Juego Duro (Tercer Tiempo 2) Prólogo
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Prólogo

El capitán no habla

Tres años antes

Mara Quinn había interrogado a deportistas capaces de mentir sin que se les alterase el pulso, a entrenadores que convertían una amenaza en un consejo y a directivos convencidos de que el dinero servía para cambiar la verdad.

Ninguno había conseguido irritarla tanto como el capitán Darel Akara en los siete minutos que llevaba sentado frente a ella.

No parecía incómodo. Eso era lo peor. Ocupaba la silla con la espalda apoyada en el respaldo, las piernas separadas y las manos descansando sobre los muslos.

La camiseta negra del equipo se tensaba sobre sus hombros y dejaba a la vista parte del tatuaje maorí que nacía en el brazo derecho y desaparecía bajo la manga.

No había consultado el reloj, no había preguntado cuánto faltaba ni había tratado de convencerla de que aquella investigación era una pérdida de tiempo.

Se limitaba a escucharla con una calma que a Mara le resultaba más provocadora que cualquier protesta.

—Voy a formularle la pregunta una vez más —dijo mientras giraba la carpeta para comprobar una hora que conocía de memoria—. ¿Quién estaba con Tama Rangi cuando abandonó el hotel?

Darel ni siquiera parpadeó.

—Ya he contestado.

—Ha dicho que no lo vio salir solo.

—Eso es.

—Lo cual significa que vio a la persona que lo acompañaba.

—Significa que no salió solo.

Mara dejó el bolígrafo sobre la mesa antes de terminar partiéndolo con los dedos.

Habían reservado una sala de reuniones en las instalaciones de la federación, un espacio demasiado frío, con paredes grises y una ventana que daba a un aparcamiento casi vacío.

Fuera llovía desde primera hora y el agua se deslizaba por el cristal en líneas torcidas.

Dentro, el capitán de los All Blacks parecía disfrutar de cada segundo que ella perdía intentando arrancarle una respuesta sencilla.

—Un jugador de su equipo está siendo investigado por facilitar información a una red de apuestas. Alguien lo acompañó hasta un coche vinculado con una de las personas implicadas. Estaba en el vestíbulo y lo vio.

—Sí.

—Entonces dígame quién era, capitán.

—No.

Aquella negativa, pronunciada con la misma naturalidad con la que cualquiera habría pedido un café, terminó de agotar la paciencia que Mara llevaba manteniendo desde que él había entrado.

—No estamos en su vestuario, capitán Akara. No puede decidir qué parte de la investigación le apetece respetar.

—Y usted no puede decidir que cualquier persona que aparezca junto a Tama es culpable de algo.

—No he dicho eso.

—Todavía.

Mara se reclinó en la silla. Tenía veintiocho años, una reputación que había tardado demasiado en construir y la desagradable certeza de que el hombre sentado al otro lado de la mesa sabía exactamente qué estaba haciendo.

Darel no hablaba por impulsividad ni por miedo.

Había elegido cada palabra, cada silencio y cada respuesta inútil para impedir que ella avanzara sin mentirle de forma directa.

—Su compañero ha admitido que tenía deudas —recordó—. También ha reconocido que habló con un intermediario, aunque asegura que nunca entregó información. Si hay alguien capaz de confirmar su versión, debería ser el primer interesado en que lo encontremos.

—Quiero que averigüe la verdad.

—Qué considerado.

La comisura de la boca de Darel se movió un poco. No fue una sonrisa completa, solo una señal de que había detectado su enfado y no le desagradaba.

—No parece que necesite mucha ayuda para conseguirlo, señorita Quinn.

—Necesito que responda, capitán.

—Eso no es lo mismo.

Mara lo observó durante unos segundos. En persona imponía más que en una pantalla.

No solo por la altura o por la fuerza evidente de un cuerpo preparado para soportar golpes que habrían dejado a cualquier otra persona en el suelo.

Permanecía quieto, atento a cada movimiento, con una seguridad que no necesitaba exhibir para llenar la habitación.

Darel Akara estaba acostumbrado a que los demás lo escucharan.

También a decidir cuándo merecía la pena hablar. A ella le daban ganas de obligarlo.

—¿Está protegiendo a Tama?

—Estoy protegiendo a mi equipo.

—No siempre es lo mismo.

—Para mí sí.

—Ese es el problema.

La respuesta borró el amago de diversión de su rostro. Darel inclinó un poco la cabeza, como si acabara de escuchar algo que por fin merecía una reacción.

