Juego Duro (Tercer Tiempo 2) Capítulo 31
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Capítulo 31

«Gracias»

Adriana miró el móvil una y otra vez durante horas y en todo ese tiempo no dejó de preguntarse cómo era posible que solo le hubiera contestado con un simple «gracias» y, por primera vez, el pensar que podía haber echado por la borda lo que tenía, fuera lo que fuese, la hizo sentir mal.

Triste. No era lo que quería, quizás tenía que haber sido más clara con él.

La madrugada la sorprendió dando vueltas en la cama, estaba hecha un desastre, como todo dentro de ella.

No quería perderlo, de eso estaba segura, pero tampoco quería perder la oportunidad de pitar la final de un mundial.

Todo dentro de su cabeza era caos, un murmullo inconexo de voces de las que no entendía nada, solo una palabra: Kenneth.

Serían un par de semanas duras porque tenía la intención de mantenerse alejada de él, aunque sabía que era una misión imposible incluso para Tom Cruise. Tras despejarse bajo la ducha, volvió a mirar el teléfono y el triste

«gracias» seguía solo, sin compañía. Y eso la estaba volviendo loca.

Con la maleta lista, esperaba a embarcar. El vuelo se le pasó «volando», sobre todo, porque se durmió en el trayecto: estaba agotada por la agitada noche.

Cuando llegó al apartahotel, lo buscó sin parar por todos lados, aunque sabía que sería complicado: estaría de nuevo concentrado para la semifinal, en ese partido se jugaban todo: o pasaban a la final, o jugarían por el tercer y cuarto puesto.

Y sabía lo importante que era para Kenneth llegar a la final.

Y lo último que quería era ser una distracción para él, si alguien tenía que comprenderla, ese era Kenneth. Eran adultos y podían separar el trabajo del placer, debían. O eso esperaba. Aunque la duda no dejaba de rondarla por la cabeza.

Kenneth sabía que Adriana debía de estar de regreso, por eso lo molestaba tanto no saber nada de ella, ¿de verdad no iba a decirle que había regresado?

Podía entender que quisiera estar alejada unos días de él, no arriesgarse a que los pillaran y que ella se viera en una situación comprometida.

Era consciente de que sería algo que la afectaría solo a ella, no a él.

Así eran las cosas, por eso trataba de cumplir con su parte y no agobiarla, pero ¿por qué demonios no le había puesto, aunque fuera, un mensaje para decirle que estaba de vuelta y bien?

—¡Capitán, regresa de donde estés! —lo avisó Aiden justo a tiempo para parar un balón del entrenador que volaba directo a su rostro.

—¡Vamos, chicos! —gritó el entrador—. Sé que estáis agotados, pero solo nos queda el último empujón. El sábado se decidirá si jugamos la final o nos conformamos con el tercer o cuarto puesto. Y, puestos a elegir, quiero llegar a la final. ¿Vosotros no, equipo? —interrogó en voz alta.

—¡Sí, claro que sí! —corearon un grupo de voces.

—Buena captura, Buchanan —añadió como si nada.

—Gracias, entrenador.

—Ahora id a descansar. Y dormid bien porque mañana esto será el infierno —amenazó antes de retirarse para tomar una llamada.

Kenneth se quedó atrasado en el campo de juego. Todavía debía poner en orden sus pensamientos y estos no eran buenos, no dejaban de repetirle que ella no quería saber nada más de él.

—Kenneth —lo llamó Aiden.

Alzó la mirada e hizo el intento de esbozar una suave sonrisa que no llegó, quedando convertida en una especie de mueca.

—¿Es por la árbitra? —interrogó.

Kenneth le lanzó el balón que aún tenía entre las manos y afirmó sin pronunciar palabra.

—¿Cuál es el problema, Kenneth? No logro entenderlo, sois adultos y os gustáis —resumió de manera sencilla.

—No es tan simple, Aiden.

—Yo creo que sí.

—No, no lo es. Me vuelve loco.

—¿No es eso el amor? —lanzó la pregunta como si nada.

—No lo sé, la verdad es que lo que me hace sentir es algo que no he experimentado con nadie antes…

—¿Y ella lo sabe?

—¡Demonios! Claro que lo sabe —aclaró, recogiendo el balón que volvía a lanzar a Aiden—. Le he dejado claro que la quiero en mi vida. Si luego no funciona…, al menos no me quedaré con la duda.

—¿Entonces?

—Quiere espacio.

—¿Quiere espacio y no habéis ni empezado…? —inquirió con sorpresa.

—Quiere mantener nuestra relación, o lo que sea que tengamos, lejos del campeonato. Tiene miedo.

—¿Y tú? ¿Tienes miedo, capitán?

—Sí, ¡demonios!, lo tengo. Tengo miedo de que no sienta por mí lo que siento por ella.

—Entonces, capitán, solo puedo darte un consejo.

—¿Cuál?

—Pregúntaselo. No des nada por hecho, pregúntaselo.

