Juego Duro (Tercer Tiempo 2) Capítulo 30
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Capítulo 30

Silencio

Regresaron al apartahotel dando un paseo por la ciudad, el lugar estaba muy bien ubicado y el centro quedaba a buena distancia.

Adriana había permanecido en silencio, tan solo disfrutando de un tiempo con Kenneth que llegaba a su fin.

Él había dejado muy claro lo que quería, desde el principio, y ella cada vez estaba más segura de que su destino estaba unido a Kenneth, pero la sensación de que no era todavía el tiempo adecuado seguía molestándola en su cabeza para hacerla dudar.

Cuando divisaron la entrada, Adriana se detuvo.

—Kenneth —lo llamó.

Él la miró a los ojos y supo que todavía había dudas en ellos, se reflejaban con claridad y no se molestaba en ocultarlos. Le gustaba eso de ella: era una mujer directa y clara, aunque con respecto a sus sentimientos estuviera algo confusa.

—Dime, Adri.

—Mañana vuelo a Marsella de nuevo. Me han designado para pitar el Australia-Argentina de cuartos de final el día 14.

—Ese día juego los cuartos de final contra Nueva Zelanda.

—Lo sé. No me lo perdería por nada en el mundo, así que lo disfrutaré, aunque sea desde la pantalla.

—Me hubiera gustado más que me vieras desde las gradas.

—¿Sabes? Brindo contigo cada vez que anotas —confesó para su propia sorpresa, se había prometido no decir nada, pero ahí estaban las palabras, delatoras.

—Al menos me dejas claro que sabes que es por ti —farfulló, llevándose la mano a la nuca con una tímida sonrisa.

—Claro que lo sé, lo sabe medio mundo. No es que seas muy discreto con el tema. Por eso —lo interrumpió antes de que comentara nada—, quiero que sepas, el primero —recalcó—, que me han designado para pitar la final.

—Pero eso es… ¡Joder, Adriana! ¡Eso es una maldita bomba! ¿Sabes lo que significa? —preguntó, feliz por ella.

—Claro que lo sé, Kenneth, por eso necesito estar alejada de ti unos días.

No quiero tener dudas sobre si voy o no a ser imparcial. Es algo con lo que no todos los árbitros pueden soñar y, si llegaras a la final…, bueno, si doy un paso más…, todo podría irse por la borda y no estoy dispuesta.

—No es ilegal, Adriana. Tú y yo. No es algo prohibido. No es que estemos haciendo nada malo —replicó, un poco dolido.

—No, no lo es, pero no me parecería ético, Kenneth. ¿Lo entiendes? Por eso necesito que dejes de brindarme cada anotación, de decir que se lo dedicas a la mujer de tu vida y que se escuchan campanas de boda —explicó con la esperanza de que lo comprendiera.

—Pero es lo que siento, Adriana —musitó, colocando la mano de la mujer sobre su pecho—. Quiero pasar el resto de mi vida contigo y pensaba, te juro que pensaba, que tú también.

—Puede, pero no ahora…

Y esas palabras le rompieron un poco el corazón a Kenneth. Sabía que su profesión era importante, pero, por otro lado, le hubiera gustado oírla admitir que tenía sentimientos por él en vez de que le pidiera que dejara de demostrar los suyos.

—También voy a pedirte que me dejes llegar primero a mí al hotel —pidió.

Lo último que quería era avivar esos rumores que ya incendiaron las redes sociales con ese vídeo viral en el que él parecía declarársele y, ¡joder!, se le había declarado esa noche. Una declaración de intenciones en toda regla.

Y ella estaba segura de que quería estar con él, pero no ahora, solo necesitaba un poco de tiempo más, solo un poco…

No era mucho pedir, ¿o sí? Sin embargo, la mirada del hombre que tenía frente a ella había cambiado y sintió que algo no estaba bien, pero no era capaz de ver el qué.

Solo esperaba que él entendiera que no era por él, que era por ella: una lucha consigo misma que debía librar por sí misma.

Quizás había pasado mucho tiempo sola, demasiado, o tal vez se había concentrado tanto en su carrera que se había olvidado de que había otras cosas en la vida. Fuera como fuese, ahora no era el momento, y puso rumbo al hotel lo más deprisa que sus pies le permitieron.

Kenneth no le quitó la vista de encima hasta que hubo entrado.

Tenía el corazón martilleando en su pecho con fuerza y se notaba alterado.

Había hecho su parte, le había dejado las cosas claras.

Quería estar con ella y tenía que estar seguro de que ella lo comprendía.

Aunque después de esa despedida tan fría, todo parecía desmoronarse.

Ese castillo que había construido no había resultado ser de piedra, sino de pequeños granos de arena que el viento arrastraba sin compasión, sin importarle lo duro que había trabajado para levantarlo.

No pegó ojo en toda la noche, tan alterada la había dejado Kenneth, y no solo alterada, le había dejado unas ganas de él que no era capaz de soportar.

