Juego Duro (Tercer Tiempo 2) Capítulo 32
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Capítulo 32

Cierra las fauces, león

Kenneth estaba nervioso, se jugaban mucho.

Nada más y nada menos que el pase a la final, y, además, no había dejado de pensar en ella ni un segundo.

No había tenido noticias suyas y eso lo ponía furioso y a la vez, triste.

Se sentía de manos atadas, pero ya no podía hacer nada más que esperar a ver cómo resultaba todo cuando acabara el mundial.

Ahora solo podía pensar en el partido, en vencer a Australia.

Del otro encuentro que se disputaba saldría el otro finalista: Francia o Inglaterra.

Salió al campo y los australianos se llevaron el pase inicial, pero no podía perder.

Tenía que llegar a la final, ya casi rozaba con los dedos su sueño y no estaba dispuesto a renunciar a él.

Adriana estaba sentada entre el público, no podía perderse ese partido ni la emoción que llenaba todo el estadio.

Si otros partidos habían causado expectación, este se llevaba la palma, ya que de aquí saldría el primer finalista.

Los resultados del mundial la traían de cabeza: el partido de España, que nadie imaginó que llegara a cuartos de final, había terminado con la victoria del país anfitrión, Francia.

Y el encuentro de Inglaterra contra Gales había dado como resultado la victoria de Inglaterra.

Así que las semifinales habían quedado con Escocia enfrentándose a Australia y Francia que se enfrentaría a Inglaterra.

No se atrevía a hacer cábalas, porque ese mundial, si algo le había dejado claro, era que todo era posible y ella esperaba con el corazón en un puño: había tomado una decisión inamovible que había sopesado durante horas y, dependiendo del resultado del partido, actuaría de una manera o de otra.

El partido estuvo de infarto, los dos equipos demostraron su valor y su fuerza hasta el último momento. Kenneth no brindó cuando marcó ni una sola vez y eso la puso triste, pero, al fin y al cabo, se lo había pedido ella.

Cuando el silbato del árbitro marcó el final del mismo, se levantó y dejó el estadio para dirigirse al hotel; al día siguiente tenía mucho que hacer.

Kenneth no dejó de mirar hacia la puerta de la sala común, esperando verla entrar de un momento a otro para ver la semifinal entre Francia e Inglaterra.

De ahí saldría su rival para la gran final.

Estaba contento por haber logrado lo que ningún otro capitán escocés había conseguido y todo el mundo hablaba de la imparable Escocia. Y eso lo llenaba de orgullo.

Pero el partido terminó y Adriana no dio señales de vida y eso lo hizo sentirse triste. Era la constatación de que ella no sentía por él lo mismo. Así que saber que se enfrentaría a Inglaterra, rivales desde hacía cientos de años y no solo en el rugby , no le provocó la alegría que debiera.

Los días pasaron y no supo nada de ella. Aunque vigilaba el móvil constantemente en su tiempo libre por si llegaba un mensaje suyo, no ocurrió. Faltaban un par de días para la gran final y su entrenador les había dado tiempo, más relajados, para que los fisioterapeutas los pusieran al día.

—Capitán —comentó Aiden en una camilla cercana a la suya.

—Dime —masculló, relajado.

—He escuchado que el tercer y cuarto puesto lo pitará Adriana.

Eso lo sorprendió porque tenía asignada la final, ¿habría alguna baja de algún árbitro? ¿Por qué de repente pitaba también el tercer y cuarto puesto?

—Vale —dijo sin más.

—¿Vas a ir a verla? Tenemos libre ese día.

—No tengo entradas.

—Yo sí, me las ha pasado Evans.

—¿Daniel? —preguntó con extrañeza.

—Sí, ha pensado que te gustaría verla pitar.

—No tiene idea de nada… —masculló en voz baja.

—Yo creo que tiene idea de todo… —farfulló a su vez Aiden.

El partido estaba a punto de comenzar cuando llegaron a sus asientos, debería sorprenderlo, pero no fue así, que estuvieran junto a Daniel Evans. Puso los ojos en blanco, pero después decidió que debía darle, como poco, las gracias por las entradas.

—Evans, gracias por las entradas.

—De nada, pensé que te gustaría verla arbitrar.

—¿Por qué estás aquí?

—Quería disfrutar de un partido como espectador, ahora que estamos fuera del campeonato puedo darme el lujo de relajarme y disfrutarlo. Por cierto, enhorabuena. Habéis hecho un gran mundial.

—Gracias, ha sido mucho trabajo, pero estoy contento.

—¿Has pensado qué vas a hacer después?

—No lo sé, supongo que retirarme y luego… luego no lo sé.

—Estoy buscando un segundo de abordo.

—¿Me ofreces trabajo? —preguntó sin dar crédito.

Daniel asintió y Kenneth se quedó sin palabras.

—Al menos di que lo pensarás, por educación —masculló.

—Gracias, lo pensaré.

