Capítulo 28
¡Maldito highlander!
La conversación con Kenneth la había dejado nerviosa, tanto que decir que no había pegado ojo era decir mucho.
Le dolía el cuello por la cantidad diferente de posturas que había probado durante la noche, incluso en una de las vueltas que dio sobre la cama terminó en el suelo.
Ahora, además, le dolía el costado por el golpe.
Y la cabeza la tenía abotargada, como si despertara con una enorme resaca, solo que no era alcohol lo que la había embriagado, sino las palabras de Kenneth.
—¡Maldito highlander ! —protestó al vacío.
A pesar de todo, estaba feliz, como nunca, y su estómago daba un vuelco cada vez que recordaba sus palabras.
La semana había pasado en un suspiro. Había tenido que viajar desde Marsella a Lyon, donde había arbitrado algunos de los partidos y el poco tiempo que tenía libre su cabeza se empeñaba pasarlo recordándolo.
Esa noche, agotada tras las largas sesiones de entrenamientos y de revisión de jugadas y partidos junto a sus compañeros, había decidido excusarse por no cenar con ellos y pedir algo al servicio de habitaciones.
Como venía siendo costumbre, cada vez que jugaba Kenneth disfrutaba del espectáculo a solas.
Era el único momento en el que desataba todo lo que sentía por él.
Esa noche tenía el corazón dividido. Por un lado, jugaba la selección española, por otro, el equipo de Kenneth, y no podía evitar desear que ambos ganaran, aunque tenía claro que el equipo escocés estaba haciendo mejor mundial que España.
Irlanda y Sudáfrica habían jugado unos partidos muy mediocres, a los que había que sumar varias bajas de jugadores por lesión o enfermedad, por lo que España tenía posibilidades de quedar muy bien situada dentro de su grupo.
Había echado cuentas y, si ganaba España, Escocia seguiría yendo primera de su grupo y España quedaría segunda.
Tocaron a la puerta y supo que era el servicio de habitaciones, se levantó descalza y abrió la puerta.
Tomó la bandeja de las manos del joven que la sostenía y le dio las gracias junto con una pequeña propina.
Cerró de nuevo usando el pie para empujar la puerta y se sentó en la cama con cuidado de no derramar la bandeja.
El sándwich era increíblemente enorme y las patatas fritas que lo acompañaban eran rizadas y eso le encantaba. Las roció de kétchup y mayonesa y se llevó una a la boca sin dejar de mirar la pantalla del televisor.
El estadio Pierre Maoury de Lille estaba a reventar, como todos lo habían estado todos los partidos. Los comentaristas bromeaban sobre las celebraciones del capitán escocés y se preguntaban si volvería a repetirlas.
Adriana miró la lata de cola zero y sonrió, tenía otra de repuesto en la mininevera por si no tenía suficiente con una para brindar con él. Kenneth no sabía nada, era su pequeño secreto y lo disfrutaba tanto…
Los equipos entraron en el campo y el público estalló en aplausos. Era una gozada disfrutar del buen rollo que había en el rugby la mayor parte del tiempo y ella se unió a los aplausos, aunque solo pudieran oírlos los huéspedes de las habitaciones contiguas.
—Cada día está más bueno, no sé cómo se las apaña, pero así es. Cuando vuelva a verlo, tengo que preguntarle qué coño hace para irse a dormir y despertarse al día siguiente más cañón —murmuró, dando un buen bocado al sándwich.
El resto del partido lo disfrutó de lo lindo. España jugó muy bien, lo que hizo que el partido estuviera muy reñido. Kenneth le dedicaba cada tanto que marcaba con su brindis. Y ella brindaba con él cada una de las veces.
Pero, al final, España, con una gran jugada en los últimos segundos, se impuso y ganó a los imparables highlanders . No estaba triste, Escocia seguía primera de grupo y España segunda, ¿se podía pedir más? Sí, claro, que Kenneth estuviera en su cama esa noche.
6 de octubre, París.
El avión por fin tocaba tierra, si no le bastaba ya con los nervios de volverlo a ver tras la conversación de hacía una semana, se le habían unido los nervios que el ajetreado viaje en avión le había provocado al pillar tantas turbulencias.
Se sentía revuelta y algo mareada. No era que le encantara viajar en avión, pero tampoco le suponía un trauma a no ser que fuera un viaje como el que acababa de tener.
Dio la dirección al taxista, que la dejó justo frente al apartahotel que le habían asignado y que se ubicaba en el bonito barrio de Saint-Denis, cerca del Stade de France, donde se llevarían a cabo la mayoría de los partidos restantes.
El hotel de apartamentos era un edificio de tonos claros, situado cerca de la boca de metro y a un paseo del estadio.
Un lugar idóneo para hacer turismo, aunque lo cierto era que Adriana ya había visitado París con anterioridad; siempre que regresaba conocía lugares nuevos o visitaba algunos otros que adoraba, como Montmartre, ese lugar era mágico.
O pasear a los pies de la Torre Eiffel, siempre terminaba perdiéndose por sus alrededores.
