Juego Duro (Tercer Tiempo 2) Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

Kenneth pidió la cuenta y, cuando fue a pagar, ella lo detuvo, quería ser quien pagara.

—No, sassenach , no puedo dejar que…

—¿Qué no puedes dejar? ¿Que pague una mujer? ¿Que invite yo…?

Sabes que hoy en día una mujer no necesita a un hombre para nada, ¿verdad?

—Y yo no quiero que me necesites para nada, Adriana, pero sí que me quieras para todo —soltó, mirándola a los ojos con una intensidad que la abrumó.

Gracias que el camarero llegó con el datáfono y pudo pagar la cuenta para irse. A pesar de estar al aire libre, se había quedado sin oxígeno.

El barco estaba a reventar; parecían sardinas enlatadas. Lógico, ya que no solo era París, sino que se le sumaba el campeonato del mundo y eso siempre atraía a turistas. Se sentaron en la parte más discreta que encontraron y Kenneth le echó el brazo por los hombros, como si fueran una pareja más.

Adriana se recostó y se relajó, la verdad era que su reencuentro estaba resultando ser interesante como poco. Estar con él es igual que vivir perpetuamente en un vagón de montaña rusa: igual estaba por las nubes que a ras de suelo.

El barco comenzó su tour y disfrutó de lo lindo de una vista diferente de París, acodada junto al hombre que le aceleraba el corazón, la dejaba sin aire y provocaba incendios imposibles de extinguir entre sus piernas.

Como bien decía el panfleto, vieron los Inválidos, el Louvre, Notre Dame y muchos más lugares durante el recorrido, aunque Adriana no dejaba de admirar a otro monumento que tenía más cerca y que era de carne y hueso.

—Tenía ganas de verte, desde que llegamos el mes pasado no he hecho nada más que entrenar y entrenar… —se quejó, apretándola más contra él.

—También he estado muy liada con los preparativos. Pero no me quejo, es algo… único.

—Sí, lo es y me alegra poder compartirlo contigo.

—A mí también —reveló, y es que era algo sin sentido tratar de contener más lo que sentía por ese hombre.

—Estoy un poco asustado —confesó para su sorpresa.

—¿Y eso? ¿Algo no anda bien? —preguntó con un nudo en el estómago.

—Al contrario, todo va genial, por eso me asusta … —murmuró, agarrando su mano y entrelazándola a la de él.

—Al fin y al cabo, esa es la vida, Kenneth: unas veces todo va bien y otras todo va mal. Pero es el encanto de estar aquí, ¿verdad? Si todo fuera igual, siempre sería muy aburrido.

—La vida contigo no sería nada aburrida —sonrió.

—Supongo que tendríamos muchos temas de los que hablar —afirmó.

—Y estoy deseando que acabe el campeonato para empezar a hablar de todos esos temas —recalcó.

—No es tanto tiempo, solo quedan unos días…

—Es mucho tiempo, llevo esperando mucho tiempo, demasiado. Este campeonato está siendo el cielo y el infierno a la vez.

—Eres más exagerado que grande, y mira que eres grande.

La carcajada de Kenneth atrajo más de una mirada, y Adriana se acercó más a él, se acomodó y con una gran sonrisa continuó su visita por el Sena, que, a diferencia de en sus sueños, tenía un aliciente extra con el que no había contado: Kenneth Buchanan.

El paseo terminó y dibujó en Adriana una gran sonrisa en la cara, pasearon sin prisa por esa ciudad en la que no eran más que otra pareja entre la multitud y, cuando quisieron darse cuenta, la noche los sorprendió y esa hermosa ciudad se iba iluminando como si las estrellas hubieran bajado a ras de suelo, bañando con su luz todo a su alrededor.

Si París de día era hermosa, durante la noche te dejaba sin aliento. La Torre Eiffel iluminada era algo tan impresionante que ni siquiera había una palabra para describirla. Cenaron en un pequeño local en el que pidieron una típica fondue de quesos y una botella de vino blanco para acompañarla.

