Capítulo 33
En pie
El estadio por completo se puso en pie. Adriana solo fue consciente de ello cuando los capitanes de los equipos a los que arbitraba se acercaron a darles la enhorabuena.
«¿Enhorabuena por qué?», pensaba aturdida hasta que cayó en la cuenta de que Kenneth la había besado frente a todo el mundo y, en esta ocasión, decir frente a todo el mundo era una realidad.
Las cámaras no dejaban de enfocarlos, al mirar hacia una de las grandes pantallas repartidas por el lugar, se vio, con las manos de Kenneth aún en su cintura, y se tapó la cara con las manos, nunca había sentido más vergüenza en su vida.
Bueno, sí, la sintió cuando los comentaristas empezaron a ensañarse en lo que había sucedido.
—¿Habías visto alguna vez al león correr así?
—Creo que ha sido la jugada de su vida —decía el otro.
—Ahora sí podemos decir el nombre de la mujer a la que el capitán le brindaba cada anotación.
—Y déjame hacer hincapié en una cuestión, que no es otra que la profesionalidad de la árbitra.
Su renuncia a jugar la final ha sido una noticia impactante que nadie entendía, ahora queda claro.
No ha querido que se ponga en duda su imparcialidad.
Eso se merece un aplauso. La carrera de Adriana de Vera dará mucho juego —añadió con una gran sonrisa.
—Sí, es cierto, además, voy a felicitar al capitán de la selección escocesa: no sé si ganará el mundial, pero se ha hecho con el trofeo más importante de su vida.
—Cierto, ¿escuchas?
—¿El qué?
—Suenan campanas de boda…
—¿Estás feliz, highlander ? —preguntó, seria.
—Claro, ¿lo dudas?
—No, claro que no, te gusta dar el espectáculo y está claro que lo haces muy bien. No quiero ni pensar cuántas visualizaciones tendrá esta imagen…
—Espero que tantas como millones de personas hay en el planeta, quiero que todo el mundo sepa quién es la mujer que me ha robado la razón.
Y la besó de nuevo, y los aplausos y gritos llenaron las gradas.
El estadio parecía al borde del derrumbe, como ella se sentía.
Al borde del precipicio que era Kenneth Buchanan y al que se lanzaba cada vez con más facilidad.
Sin pensar en las consecuencias. Sin pensar en nada más que su roce o el sabor de sus besos.
— Sassenach , te dejo, no sé si has terminado el partido —se mofó.
—Maldito highlander … —masculló.
—Maldito o no, soy tuyo.
Y Adriana lo observó alejarse con el corazón a mil, los labios inflamados por sus besos y un anhelo entre sus piernas que la hacía arder. Y mientras lo observaba, solo podía preguntarse cómo demonios creía ese salvaje de las Highlands que iba a poder dar el pitido final.
Cuando sonó el silbido que daba fin al partido oficialmente, Adriana dejó que la tensión abandonara su cuerpo con un sonoro suspiro.
El capitán de Francia, que se había hecho con la victoria quedando en un gran tercer puesto, bromeó sobre el asunto de que el escocés se le había adelantado, a lo que ella le contestó que siempre había sido él.
Australia quedaba en un cuarto puesto muy merecido, habían hecho un gran partido, pero Francia los había superado por poco, lo justo para hacerse con la victoria.
Tras una ducha rápida y un cambio de ropa, se reunió para el tercer tiempo en la sala que solían usar para esta celebración.
Y respiró más tranquila y a la vez más nerviosa al ver a Kenneth junto a Daniel y el seleccionador australiano, esperándola.
—Te estaba esperando —susurró al acercarse a ella.
La tomó de las manos, aunque dudó de si en darle un beso o no, había tanta gente…
—¿Qué sucede, Kenneth?
—No sé si besarte, hay tanta gente…
—Me tienes que estar tomando el pelo —bufó.
—No, ¿por qué lo dices, Adri?
—Te arrodillaste frente a todo el mundo la primera vez que nos volvimos a encontrar, has entrado como un león persiguiendo a una gacela en la final de un partido de un mundial frente a millones de personas para besarme, ¿y ahora dices que no sabes si darme un beso? Está bien, te daré una respuesta.
Y, tomándolo por la camisa, lo acercó a ella y lo besó en los labios. Un beso fugaz, sin profundizar, pero que avivó el calor que había dejado en ella con esa muestra de afecto y de amor hacía unas horas.
Y los asistentes aplaudieron de nuevo y ella sonrió junto a la boca masculina.
—Ve a descansar, mañana tienes la final y quiero un primer lugar —susurró.
—¿Crees que voy a poder dormir después de este beso?
—Sí, claro, ha sido un beso inocente.
—Siento decirte, sassenach , que en lo que a ti respecta nada es inocente.
Y sin pensarlo, dejando de nuevo que ese animal que llevaba en el corazón tomara el control, la cogió en brazos y la sacó del local sin que pudiera disfrutar del tercer tiempo.
