Capítulo 34
La noche del campeón
La celebración había terminado hacía más de una hora, pero los cánticos de los aficionados escoceses seguían llegando desde la calle hasta la habitación del hospital.
Kenneth los escuchaba tumbado en una camilla, con la pierna inmovilizada, la medalla de oro sobre el pecho y una expresión de fastidio que no engañaba a nadie.
—Deja de mirar la puerta —ordenó Adriana desde la silla situada junto a él—. No vas a escaparte.
—No pretendía hacerlo.
—Claro. Por eso llevas diez minutos calculando si podrías alcanzar las muletas antes de que yo te detuviera.
Kenneth giró la cabeza para mirarla. Adriana ya no llevaba el uniforme de árbitra ni el vestido de la celebración.
Se había puesto unos pantalones cómodos y una camiseta que había comprado de camino al hospital, aunque todavía conservaba el cabello húmedo por la ducha rápida y los ojos enrojecidos por la emoción, el cansancio y el susto que le había dado aquel animal al golpearse la rodilla hasta recolocarla.
—Soy el campeón del mundo —recordó él.
—Y yo soy árbitra. ¿Quieres que te saque una roja por conducta temeraria?
—No puedes expulsarme del hospital.
—Puedo pedir que te seden.
Kenneth sonrió. Aquella mujer acababa de renunciar a arbitrar la final de un mundial porque lo amaba, había regresado a su cama y lo había visto levantar el trofeo con el que soñaba desde niño.
Aun así, seguía amenazándolo como si él fuera el jugador más indisciplinado del campo.
La normalidad de su tono era lo único que impedía que la emoción lo desbordara.
El médico había asegurado que la articulación estaba de nuevo en su sitio, pero necesitaban pruebas para comprobar el estado de los ligamentos.
El dolor se había vuelto más intenso al enfriarse el cuerpo y Kenneth no ignoraba la posibilidad de una operación, aunque su carrera ya hubiera terminado oficialmente con aquel partido. Oficialmente.
La palabra le producía una sensación extraña.
Había pasado media vida preparándose para el siguiente entrenamiento, el próximo rival, el campeonato que todavía no había ganado.
Ahora tenía sobre el pecho la medalla que demostraba que había alcanzado el último objetivo y, al mismo tiempo, no tenía ningún partido al que dirigir la mirada.
Adriana debió de leer algo en su expresión porque dejó de bromear. Se levantó, se acercó a la camilla y tomó la medalla entre los dedos.
—¿Pesa? —preguntó.
—Más de lo que esperaba.
—Es oro.
—No hablo de la medalla.
Ella lo comprendió. La soltó sobre su pecho y le acarició el cabello hacia atrás con una delicadeza que contrastaba con la forma en la que le había gritado desde la grada cuando se golpeó la rodilla.
—Has ganado, Kenneth.
—Sí.
—Y te has retirado como querías: siendo capitán, levantando la copa y consiguiendo que medio planeta crea que los escoceses sois indestructibles.
—No lo somos.
—Me alegra que por fin lo admitas.
Kenneth atrapó su mano y besó la palma. El aroma de Adriana, limpio y familiar, hizo que el ruido de la calle pareciera más lejano.
—Mañana no tengo que entrenar —dijo.
—Mañana tienes una resonancia.
—No es lo mismo.
—No, desde luego. En una resonancia no puedes darle órdenes a veinte hombres ni hacerte el héroe.
—Puedo darle órdenes al técnico.
—Pruébalo y te dejo aquí solo.
Volvió a sonreír, pero la sonrisa desapareció pronto. Adriana se sentó en el borde de la camilla, con cuidado de no rozarle la pierna.
—¿Qué te preocupa de verdad? —preguntó.
Kenneth miró el techo. Nunca había sido un hombre que temiera decir lo que pensaba, pero aquello no era una estrategia de partido ni una declaración de deseo. Era una pregunta para la que no tenía una respuesta preparada.
—No sé quién soy mañana. Adriana no dijo nada. Esperó.
—Hoy soy el capitán de Escocia. El hombre que ha ganado el mundial, el jugador al que todos quieren abrazar y al que han sacado del estadio casi a la fuerza porque se negaba a dejar la celebración. Mañana… —Kenneth tragó saliva—. Mañana soy un exjugador con una rodilla destrozada.
—Mañana sigues siendo Kenneth Buchanan.