El partido dio lugar y Kenneth no dejaba de mirarla, embobado, no tenía ni puta idea de qué tenía esa mujer que lo cortocircuitaba por completo. Y, al parecer, no solo le sucedía a él, podía ver las miradas de los jugadores incluso desde donde estaba.

Por suerte para él y desgracia para ellos estaban justo tras el banquillo de los australianos. Daniel había pedido favores y el entrenador, un viejo conocido de Daniel, le había conseguido unas entradas para esa zona en la que podía ver todo el espectáculo de cerca.

Adriana no parecía estar al tanto de nada, solo del juego, y eso lo relajaba. Porque no tenía ni idea de por qué se sentía tan protector con ella.

—Cierra las fauces, león, puedo verte hasta los colmillos. ¿Vas a destrozarlos a todos?

—Ojalá pudiera —confesó.

—A veces no sé si de verdad estás ciego o no quieres ver —afirmó, rotundo.

—¿Por?

—Espero que sepas lo que significas para esa mujer y el sacrificio que ha hecho por ti —insistió Daniel mientras Kenneth lo miraba sin saber qué era lo que sucedía—.

Así que… ¿no lo sabes? No te lo ha dicho para que no intentaras detenerla o hicieras alguna tontería…

—susurró, esta vez para él más que para los oídos de Kenneth.

—No sé de qué demonios me hablas, Daniel.

—Ha rechazado pitar la final —soltó como si nada.

—¿Qué demonios…? —exclamó sin entender, pero al segundo de soltarlo por la boca, supo «qué demonios» había pasado—. Ha renunciado a pitar la final, ¿por mí? ¿Ha renunciado a su sueño por mí? —masculló una vez más.

—Ha dicho al comité que no le parecía ético pitar un partido cuando se había dado cuenta de que tenía sentimientos románticos por el capitán de una de las selecciones, la escocesa para más señas.

—¡Joder! —gritó, llevándose las manos a la cabeza, y es que no daba crédito.

Desesperado, se levantó del asiento y la buscó en el campo con la mirada.

Todo a su alrededor era ruidoso. Los aficionados estaban como locos viendo el fin del partido, cuya victoria había logrado Francia, la anfitriona.

El griterío en las gradas no dejaba que se concentrara y no podía encontrarla, ¿por qué no podía verla si era la árbitra?

¡Joder! Si tenía sentimientos por él, por un lado, estaba jodido de que hubiera renunciado a su sueño, por otro, pensaba en que no había una mejor forma de expresar lo que sentía.

Los había puesto por encima de todo. Y eso lo abrumaba porque nunca le hubiera pedido renunciar a su sueño, era más, estaba dispuesto a no jugar si ella…

No, ahora no podía, ¿tal vez por eso ella no le había dicho nada? ¿Sabía cuál iba a ser su reacción?

—¡Joder! —gritó una vez más, y dejó que el león que llevaba dentro saliera.

Nadie sabía qué sucedía, ni por qué el capitán de la selección de Escocia, Kenneth Buchanan, corría como loco por el campo de juego en el final de un partido que no era el suyo.

Adriana escuchaba los gritos de asombro en las gradas, pero no tenía ni idea de qué era lo que sucedía, los silbidos se intensificaron y, cuando se giró para buscar qué era lo que todos miraban, lo vio a él.

Su león. Eso parecía. Un león oscuro, salvaje, atractivo, fuerte y seguro de sí mismo corriendo hacia ella. Imparable.

Al llegar a su lado, la tomó con brusquedad por la cintura y la besó.

La besó sin que sus pies tocaran el campo de juego y dejó de escuchar los aplausos, los gritos, los vítores, dejó de escucharlo todo menos lo que él la hacía sentir, menos al latido de su corazón que se había adueñado de sus venas y podía sentirlo por todo el cuerpo, uno que temblaba sin parar.

—Kenneth —logró balbucear cuando el beso se hizo tan intenso que tuvieron que alejarse para no arder en llamas ahí, frente a todos.

—¿Por qué, Adriana? —preguntó sin dejarla pensar en nada más.

—¿De verdad tienes que preguntarlo? —interrogó a su vez.

—Yo…, ya sabes que hubiera renunciado a jugar, me hubiera quedado como suplente… —explicó.

—No, Kenneth, no es culpa tuya, ha sido decisión mía. Este será tu último mundial, pero no el mío —sonrió—. Así que quiero que ganes mañana, que mi sacrificio sea una victoria.

—Pero… son un gran equipo —susurró.

—¿Y? Torres más altas han caído, ¿no? Has vencido a equipos muy fuertes porque eres el capitán de los highlanders . Además, si hubiera pensado así, ¿crees que estaría ahora aquí? No, claro que no. Así que lleva mañana a tu equipo a la victoria, capitán. Hazlo por mí.

—¿Y después? —preguntó con la voz temblorosa.

—Después…, tendremos mucho tiempo para ver qué hacemos.