Juego Duro (Tercer Tiempo 2) Epílogo
95%

Epílogo

Sacudió las manos y relajó el cuello, sentía una presión en el pecho que no podía describir con palabras. Hacía cuatro años que había renunciado a pitar la final del mundial por él y, ahora, el destino había vuelto a ofrecerle la oportunidad.

Miró a la árbitra suplente y le dedicó una gran sonrisa, tras ella habían llegado algunas más, pocas, pero poco a poco conquistarían más territorio hasta que llegara el día en el que la proporción fuera equitativa.

El campo donde arbitraría la final, el ANZ Stadium, era impresionante, no había espacio en él para nada más que aire y este escaseaba por la alta concentración de los cuerpos que llenaban las gradas.

En el centro del campo, dos de los grandes: Australia, la anfitriona, que había estado imparable, y los All Blacks.

Prometía ser un juego de infarto. Al poner el pie sobre el césped, la magia cobró vida, esa que siempre sucedía con el primer contacto.

Caminó hacia su lugar sin dejar de mirar a los capitanes.

Los conocía a ambos, Darel, la joven promesa maorí había crecido ante la mirada de espectadores, entrenadores, compañeros y árbitros y ahora estaba ahí, dejando claro que tenía el poder en sus manos, las mismas que habían llevado a su equipo a la final.

Del otro lado, el capitán australiano, más maduro, pero aún en su apogeo.

Eso la hizo extrañar a Kenneth, su retirada había sido algo natural, aun así, lo echaba de menos en los campeonatos, saber que no estaba junto a ella como jugador, viviéndolo al máximo.

De todas formas, por cosas del destino, había terminado como segundo entrenador en el equipo que entrenaba Daniel Evans, dos rivales convertidos en socios y amigos. Los milagros se daban después de todo…

La moneda voló por el aire, al caer, el capitán neozelandés sonrió al saberse vencedor. Elegiría abrir el partido, no hacía falta ser adivina para saberlo. El kickoff inicial en una final del campeonato del mundo era único y las cosas únicas había que aprovecharlas.

Lo buscó con la mirada, sabía dónde se había sentado, Daniel había pedido el favor al entrenador de la selección neozelandesa de que les permitieran contemplar el partido desde el banquillo, y allí estaban ambos, mirándola sin pestañear.

La haka maorí había dejado a todos con el corazón acelerado y los sentimientos a flor de piel y había surtido el mismo efecto en ella, que, a pesar de las veces que la había contemplado, seguía emocionándola como la primera vez.

Esos segundos antes de que empezara todo le sirvieron para echar un vistazo a cómo su vida había cambiado junto a Kenneth; sonrió.

Él había cumplido su sueño y ella lo estaba cumpliendo ahora, años después, pero no importaba porque todo lo que merecía la pena en la vida costaba esfuerzo y sacrificio: ellos lo sabían bien.

Dio el pitido que daría comienzo al partido, nada era seguro en las competiciones, nunca se sabía ni se podía adivinar un resultado. Como en la vida. No se podía dar nada por hecho porque de pronto el destino hacía una jugada inesperada y lo ponía todo patas arriba. Como le había sucedido a ella.

Lo buscó con la mirada y lo encontró enseguida. Sonrió. Él le devolvió la sonrisa, orgulloso. El partido siguió su curso normal, pero cuando llegó el descanso del primer tiempo, el león, una vez más, se adentró en el terreno de juego para sorpresa de todos.

Los comentaristas hacían apuestas para ver qué era lo que tenía planeado en esa ocasión el ex capitán de la selección escocesa y ex capitán de los Lions, sus vídeos eran virales y bromeaban sobre la cantidad de dinero que les habrían dado las visualizaciones, que se contaban por millones.

Adriana lo observaba acercarse sin poder respirar, nunca se había sentido más como un cervatillo hechizado por la fuerza y seguridad de un gran león oscuro. ¿Qué demonios se traería entre manos?

Kenneth se acercó hasta la mujer frente a él, su compañera, amiga, amante, la mujer a la que admiraba y que lo hacía tan feliz que no concebía una vida sin ella.

Otra vez se arrodillaba frente a ella, pero esta vez no era una broma ni una apuesta.

Esta vez era un hombre diciéndole a la mujer que amaba que lo suyo era para siempre.

Las voces de los presentes se mezclaban con los comentarios de los periodistas, los flashes de las cámaras no la cegaban, ni siquiera las veía.

Solo a Kenneth, arrodillado frente a ella con el maldito anillo de su abuela en una cajita abierta para ella.

—Adriana —susurró.

—Pues claro que sí, maldito highlander —contestó a una pregunta que no llegó a hacerle.

Adriana lo cogió por la corbata que llevaba, tirando de él para levantarlo, y lo besó. Lo besó con todo ese amor que sentía por él.

—Adriana, ¿es un sí? —preguntó para asegurarse.

—¿Qué crees que puede significar si no? No sabes hacer las cosas en la intimidad, ¿no? Todo tiene que ser a lo grande —lo riñó cerca de su boca.

—Entonces, dame tu mano —pidió.

Adriana se echó un poco hacia atrás, solo un paso. Kenneth tomó su mano y colocó el anillo de su abuela en él. El azul de la piedra que adornaba el corazón entre las manos que formaban el anillo le recordaban al azul de sus ojos.

Besó la mano, justo en la zona en la que quedaba el anillo, y, después, sacó la medalla de oro que ganó en el mundial, entrelazó su mano a la de ella y rodeó ambas con el lazo dorado de la medalla.

—Te he pedido matrimonio, o casi, con el anillo de mi abuela, para honrar mi ascendencia irlandesa, pero ahora te pido matrimonio como los guerreros de las Highlands lo suelen hacer. Soy uno de esos guerreros, peleo por lo que deseo, lucho por lo que quiero y no dejo que nada me detenga.

Por eso quiero que sepas que el matrimonio para mí no es solo la unión de dos personas, sino de dos almas que tras buscarse se encuentran para convertirse en una sola. Eso somos tú y yo, Adriana, dos almas que se han unido en una sola. ¿Te casarás conmigo, Adriana de Vera?

—Kenneth Buchanan, mi león, mi highlander —murmuró—, si hay algo que tengo claro, es que quizás no fuiste la primera, pero sí la mejor de todas mis historias.

Fin