Juego Duro (Tercer Tiempo 2) Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Como supuso, en cuanto puso un pie en el local, Adriana no dejó de saludar a todo el mundo, no podía hacer otra cosa. La hacían sentirse un poco como la atracción favorita de la feria y no dejaba de charlar y estrechar manos a unos para, acto seguido, comenzar con los siguientes.

Se había propuesto ignorarlo, no, se había obligado a ello, a tratarlo como a uno más, pero nada había dado resultado, cada dos por tres se descubría a sí misma buscándolo con la mirada.

Siempre pendiente de su voz, de su risa, de él.

Y es que daba igual todo, tal vez Kenneth Buchanan no entraba en sus planes, pero lo cierto era que se había cruzado en su camino y se había olvidado de todo lo demás.

Quería saludar a algunos de los jugadores que conocía por ser compañeros de Kenneth en los Lions y que ahora estaban con sus selecciones, pero no dejaban de acercársele entrenadores, seleccionadores, árbitros y jugadores a conocerla y charlar un rato sobre los partidos que estaba pitando.

Por lo que había deducido, sus partidos despertaban un interés extra gracias a que ella los arbitraba.

Era solo su trabajo, así que le costaba acostumbrarse al revuelo que se formaba a su alrededor.

Tras una hora intensa en la que no dejó de hablar con todo el mundo, se dio cuenta de que necesitaba un respiro. Aire. Y huyó a escondidas para tratar de poner en orden todo, sobre todo, su cabeza: dentro de ella solo había ruido, uno específico, el de su voz.

Una vez en el pasillo, dejó escapar el aire.

Solo unos días más y terminaría el campeonato.

Habría pasado la tortura de estar tan cerca de él y sufrir por no poder tenerlo donde deseaba.

Lo conseguiría; ahora, más que nunca, no quería distracciones, tenía que mantenerse fría para llegar a la final con la mente clara.

¿Pero quién podía mantenerse fría cuando el sol golpeaba sin compasión sobre uno? Ella, o eso esperaba.

—¿Te acompaño, sassenach ? —La sacó de sus pensamientos la voz de Kenneth.

Verlo la alivió, lo que de verdad quería era cogerlo de la mano y largarse con él a su habitación, meterlo en su cama y pasar allí todas las horas que quedaban antes de que tuviera que regresar a Marsella para arbitrar su siguiente partido.

Quería sexcuestrarlo y no pedir rescate. Eso quería, pero no podía.

—No creo que en París dejen que los hombres entren en los baños de mujeres, highlander —bromeó.

—¿Estás segura? Se me ocurren muchas cosas que hacer en un baño… contigo —ronroneó.

—Estoy segura, Buchanan —afirmó sin poder controlar el titubeo en su voz ni la sonrisa que dibujó su boca.

—Adriana —la llamó de nuevo.

—¿Sí?

—Mañana nos han dado el día libre como premio por habernos clasificado. Y tú te irás en un par de días a Marsella, ¿verdad? —interrogó, acorralándola contra la fría y solitaria pared del pasillo.

Adriana asintió, no podía hacer nada más, temía que, si abría la boca en ese instante, las mariposas escaparan por su boca y lo llenaran todo de aleteos.

—Escápate conmigo hoy. Nadie se dará cuenta. Quiero pasar algo de tiempo contigo, a solas —musitó, colocando un mechón oscuro tras la oreja femenina. El roce de sus dedos, en esa zona de su cuerpo, ardió—. Prometo portarme bien… —suplicó.

—Está bien, dame cinco minutos que vaya al baño y te acompaño.

—No, no tenemos cinco minutos, cuanto antes nos vayamos, más a salvo estaremos —la advirtió al ver que la puerta del salón de reuniones se abría.

Sin pensarlo, la tomó de la mano y salió corriendo con ella del local y no dejó de correr hasta entrar en la boca del metro: allí estarían seguros. Una vez dentro, se detuvo para recuperar el aliento.

Adriana sonreía, la carrera le había sentado bien, había liberado un poco de la tensión sexual que siempre sentía al estar a su lado. Y lo cierto era que también la divertía verlo tan cansado.

—¿No se supone que estás en una gran forma?

—Lo estoy, cuando quieras te demuestro que puedo hacer maratón durante toda una noche —la provocó.

—Ya habrá tiempo, highlander , ahora me muero de hambre —susurró, colocando sus manos en el pecho masculino para alejarlo un poco.

Lo necesitaba, su presencia la embriagaba hasta marearla y conseguir que dejara de pensar en otra cosa que no fuera él. Sin embargo, tenerlo cerca solo había conseguido aumentar su hambre y ahora no solo su estómago rugía, también el resto de su cuerpo; de anhelo.

—¿Qué quieres comer, sassenach ? Porque yo tengo claro lo que comería ahora.

—¿El qué?

—A ti.

Adriana notó como su corazón se saltaba unos latidos para comenzar a latir a un ritmo frenético, tenía las palmas de las manos con una leve capa de sudor.

En lo único que podía pensar era en besarlo, justo lo que debía evitar los días que quedaban de campeonato, que iban a ser un infierno, uno en el que deseaba arder. Hasta el alma.

—Adri —la llamó por primera vez así y le gustó—, ¿vamos a calmar esa hambre? —murmuró.

—No, no puedes, ¡maldita sea, Kenneth! —susurró, molesta—. No puedes decir cosas así y pretender que no suceda nada…

—Entonces, haré que suceda.

—¿El qué, Kenneth?

—Todo.