Juego Duro (Tercer Tiempo 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

Deseo

Adriana no fue consciente de cómo llegaron a la puerta de su habitación ni de cómo pudo abrirla. Lo cierto era que estaban dentro y que Kenneth estaba sentado en el único sofá del apartamento.

—Voy a por agua, ¿quieres? —preguntó justo al pasar por su lado.

Pero no obtuvo respuesta, Kenneth tomó su mano y la arrastró hacia él, haciendo que perdiera el equilibrio y quedara sentada sobre él, que la acomodó en su regazo.

Adriana mordía su labio inferior mientras observaba cómo la miraba, con ese deseo que, aun sin tocarla, se expandía hasta sus piernas.

Se movió en un acto reflejo para acomodarse y notó lo duro que estaba Kenneth bajo ella.

El movimiento hizo brotar un gruñido del pecho del hombre que la hizo jadear en respuesta.

Los ojos de Kenneth no podían despegarse de ella, era la mujer más hermosa que había visto nunca y sin contenerse más acercó su boca al cuello de la mujer que tan débil lo hacía y la besó. Sus gemidos fueron todo el consentimiento que necesitaba.

—Te he extrañado tanto, león —susurró, perdida en el deseo que los llenaba.

Y saberlo, ser consciente de que ella también lo había echado de menos lo hizo perder la poca cordura que quedaba y se abalanzó sobre esos labios que se moría por besar desde hacía semanas.

Su boca se apoderó de la de Adriana, ahogándose en ella.

En el tacto de sus manos sobre la piel de su cuello, en ese sabor adictivo que solo tenía ella.

El beso se intensificó, la razón dejó de existir y solo eran sentimientos. Pasión que los nubló hasta el punto de no ser capaces de distinguir qué era arriba o abajo, dónde empezaba uno o acababa el otro: solo deseo.

Kenneth bajó la mano hasta sus piernas y acarició su sexo sobre la ropa. El gemido de Adriana, profundo y sensual, lo hizo repetir el gesto, muerto de ganas por volver a escucharla. Y frotó una vez esa zona y en respuesta ella clavó sus uñas sobre la piel de sus hombros.

—¿Qué me estás haciendo, Kenneth? —susurró con voz ronca.

—¿Todavía no lo sabes, Adriana? Quiero hacerte mía —confesó cerca de su cuello.

Sin respuesta que darle, dejó que la colocara sobre él, a horcajadas. Sonrió porque no tenía claro si ese pequeño sillón sobre el que estaban sería capaz de sostener el peso de ambos.

La mano del hombre se coló bajo su camisa y pellizcó un pezón, que arrancó a su garganta un grito de placer que lo hizo endurecerse más. Verla sobre él, con los ojos cerrados por el intenso placer, era más de lo que su cordura podía soportar.

—¿Te gusta? —preguntó jadeando.

—Tanto que se siente como si mi pezón y mi clítoris fueran uno.

Y saberlo lo hizo ir más lejos y ahora mordió con cuidado la zona sensible y ella se estremeció en respuesta, moviéndose sobre él, aliviando el calor entre sus piernas con el duro roce bajo su pantalón.

—¡Oh, Dios! —jadeó, quitándole la camisa para dejar su torso firme y fuerte sin nada más que la bronceada piel para deleite de sus ojos.

—Maldito highlander , te he echado tanto de menos… —protestó en voz baja.

Kenneth sonrió al verla tan excitada, pero cuando sus dedos se pasearon por su pecho, cerró los ojos para gozar con la sensación.

—Estás yendo muy lejos, sassenach . Ya te dije que te tengo muchas ganas…

—Y que ya éramos muy mayores para quedarnos con ganas, ¿verdad? —jugueteó más abajo con sus dedos, hasta rozar la goma de su ropa interior.

Antes de darse cuenta, Kenneth le había arrancado la camisa y desabrochado el sostén, dejando sus pechos libres y listos para él. Para su boca, para sus manos. Los observaba con perverso placer y los agarró y besó, sin darle tregua, antes de que se arrepintiera de sus palabras.

Adriana estaba presa del placer que la boca de Kenneth causaba sobre sus pechos.

Los mordía, los acariciaba, los pellizcaba y ella solo podía inclinar la cabeza hacia atrás y dejar que todo el placer que la hacía sentir la recorriera de arriba abajo, sin control.

Sin poder retenerlo por más tiempo. Sin poder pensar o tener en cuenta las consecuencias.

Se había colocado a un paso del abismo y se había dejado caer.

Se había lanzado sin que nadie la empujara, solo por el placer de dejarse llevar, de caer en ese abismo al que tantas veces ese hombre la había empujado hacia el borde y al que ella se había resistido caer.

No había cedido ni un centímetro de terreno, hasta ahora. Y no había necesitado que él la empujara, se había lanzado al vacío, y solo podía esperar que la caída no fuera dolorosa.

—Tan hermosa… —susurró— que haces que todo lo demás deje de tener importancia, que desaparezca.

Y su boca atrapó la de ella, un beso intenso que terminó con su labio inferior entre los dientes del hombre, que parecía no poder contenerse más, a punto de estallar como lo estaba ella.

Adriana notaba la dureza bajo ella, se deleitaba moviéndose sobre él, frotándose para hacerlo gruñir, para verlo perder el control. Su mirada era hambrienta. Se retorcía y gruñía porque no podía soportarlo más. Necesitaba estar dentro de ella ya y ella también lo anhelaba.