—Eso es muy filosófico, sassenach.
—Y muy cierto. No eres capitán porque lleves un brazalete. Llevas el brazalete porque sabes ser capitán. Has conseguido que esos hombres creyeran que podían ganar cuando nadie apostaba por ellos. Eso no desaparece al colgar las botas.
—No sé hacer otra cosa.
—Eres geógrafo.
—No ejerzo desde hace años.
—Sabes enseñar. Se te da bien explicar, ordenar, dirigir y hacer creer a los demás que tus ideas son suyas. Cualidades muy útiles para un entrenador.
Kenneth giró la cabeza hacia ella. —Daniel me ha ofrecido trabajar con él.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
—Yas me lo ha contado mientras te hacían las primeras pruebas. Al parecer, Daniel lleva días convencido de que aceptarás y habla de ti como si ya formaras parte de su equipo.
—Maldito Evans.
—Eso mismo he pensado. Pero también creo que tiene razón.
Kenneth pasó el pulgar por los nudillos de Adriana.
—Es en España.
—Soy consciente de la situación geográfica de mi país.
—Tú viajas constantemente.
—También viajaba mientras tú jugabas en Escocia.
—No quiero que cambies tu carrera por mí.
Adriana lo observó con una seriedad que lo obligó a callar.
—He renunciado a una final, Kenneth. A una.
No a mi carrera. Lo hice porque pitarla habría significado poner en duda mi imparcialidad y porque tú no volverías a tener otra oportunidad de ganar ese trofeo como jugador.
Volveré a arbitrar otras finales. No necesito que te sientas culpable ni que decidas tu futuro para compensarme.
—Quiero estar contigo.
—Y yo contigo. Pero no vamos a convertir el amor en una cuenta donde cada uno anote lo que sacrifica por el otro. Tú aceptarás ese trabajo si deseas entrenar. Yo seguiré arbitrando porque es lo que amo. Habrá aeropuertos, hoteles, semanas complicadas y discusiones. Y después volveremos a casa.
—¿A qué casa?
La pregunta quedó suspendida entre ambos. Adriana bajó la vista hacia sus manos unidas.
—Podríamos decidirlo juntos.
Kenneth sintió que algo se abría en su pecho. No era una promesa grandilocuente ni una declaración frente a miles de personas. Era más. Adriana, la mujer que siempre había defendido su independencia como si fuera un territorio sagrado, acababa de incluirlo en la palabra casa.
—Granada —dijo él. Ella alzó la mirada.
—¿Qué?
—Podríamos vivir en Granada. Daniel trabaja en España y tú siempre acabas regresando allí. Además, me debes una visita seria a la Alhambra. La última vez solo tuve tiempo de conocer la cerveza.
—No has estado nunca en Granada.
—He visto fotos.
—Eso no cuenta.
—Entonces tendrás que enseñármela.
Adriana sonrió, pero sus ojos se llenaron de humedad.
—¿Estás diciendo que quieres mudarte conmigo?
—Estoy diciendo que llevo nueve años perdiendo el tiempo sin ti y que no pienso desperdiciar otros nueve. No necesito que me prometas que será fácil. Solo que, cuando discutamos, no volverás a desaparecer sin dejarme tu apellido.
—Ahora lo sabes.
—Adriana de Vera —pronunció despacio—. No pienso olvidarlo.
Ella se inclinó y lo besó. No fue un beso desesperado ni hambriento. Fue lento, cálido, lleno de todo lo que no habían sabido decirse cuando eran dos jóvenes convencidos de que una semana no podía cambiar una vida.
La puerta se abrió y una enfermera entró empujando una silla de ruedas. Se detuvo al verlos y carraspeó.
—El señor Buchanan debe pasar la noche en observación. Vamos a trasladarlo a una habitación.
—Puedo caminar —protestó Kenneth.
—No puede apoyar la pierna.
—Tengo muletas.
—Tiene una rodilla recién reducida, analgésicos en el cuerpo y una mujer que parece dispuesta a golpearlo si hace alguna estupidez —respondió la enfermera—. Siéntese.
Adriana soltó una carcajada. —Me cae bien.
—No me sorprende. Las dos disfrutáis dándome órdenes.
—Y tú desobedeciéndolas —replicó ella.