—Ha regresado y no me ha dicho que está de vuelta —soltó. Necesitaba contárselo a alguien y Aiden era uno de los pocos amigos que tenía allí.

—Quizás… deberías poner también tus reglas. Ella parece ser la árbitra en el campo de juego y fuera también.

El balón quedó preso entre sus manos, miró a su amigo y sopesó sus palabras, a lo mejor estaba en lo cierto y la había dejado poner las reglas desde el principio, como si fueran jugador y árbitra en vez de dos iguales.

Desde la ventana de su habitación lo vio llegar.

Dudó, llevaba dudando desde que llegó en si ir a buscarlo o no, pero en dos días tendría el partido que podría llevarlos a semifinales y la idea de que no le haría bien un encontronazo con ella pesaba más que sus ganas de abrazarlo, de preguntarle cómo estaba…

Así que una vez más se metió en una cama que parecía un desierto árido y seco y trató de dormir.

El sábado decidió largarse de allí, quería dar un paseo por París y despejar su mente de tanto Kenneth, no podía dejar de maldecirlo cada vez que se acordaba de él y decidió que pasar el día fuera sería lo mejor.

No era la primera vez, ni sería la última, que visitaba Montmartre.

Y siempre le sucedía igual, cuando se colocaba en el inicio de la calle que la llevaría a coronar la cima, donde se encontraba el Sagrado Corazón, su corazón se aceleraba.

Aunque era la primera vez que le hubiera gustado estar acompañada en vez de sola.

Las calles empinadas y empedradas eran como viajar en el tiempo: la atmósfera era diferente, relajada, sin el estrés al que hoy día estaban sometidos todos. Allí era como si se detuviera el tiempo.

Llegó a la Place du Tertre, repleta de artistas callejeros que pintaban escenas de la plaza o realizaban caricaturas a los turistas.

Antes de continuar la visita hasta el Sagrado Corazón, se detuvo en uno de los restaurantes que llenaban el barrio.

Su favorito se encontraba justo en la esquina y tenía unas mesas exteriores que te permitían disfrutar de la vista de la iglesia mientras degustabas cualquiera de sus platos: todos eran deliciosos.

Echó de menos a Kenneth y también a su amiga Laura. No sabía por qué estaba tan sentimental esos días, por lo general no solía estarlo. Sacó el móvil e hizo una fotografía de las vistas. Abrió el wasap de Kenneth y escribió:

Y añadió la imagen. Terminó la comida y pidió un café que bebió sin prisa.

No dejó de mirar el teléfono, pero en ningún momento le contestó.

Incluso comprobó si lo había recibido, pero permanecía a la espera.

¿Se había pasado de estricta? ¿Se había quedado corta en palabras?

¿Había dado por hecho que estaría ahí siempre, aunque ella se lo pusiera difícil una y otra vez?

Caminaba perdida en sus pensamientos cuando se dio cuenta de que estaba a los pies de la iglesia.

Había subido todos los escalones a pie de manera automática, sin percatarse del gentío, del sol que se ocultaba bajo un manto de nubes traídas con el anochecer.

Kenneth ocupaba demasiado sus pensamientos y supo, en ese instante, que debía hablar con él.

Tenía que aclararlo todo, hacerle saber que tenía sentimientos por él, pero que tenía que dejarlos aparcados solo unos días más, poco más de una semana y después… , después lo compensaría.

Volvió a contemplar las vistas desde la altura, tener la ciudad de París a sus pies era algo único, igual que lo que había nacido entre Kenneth y ella, y no podía perderlo. No otra vez.

Llegó al hotel entrada la noche, tomó el ascensor y se descalzó mientras llegaba a su planta.

Tenía los pies molidos por la larga caminata.

Cuando llegó a la puerta de su habitación, dudó una vez más, no tenía claro si debía ir en su busca, pero recordó que él no dormía en una habitación solo y le pareció muy comprometido ir a buscarlo cuando sabía que iba a tener varios testigos.

Era algo que debía mantener en privado un poco más.

Solo un poco más. El entrenador les había dado el domingo libre, gracias a Dios, y se habían reunido para ver los dos partidos que se jugarían.

El primero: Francia contra España, y después se jugaría Inglaterra contra Gales.

De ahí saldría el rival contra el que se enfrentarían en la semifinal, así que, tanto su equipo como él, estaban nerviosos.

Y esa ansiedad creció cuando la vio entrar en el salón del hotel en el que se habían reunido. No fue el único que se percató de su presencia, siempre que llegaba a alguna reunión las cabezas giraban hacia ella, como si tuviera dentro de su cuerpo algún imán cuya fuerza nadie era capaz de resistir.

La escena se repitió, parecía entrar en bucle, todos los que podían se acercaban a saludarla y charlar con ella, parecía que nadie creía todavía que fuera posible que hubiese llegado donde estaba.

Tras un buen rato sin dejar de buscarla con la mirada cada dos por tres, se concentró en el puto partido, que ahora le importaba una mierda. Molesto, miraba la televisión cuando Aiden se echó a un lado en el sofá que compartían y otro peso, más liviano, ocupó su lugar.