Los silbidos de sus compañeros le dejaron claro que aceptaban la actuación del capitán escocés, que no la soltó hasta no dejarla sobre la cama que compartiría con ella a partir de ese instante.
—Kenneth, deberías descansar, lo digo en serio, mañana tienes el
«partido de tu vida» —insistió—. Es hora de…
—Es hora de que tú y yo desordenemos la cama. No me digas que no porque tienes miedo a lo que sucederá de ahora en adelante. Dime que sí, aunque te mueras de miedo, porque si no morimos los dos de ganas —susurró antes de besarla con una intensidad que la dejó sin razón.
Era cierto, la asustaba como mil demonios lo que sucedería de ahora en adelante, pero no iba a echarse atrás. Había visto un retazo de su vida sin él y estaba segura de que no era lo que deseaba.
Sus caricias la dejaban sin aliento, sus besos, sin aire y el contacto de su lengua húmeda sobre su piel dejaba en ella huellas invisibles que quedaban grabadas por el calor que nacía por el roce de sus cuerpos.
Cuando Adriana tomó la iniciativa y se colocó sobre él, a horcajadas, y empezó a torturarlo con sus movimientos suaves, creyó morir.
—Vas a matarme esta noche, Adriana —confesó.
—Dime, entonces, qué necesitas para sobrevivir, highlander , porque te quiero muchas noches más en mi cama.
—Todo lo que necesito para sobrevivir esta noche y todas las del resto de mi vida, sassenach —susurró, mirándola a los ojos, con una de sus manos rodeando su estrecha cintura y la otra colocándole la desordenada melena
—, es tu piel húmeda —musitó, acariciando la piel de su cuello—, tus ojos hambrientos —añadió, acariciándole la zona cercana a ellos— y los jadeos de tu boca insaciable —terminó por rematar, pasando su pulgar por los labios de Adriana, gesto que casi la hizo correrse en ese instante.
—Joder, Buchanan, ahora calla y juega duro.
Adriana abrió los ojos y se encontró sola en una cama que dejaba claro que había sido campo de juego.
Sonrió mientras se desperezaba, sabía que Kenneth tendría que estar concentrado todo el día porque jugaban la final.
La final. Parecía increíble todo lo que habían vivido.
Parecía increíble el tiempo que había pasado desde su reencuentro: un año.
Miró el móvil y enseguida le apareció el mensaje de Kenneth.
De pronto, ver esa palabra escrita lo hizo todo más real, sonrió más y apretó el móvil contra su pecho bajo el que latía su corazón alocado.
Abrió la boca y dejó escapar las mariposas que la llenaban.
Había tomado la decisión correcta, estaba segura.
Él hubiera sacrificado todo por ella, lo sabía.
A pesar de ser su última oportunidad, la hubiera sacrificado por ellos, por eso no pudo permitirlo.
Ella tenía todavía una carrera por delante, tendría la oportunidad de arbitrar en otras grandes competiciones, él no.
Él se retiraría tras el mundial, se lo había dicho.
Por eso no podía dejarle escapar su victoria, una conseguida con mucho esfuerzo.
Tecleó sin borrar una sonrisa que se había quedado fija en su cara y que duraría mucho tiempo, eso esperaba.
Kenneth echó un vistazo al móvil sin esperarse lo que vio, no imaginaba que Adriana le hubiera contestado tan pronto, y mucho menos lo que leyó al final.
—También me quiere… —susurró.
—¿Renunció a pitar la final por ti y todavía te sorprende que esa mujer te quiera? Estás fatal, amigo —se mofó Aiden.
—Sí, lo sé, pero verlo escrito ha hecho que sea más real.
—Vamos, tenemos que ganar ese trofeo como regalo de bodas.
Final del campeonato del mundo de rugby. San Denis, Francia. 21:00 horas.
Kenneth miró a sus compañeros, a todos esos jugadores que se habían dejado la piel para llegar a la final.
Estaba orgulloso de lo que habían conseguido, orgulloso de haber llevado a su equipo tan lejos, un récord en la historia de su selección.
Y nunca había tenido tantas ganas de rugir en el campo.
La lucha contra Inglaterra había sido impensable, sonreía cada vez que pensaba en el montón de apuestas que habrían tenido en contra y la cantidad de maldiciones que habría soltado más de uno, ahora estaban de nuevo en guerra. Una guerra que solo estaba en pausa.
—Compañeros —empezó con la emoción atascada en la garganta—, hemos llegado muy lejos y quiero más.
El enemigo está fuera y tenemos que defender el trono una vez más, así que os voy a pedir que salgáis al campo con todas vuestras fuerzas, que invoquéis a los guerreros que os precedieron y los despertéis, no olvidéis que somos un pueblo de luchadores, de supervivientes y, una vez más, nos lanzamos al campo a pelear contra Inglaterra.