Kenneth pareció adivinar sus pensamientos. Se levantó con ella, agarrándola por el trasero, con los ojos fijos en los suyos color mar. Adriana se mordió el labio, como si extrañara que fuera la boca de Kenneth quien lo hiciera y él lo atrapó una vez más y la besó sin piedad.

Las manos femeninas no dejaban de acariciar el cuerpo del hombre: sus hombros, su clavícula, la espalda, el torso…, hasta que llegaron a la gran cama y la dejó sobre esta para quitarle el resto de ropa y colocarse, sin dejar de mirarla, sobre ella.

—Kenneth, sea lo que sea esto… —empezó a decir, pero la mirada de Kenneth la acalló.

Su mano se deslizó por su costado y se detuvo en su cadera, se acomodó encima, dejando que la mujer notara su dureza, su peso, su deseo.

—Adriana, te deseo. Eso no ha cambiado, pero no te mientas, esto ya no es «lo que sea», esto ya lo es todo. Es algo profundo, tanto como voy a penetrarte —rugió al entrar dentro de ella.

Adriana gritó por la sorpresa, por la impresión, por el placer…

—Kenneth… —suspiró.

—Quiero follarte, Adriana, y hacerte el amor para siempre.

Su confesión la dejó sin palabras. La mano de Kenneth agarró su muslo, lo levantó para poder penetrarla más a fondo, para que esa mujer tuviera claro cuánto la deseaba, no, no cuánto la deseaba, sino cuánto la quería.

Porque, ¡joder!, quería a esa mujer. No tenía claro cuándo había sucedido, pero así era.

El sentimiento de atracción, de deseo, había cambiado a uno mucho más profundo.

Sus movimientos eran suaves, fuertes, presionándola sin descanso. Empujando en su interior todo lo hondo que podía. Quería más. Necesitaba más, tocar su alma.

—Te quiero, sassenach —confesó sin poder acallarlo por más tiempo.

Y ella cerró los ojos, llena de esa sensación que acababa de llenarle el pecho, incapaz de contener tanto placer, tanto deseo, tanto amor. Tras sus párpados, estallaron estrellas y hasta ellas la llevó Kenneth cuando la hizo llegar al orgasmo.

Una mandíbula áspera raspó la delicada piel de su espalda.

Los recuerdos de la noche pasada la golpearon con tanta fuerza que le costó respirar.

Le dijo que la quería. ¿Sería solo algo del momento?

Tal vez, pero, conociendo a Kenneth como lo hacía, lo dudaba.

Sabía que no era un hombre que dijera palabras a la ligera, ni siquiera cuando el deseo lo consumía.

—Buenos días, sassenach —la saludó, acercándola más a su cuerpo para abrazarla con fuerza.

—Buenos días, highlander —susurró ella en respuesta.

—He pensado que podríamos pasar el día fuera.

—¿Adónde iremos? —preguntó con curiosidad.

—¿Importa?

Adriana se giró y lo miró a los ojos. A pesar de acabar de despertar, estaba impresionante y la certidumbre de que le gustaría verlo al despertar cada mañana se clavó en su pecho. Kenneth la abrazó y la acercó más a su gran cuerpo, besó su frente y ronroneó de placer al sentir piel sobre piel.

—La verdad es que no, no me importa —confesó.

Y era cierto. No le importaba el lugar al que fueran, lo único importante era con quién estaba y ese no era otro que su león.

Al salir del metro, sus ojos se toparon con la Torre Eiffel.

No pudo contener el esbozo de felicidad que se dibujó en su rostro.

Le encantaba. Y siempre que visitaba París se acercaba a verla.

Le parecía una obra diferente que había roto barreras, como ella.

Quizás por eso le gustaba tanto, porque en cierta forma le recordaba a ella misma.

—¿Vamos? —volvió a preguntar, a pesar de que no esperaba respuesta.

Y se encontró paseando por una de sus ciudades favoritas de la mano de ese hombre del que no había podido dejar de pensar en los últimos meses.

Tras pasear sin prisa por los alrededores y tomar algunas fotografías que, por supuesto, no verían la luz, terminaron en un pequeño restaurante a los pies de la torre.

Pidieron mesa para dos fuera del local, para así poder recrearse con la vista del monumento, y pidieron varios platos típicos como foie gras , coq au vin 7, confit de canard 8 o ratatuille9 y todo, absolutamente todo, estuvo delicioso.

Incluidos los postres que tomaron con el café, una bandeja surtida donde no faltaban los croissants , el pain au chocolat 10, los crepês y macarons de todos los colores del arcoíris.

—Se te ha pasado el hambre —preguntó.

—A mi estómago sí —reveló, arrepintiéndose al instante, justo en el momento en que Kenneth esbozó una sonrisa de triunfo—. ¿Ahora qué…?

—preguntó para desviar la atención de su confesión.

—Ahora, señorita Adriana, vamos a dar un paseo en barco por el Sena.

La noticia la dejó sin habla, ¿lo habría adivinado? Que ella recordara nunca lo había mencionado, ¿o tal vez sí? No podía estar segura después de tantas y largas conversaciones como habían mantenido durante las noches.

—¿No te apetece? Te has quedado un poco… seria.

—Sí, sí, claro que me apetece. ¡Me encanta! —exclamó al darse cuenta de que iban a pasear en barco por el Sena.