—Hola, Kenneth —lo saludó.

No había girado la cabeza, y no lo necesitaba. Su cuerpo reaccionó a su voz. La tenía cerca y un súbito calor lo llenó todo de brasas ardientes. Era ella, había ido a su lado, de entre todos, lo había vuelto a elegir a él, eso debería significar algo, ¿verdad?

—Adriana, no sabía que habías vuelto —murmuró, girando la cara lo justo para verla.

Y se arrepintió de haberlo hecho, esa mujer tenía que usar algún tipo de brujería porque no era normal que estuviera más y más guapa cada día que pasaba.

—Te he traído una cerveza —susurró, tendiéndole una jarra.

—Gracias, pero está cerca la competición y no debería beber… —murmuró.

—Me la tomaré yo, árbitra —afirmó Aiden al mismo tiempo que le arrebataba la jarra de la mano.

Y ninguno dijo nada en lo que quedó de partido. La tensión era tan intensa que se podía ver. Y Kenneth estaba seguro de que el calor que emanaban sus cuerpos al estar cerca el uno del otro había subido la temperatura de la sala varios grados.

Adriana solo murmuraba cuando España hacía alguna jugada que les costaba perder ventaja y Kenneth solo sonreía cuando la cámara enfocaba a Daniel, molesto porque su equipo iba perdiendo.

—¿Crees que ganará España, Adriana? —preguntó Aiden.

—La verdad es que me gustaría, Aiden, pero lo cierto es que Francia está haciendo un partidazo y mucho me temo que se harán con la victoria.

—Yo quiero que gane Francia —reveló con sinceridad.

—¿Y eso por qué, Aiden?

—No me gusta Daniel Evans —afirmó, rotundo.

—Bueno, a mí tampoco, pero la tierra tira —bromeó—. Aunque he de reconocer que España lo ha hecho genial hasta ahora, llegar a cuartos de final es todo un logro y parte del mérito es de Evans.

—Está a punto de hacer una haka desde el banquillo a ver si su equipo remonta —murmuró una voz desconocida entre las demás.

Eso provocó risas y Adriana tuvo claro que Daniel Evans se había ganado más enemigos que amigos en su camino.

Quizás por su forma de ser, que se acercaba más a la de un cromañón que a la de un hombre moderno, lo que intensificaba, aunque pareciera increíble, su atractivo indudable.

O por la gran carrera que había tenido…, no tenía claro por qué, pero era envidiado, admirado y odiado a partes iguales.

—Supongo que ser así —señaló a la pantalla cuando volvieron a enfocarlo— despierta mucha envidia —lo defendió.

Y, sin saber por qué, Kenneth se levantó y se marchó de la sala. Adriana no sabía qué hacer, pero no podía dejar las cosas así, ¿se había molestado por el comentario hacia Evans? Sin pensar bien en lo que hacía, lo siguió fuera de la sala y lo frenó justo al final del pasillo.

—Kenneth, espera. ¡Maldita sea, Buchanan! —gritó—. ¡Espera!

Escucharla gritar lo hizo detenerse, se giró con las manos formando dos fuertes puños y la miró con una expresión que a Adriana le puso el vello de punta.

—¿Qué quieres, Adriana?

—¿Que qué quiero, Kenneth? Quiero saber cómo estás, por qué demonios no has contestado mis mensajes y por qué demonios te has largado de la sala de esa forma. ¿Sabes cuánto me estoy jugando por ti?

La risa de Kenneth la pilló desprevenida. No se esperaba esa reacción, que la dejó clavada en el lugar, sin poder moverse.

—¿De qué… —se detuvo para tomar aire—, de qué te ríes, Kenneth?

—Me hace gracia que digas que te estás arriesgando por mí o que me eches en cara que no te he devuelto los mensajes, ¿qué quieres, Adriana?

Porque yo sé lo que quiero, pero no sé qué quieres tú, ¿acaso lo sabes?

—Kenneth… —susurró.

—Me pediste espacio, tiempo… y te lo di. Me has exigido que me mantenga al margen, que no dé lugar a habladurías, me has dejado claro que no soy lo primero para ti…, ¿y todavía te extraña que no te conteste un maldito mensaje? ¿Cuántos días llevas aquí, Adriana? —preguntó, dolido.

Adriana dudó, apretó las manos hasta clavarse las uñas en las palmas, sabía que él tenía razón.

—Varios días, Kenneth.

—Y he tenido que enterarme de casualidad. ¿No me merecía al menos saberlo por ti?

—Yo…, yo pensé que sería mejor no vernos, no quería distraerte antes del partido.

—Ese es tu problema, Adri, que crees saber qué es lo mejor para mí. Y, ¿sabes? No tienes ni idea; lo mejor para mí eres tú, pero está claro que no puedo tenerte.

Y se marchó, dejándola sola y confusa. Dolida y no con él, sino consigo misma, porque tenía razón. Él tenía razón y ella había estado equivocada desde el principio.