Se sentía febril y, cada vez que cerraba los ojos, su voz, sus palabras, su boca…

aparecían en su mente y no llegaban solas, sino acompañadas de otras imágenes más sugerentes en las que ambos desordenaban la cama durante horas, hasta desgastar las sábanas y quedarse saciados.

El vuelo a Marsella lo pasó dormitando, algo que agradeció, estaba mareada de tanto vuelo. Al menos le habían vuelto a dar el mismo hotel, algo que agradecía con tanto cambio.

Los días volaron sin recibir noticias de Kenneth, no podía culparlo, ella le había pedido un poco de distancia tras lo que había sucedido y él la estaba respetando.

En más de una ocasión se detuvo al empezar a escribirle o al buscar su número en la agenda para llamarlo, lo echaba tanto de menos…

Aun así, se obligaba a permanecer firme, tenía que terminar el mundial y después, después, tendrían todo el tiempo del mundo si era lo que deseaban.

Kenneth parecía, más que nunca, un león enjaulado.

Todos habían notado su cambio, aunque lo achacaban a los nervios del campeonato, se acababa y Escocia cada vez tenía más posibilidades de llegar lejos, más que nunca en toda la historia de su selección.

Pero la verdad distaba mucho de los rumores, no lo preocupaba no hacer un buen papel en el campeonato, o no le había preocupado hasta que Adriana se marchó de esa manera tan distante y desde aquella maldita noche no había vuelto a saber nada de ella.

Pero se mantendría firme, le había pedido espacio y tiempo y se lo daría, aunque lo estuviera consumiendo vivo. Y lo consumía con una rapidez que no se esperaba. Esa noche era un gran partido, decisivo, ya que se jugaban el paso a semifinales, y su rival era de los más fuertes: Nueva Zelanda.

No era la primera vez que se enfrentaba a ellos, todavía le dolía la lesión que la brutal entrada de Evans en aquel partido, hacía ya años, le había dejado de recuerdo. Esa noche tendría la oportunidad de devolverle algo de dolor a Evans si eran capaces de dejarlos fuera del campeonato.

Encendió la televisión y la vio. Estaba en mitad del campo a punto de dar inicio al partido y su corazón dio un vuelco.

Por más que quisiera mantenerse frío y distante, no podía, no con esa mujer.

Todavía recordaba, cada mañana al despertar, el calor de su cuerpo junto al suyo, el roce suave de su piel, su sonrisa, sus ojos azules secuestrados por el pesado sueño de la noche que se negaba a disiparse…

¿Y quién no se resistiría? Esa mujer era todo y más.

No quería despegarse del maldito televisor, que lo mataran si era lo que deseaba, pero tenía que marcharse, en unas horas jugaría uno de los partidos más complicados de su vida, porque, si Adriana le había dejado claro algo, era que el juego más duro era el que se traía con ella.

Adriana entró en el lugar donde se celebraría el tercer tiempo, nerviosa, se había acostumbrado a ver los partidos en los que Kenneth jugaba a solas, para poder recrearse en la fiereza que su rostro mostraba en los partidos, en la fuerza que ponía en cada jugada no dando nunca un balón por perdido.

Sin embargo, esa noche era diferente, el partido entre Argentina y Australia se había alargado y había tenido que lidiar con un par de jugadas polémicas que había solucionado de manera justa.

Nada más entrar, uno de los jugadores australianos se acercó a ella con una cerveza en la mano.

—Quería saludarla y presentarme formalmente —dijo, extendiendo la mano—. Liam McDermott —continuó con su presentación.

—Sé quién eres, Liam y, por favor, tutéame —pidió con su perfecto inglés, siempre se sentía incómoda con la formalidad inglesa a la hora de expresarse.

—¿Así que me conoce? —preguntó con tono seductor.

Claro que lo conocía, intentaba saber algo de cada uno de los jugadores: era su profesión y, estaba segura, de haber sido hombre no lo habría preguntado como si fuera un hecho insólito o tuviera una connotación sexual oculta.

—Claro, es mi trabajo. Juegas como medio melé11: eres ágil pero fuerte.

Me gusta tu visión de juego, aunque a veces arriesgas más de lo que deberías, de ahí que la balanza se incline hacia lo negativo en cuanto a estadísticas se refiere, pero, por otro lado, eres aún un niño. Todavía tienes mucho que mejorar y tiempo para hacerlo.

Adriana aguantó la sonrisa que comenzó a formarse en su cara cuando vio la expresión del joven. No sabía si lo había conmocionado más que supiera todo eso de él o que lo hubiera llamado niño, algo que había hecho con toda la intención para que quedara claro que no tenía ningún interés en él.

—Ya veo… Un placer saludarla —dijo sin más, alejándose de ella.

