi una hora.
Horarios, comidas, visitas, viajes, tratamientos, productos utilizados en casa y personas que habían entrado en ella.
Darel respondió a todo, aunque su paciencia se reducía cada vez que ella volvía sobre un detalle.
No evitó ninguna pregunta. Tampoco trató de despertar compasión ni mencionó la importancia de la convocatoria hasta que Mara cerró la carpeta.
—La muestra B se analizará mañana —informó—. Después revisaré los resultados y la documentación del laboratorio.
—¿Cuánto tardará?
—Lo que sea necesario.
—No tengo ese tiempo.
—La investigación no puede adaptarse al calendario del campeonato.
—Mi carrera sí depende de él.
—Lo comprendo.
Darel se inclinó hacia ella.
—No, no lo comprende.
Mara resistió el impulso de retroceder. La cercanía le permitió percibir el cansancio bajo sus ojos y una sombra de barba que no estaba allí durante el interrogatorio del año anterior.
—Explíquemelo.
—He pasado media vida preparándome para dirigir a ese equipo en este campeonato.
Cada entrenamiento, cada lesión y cada vez que he salido al campo sin saber si podría terminar el partido me han llevado hasta aquí.
En unas horas habrá personas convencidas de que hice trampa para conseguirlo.
Así que no me diga que comprende lo que significa esperar tranquilamente a que otros decidan si las pruebas merecen ser revisadas.
—No voy a esperar tranquilamente.
—¿Entonces qué va a hacer?
—Mi trabajo, capitán.
—Eso dijo la última vez.
—Y encontré la verdad.
Darel guardó silencio. Mara reunió los papeles y apagó la grabación.
—Hay una diferencia entre no confiar en usted y querer que sea culpable, capitán Akara. No quiero que lo sea.
—Qué alivio.
—Tampoco voy a creer que es inocente porque me lo repita con suficiente seguridad.
—Todos los culpables dicen lo mismo, ¿verdad?
La pregunta no llevaba burla. Mara pensó en su padre, sentado en la cocina, pronunciando «jamás haría algo así» mientras ella le buscaba argumentos legales.
—Sí —contestó—. Y también los inocentes. Por eso existen las pruebas.
Darel se levantó. Leo comenzó a guardar sus documentos.
—Voy a darle un solo consejo —dijo Mara antes de que se marchara. Él la miró—. No me oculte nada. Puedo trabajar con un error, una imprudencia o una decisión estúpida. No puedo investigar lo que decida esconder.
—No tengo nada que esconder.
—Eso dijo hace un año.
—Y Tama era inocente.
—No gracias a su ayuda.
Darel se inclinó para recoger el teléfono que había dejado sobre la mesa. Cuando volvió a incorporarse, estaba tan cerca que Mara percibió el olor limpio de su piel y tuvo que concentrarse en no mover la cabeza.
—Se equivoca —murmuró—. Encontró la verdad porque yo la obligué a buscarla sin destruir a una persona por el camino.
—Su modestia sigue intacta, capitán.
—Y usted sigue molestándose cuando tengo razón.
Leo carraspeó junto a la puerta. Darel se apartó, aunque la expresión había cambiado. Ya no era solo hostilidad. Mara reconoció la misma curiosidad peligrosa del ascensor, la que había tratado de olvidar durante todo un año.
—No vuelva a provocarme como hizo la última vez —advirtió ella.
—No creía que hubiera funcionado.
—No funcionó.
—Entonces no debería preocuparse.
Darel abrió la puerta y salió con Leo. Mara permaneció sentada hasta que dejó de escuchar sus pasos en el pasillo.
Después recogió el vaso de agua que no había tocado y bebió casi la mitad de una vez.
El caso acababa de empezar y ya tenía dos problemas.
El primero era descubrir por qué una muestra perteneciente a un hombre que afirmaba no haber consumido nada contenía ostarina.
El segundo era que Darel Akara seguía teniendo sobre ella un efecto que ninguna investigación necesitaba.