—No tiene ni idea de lo que mantiene unido a un equipo.

—Y usted no tiene ni idea de lo que puede destruirlo. Si alguien ha utilizado a uno de sus jugadores, ocultarlo no es lealtad. Es dejarlo solo con el problema.

—No lo estoy dejando solo.

—Lo está dejando sin defensa.

Darel apartó la vista por primera vez. Fue un segundo, quizá menos, pero Mara lo vio.

También vio cómo se tensaban los músculos de su antebrazo y cómo el pulgar rozaba una de las líneas oscuras del tatuaje.

No había tocado una herida por casualidad; acababa de encontrar el punto exacto en el que la seguridad del capitán dejaba de ser férrea. Volvió a abrir la carpeta.

—La persona que salió con él no está siendo investigada —añadió con un tono más sereno—. Ni siquiera sabemos si pertenece al equipo. Solo necesito confirmar dónde fueron y por qué.

—No puedo darle un nombre.

—¿No puede o no quiere?

—No puedo.

—Eso es nuevo.

—No significa que vaya a explicárselo.

Mara respiró despacio. Podía solicitar una orden, revisar registros de teléfonos, ampliar las declaraciones y terminar llegando a la misma persona.

Darel lo sabía. Su negativa no impediría la investigación, únicamente la retrasaría.

Y esa era la parte que no comprendía: si Tama era inocente, el capitán debería estar ayudándola a demostrarlo.

—Se está arriesgando a que incluya en el informe que ha obstruido el procedimiento.

—Hágalo si es lo que cree que debe hacer.

—No parece preocuparle.

—Me preocupa que condene a alguien por estar en el lugar equivocado.

—Yo no condeno a nadie. Investigo hechos.

—Los hechos no llegan solos a su mesa, señorita Quinn. Se los lleva alguien y los analizan desde su lado.

Mara cerró la carpeta con más fuerza de la necesaria.

—Y por eso hablo con todos, incluso con hombres empeñados en no decirme nada.

—Le he dicho bastante.

—No ha dicho una sola cosa útil desde que entró por la puerta, capitán.

—Ha descubierto que no me intimida.

—No estaba intentándolo.

Darel recorrió con la vista la chaqueta oscura, la camisa blanca abrochada hasta el segundo botón y el cabello que llevaba recogido en una coleta baja.

Lo hizo sin prisa, con una atención tan evidente que Mara notó un calor absurdo bajo la piel.

No era la primera vez que un hombre la miraba durante una entrevista.

Sí era la primera en la que tuvo que recordarse que estaba trabajando antes de pedirle que dejara de hacerlo.

—Claro que lo estaba intentando —murmuró él—. Y lo hace muy bien.

Mara apoyó los antebrazos sobre la mesa y redujo la distancia entre ambos.

—Escúcheme con atención, capitán Akara. Su fama, su cargo y la cantidad de personas que gritan su nombre cada fin de semana no significan nada en esta sala.

Si creo que está escondiendo información relevante, lo escribiré.

Si descubro que ha mentido, también. Y si su silencio termina perjudicando a Tama, tundra que vivir con eso mucho después de que yo cierre este expediente.

Darel no retrocedió. Estaban lo bastante cerca para que ella distinguiera una pequeña cicatriz junto a su ceja izquierda y el tono casi negro de sus ojos.

También para notar que su respiración había cambiado, aunque no sabía si se debía al enfado o a la misma tensión que había empezado a concentrarse en el centro de su cuerpo.

—También debería escucharme, señorita Quinn —contestó—.

Tama no vendió información y la persona que salió con él no tuvo nada que ver con las apuestas.

Encontrará la prueba si hace bien su trabajo —señaló.

Mara no daba crédito al descaro de ese hombre, esbozó media sonrisa—.

Hasta entonces, no voy a entregarle a alguien que no ha hecho nada para que lo convierta en un titular.

—No trabajo para la prensa —aclaró.

—Eso no impide que alguien les cuente lo que escriba.

Mara se quedó callada. Habían tenido una filtración dos días antes.

Solo cuatro personas conocían el contenido del primer informe y ninguna había admitido ser responsable.

Darel no podía saberlo con certeza, salvo que Tama se lo hubiese contado o que alguien dentro de la federación estuviera informando al equipo.

—¿Quién le ha hablado de la filtración?

—No he dicho que hubiera una.

—No hacía falta.