Por suerte, el partido comenzó y tomó asiento junto a los demás árbitros. Nada más comenzar, los neozelandeses, guiados una vez más por Darel, interpretaron su haka y de nuevo sus sentimientos afloraron, era algo que no podía evitar, un estremecimiento primitivo que parecía activarse escuchándolos.

El equipo escocés se mantuvo firme frente a ellos, sin ceder ni un centímetro de terreno a pesar de los intentos de sus oponentes. Sin duda, eran guerreros frente a guerreros, y en el ambiente saltaban chispas.

La moneda voló lanzada por Kenneth, que sonrió cuando pudo escoger el saque inicial, y lo hizo.

Brindó. Un leve rubor bañó las mejillas de Adriana, que tomó un largo sorbo a la cerveza para enfriarse.

¡Maldito Buchanan! Lo había vuelto a hacer, estaba segura de que se le notaba en la cara y eso era, precisamente, lo que quería evitar.

Tras ese brindis se sucedieron algunos más, Kenneth estaba imparable y, para sorpresa de todos, los highlanders dejaron fuera de juego a los neozelandeses, que no daban crédito.

Incluso una de las cámaras de televisión se enfocó en el antiguo capitán, Daniel, y todo el mundo fue testigo de su cara de sorpresa.

El grupo reunido en el salón aplaudió al equipo escocés, que estaba resultando ser toda una sorpresa partido tras partido y los halagos al buen hacer del capitán no cesaron durante minutos.

Al principio, achacaban la clasificación de

Escocia a las lesiones y mal hacer de sus compañeros de grupo, después, a la mala suerte que los cabeza de grupo estaban teniendo, pero, poco a poco, todas las dudas se disiparon dejando paso a la claridad, que no era otra que Escocia parecía estar tocada por alguna varita mágica que los hacía invencibles, sobre todo, su capitán, Buchanan, que no dejaba de sorprenderlos a todos con su agilidad y rapidez, que hacía sombra incluso a jugadores más jóvenes.

Cuando los equipos se saludaron tras el partido, Kenneth susurró algo al oído de Darel y ambos dirigieron la mirada hacia las gradas.

Algo tenía que ver con Evans y eso la hizo esbozar una sonrisa.

Se había quitado la espinita, estaba segura.

Tal vez ahora ambos pudieran empezar de cero y dejar todo atrás de una vez.

Kenneth estaba pletórico, habían eliminado a los neozelandeses y se habían clasificado para las semifinales.

No podía creerlo. No podía. Aunque supuso que era lo que tenía estar enamorado, lo hacía estar en una nube fuera del campo y dentro de este era un león rabioso que sacaba la frustración, de querer follarse a Adriana a todas horas y no poder, en el campo.

Y lo peor de todo era que estaba loco por llamarla, por preguntarle si lo había visto y si lo extrañaba tanto como él a ella, pero no podía.

Salió de la ducha más relajado, estaba forzando la máquina a tope, era consciente, tanto como de que este sería, casi con toda seguridad, su último mundial.

La edad se le echaba encima a una velocidad pasmosa y para el siguiente no estaría en tan buena forma.

Además, quería retirarse, quería formar una familia.

Con ella. Quería un futuro con esa mujer que tan complicadas le ponía las cosas.

Caminaba hacia el tercer tiempo cuando su móvil vibró en el bolsillo, lo sacó sin esperarse que el mensaje fuera de ella.

Eso hizo que su corazón se acelerara y que su estómago se encogiera o algo así, porque no tenía claro qué era exactamente lo que esa mujer le provocaba dentro, pero sí sabía que todo se revolucionaba en su interior cuando la implicaba a ella.

Y ahí se detenía. No decía nada más, sin embargo, fue más que suficiente para confundirlo.

No sabía a qué atenerse con ella. ¿Le había cerrado la puerta o solo la había entornado?

No tenía ni idea, tal vez estaba tan confusa como él en ese instante y necesitaba algo de distancia para ver las cosas con otra perspectiva.

Dejó escapar el aire que retenía y dio un par de vueltas sobre sí mismo sin saber qué hacer, sin tener claro qué debía responder o si debía hacerlo.

No quería ser un obstáculo para ella y se sentía así.

Como si el único que tuviera claras las cosas entre ellos fuera él, pero no se podía tener una relación de pareja siendo solo uno.

«Gracias», fue lo único que atinó a teclear. Y, después, la llamada de sus compañeros para celebrar el triunfo durante el tercer tiempo lo sacó de ese bucle en el que se perdía durante horas y que tenía nombre propio: Adriana.

11 El medio scrum (melé en español) es el encargado de dirigir el juego de la delantera.

La función principal del medio scrum se desarrolla en las fases de scrum o melé, en las que se encarga de introducir el balón tras la señal de su hooker o de tratar de evitar la salida del mismo si introduce el equipo contrario.

Asimismo, es el encargado de sacar la pelota de la formación de scrum o melé si se logra la posesión.

También es el encargado de levantar el balón para jugarlo en los rucks o abiertas.