La charla entre ellos siempre había sido fluida y fácil. Cómoda. Así era estar con Kenneth, algo natural. Nunca se había visto en la necesidad de acomodarse o adaptarse a él, siempre era ella misma. Y tenía la sensación de que a él le pasaba lo mismo.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo tras tomar un sorbo de vino.

Adriana lo miró a los ojos y asintió con la cabeza.

—Claro, otra cosa es que te responda… o no —lo provocó. Y eso lo hizo sonreír y morderse el labio inferior.

¿Se podía ser más atractivo? Lo dudaba, ese hombre lucía perfecto para ella.

—¿Por qué me miras así, capitán? —interrogó al ver que no decía nada, pero continuaba observándola con el labio inferior prisionero de sus propios dientes.

—Porque… —se detuvo, dudando. Habían pasado un día fantástico y no quería joderlo al final de la noche. Se había propuesto aprovechar todos los instantes que pudiera para seguir afianzando lo que sentían.

—Porque… —lo animó a continuar, inclinándose hacia delante con la copa de vino aún en la mano.

Kenneth la imitó, acercó su cuerpo al de ella. Lo único que los separaba era la mesa, aunque sus rodillas rozaban las de ella y le encantaba ese contacto.

—Porque me encanta lo que muestras, sassenach , pero me vuelve loco lo que escondes.

Adriana dio un sorbo a la copa de vino de inmediato, necesitaba tragarse el gemido que se había atascado en su garganta.

Se moría de vergüenza solo de pensar en si lo hubiera dejado salir, y más todavía porque ese jadeo lo habían provocado solo unas palabras…

¿Solo unas palabras? La mayoría de las personas no se daban cuenta de su poder, podían hechizarte, hacerte llorar o ser la persona más feliz del mundo.

Las palabras tenían esa magia, la de hacerte sentir, y esa confesión la había hecho sentir muchas cosas.

Tantas que no era capaz de calmar su corazón, que vibraba en la misma sintonía que el aleteo de las malditas mariposas que la llenaban por dentro a riesgo de ahogarla.

—¿Estás bien? —le preguntó al cabo de un rato. Su silencio se había vuelto ruidoso.

—Sí, sí, es solo que… —balbuceó, colocándose el largo cabello tras las orejas.

—¿Qué? ¿No puedo decir cosas así tampoco?

—No, no puedes, ¡maldita sea, Kenneth! —susurró, molesta—. No puedes decir cosas así y pretender que no suceda nada…

—Es que quiero que suceda, ya lo sabes.

—Pero quedamos en que no sucedería nada hasta después de…

—Lo sé, lo sé, pero no puedo contenerlo más, sassenach . Aprieta justo aquí —confesó, señalando su corazón—, y no sé cuánto más podré contenerlo antes de que estalle.

—¿Por qué? ¿Por qué no puedes ser como la mayoría de los hombres que no dicen nada, que lo dan todo por supuesto, que no les gusta hablar de sentimientos?

—Soy como todos los hombres, hablamos de sentimientos con la chica adecuada, digo lo que quiero y pienso cuando lo tengo claro y que quiero estar contigo lo tengo claro desde hace tiempo; la que duda, la que frena, eres tú.

No yo. Soy un hombre que está acostumbrado a ir a por lo que quiere con todo lo que es, y eso hago contigo: tengo toda la carne en el asador.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó en voz alta, aunque era solo un pensamiento para el que no quería una respuesta.

—Te lo dije anoche. Te quiero a ti. Amanecer junto a ti. Porque si no es ahí, ya es muy lejos.

7 Pollo al vino. 8 Pato confitado. 9 Se trata de un plato a base de verduras: berenjena, calabacín, tomate, pimiento y cebolla, todo aderezado con una mezcla de hierbas aromáticas.

10 Napolitana de chocolate.