Kenneth se dejó ayudar, aunque convirtió el traslado de la camilla a la silla en una demostración innecesaria de fuerza que hizo suspirar a ambas mujeres. Cuando estuvo sentado, tomó la medalla y se la tendió a Adriana.
—Es tuya.
—No. Te la has ganado tú.
—La ganamos juntos.
—Kenneth…
—No voy a discutirlo. La llevo en el cuello porque la organización se empeñó, pero cada vez que marqué te busqué.
Cuando la rodilla se salió de su sitio, lo primero que hice después de levantarme fue asegurarme de que seguías mirándome.
Y cuando alcé la copa, quería que supieras que también era tuya.
Adriana tomó la medalla. La observó unos segundos y, en lugar de colgársela, la pasó alrededor de las manos de ambos, como un lazo dorado.
—Entonces la guardaremos en nuestra casa.
Kenneth levantó las manos unidas. —¿Eso es una propuesta?
—No. Ya me han pedido matrimonio demasiadas veces en campos de rugby y no pienso devolverte el favor en un hospital.
—Todavía no te lo he pedido de verdad.
—Lo sé.
—¿Y si lo hiciera ahora?
—Te diría que estás drogado.
—Estoy perfectamente lúcido.
—Acabas de intentar negociar con una enfermera para saltarte una resonancia.
—Eso demuestra capacidad de liderazgo.
Adriana negó con la cabeza y se inclinó hasta quedar cerca de su boca.
—Cuando me lo pidas, capitán, quiero que lo hagas porque estás preparado, no porque acabas de ganar un mundial y temes que mañana todo sea diferente.
—Mañana todo será diferente.
—Sí. Y eso no tiene por qué ser malo.
La enfermera empezó a empujar la silla por el pasillo. Adriana caminó a su lado sin soltarle la mano. El hospital estaba tranquilo, muy lejos de los gritos del estadio, pero cada vez que pasaban junto a una ventana se escuchaban gaitas, canciones y voces celebrando la victoria.
—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó Kenneth.
—¿La rodilla?
—Que tenía planeado pasar la noche del campeón de una forma bastante distinta.
Adriana lo miró de arriba abajo con descaro.
—En tu estado, lo más duro que vas a jugar esta noche es una partida de cartas.
—Puedo demostrarte que algunas partes de mi cuerpo funcionan perfectamente.
La enfermera soltó una risa que intentó disimular tosiendo.
—Buchanan, compórtate.
—Has dicho que no querías que dejara de ser yo.
—Me estoy arrepintiendo.
Al llegar a la habitación, lo ayudaron a tumbarse y la enfermera salió después de advertirle que llamara antes de intentar levantarse. Adriana colocó la medalla sobre la mesilla, se quitó los zapatos y se acomodó en el sillón.
—No vas a dormir ahí —dijo Kenneth.
—No pienso dejarte solo.
—La cama es grande.
—La cama es de hospital.
—He dormido en lugares peores.
—Y mañana te quejarás de la rodilla.
—Me quejaré de todas formas.
Adriana lo observó unos segundos antes de levantarse. Bajó con cuidado la barandilla, se tumbó a su lado evitando la pierna inmovilizada y apoyó la cabeza sobre su hombro. Kenneth rodeó su cintura y dejó escapar un suspiro que llevaba horas conteniendo.
—Aceptaré el trabajo de Daniel —dijo.
—¿Estás seguro?
—No. Pero quiero intentarlo. Quiero descubrir quién soy fuera del campo sin alejarme de él. Y quiero hacerlo contigo.
—Entonces lo intentaremos.
—¿En Granada?
—En Granada. Aunque primero tendrás que aprender que la Alhambra no es solo una cerveza.
—Y tú tendrás que aceptar que un Buchanan siempre gana las discusiones.
—Acabas de empezar nuestra vida juntos con una mentira.
Kenneth rio y la abrazó un poco más fuerte. Cerró los ojos. Por primera vez desde que sonó el pitido final no pensó en lo que terminaba, sino en todo lo que estaba a punto de comenzar.
La medalla brillaba sobre la mesilla. La copa estaba en manos de su equipo. Su carrera como jugador había llegado al final, pero Adriana dormía junto a él y la palabra mañana ya no parecía un espacio vacío.
Mañana sería un entrenador en potencia, un hombre con una casa por elegir y una mujer a la que no pensaba volver a perder.
Y, por una vez, le pareció una victoria más grande que cualquier campeonato.