Quiero ese trofeo, sé que vosotros también, pero también quiero que no olvidéis que el juego puede ser duro, pero siempre tiene que ser limpio. Ahora, vamos, a por el mundial.
Sus compañeros no aplaudieron, no gritaron ni silbaron, se unieron en un abrazo y salieron al campo como los guerreros que eran.
Adriana no podía contener los nervios. La habían dejado ver el partido desde la zona de los árbitros suplentes, aunque ella no fuera a pitar.
Al verlo salir, su corazón se desbocó y pensó que no había un hombre más atractivo en todo el mundo que su león.
Sí, sí lo había: el capitán Kenneth Buchanan cubierto por el barro tras un partido.
El partido comenzó y la primera entrada se la hicieron con dureza a Kenneth, Adriana se había prometido a sí misma que no iba a preocuparse por él, estaba acostumbrado a este tipo de juegos, pero fue inevitable.
No podía dejar de pensar en la entrada tan dura de hacía años.
Quería que ganara, pero no a cualquier precio.
El primer tanto de Kenneth llegó pronto y todo se detuvo cuando él la buscó con la mirada y brindó con ella, que le devolvió el gesto. El estadio estalló en aplausos, los comentaristas tuvieron de qué hablar para rato y ella sonreía cada vez que su león le dedicaba un tanto.
El primer tiempo terminó con una clara ventaja de los escoceses contra el equipo inglés, que parecía ir perdiendo fuelle a cada minuto que pasaba.
Su león se había hecho con la sabana y la controlaba a su antojo.
Nunca, jamás, lo había visto jugar así. Su pecho se sentía a punto de estallar por no ser capaz de contener tanto orgullo, estaba a unos minutos de conseguir el ansiado trofeo y ella deseaba, más que nadie, que lo lograra. Que cumpliera su sueño.
Quedaba poco tiempo para el final, Escocia seguía ganando, pero no con una ventaja suficiente como para acomodarse, Kenneth llevaba el balón, dos jugadores ingleses lo interceptaron, uno por las rodillas, el otro por la parte superior, derribándolo. Y sucedió. Kenneth estaba en el suelo, aullando.
Adriana moría de preocupación, no dejaba de morderse la uña del pulgar, sin saber bien qué demonios pasaba en el campo. Desde donde estaba no tenía una visión clara y el hecho de que todos se aglomeraran a ver qué había sucedido no la ayudaba.
Miró hacia la gran pantalla, en ella vio a Kenneth con la rodilla dislocada.
—¡Mierda! ¡Joder! —gritó, asustada, llevándose las manos a la cabeza.
—La entrada de los jugadores ingleses ha sido brutal, el capitán de Escocia está en el suelo con la rodilla dislocada. Creo que tendrán que sacarlo del campo y no podrá terminar el juego…
—Un momento, ¿qué hace? ¿Se recoloca la rodilla él solo con golpes?
—Maldita sea, ¡eso parece!
Adriana no podía creer lo que veía a pesar de que se desarrollaba frente a ella.
Kenneth se había golpeado la rodilla hasta colocarla en su sitio, se levantó y el médico lo acompañó hasta el borde del campo.
Tocó la rodilla de Kenneth, que la movió varias veces y caminó un poco, parecía que todo estaba bien.
Pero lo que sorprendió a todos fue que se negó a quedarse en el banquillo y regresó al campo entre aplausos y murmullos de incredulidad.
Estaba claro que ese hombre no era de este mundo.
—Y ahí está la prueba de que los jugadores de rugby están hechos de otra pasta. Kenneth Buchanan, capitán de la selección de Escocia, acaba de dejarlo claro.
Kenneth la buscó con la mirada, sonrió y brindó con ella, otro tanto diferente el que acababa de marcar, pero igual o más importante. Adriana le devolvió el gesto, más tranquila, y lo vio terminar el partido con la satisfacción de que Escocia se hacía con el trofeo del campeonato del mundo.
El equipo inglés recogía en orden su medalla, volvían a estar en la final como hacía cuatro años, cuando perdieron contra Sudáfrica, y el rostro de los jugadores que habían vivido aquella experiencia era triste. Dos veces tan cerca y a la vez tan lejos.
Adriana se emocionó cuando Kenneth, cojeando, apareció el primero de su equipo, saludando y recibiendo las felicitaciones de la organización, y cuando le colocaron la medalla de oro, no dudó en buscar a Adriana y dedicársela, era un triunfo de ambos.
Una vez que todo el equipo tenía su medalla de oro, se acercaron a recibir la copa, que Kenneth alzó hasta las estrellas, hacia esas mismas a las que la llevaba cada vez que estaban juntos.
Adriana se limpió las lágrimas de felicidad que surcaban su rostro. No era el final, sino el principio de todo lo que vendría después. El principio de una nueva vida junto al hombre que amaba.