Por primera vez, Darel sonrió de verdad. Fue un gesto breve, atractivo de una forma que a Mara le pareció ofensiva, y le hizo comprender que había caído justo donde él quería.

—Es buena —admitió.

—Y usted  insoportable.

—Ya me lo habían dicho.

Un golpe suave en la puerta anunció que el tiempo reservado para la declaración había terminado.

Mara miró hacia el cristal opaco y distinguió la silueta de su superior al otro lado.

Podía prolongar la entrevista, aunque sabía que Darel no cambiaría de postura.

Al menos de momento. Recogió los documentos, los alineó dentro de la carpeta y se levantó.

—Volveremos a hablar, capitán.

Darel hizo lo mismo. De pie, la diferencia de altura resultaba todavía más irritante. Mara se negó a echar la cabeza hacia atrás más de lo necesario.

—Lo imaginaba.

—Y la próxima vez va a contestar. ¿Lo imaginaba también? —soltó con un resoplido.

—Eso es lo que desea. Lo que tengo que decidir —susurró acercándose a ella más de lo aconsejable— es si quiero darle ese placer.

Mara ahogó un gemido, apretó y las piernas y se dio la vuelta en dirección a la puerta.

Abrió  la puerta sin responder, ese hombre la había dejado sin palabras.

Esa frase rebotaba en su cabeza con un eco insistente.

Era tan atractivo como insoporable y odia que provocara esas reacciones involuntarias en su cuerpo.

Su superior esperaba en el pasillo con expresión impaciente, acompañado por el abogado del equipo.

Darel intercambió unas palabras con ambos mientras Mara se dirigía al ascensor.

Tenía que revisar otra vez los registros del hotel, solicitar las imágenes de una gasolinera cercana y descubrir quién demonios había salido con Tama.

También necesitaba dejar de pensar en la forma en que Akara había pronunciado su apellido.

Pulsó el botón y escuchó pasos que se detenían detrás de ella.

—No me diga que también va a negarse a compartir el ascensor —dijo sin girarse.

—Depende. ¿Va a interrogarme durante el trayecto?

—Solo si se detiene entre plantas y tenemos tiempo —escupió.

Las puertas se abrieron. Mara entró y Darel la siguió. El espacio era estrecho, revestido de acero y con un espejo en el que podía verlo sin mirarlo directamente. Él se colocó a su lado, demasiado cerca para que fuera necesario, y pulsó la planta baja. El ascensor comenzó a bajar.

—La persona que busca no está en peligro —dijo Darel.

Mara giró la cabeza.

—Eso no es una respuesta.

—Es lo único que va a conseguir hoy.

—Entonces ahórreselo.

—No parece una mujer a la que le guste que le ahorren nada.

—Y usted no parece un hombre incapaz de quedarse callado cuando ya no tiene delante una grabadora.

—Con usted me cuesta.

La frase podría haber sido otra provocación, aunque el tono había cambiado. Darel la miraba con una intensidad que no tenía nada que ver con Tama, las apuestas ni el informe. Mara sintió el impulso absurdo de apartarse y otro, mucho peor, de comprobar qué ocurriría si no lo hacía.

—No confunda una investigación con interés personal —advirtió.

—No lo hago.

—Bien —susurró, nerviosa.

—El interés personal estaba antes de entrar en esa sala.

Mara notó cómo se aceleraba su pulso. No permitió que se reflejara en su cara.

—Qué mala suerte, capitán.

—Mucha.

El ascensor frenó en la segunda planta para recoger a alguien, aunque las puertas no llegaron a abrirse. Después de unos segundos, continuó descendiendo. Darel se había acercado un poco más o quizá era ella quien no había recuperado la distancia. El dorso de sus manos casi se tocaba.

—En otras circunstancias, podría haberme gustado, señorita Quinn —murmuró.

Mara se obligó a sonreír.

—En otras circunstancias, podría haber contestado a mis preguntas.

—Eso habría estropeado la diversión.

—No me estoy divirtiendo.

—Miente peor que yo.

Las puertas se abrieron en la planta baja.

Mara salió antes que él y caminó hacia la entrada sin volver la cabeza.

La lluvia seguía golpeando los cristales y el aparcamiento se había oscurecido con la llegada de la tarde.

Solo cuando alcanzó su coche se permitió respirar con normalidad.

Darel tenía razón en una cosa: volverían a hablar.

Lo que Mara no estaba dispuesta a permitir era que la próxima vez él consiguiera desordenarla de aquella manera.