En esta ocasión no quería irse de París sin dar un paseo en barco por el Sena; la última vez no pudo ser y todavía recordaba el itinerario que ofrecía: una vista diferente de los Inválidos, el Parlamento, la Catedral de Notre Dame, todavía en reconstrucción tras el incendio, o el Louvre.
Nada más entrar, se topó con la pequeña recepción, en la que un joven muy atractivo de color la saludó nada más verla.
Con un francés bastante oxidado, logró hacerse entender, aunque sabía que el joven recepcionista estaba haciendo un gran esfuerzo para agradecerle el intento de chapurrear su lengua.
Con la llave en la mano, se dirigió hacia donde le había indicado que estaba el ascensor, pulsó el botón y las puertas se abrieron al momento, era bastante estrecho, pero el lugar era un espacio que llevaba todo a la mínima expresión.
Pulsó la última planta y se apoyó contra la pared metálica cerrando los ojos, necesitaba hacerse a la idea de que iba a verlo y, más aún, necesitaba hacerse a la idea de que, durante los días que quedaban, debía mantenerse alejada de él.
Ahora más que nunca se sentía en peligro, sus defensas estaban al mínimo.
Echó un vistazo al apartamento y vio que tenía una gran cama doble, una pequeña sala de estar y cocina.
Le agradaba, no era tan lujoso como otros hoteles en los que había estado alojada durante el campeonato, pero era acogedor.
Y tener cocina era un alivio, estaba deseando poder prepararse algo casero de verdad.
Algo con sabor español: una tortilla de patatas, por ejemplo.
Miró la hora tras cenar. Era tarde y mañana sería la prueba de fuego, tenía que arbitrar el partido que enfrentaría a Irlanda contra Escocia y la agobiaba pensar que no haría un buen partido porque Kenneth era uno de los jugadores. Porque sentía algo por él.
Se fue a la cama temprano, el día siguiente sería duro y tenía que tratar de relajarse y concentrarse para el que sería, casi con toda seguridad, el partido de su vida.
7 de octubre. Partido Irlanda-Escocia, París.
Despertó temprano y aprovechó la mañana para hacer una colada en la lavandería.
Lo cierto era que buscaba rincones en los que no ser encontrada, sabía que el equipo escocés, entre otros, se alojaba en el mismo lugar y no estaba lista para toparse con Kenneth, no todavía.
Ni siquiera tenía claro que pudiera mirarlo a la cara durante el partido, confiaba en su profesionalidad y se convencía a sí misma de que, cuando diera inicio el encuentro, todo desaparecería, como siempre, menos el juego.
Sacudió los pies y las manos. El Stade de France vibraba con intensidad, ella también.
Era un partido importante para Escocia, lo sabía, y para ella.
También lo sabía. Giró un par de veces la cabeza para liberar el cuello de la tensión que apretaba su nuca.
Había comido poco, pero es que el nudo que tenía en el pecho no la dejaba ni respirar.
Los locutores empezaron la retransmisión y, cuando ambos equipos se situaron en el campo, se acercó a ellos con paso seguro, aunque no se sentía así. En ambos equipos había jugadores que conocía, pero pitar a los demás no la afectaba. Solo él. Siempre había sido él.
—Capitanes —los saludó—. ¿Quién lanzará?
—¿Qué dices, Buchanan? ¿Lanzo yo? —interrogó el capitán irlandés a Kenneth.
—Lanza. Elijo cruz.
—¿Eliges cruz?
—Sí, en las últimas semanas cargo con una, creo que me dará suerte.
Adriana se obligaba a no mirarlo de manera diferente, pero sabía que era imposible por lo que fijó la vista en la moneda. El capitán de la selección de Irlanda lanzó el metal al aire y salió cruz: Kenneth sonrió y la miró de reojo.
—Elegimos saque —informó.
—Nosotros campo, entonces —dijo a su vez el contrincante, y después se dieron la mano.
Adriana se colocó en posición y dio el silbido de inicio. Y, de nuevo, ese sonido obró su magia. Todo desapareció menos el balón y el campo. Ahora todos eran solo jugadores sin rostro, solo números sobre el césped.
El partido terminó con una victoria avasalladora para Escocia, que no dejó ni respirar a los oponentes ya tocados por alguna lesión que otra en varios de sus jugadores.
Cada vez que Kenneth marcaba, le dedicaba el punto a ella, que trataba de luchar contra las ganas de unirse al brindis.
Y lo agradeció, porque así, pasara lo que pasara, no podrían dudar de su arbitraje.
La victoria había sido clara desde el inicio porque Escocia jugó como nunca y Adriana, a pesar de analizar el juego con profesionalidad, no pudo evitar sentir orgullo por el partidazo que había hecho Buchanan.
Cuando llegó al lugar donde se celebraría el tercer tiempo, estaba nerviosa y se colocó las manos en el estómago, como si con ese gesto los pudiera hacer desaparecer.
Sabía que su llegada despertaría atención, lo había vivido en los demás encuentros tras los partidos, aunque sabían que existía parecían no creerlo hasta verla en persona y escucharla hablar.